TETRAMENTIS / El Fuego – Por Morgan Vicconius Zariah

 –

  ¡Oh divino ardor! Más viejo eres que las edades, todas las formas y los sueños concebidos fueron por tu mano de brasa.  En los cielos giran tus hijos alrededor de tu aliento, danzando matemáticamente entre el regazo cálido de tu amor; un amor de llamas que se devora para dar vida.  Nació de tus caudales primigenios el cósmico regalo de tus formaciones, la imaginación; creada a tu imagen y semejanza, más sutil aun que los pensamientos. Con ella a tu viva imagen se modeló el mundo, volcando este fuego imaginativo sobre los elementos de la tierra. Ayudada es por otra mutación de tus anímicas formas, la voluntad; espada flameante que va consumiendo todo con sus abrasadores pasos. La naturaleza que moldeó el fuego bruto, será sublimada por el delicado fuego de la imaginación.

  ¡Oh siniestro fuego! Que iluminas las hondas cavernas del alma. Sostienes en tus llamas las conciencias de los caídos, arde con nuestros ideales tu espectral luz donde la luz no existe. Camino por los fríos abismos empuñando la antorcha de tu misterioso candor, mis ojos, al igual que el de los felinos, son lumbreras de fuego sin luz que se abren paso a los oscuros misterios de la noche. En las tinieblas te haces lúgubre y mortecino para no mancillar la virginidad sacratísima de la oscuridad, más bien adornas sus misterios con la meditativa luz con que la contemplas. Sé que te complaces en penetrarla, también los que amamos la oscuridad damos gracias a tu llama; a ella debemos nuestra existencia, y tú, a través de nuestro amor a las sombras diriges tu antorcha hacía los abismos para poder abrazarte a sus misterios, y éstos, con sus fríos besos, trasforman tu fuego en arte y ciencia, en chispas especulatorias que hacen nacer filosofías en cálidos retoños de dogmas y axiomas, en milenarias religiones y en grandes legados; muchos, hace tiempo olvidados; y otros, conservados en secreto como joyas de tus logros.

     ¡Oh tú, gran fuego explorador de almas! Eres al que la oscuridad nunca le ha velado un secreto, más bien cae seducida ante los febriles colores que te coronan. Los sombríos rituales requieren tu presencia por orden de la noche, pues de ti  se ha enamorado. La magia y las velas te esperan para inmolarse en tu nombre; también el incienso y la mirra quieren ser trasformados en tus brasas en perfumado humo que deleite el olfato.  Los magos adivinan presagios en tu estela, envolviendo su espíritu en el arte regio de las salamandras. Escrito está con pluma ardiente el libro de tu doctrina, y ¡ay de aquel profano que ose correr sus páginas!, pues será fulminado por el rayo espantoso.

  ¡Oh tú, terrible fuego de guerra! Sé que te agitas en la sangre haciéndola arder con ese soplo marciano. El hierro te conoce bien, sabe cómo lo has doblegado en el horno de tu furor antes de ser templado. Tú y yo sabemos que todas las armas son de fuego; aun aquellas que aparentan ser de madera o piedra, nacieron del fuego imperioso de tu superioridad. También sé que el calor que da vida a la lujuria es de la misma naturaleza que la ira; es violento su frenesí, como mares tormentosos. Por eso se complacen los guerreros con los goces lujuriosos, es estremecedor el fuego que va quemando sus venas. Sus  sedientas armas, ansiosas están por derramar libaciones en tu nombre. Con el tiempo, has evolucionado tus formas, grandes distancias recorre tu rastro mortal, para dejar con espanto, escalofriantes holocaustos. Eres en la guerra esa fuerza ciega y motora que genera una natural limpieza; en una automática búsqueda de perfección, inventas revoluciones. Tus ejércitos parecen consumirse en tu locura, tu psicótica fiebre los envuelve y los maneja, orientándolos sin miedo hacía la muerte. En tu destrucción,  pretendes levantar de los escombros que dejó el fuego las más aptas simientes de tu labor.

  ¡Oh fuego de horrores! Engendras espantos en las fantasías humanas. Grutas flamantes esperan por los pasos perdidos del pecador, el camino a seguir está marcado por huellas que arden, y es peculiar ese olor a carne y sangre quemada que aterra a estos desvaídos caminantes. Las grutas conducen hacía el corazón ardiente del terror, donde van sin elección estas almas  que no podrán volver atrás. Sus pasos son manejados por una inconsciente fuerza, que, aunque sus mentes se niegan a seguir, las empujas hacía las llamas. ¡Terrible fuego! ¿Acaso ven sus corazones la emancipación del pecado en tu hoguera? Sé que todo horror imaginado existe en esta región del tártaro. Almas en llamas alimentan el fuego. El dolor canta mientras el pecado se incinera: el crujir de dientes, gritos que se queman en la confusión; un todos contra todos en el vivo desconcierto del alma que sufre. ¡Son tantos los misterios que traes contigo!, que se necesita más de una visión para poder comprenderte. Infundiste tanto temor, que llegaste a crear el infierno, donde se arderá por edades eternas. Unos creen que el alma se purga en tu fuego; otros, en una permanencia perpetua de la que sólo salva una  muerte segunda. Yo sé que fue exitosa la propaganda de los religiosos que conquistaron las almas de los paganos pueblos, sembrando escalofriantes e infernales visiones en su Ser. Sus espíritus sencillos se impresionaron e hicieron  crecer sus filas. El discurso del fuego eterno, carbonizó antiguas creencias, y templos de una nueva religión fueron erigidos  en sus ruinas. ¡Tiene esta fe el mismo corazón del fuego!  Por eso propagaron en su reinado las hogueras, que cobraron algunas vidas que también eran fuego, pero yo sé, que en las etapas oscuras, es cuando más se arde.

  ¡Oh a ti no dejaré de loarte! Cercano compañero que enciendes mi corazón. Hablo del fuego que prende el delirio, del que besa cálido el pecho que sueña, el que con su llama, hace nacer el espejismo bajo el rastro de su humo. ¡Tú si que sabes amar el espíritu inquieto! Lo haces descansar en tu sutil humareda, meciéndolo de una a otra visión, sin esforzar sus delicados pies. Pones de nuestro lado todo un universo que antaño nos era desconocido. Heredé la costumbre de encender tu lumbre, para sorber tu humo. ¿Será éste regalo de algún vestigio alquímico? ¡No lo sé! Prefiero que guardes ésta pregunta, para que sigas revelando misterios, acuérdate que la naturaleza de mi sed, es de la misma que el fuego consume. Y arde sobre respuestas, para escupir llamas de interrogantes, y con telarañas de visiones, vamos creando un universo sin fin, donde cualquier realidad será intuida en tú vehemencia.

  ¡Oh si!  Es también de fuego el alma del jugador, ¡sé que el espíritu de algunos ha pasado a ser cenizas! Pues con tanta exaltación hicieron arder su aliento, que se desbarataron en su humo. ¿Acaso no se le había hecho saber, que los oficios del fuego no son para jugar? En secreto, una noche me susurró una salamandra al lado de una fogata, estas palabras: «Dime, ¿a quién conoces tú que haya jugado con fuego sin pagar el precio?  Pues ya sabes, que ni tú has salido ileso del ardor de tus visiones, pero sí, hay algunas almas que nacieron para jugar con el furor de las llamas, y son escasas, se dice que una salamandra penetra por orden del fuego en el espíritu del recién nacido y lo agita, haciendo que sus ojos lleven el candor del fuego, y a veces sus familias arden, dejando solo y en  brazos del calor a este nuevo juglar de las llamas. Este nació para divertir al fuego y extenderlo con extrema picardía y sólo por diversión».

 

  ¡Ya te entiendo! —le dije—. ¡El piromaniaco! ¡El pirómano!, siempre lleva consigo esa fogosa canción incendiaria. Y sus pies son inquietos y consumidores, de un lado a otro se  mueven en busca de una diversión mayor, que sirva a su llama interior de combustible. Tantas veces lo he visto tratando de eliminarse en su ardor, queriendo de su soledad huir, mas lo evade la muerte por dictamen de las llamas. Dicen que si muriese, llorarían al unísono todas las hogueras, las que arden en los cielos y sobre la tierra, por la perdida de esta prometeica emanación, hasta el leteo encendería sus lacrimales flujos de fuego.

  «¡Pues ya lo sabes! —me dijo—. No lo odies,  es un alma que está sola y necesita un lejano saludo. No lo ames, pues demasiada cercanía te puede calcinar, sólo déjalo jugar en su soledad y déjalo incendiar lo que quiera, lejos de ti. Pues otros misterios te han sido reservados».  Así terminó la salamandra, y yo le dije, así será.

  ¡Y que hay de ti! ¡Sagrado fuego de las mutaciones! Eres en verdad el motor de toda trascendencia. En tu crisol sí se detendrá mi espíritu para ser trabajado. Loado serás por la sal, amado por el mercurio y consagrado por el azufre. En los andares de nuestra evolución, los caldos cocinados en el fogón de tus deleites trasformaron totalmente nuestra primitiva percepción. ¿Acaso no hay alguna similitud entre las cocinas de las brujas y el horno de los alquimistas? ¡Ayudaste a los alimentos!  ¡Los mutaste para que tu ardor estuviera en nosotros! Ahora la invención arde en nuestro pecho y la promesa de domar lo tosco, para encontrar el camino al nuevo fuego trascendental; donde alguna vez será vencida toda forma, y danzado a tu alrededor, formaremos parte de tu divino hechizo por los siglos de los siglos.

 –

FIN.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s