RUNES SANGUINIS / Los Inmortales de Mercurio – Por Clark Ashton Smith

Immortals of Mercury - Clark Ashton Smith

I

   La primera sensación de Cliff Howard cuando recobró el sentido, fue la de un calor casi insoportable. Parecía estrellarse contra él desde todos lados en ráfagas como de altos hornos y posarse sobre su rostro, miembros y cuerpo con la pesadez del metal fundido. Entonces, antes de que abriera sus ojos, fue consciente de la furiosa luz que golpeaba sus párpados, convirtiéndolos en una cortina de llamas rojizas. Los globos de sus ojos le dolían por el choque de la radiación; cada nervio de su Ser se encogía debido al derrame del océano incandescente; y sentía una palpitación seca en su cuero cabelludo, lo cual podría haber sido o un dolor de cabeza inducido por el calor, o el dolor de algún golpe reciente.

  Él recordó, muy confusamente, que había habido una expedición —en algún lado— en la cual él había tomado parte; pero sus esfuerzos para recordar los detalles eran distraídos momentáneamente por nuevas e inexplicables sensaciones. Ahora sentía que se movía ligeramente sobre algo que se lanzaba y rebotaba en contra de un poderoso viento que chamuscaba su rostro como el aliento del infierno.

  Él abrió sus ojos y quedó casi ciego al encontrarse mirando a un cielo blanquecino donde ráfagas de columnas de vapor cruzaban como genios espectrales. Justo bajo el borde de su visión, había algo vasto e incandescente, hacia lo cual, instintivamente, él temía voltear. Repentinamente, él supo lo que era, y comenzó a comprender su situación. La memoria volvió a él en una tormenta desordenada de imágenes; y con ella, una creciente alarma y pavor.

  Él recordó la caminata que había dado, solo, entre la extraña y achaparrada jungla en la zona crepuscular de Mercurio; esa estrecha franja, calurosa y vaporosa, que se extiende entre los asados desiertos sobre los cuales un enorme sol brilla perpetuamente y los amontonados glaciales montañosos del lado oscuro del planeta.

  Él no se había alejado mucho del cohete, una milla como mucho, hacia el sulfuroso y vaporoso resplandor del sol, ahora totalmente oculto por los vapores del planeta. Johnson, el jefe de esa primera expedición a Mercurio le había advertido en contra de esas excursiones solitarias; pero Howard, un botánico profesional, había estado ansioso de poner en marcha sus investigaciones sobre el mundo desconocido, el cual ellos ya habían explorado durante el tiempo de una semana terrestre.

  Contrario a las expectativas, ellos habían encontrado una atmósfera respirable, baja y delgada, alimentada por el derretimiento del hielo en la variable franja crepuscular; un aire que continuamente era arrastrado sobre fuertes vientos hacia el sol; por lo que el uso de equipo especial era innecesario. Howard no había anticipado ningún daño, pues los nativos animalizados no habían mostrado hostilidad, y huían de los terrícolas siempre que se aproximaban. Las otras formas de vida, hasta donde se había determinado, eran de un nivel inferior e insípido, a menudo semi-vegetal y fácilmente evitada cuando resultaba venenosa o carnívora.

  Incluso las enormes y feas salamandras reptiloídes que andaban errantes a voluntad desde la zona crepuscular a los hirvientes desiertos bajo un día eterno, parecían inofensivas.

  Howard había estado examinando una singular y desconocida forma vegetal  que se asemejaba a una gran trufa, la cual él había encontrado en un espacio abierto, entre los pálidos y pulposos arbustos doblados por el viento. La forma vegetal, cuando él la tocó, había mostrado signos de una lenta animación y comenzó a ocultarse, escabulléndose dentro del suelo pantanoso. Él estaba aguijoneando la cosa con la rama esponjosa y ligera de un arbusto muerto, y preguntándose cómo clasificarla, cuando, al mirar hacia arriba, él se dio cuenta que estaba rodeado por los salvajes mercurianos. Ellos se habían acercado a él silenciosamente desde la espesura semi-hongosa; inicialmente él no se alarmó, pensando que simplemente ellos habían comenzado vencer su timidez y a mostrar su curiosidad bárbara.

  Ellas eran criaturas enanas y torcidas, que caminaban parcialmente erectas la mayor parte del tiempo; pero corrían en cuatro miembros cuando estaban asustadas. Los terrícolas las habían bautizado como los Dlukus, a causa del sonido cloqueante que se asemejaba a esta palabra que ellas proferían a menudo. Su piel era muy escamosa, como la de los reptiles; y sus pequeños y protuberantes ojos parecían estar cubiertos todo el tiempo por una fina membrana. Cualquier cosa más fantasmal o más repulsiva que estos seres apenas podía hallarse en los planetas interiores. Pero cuando ellos cercaron a Howard, caminando semi-agachados y con un incesante cloqueo, él interpretó su aproximación como una especie de propuesta y no sintió la necesidad de desenfundar su pistola. Él observó que ellos cargaban piezas en bruto de alguna especie de mineral ennegrecido, y dedujo, por la manera en sus manos membranosas se extendían hacia él, que ellos estaban haciéndole una ofrenda de paz.

  Los rostros de los salvajes eran inescrutables; y ellos ya se habían acercado demasiado antes de que él se diera cuenta de sus verdaderas intenciones. Entonces, sin previo aviso y en una manera fría y ordenada, ellos comenzaron a atacarlo con los fragmentos de minerales que cargaban. Él los combatió; pero su resistencia fue detenida por un violento golpe por la retaguardia, que lo envió tambaleándose a la inconsciencia.

  Todo esto él lo recordaba con claridad; pero debió haber experimentado un olvido indefinido, luego del lapso de insensibilidad. ¿Qué, se preguntaba, había sucedido durante este intervalo, y hacia donde iba? ¿Era él un cautivo entre los Dlukus? La luz resplandeciente y el calor abrasador sólo podía significar una sola cosa: que él había sido trasladado al lado de Mercurio que encara el sol. Esa cosa incandescente hacia la cual él no se atrevía a mirar era el mismo sol, descollando en un vasto arco sobre el horizonte.

  Él trató de sentarse, pero apenas tuvo éxito en levantar un poco la cabeza. Él vio que había cuerdas de cuero sobre su pecho, brazos y piernas, sujetándolo fuertemente a alguna superficie movible que parecía exhalar y jadear debajo de él. Inclinando la cabeza hacia los lados, descubrió que esta superficie tenía protuberancias tipo cuernos, era redondeada y reticular. Era como algo que él había visto.

  Entonces, con un espasmo de horror la reconoció. Él estaba atado, al estilo mazeppa, a la espalda de uno de esos monstruos salamandrinos a los cuales los científicos de la tierra pusieron el nombre de «lagartos de calor». Estas criaturas eran como cocodrilos enormes pero poseían piernas más largas que cualquier saurio terrestre. Su gruesa piel, era aparentemente, hasta un nivel asombroso, no conductora de calor, y servía para protegerlas en contra de temperaturas que habrían evaporado cualquier otra forma de vida conocida.

  La extensión exacta de su habitad aún era desconocida; pero ellas habían sido vistas desde el cohete, durante una breve exploración del sol, en desiertos donde el agua estaba perpetuamente al punto de ebullición; donde los ríos y riachuelos, que fluían desde la zona crepuscular, desaparecían en pesados vapores que emanaban de terribles calderos de rocas desnudas.

  La consternación de Howard, mientras se hacía consciente de su aprieto y la suerte que corría, estaba mezclada con una sorpresa pasajera. Él estaba seguro que los Dlukus lo habían atado a la espalda del monstruo, y se preguntaba sobre el hecho de que seres tan bajos en la escala evolutiva pudieron haber sido lo suficientemente inteligente para conocer el uso de la cuerda. Su acto mostró cierto nivel de cálculo, así como una crueldad diabólica. Era obvio que ellos lo habían abandonado a una espantosa condena.

  No obstante, él tenía poco tiempo para reflexionar. El lagarto de calor, con una asombrosa rapidez en sus movimientos, avanzaba incesantemente hacia delante, rumbo al siniestro infierno de vapores retorcidos y rocas ardientes. La gran esfera de blancura insoportable, parecía elevarse más alto momento a momento, derramando sus rayos sobre Howard como el fluido de un horno abierto. La piel cornuda del monstruo era como una parrilla caliente debajo de él, ardiendo a través de su ropa; y su cuello, muñecas y tobillos estaban quemados por las cuerdas de cuero rústico, mientras él luchaba demencial e inútilmente por desatarse.

  Volteando su cabeza a uno y otro lado, él vio confusamente las rocas puntiagudas que se abalanzaban sobre él desde las cortinas de vapores infernales. Su cabeza le daba vuelta de manera delirante, y su misma sangre parecía hervir a fuego lento dentro de sus venas. A intervalos, él padecía desmayos mortales: un sudario negro parecía caer sobre él, pero sus distorsionados sentidos aún se sentían oprimidos por la aplastante y ardiente radiación. Le parecía descender dentro de golfos sin fondo, perseguido por inmisericordes cataratas de fuego y océanos de calor fundido. La oscuridad de su desvanecimiento fue convertida en luz incesante.

  Por momentos, Howard recuperaba totalmente la consciencia, y se veía forzado a rechinar sus dientes para no gritar de agonía. Sus párpados parecían quemar sus ojos, y pestañeaba bajo el resplandor cegador; podía ver los alrededores en vistazos fragmentados, a través de girantes ruedas de fuego y manchas de tórridos colores, como las escenas de un caleidoscopio demencial.

  El lagarto de calor seguía un tortuoso riachuelo que corría con rápidos silbantes, entre riscos retorcidos y escarpaduras abismales. Levantándose en columnas y láminas, el vapor del agua furiosa soplaba a intervalos en dirección al terrícola, escaldando su rostro y manos desnudas. Las cuerdas cortaban a través de su carne de manera intolerable, cada vez que el monstruo saltaba sobre poderosas fisuras que habían sido horadadas por el quebrantamiento de la roca súper-calentada.

  El cerebro de Howard parecía asarse dentro de su cabeza, y su sangre era un fiero torrente dentro de su cuerpo. Él se esforzaba por respirar pero el aire le quemaba los pulmones. Los vapores se arremolinaban alrededor de él en profundos torbellinos, y escuchaba un murmullo apagado cuya causa él no podía determinar. Se dio cuenta de que el lagarto de calor se había detenido; y moviendo un poco su cabeza vio que estaba parado en el borde rocoso de un gran abismo, dentro del cual las aguas caían hacia una profundidad desconocida, entre cortinas de vapor.

  Su sentido y su corazón le fallaron, mientras él luchaba cual hombre agonizante por respirar el aire sofocante. El precipicio y el monstruo parecían tambalearse y cabecear debajo de él, los vapores ondulaban vertiginosamente, y pensó que estaba a punto de zambullirse con su extraño corcel dentro del abismo oculto e insondable.

  Entonces, desde la ardiente niebla, las formas encapuchadas de unos demonios blancos y resplandecientes  parecieron alzarse y agarrarlo, como si lo estuvieran recibiendo en su desconocido infierno. Él vio sus rostros extraños e inhumanos; sintió el toque de sus dedos con una frialdad extraña y sobrenatural sobre su piel quemada; luego, todo fue oscuridad…

 –

II

  Howard se despertó bajo circunstancias que eran novedosas e inexplicables. Instantáneamente, con gran claridad, él recordó todo lo que había ocurrido anterior a su último lapso de inconsciencia, pero no podía hallar una pista para su presente situación.

  Él yacía sobre su espalda bajo una radiación verdosa; una luz suave y reconfortante que le recordaba las verdes y esmeraldas aguas de los mares de la lejana tierra. La luz se encontraba por todos lados y parecía fluir desde abajo y arriba, bañando su cuerpo con frías ondulaciones que le dejaban una sensación de supremo bienestar.

  Se dio cuenta de que estaba del todo desnudo; y tenía una inmensa sensación de estar flotando como si hubiese perdido todo peso. Cuestionándose, vio que su piel estaba libre de toda quemadura, dándose cuenta de que no sentía dolor ni efectos enfermizos de cualquier tipo, como habría de esperarse después de su espantosa prueba en el desierto de Mercurio.

  Por un momento, él no asoció la luminosidad verdosa con cualquier forma de limitación; pues él parecía estar flotando sobre vastos abismos. Entonces, repentinamente, se dio cuenta de su error. Extendiendo sus manos, tocó en ambos lados  la pared de una estrecha bóveda, y vio que su techo estaba sólo a unos pocos pies sobre él. El suelo yacía a igual distancia debajo de él; y él mismo, sin ningún soporte visible, estaba reclinado en medio del aire. La luz verde, emanando misteriosamente desde todos lados de la bóveda, le había creado la ilusión de espacios ilimitables.

  A sus pies, abruptamente, el final de la bóveda parecía desaparecer en una gloria blanca como la pura luz del sol. Sinuosas y largas manos de seis dedos se extendían desde la gloria y lo agarraron por sus tobillos, y lo arrastraron delicadamente desde el espacio de luz verdosa en el que flotaba. El peso retornó a él mientras su cuerpo y miembros penetraban la aturdidora blancura; y un momento después se encontró parado erecto en un gran salón, adornado con alguna clase de metal pálido pero luminiscente. A su lado, un extraño ser extraterrestre estaba cerrando la puerta semejante a un panel a través de la cual él fue extraído desde la bóveda de luz esmeralda. Y más allá de este ser se encontraban dos más de la misma especie, uno de los cuales sostenía en sus manos las ropas de Howard.

  Con asombro creciente, Howard observaba estas increíbles entidades. Cada una de las cuales era del tamaño de un hombre alto, y su constitución física era similar a la de la humanidad, pero estaban dotadas por una belleza casi divina y unos rasgos delicados, como los que apenas podían encontrarse en las más perfectas esculturas de la antigüedad.

  Narices, orejas, labios, manos y todas las demás características y miembros, estaban esculpidos con una delicadeza fantástica y magistral, y la piel de estos seres, ninguno de los cuales usaba ningún tipo de vestimenta, era blanca y traslúcida, y parecía brillar con una radiación interna. En lugar de cabello, las perfectas e intelectuales cabezas, estaban coronadas con una pesada masa de carne a modo de filamentos, teñidas con cambiantes iridiscencia, agitándose y retorciéndose con una vida extraña e inquieta, como las guedejas serpentinas de Medusa. Los pies eran como los de los hombres, excepto por una espuela larga y puntiaguda que surgía de sus talones.

  Las tres entidades le devolvieron la mirada al terrícola con ojos inescrutables, brillantes como diamantes y fríos como lejanas estrellas. Entonces, para completar su asombro, el Ser que acababa de cerrar la puerta de la bóveda comenzó a hablarle con unos tonos altos y dulces como de flautas, que al principio confundieron sus oídos, pero que luego de un rato, se le hicieron reconocibles como un inglés perfecto.

  «Confiamos», dijo el Ser, «en que te hayas recuperado totalmente de tu última experiencia. Fue una suerte de que te estuviéramos observando a través de nuestros televisores cuando fuiste atrapado por los salvajes y atado a la espalda del Groko; la criatura conocida por ti como el “lagarto de calor”. Estas bestias son a menudo domesticadas por los salvajes, quienes, siendo ignorantes del uso del calor artificial, le sacan un extraño provecho a las tendencias del Groko de explorar los terribles desiertos bajo el sol. Los cautivos que son tomados de tribus rivales —y algunas veces incluso los de su misma clase—, son atados al monstruo que los exponen a las temperaturas de hornos hasta que las víctimas queden totalmente rostizadas; o, como tú lo dirías, listas para servir. Entonces, los grokos retornan a sus amos, quienes proceden a banquetear con la carne cocinada.

  »Afortunadamente, fuimos capaces de rescatarte a tiempo; pues el Groko en sus andanzas, se aproximó a una de las salidas de nuestras cavernas al gran desierto. Tu cuerpo estaba cubierto de grandes quemaduras cuando te encontramos; y seguramente habrías muerto por los efectos, de no haberte expuesto al rayo sanador en la bóveda verde. Este rayo, como muchos otros, es desconocido para tus científicos; posee, entre otras cosas, el poder peculiar de anular la gravedad. De ahí tu sensación de falta de peso bajo su influencia.»

  «¿Dónde me encuentro? ¿Y quién eres tú?»

  «Te encuentra en el interior de Mercurio, dijo el Ser. «Soy Agvur, un sabio, y miembro de la alta nobleza de la raza que gobierna este mundo». Él continuó la explicación en un tono medio indiferente, como si estuviera hablándole a un niño: «Nos hacemos llamar los Oumnis; y somos un pueblo antiguo, sabio y erudito en todos los secretos de la naturaleza. Para protegernos de las intensas radiaciones del sol, las cuales por supuesto, son más poderosas en Mercurio que en los planetas más alejados, habitamos en cavernas tapizas con una sustancia metálica de nuestra propia invención. Esta sustancia, aún en finas láminas, rechaza todos los rayos dañinos, algunos de los cuales pueden penetrar todas las demás formas de materia a cualquier profundidad. Cuando emergemos al mundo exterior usamos trajes de este metal, cuyo nombre en nuestra lengua es mouffa.

  »Estando de esa manera aislados en todo momento, somos prácticamente inmortales, así como exentos de cualquier enfermedad; ya que toda la muerte y decadencia en el curso de la naturaleza es causada por ciertos rayos solares cuya frecuencia está más allá de la detección de tus instrumentos. El metal no excluye los rayos que son beneficiosos y necesarios para la vida; y por medio de un aparato similar en sus principios a la radio, nuestro mundo subterráneo es iluminado con luz transmitida.»

  Howard comenzó a expresarle su agradecimiento a Agvur. Su cerebro se sentía liviano por la maravilla, y sus pensamientos se arremolinaban en un laberinto de asombrosas especulaciones.

  Agvur, con un gesto suave y gracioso, parecía rechazar su expresión de agradecimiento. El Ser que tenía las ropas de Howard se adelantó, y lo ayudó a ponérselas, al estilo de un diestro criado.

  Howard quería hacer cientos de preguntas; pues la misma existencia de seres inteligentes y altamente evolucionados como los Oumnis en Mercurio era insospechada por los científicos terrestre. Sobre todo, él sentía curiosidad sobre el dominio del lenguaje humano mostrado por Agvur. Su pregunta, como si hubiera sido adivinada por una especie de telepatía, fue contestada por adelantado por los mercurianos.

  «Somos los dueños de muchos instrumentos delicados», dijo Agvur, «los cuales nos capacitan para ver y escuchar, e incluso para captar otras impresiones sensoriales a inmensas distancias. Hemos estudiado desde hace tiempo los planetas más cercanos, Venus, la Tierra y Marte, y a menudo nos hemos divertido escuchando las conversaciones humanas. Nuestro desarrollo mental, que es enormemente superior al de ustedes, hace que el aprendizaje de su lenguaje sea un asunto simple para nosotros; y por supuesto, la ciencia, la historia, la sociología de tu mundo es un libro abierto para nosotros. Vimos la llegada de tu nave de éter desde el espacio; y todos los movimientos de tu grupo desde que aterrizaron han sido observados por nosotros.»

  «¿Cuán lejos me encuentro del cohete?», preguntó Howard. «Confío en que ustedes me ayuden a regresar».

  «Te encuentras ahora a una milla debajo de la superficie de Mercurio», dijo Agvur, «y la parte de la zona crepuscular en la cual está tu nave se encuentra alrededor de una distancia de cinco millas, y puede fácilmente ser alcanzada por una inclinación que conduce hacia arriba hasta una pequeña salida en una caverna natural a la vista de la nave. Sin dudas, algunos de los miembros de tu grupo han visto la caverna y han asumido que no es más que la madriguera de un animal. Cuando tu nave aterrizó, tomamos la precaución de cerrar la entrada con unas cuantas rocas sueltas y fragmentos de residuos que son fácilmente removibles. En cuanto a reunirte con tus compañeros, bien, temo que eso será apenas concebible. Tú debes ser nuestro invitado, quizás indefinidamente». Había una especie de brusquedad en su tono cuando concluyó:

  «No queremos que nuestra existencia sea conocida por los exploradores terrestre. Por lo que hemos visto de tu mundo, y su trato con los seres de Marte y Venus, cuyo territorio ustedes han comenzado a conquistar, consideramos que sería imprudente exponernos a la curiosidad y capacidad humana. Somos pocos en número, y preferimos permanecer en paz y sin ninguna molestia.»

  Antes de que Howard pudiera elaborar cualquier clase de protesta, sucedió una extraña interrupción. Alta e imperiosa, con tonos como toques de trompetas, una voz sonó en el espacio vacío entre Agvur y el terrícola. Howard experimentó un espanto incontrolable; y los tres mercurianos parecían estar paralizados en atención. La voz continuó cerca de un minuto, hablando rápidamente, con acentos de mandatos arrogantes. Howard no podía comprender nada de las palabras, cuyos mismos elementos fonéticos eran extraños y desconocidos. Pero un escalofrío lo recorrió por algo que él intuyó en la poderosa voz; algo que hablaba de un poder implacable y temerario.

  La voz finalizó en una nota brusca y elevada, y los mercurianos hicieron un  extraño gesto con sus cabezas y manos, como para mostrar sumisión a una voluntad superior.

  «Nuestro gobernante temporal y principal científico, Ounavodo», dijo Agvur, «acaba de hablar desde su aposento en los niveles más bajos. Luego de horas de deliberación, él ha tomado una decisión respecto a tu futuro. En un sentido, lamento la decisión, la cual me parece de una dureza innecesaria: pero los mandatos de Shol, como llamamos a nuestro gobernante ancestral, deben ser obedecidos sin cuestionamientos. Debo pedirte que me sigas, te explicaré mientras avanzamos. Pues la orden debe ser ejecutada sin retraso.»

  Perplejo y no sin una pizca de consternación, Howard fue guiado por Agvur hasta una especie de pasillo o túnel inclinado, hacia el cual la cámara daba paso. El túnel al parecer era interminable, y estaba iluminado por la luz brillante sin fuente aparente; los rayos solares transmitidos de los que habían hablado los mercurianos. Al igual que la cámara, estaba tapizado con la pálida sustancia metálica.

  Una extraña máquina, con la forma de un pequeño bote abierto, y montado sobre pequeñas ruedas o ruedecillas, estaba parqueada ante la puerta, sobre la fácil y monótona pendiente. Agvur se posicionó en el hueco de su proa, haciéndole señas para que lo siguiera. Cuando los demás Oumnis se colocaron detrás de Howard, Agvor tiró de una especie de palanca curvada, y la máquina comenzó a deslizarse rápidamente, en perfecto silencio, hacia abajo, en dirección al infierno interminable.

  «Este túnel», dijo Agvur, «conduce hacia arriba, a la entrada cerca de la nave, y conduce hacia abajo, hasta el corazón de nuestros reinos subterráneos. Si pasa lo peor —como me temo que sucederá— tú sólo verás las antecámaras de nuestro laberinto de cavernas, en las cuales hemos habitado, inmune a las enfermedades y la vejez, por muchos siglos. Lo siento mucho, pues tenía la esperanza de llevarte a mis laboratorios, en los niveles más bajos. Allí me habrías servido… en ciertos estudios biológicos.

  »Ounavodo», él continuó, con calmados tonos explicativos, «ha ordenado la fusión y preparación de cierta cantidad de la aleación mouffa, para ser usada en la confección de nuevos trajes. Esta aleación, inventada hace eones por nuestros metalúrgicos, es un compuesto de al menos seis elementos, y es fabricada en dos grados, uno para tapizar nuestras cavernas, y la otra para confeccionar nuestros trajes.

  »Ambos, para su perfección, requieren de un séptimo ingrediente: una pequeña mezcla de una materia protoplasmática viva, que se agrega al metal fundido en el horno. Sólo así —por una razón que es aún un misterio para nuestros sabios—, puede el mouffa adquirir su verdadero poder aislante en contra de los mortales rayos del sol.

  »El mouffa usado comparativamente en pesadas láminas para tapizar las cavernas, necesita sólo de la sustancia de las formas inferiores de vida, como los grokos, los salvajes medio animales de la zona crepuscular, y varias criaturas que nosotros cazamos o criamos en nuestro túneles subterráneos. Pero el mouffa de más alta calidad, que se emplea en láminas ligeras y flexibles para los trajes, requiere del protoplasma de  la vida superior.

  »Lamentablemente, a largos intervalos, nos hemos visto obligado a sacrificar uno de nuestro reducido número en la fabricación de nuevo metal para reemplazar el que ya se ha vuelto obsoleto. Siempre que sea posible, seleccionamos a aquellos que de alguna manera hayan violado nuestras leyes; pero tales infracciones son raras, y comúnmente, la víctima ha sido elegida por una especie de adivinación.

 »Luego de estudiarte cuidadosamente en su pantalla de televisor, Ounavodo, ha decidido que tú estás lo suficientemente elevado en la escala evolutiva para proporcionar los elementos protoplasmático en la próxima temporada de fabricación del mouffa. Al menos, él cree que la prueba es valiosa en el nombre de la ciencia.

  »Sin embargo, para evitar que puedas sentirte discriminado o tratado injustamente, tú simplemente tendrás una oportunidad al ser elegido entre muchos otros. El método de selección te será revelado a su debido tiempo.»

  Mientras Agvur hablaba, el vehículo se había deslizado suavemente sobre la interminable inclinación, cruzándose con varios otros de los carros en forma de lancha, conducidos por los blancos y desnudos inmortales, cuyas guedejas serpentinas ondeaban detrás de ellos a merced del viento. Ocasionalmente, se descubrían aperturas en la pared del túnel, conduciendo sin lugar a dudas a cavernas laterales; luego de una milla o dos, ellos arribaron a un cruce de tres tramos, donde las cavernas ascendían en ángulo inverso desde el pasaje principal. Aterrado y conmovido como estaba por la revelación de Agvur, Howard tomó nota cuidadosamente de la ruta que ellos seguían.

  Él no hizo ninguna réplica al mercuriano. Él sentía su vulnerabilidad en manos de una raza alienígena y extra-humana, equipada, por lo que parecía, de un poder y conocimiento científico que la humanidad aún no ha alcanzado. Pensando con una rapidez desesperada, decidió que sería mejor aparentar resignación a sus captores. Su mano se introdujo instintivamente dentro del bolsillo en el que había llevado la pequeña pistola tonanite con sus doce cargas de mortales rayos explosivos; y él se desilusionó, si bien apenas sorprendido, al descubrir que el arma ya no estaba.

  Sus movimientos fueron notados por Agvur, y una extraña y sardónica sonrisa se esbozó en el inhumano e intelectual rostro del sabio. En su desesperación, Howard pensó saltar del carro; pero hacerlo significaría la muerte o heridas serias con la alta velocidad del descenso.

  Se dio cuenta de que la inclinación finalizaba en una larga caverna nivelada con numerosas aperturas a través de las cuales multitudes de Oumnis entraban y salían. Aquí, ellos abandonaron el vehículo con forma de bote; y Howard fue conducido por Agvur a través de una de las aperturas hacia otro salón, donde quizás cincuenta de los seres blancos estaban parados en filas semi-circulares.

  Todos estos seres se encontraban de frente a la pared opuesta; pero muchos de ellos se volvieron para observar al terrícola con expresiones de curiosidad o desprecio, mientras Agvur lo condujo hasta la primera de las filas de espera y le indicó que se colocara al final.

  Ahora, por primera vez, Howard vio el singular objeto que los Oumnis estaban encarando. Aparentemente, era alguna especie de forma vegetal sin raíces, con un cuerpo hinchado y amarillento semejante al de los cactus en forma de tonel.  Desde su cuerpo, alto como el de un hombre, ramas carentes de hojas de un vívido verde arsénico, moteadas de manchas blanquecinas, se arrastraban en masas renqueantes sobre el piso de la caverna.

  Agvur habló con un susurro penetrante: «La planta es llamada la Roccalim, y la empleamos para elegir, de una cuota dada, el ser que ha de ser arrojado al horno de mouffa fundido. Notarás que, incluyéndote a ti mismo, hay unos cincuenta candidatos para este honor. Todos ellos, por una razón o por otra, y en varios grados, han incurrido en faltas a los ojos de Ounavodo, o han levantado las dudas acerca de su utilidad social. Uno a uno, ustedes caminarán alrededor del Roccalim en un círculo completo, aproximándose al alcance de las ramas, móviles y sensitivas; y la planta indicará al elegido por el destino, tocándolo con las puntas de las ramas.»

  Howard sintió, mientras Agvur hablaba, el frío de una siniestra amenaza; pero en la extrañeza de la ceremonia que siguió, él perdió toda noción de peligro personal.

  Uno a uno, desde el extremo final de la fila en la cual él estaba, los silenciosos Oumnis se adelantaban y caminaban alrededor de la extraña planta, haciéndolo lentamente a unos pocos pies de las ramas inertes de ponzoñoso verde que las hacia parecer como soñolientas y medio enrolladas serpientes. El Roccalim mantuvo una quietud aletargada, sin la más mínima señal de animación, mientras Oumnis tras Oumnis finalizaba su peligrosa órbita y se retiraban hacia la parte más alejada el salón, para desde allí ver la circunvalación de los otros.

  Alrededor de veinte de los inmortales blancos se habían sometido a esta ordalía, cuando el turno de Howard llegó. Resignado, con una sensación de irrealidad y aberración más que de verdadero peligro, él se adelantó y comenzó rodear la planta viva. Los Oumnis observaban como estatuas de alabastro; todo estaba quieto y silencioso, excepto por un murmullo amortiguado y misterioso, producido como por una maquinaria subterránea en la distancia.

  Howard se movía en un arco, vigilando las ramas verdes con creciente ansiedad. Él había completado la mitad de la distancia requerida cuando sintió, más que vio, un destello de luz cambiante e intensa, que pareció descender desde el techo de la caverna y golpear el amarillento cuerpo abultado del Roccalim. La luz despareció en simples fracciones de tiempo, dejando a Howard dudoso de lo que en verdad había sucedido.

  Entonces, cuando él continuó, percibió con un horror estremecedor, que las reptantes ramas tentaculares habían comenzado a temblar y retorcerse, y que lentamente se levantaban del piso y ondulaban en su dirección. Continuamente ellas avanzaban, elevándose y enderezándose, como una masa de tentáculos fibrosos que flotara sobre la corriente de un océano. Ellas lo alcanzaron y  treparon con una facilidad reptiloide sobre su cuerpo, y tocaron su rostro con las puntas de apariencia venenosa, húmedas e inquisitivas.

  Howard retrocedió, quitándose del camino de la masa ondulante, y encontró a Agvur junto a él. El rostro del mercuriano estaba transfigurado por un deleite extra-terrenal; y sus guedejas iridiscentes flotaban verticales, estremeciéndose con extraña inquietud, justo como las ramas del Roccalim.

  En ese momento Howard comprendió que su suerte había sido predeterminada desde el principio; que el destello de luz, momentáneo y evanescente, surgido de una fuente desconocida, quizás había servido de alguna forma para irritar a la planta viviente y provocar las acciones de sus miembros tentaculares.

  Una furia momentánea se apoderó del terrícola, pero él la reprimió. Él debía ser precavido, estar vigilante por una oportunidad —incluso la menos  probable— de escape. Dando la impresión de resignación, él haría que sus captores bajen la guardia.

  Él vio que un número de nuevos mercurianos, equipados con largos tubos lustrosos como sopletes, habían entrado a la caverna y se disponían a rodearlo. Los compañeros de su reciente ordalía ya se habían dispersado en varias direcciones.

  «Me apena», dijo Agvur, «que la elección haya recaído sobre ti. Pero tu muerte será rápida y el tiempo está cerca. La fusión debe ser completada y el metal debe ser derramado y moldeado en finas y maleables láminas, antes de la próxima etapa de oscuridad y sueño, que ocurrirá dentro de una hora más o menos. Dentro de este lapso, tres horas de treinta y seis, la luz transmitida será excluida de todas nuestras cámaras y pasillos; y toda nuestra maquinaria, que obtienen su poder de la luz, permanecerán inactivas.»

III

  Bajo el efecto de una mezcla de horror y confusión, Howard fue conducido a través de una entrada opuesta a la de la caverna del Roccalim y a lo largo de una especie de pasillo que parecía extenderse paralelo a aquel en el que la inclinación finalizaba. Agvur caminaba a su lado; y los guardias Oumnis se agrupaban delante y detrás de él. Él dedujo que los lustrosos y huecos tubos que ellos cargaban eran una especie de arma novedosa.

  Mientras ellos avanzaban, el misterioso sonido palpitante se escuchaba cada vez más cerca. Howard vio que la lejana salida del pasillo estaba iluminada con una fiera luz rojiza. El aire estaba mezclado con extraños olores metálicos; y la temperatura, que hasta ahora había sido de una calidez confortable, parecía elevarse imperceptiblemente.

  A un lado, a través de una puerta abierta en la pared del pasillo, mientras ellos se acercaban a la fuente de la luz roja, Howard vio un gran salón cuyo extremo más lejano estaba lleno con bancos altos con un mecanismo en forma de cilindro y brillante. En frente de estos mecanismos se encontraba un solitario mercuriano observando una inmensa esfera montada sobre un pivote, la cual parecía estar llena casi hasta el tope con una negrura líquida, dejando un creciente de cristal brillante. Cerca de la esfera, había una especie de panel de control inclinado, desde el cual surgían muchas palancas y varillas, fabricadas con alguna materia transparente.

  «Los aparatos iluminadores de todas las cavernas son controlados desde ese salón», dijo Agvur con una especie de jactancia casual. «Cuando la esfera se haya vuelto totalmente negra, la luz del sol se apagará durante el periodo de tres horas, suficiente para proporcionarnos todo el sueño y descanso que necesitamos». Un momento más tarde el grupo llegó al final del pasillo. Howard quedó sin aliento y parpadeando maravillado, cuando vio la fuente  de la enceguecedora luz rojiza.

  Él se encontraba en el umbral de una caverna tan gigantesca que su techo se perdía en la luminosidad, dando el efecto de un cielo natural. Máquinas titánicas de múltiples formas, algunas achatadas y desgarbadas y otras como prodigiosos bulbos o enormes embudos invertidos, llenaban el piso de la caverna; y en el centro, alzándose por encima del resto, se elevaba una plataforma doble en forma de terraza hecha de piedra negra, de treinta pies de alto, con muchas tuberías de un metal oscuro que se ramificaban en dos filas hasta el piso, como si de las piernas de alguna araña colosal se tratara. Desde el centro de su cima la luz roja se alzaba en un gran pilar. Destellando extrañamente bajo el fiero resplandor, las formas de los Oumnis se movían como enanillos.

  Justo a la entrada del ciclópeo salón, se encontraba una especie de perchero, desde el cual colgaban una docena de los trajes de metal mouffa. Su diseño era muy simple, cerrándose y abriéndose en el pecho, con extraños broches parecidos a colas de palomas. La cabeza era una capucha suelta y holgada; y el metal había sido de alguna manera dotado de una transparencia de matices crecientes como el iris de los ojos. Los trajes fueron descolgados por Agvur y los guardias; y Howard notó que ellos eran extremadamente flexibles y ligeros. Se le ordenó que se desvistiera.

  «La mezcla del mouffa durante el proceso de fundición proyecta algunas radicaciones dañinas», dijo Agvur. «Esto apenas importa en tu caso; los trajes de fino metal protegerán a mis compañeros y a mi en contra de ellas, así como de los mortales rayos solares.»

  Howard no se había despojado totalmente de sus ropas, las cuales dejo cerca del perchero. Aún aparentando resignación, y al mismo tiempo pensando desesperadamente y observando todos los detalles de su situación, él fue conducido a lo largo del piso atiborrado, entre el siniestro murmullo y palpitaciones de las extrañas maquinarias. Abruptas y sinuosas escaleras daban acceso a la terraza de piedra oscura. Él terrícola vio mientras ascendía que la hilera más baja estaba conectada a moldes anchos y pocos profundos, a través de los cuales sin lugar a dudas el metal se trasladaría en láminas hacia afuera desde el horno hasta el espacio de enfriamiento.

  Howard sintió un calor casi abrumador cuando se paró sobre la plataforma de la cima; el resplandor rojizo lo cegaba. El horno mismo, ahora podía darse cuenta, era un cráter circular de  unos quince pies horadado en la roca negra. Estaba lleno casi hasta el borde con el metal fundido, que remolineaba con el movimiento de un lento maelstrom, agitado por algún medio desconocido, y brillante de manera insoportable. La piedra negra seguramente no era conductora de calor, pues estaba fría bajo los pies desnudos de Howard.

  En el amplio espacio alrededor del horno, se encontraban una docena de Oumnis, todos ataviados con el resplandeciente mouffa. Uno de ellos estaba girando una rueda pequeña y de aspecto complicado, montada oblicuamente sobre un pilar en miniatura; y como si estuviera regulando la temperatura del horno, el metal brillaba más intenso y remolineaba con nuevo impulso en su negro cráter.

  Aparte de esta rueda, y varias varillas que emanaban de ranuras verticales en la roca, no se veía otra maquinaria en la plataforma. La roca misma era al parecer de un solo bloque, excepto por una losa, de diez pies de largo y dos de ancho, que se extendía sobre el cráter desde el borde. Howard fue conducido directamente hasta esta losa, en el extremo opuesto del horno.

  «Dentro de un minuto», dijo Agnur, «la losa comenzará a moverse, se inclinará, y te precipitara dentro del mouffa fundido. Si lo deseas, podemos administrarte un poderoso narcótico, de manera que tu muerte esté totalmente libre de temor o dolor.»

  Abrumado por un horror irreal, Howard movió su cabeza en un asentimiento mecánico, aferrándose desesperadamente al retraso momentáneo. Posiblemente… aún así… pudiera haber un chance. Si bien él podría reírse de sí mismo ante la absurda noción. Mirando nuevamente el espantoso horno, él se sorprendió de ver una cosa inexplicable. Paso a paso, desde la sólida roca en el borde más lejano del cráter, se alzó la figura de un mercuriano, hasta que se apareció sobre la plataforma con gesto altivo, muy alto y pálido y totalmente desnudo. Entonces, mientras Howard ahogaba un grito de asombro, la figura pareció caminar de una manera segura desde el borde, hasta que quedó colgado, suspendido sobre el resplandeciente horno.

  «Es el Shol, Ounovodo», dijo Agvur en tono reverente, «a pesar de que él ahora se encuentra a una distancia de muchas millas en las cavernas más profundas; él ha proyectado su imagen televisiva para participar de la ceremonia.»

    Uno de los guardias mercurianos se había adelantado, cargando en sus manos un tazón llano de alguna sustancia parecida al bronce, lleno con un líquido incoloro. Él le ofreció el tazón al terrícola.

  «El narcótico hace efecto inmediatamente», dijo Agvur, para estimularlo.

  Dando un rápido y detallado vistazo a los alrededores, Howard aceptó el tazón y se lo llevó a los labios. El narcótico carecía de aroma y también de color, y tenía la consistencia de un aceite espeso y viscoso.

  «Apresúrate», presionó Agvur. «La losa responde a un mecanismo de cronometraje; y ya comienza a moverse.»

  Howard se dio cuenta de que la losa se deslizaba lentamente, como una gran lengua que se esgrimiera hacia el horno llevándolo en su punta. Entonces, comenzó a inclinarse un poco bajo sus pies. Tensando todos sus músculos, él saltó de la losa y arrojó el pesado tazón en la cara de Agvur, quien se encontraba muy cerca. El mercuriano se tambaleó, y antes de que pudiera recuperar el equilibrio, Howard saltó sobre él y levantando su cuerpo, lo lanzó sobre la deslizante y elevada losa, que cargó con Agvur sobre su movimiento acelerado. Sorprendido por la caída, e incapaz de recobrarse por sí mismo, él rodó sobre la piedra inclinada y cayó dentro de la blancura ardiente del maelstrom, desapareciendo con un estruendoso chapuzón. El líquido remolineó y burbujeó con una rapidez mayor a la de antes.

  Por un momento, los Oumnis permanecieron como estatuas de metal; y la imagen televisada del Shol, parada inescrutable y vigilante sobre el horno ni siquiera se estremeció. Saltando sobre los guardias más cercanos, Howard los hizo a un lado cuando ya ellos comenzaban a levantar sus armas tubulares. Él alcanzó el borde sin barandilla de la plataforma, pero varios Oumnis lo interceptaron antes de que pudiera llegar a las escaleras. Una caída de doce pies separaba la primera plataforma de la segunda, y él temía saltar con los pies desnudos. Las extrañas tuberías curvadas que se extendían desde la plataforma superior al piso principal de la caverna, representaban su única posibilidad de escape.

  Estas tuberías eran de un metal oscuro, perfectamente liso y sin junturas, y tenían unas diez pulgadas de espesor. Colocándose a horcajadas sobre la más cercana, en el punto donde penetraba la piedra negra, justo debajo del borde, Howard comenzó a deslizarse tan rápido como pudo hacia el piso.

  Sus captores lo habían seguido hasta el borde de la plataforma; y mirándolos mientras se deslizaba, Howard vio que dos de los Inmortales apuntaban sus armas hacia él. Desde los tubos huecos, se dispararon ardientes bolas de fuego amarillo que se dirigieron directamente hacia Howard. Una de ellas cayó muy cerca, golpeando el costado de una de las grandes tuberías, provocando que se derritiera como por un exceso de soldadura. Él vio el goteo del metal derretido al tiempo que se agachaba para evitar la segunda bola. Otros Oumnis estaban apuntando sus armas; y una lluvia de las terribles bolas de fuego cayó alrededor de Howard mientras se deslizaba a lo largo de la sección final de la tubería, donde caía hacia el piso en una curva cerrada. Una de las bolas rozó su brazo derecho causándole una dolorosa quemadura.

  Cuando él alcanzó el piso, vio que una docena de Inmortales descendían las escaleras a grandes saltos. Afortunadamente, la caverna principal estaba desierta. El terrícola saltó desde el escondite de una enorme máquina romboide, y escuchó el silbido y el goteo del metal líquido mientras las bolas de fuego golpeaban detrás de él. Abriéndose camino entre las colosales máquinas, e interponiendo sus estructuras tanto como fuera posible entre él y sus perseguidores, Howard llegó a la entrada a través de la cual él había sido conducido al horno por Agvur. Había otras salidas desde la inmensa caverna; pero estas lo conducirían más profundo dentro del desconocido laberinto. Él no tenía ningún plan establecido, y su escape final se presentaba más que problemático; pero sus instintos lo impulsaban a continuar tanto como pudiera antes de ser recapturado.

  Por todos lados, él escuchaba el misterioso martilleo de las máquinas automáticas; pero no se escuchaba el sonido de sus perseguidores, quienes se avanzaban con siniestro silencio, con increíbles saltos, acortando visiblemente la distancia que los separaba de él. Entonces, asombrosamente, mientras él giró alrededor de una de las máquinas, se encontró frente a frente al fantasma proyectado del Shol, parado con una actitud amenazante, y moviendo su espalda con gestos imperantes. Él sintió la abrumadora y ardiente mirada de unos ojos que eran hipnóticos por una ancestral sabiduría y poder inmemorial; y le parecía arrojarse en contra de una barrera invisible, cuando saltó sobre la formidable imagen. Sintió un ligero choque eléctrico que sacudió todo su cuerpo; al parecer el fantasma era capaz de algo más que la simple manifestación visual. Pareció difuminarse. Entonces, quedó suspendido por encima de él, señalándole su ruta de escape a los Oumnis que le daban caza. Pasando por un enorme cilindro achatado, se topó con el perchero en el cual estaban colgados los trajes de mouffa. Aún quedaban dos. Desechando sus propias ropas que yacían amontonadas muy cerca, él tomó uno de los trajes de metal de su lugar y envolvió el fino y maravillosamente flexible material en un fardo mientras continuaba su huida. Posiblemente, en algún lugar él tendría la oportunidad de ponérselo; disfrazado de esa manera, podría guardar la esperanza de prolongar su libertad, o incluso encontrar la salida de este tremendo mundo subterráneo.

  Había un amplio espacio abierto entre el perchero y la salida de la caverna. Los perseguidores de Howard emergieron desde la confusión de altas maquinarias antes de que él pudiera alcanzar la salida y fue forzado a evadir otra descarga de las bolas de fuego, que se desparramaron en una furia blanquecina alrededor de él. Ante él, aún se cernía el amenazante fantasma del Shol.

  Ya se encontraba en el corredor que se extendía más allá de la salida. Tenía la intención, de ser posible, de retomar la ruta por la que había venido con Agvur. Pero cuando alcanzó la puerta por la cual había visto el vigilante del oscuro globo, y el mecanismo controlador de la luz, percibió que un grupo de mercurianos, armados con los tubos de fuego, se apresuraban a detener su escape por el corredor. Sin dudas ellos habían sido convocados por algún medio de teleaudición por los encargados del horno. Mirando atrás, vio que sus antiguos guardianes le pisaban los talones. Dentro de poco él sería cercado y capturado. Sin ninguna idea consciente, excepto por el impulso de escapar, él se escabulló a través de la puerta abierta del salón de la maquinaria de iluminación.

  El vigilante solitario aún permanecía ante la enorme esfera con su espalda vuelta hacia el terrícola. El creciente cristalino del oscuro globo se había estrechado hasta formar un delgado cuerno, como el arco de una luna agonizante. Una loca y audaz inspiración le llegó a Howard, cuando recordó lo que Agvur le había dicho sobre el control del sistema de iluminación. Rápida y silenciosamente, él se acercó al vigilante de la esfera.

  Nuevamente, la vengadora imagen del Shol se alzó delante de él, intentando ahuyentarlo; y mientras él se acercaba al vigilante inconsciente, se elevó en el aire y se posó sobre la esfera, avisando al Oumni con un grito agudo y estridente. El vigilante se volvió, tomando una pesada barra de metal que yacía en el piso, y saltó al encuentro de Howard, con su arma levantada y lista para propiciar un golpe feroz. Antes de que la barra pudiera descender, el puño del terrícola impactó de lleno la cara del mercuriano, arrojándolo sobre el panel oblicuo de palancas reguladoras al lado de la esfera sobre el pivote. Se escuchó un escalofriante estrépito cuando cayó entre las curvadas varillas cristalinas; y al mismo tiempo, una total y abrumadora oscuridad se precipitó en el salón, ocultando los bancos de lustrosas maquinarias, el Oumni caído y el fantasma del Shol.

IV

  Parado de manera incierta y confundido, el terrícola escuchó el gemido bajo del mercuriano herido, y un alto lamento de consternación desde el corredor, donde los dos grupos de sus perseguidores se encontraron arropados por la oscuridad. El lamento cesó abruptamente; y excepto por el quejido cercano que aún continuaba, había absoluto silencio. Howard se dio cuenta de que ya no escuchaba el murmullo de las extrañas maquinarias en el salón del horno. Sin duda su operación estaba conectada de alguna manera con el sistema de iluminación, y había cesado con la llegada oscuridad.

  Howard aún tenía el traje de mouffa. Tanteando en los alrededores él encontró la barra de metal que había caído de la mano del vigilante. Haría la función de un arma muy servicial. Sosteniéndola firmemente, caminó hacia la que suponía era la dirección de la puerta. Él caminó lenta y cuidadosamente, sabiendo que sus perseguidores se habrían reunido para esperarlo, o incluso podrían estar arrastrándose hacia él. Escuchando atentamente, él escuchó un crujido metálico muy bajo. Algunos de los Oumnis, ataviados con el mouffa, venían a su encuentro en la oscuridad. Sus pies desnudos eran silenciosos, y echándose a un lado escuchó el crujido pasar. Con suma cautela, se escabulló hacia la puerta extendiendo una mano delante de él. Repentinamente sus dedos tocaron una superficie suave, la cual reconoció como la pared. Él había equivocado la puerta en sus tanteos. Escuchando nuevamente, le pareció escuchar un sonido ligero desde la izquierda, como si lo estuvieran siguiendo; y moviéndose en la dirección opuesta a lo largo de la pared, encontró un espacio vacío y vio un lúgubre destello al parecer sin fuente determinada. Sus ojos se habían acostumbrado sistemáticamente a la oscuridad, y distinguió una masa de dudosas sombras en contra del resplandor. Al fin encontró la puerta que estaba cercada con Oumnis a  la espera.

  Con la barra levantada se precipitó hacia las sombras, lanzando un golpe tras otro, y tropezando con los cuerpos caídos ante su despiadado ataque. Se escucharon agudos chillidos, y él se liberó de fríos dedos envueltos en mouffa que buscaban agarrarlo en la penumbra. Entonces, de alguna manera, él se abrió camino encontrándose en el corredor. El resplandor, ahora se daba cuenta, emanaba desde la caverna de las maquinarias, donde el horno oculto aún ardía. En el agonizante resplandor que alumbraba la entrada aparecieron figuras apresuradas, cada una de las cuales parecía poseer un enorme ojo ciclópeo de un gris frío. Howard se dio cuenta que más mercurianos usando luces artificiales llegaban para unirse a la persecución.

  Manteniéndose muy cerca de la pared del corredor, él corrió tan rápido como se atrevía en la sólida oscuridad hacia la caverna del Roccalim. Escuchó un sutil crujido metálico, producido por los Oumnis más cercanos; y mirando atrás, vio sus siluetas borrosamente dibujadas en contra del lejano resplandor. Ellos avanzaban de una manera lenta y cautelosa, como si estuvieran esperando el nuevo contingente con la luz gris. Luego de un rato, vio que los dos grupos se unieron e iniciaron su persecución con nuevos bríos. Tocando la pared a intervalos mientras corría, Howard arribó a la entrada del salón en cuya entrada se levantaba el Roccalim. Las luces se estaban acercando a él rápidamente. Calculando mentalmente, con la mayor exactitud posible, la dirección de la entrada  opuesta, que daba hacia el túnel principal que conducía a la pendiente, él se dirigió hacia ella. Mientras avanzaba, se viró un poco tratando de evitar la monstruosa planta. Era como arrojarse a un abismo ciego; y le pareció recorrer una inmensa distancia, sintiéndose seguro de que alcanzaría la entrada en cualquier momento.

  De repente, su pie tropezó con un obstáculo desconocido, cayendo a todo lo largo sobre lo que parecía ser una maraña de grandes cuerdas peludas, que picaban su piel desnuda en un millar de puntos. Al instante se dio cuenta que había colisionado con el Roccalim. La masa de ramas como pitones yacía inerte debajo de él, sin un estremecimiento de animación. Indudablemente, en ausencia de la luz, la extraña y semi-animal forma vegetal era inútil. Levantándose del cojín espinoso sobre el que había caído, Howard miró atrás y percibió el tropel de luces grises, frías y malévolas como los ojos de dragones boreales. Sus perseguidores estaban a punto de entrar en la caverna, y estarían sobre él en pocos instantes.

  Aún sosteniendo el traje de mouffa y la barra de metal, avanzó a tientas entre la maraña de ramas, sintiendo los dolorosos puyazos en sus pies con cada paso. Repentinamente cayó al piso, dándose cuenta de que estaba parado en un espacio abierto donde los pesados ramajes, que descendían desde el hoyo, se dividían a ambos lados. Arrastrándose a gatas mientas las luces se aproximaban, se topó como un lugar hueco y bajo por el cual podía arrastrarse bajo las ramas, muy cerca del tallo con forma de cactus. Las enredaderas eran lo suficientemente gruesas como para ocultarlo al escrutinio de los que le daban caza. Agazapado en ese lugar, con el peso espinoso sobre él, vio a través de las estrechas aberturas el paso de las luces grises hacia la salida de la caverna. Al parecer a ninguno de los mercurianos se le ocurrió examinar la maraña de ramas del Roccalim.

  Emergiendo de su fantástico escondite, luego de que todos los Oumnis terminaron de pasar, Howard se atrevió a seguirlos. Vio el desvanecimiento de las heladas lámparas, mientras se adentraban en el túnel exterior. Moviéndose nuevamente en total oscuridad encontró la salida. Allí descubrió el rastro en movimiento de la luz, arrojada por las apresuradas lámparas mientras sus portadores se dirigían a la pendiente. Mientras avanzaba, Howard tropezó nuevamente con un objeto invisible, que era, o el vehículo de Agvur, o algún otro del mismo tipo. Probablemente, con la energía apagada estos vehículos eran inservibles; de lo contrario algunos de ellos hubieran sido utilizados por los perseguidores del terrícola. Cazadores y presa se encontraban en igualdad de movimiento; y comprendiendo esto, Howard sintió por primera vez un verdadero estremecimiento de esperanza.

  Continuando, con el movimiento de las luces avanzando sin pausa delante, él inició la interminable pendiente que conducía —posiblemente— a la libertad. El túnel estaba desierto, excepto por los cazadores y su presa humana. Y parecía que la multitud de Oumnis que Howard había visto a su llegada con Agvur se habían retirado todos con la caída de la oscuridad. Posiblemente ellos estaban aprovechando el usual lapso de tres horas de noche y descanso. Los portadores de las luces parecían ignorar todos los pasajes laterales que partían desde el túnel principal. A Howard se le ocurrió que ellos se estaban apurando por alcanzar la salida a la superficie, con la intención de impedirle su posible escape. Luego de eso, ellos podían cazarlo en las cavernas a su propio ritmo.

  La inclinación se extendía en línea recta; y no existía la posibilidad de perder de vista las luces. Howard hizo una breve pausa para ponerse el traje de mouffa con la esperanza de que más tarde serviría para confundir o engañar a sus perseguidores. La fabricación del traje era simple y le quedaba hecho a la medida; pero el desconocido e intrincado sistema para ajustarlo evadía sus dedos no entrenados. Él no podía recordar claramente como había sido hecho; de manera que continuó con el extraño traje abierto a la altura del pecho. Los talones alargados, hechos para ajustarse a las espuelas de los Inmortales, aleteaban detrás de él. Se mantuvo lo más posible a la misma distancia que lo separaba de los Oumnis. Mirando atrás luego de un rato, lo invadió el horror al ver, muy abajo, los pequeños ojos grises de otro grupo de luces que lo seguían. Al parecer otros se habían unido a la persecución.

  Fue un ascenso largo y tedioso; millas tras millas de este monótono túnel cuya penumbra sólo era desafiada por los siniestros puntos de luces grises. Los mercurianos avanzaban a un ritmo incansable; y sólo por un incesante esfuerzo podía el terrícola, entre corriendo y caminando, mantener su posición a mitad de camino entre los dos grupos de lámparas. Él jadeaba pesadamente, y un vértigo se posesionaba de él por momentos en el cual las luces parecían difuminarse. Un gran cansancio se apoderó de sus miembros y de su cerebro. Cuánto tiempo había pasado desde que había comido, él no lo podía decir. Él no estaba consciente de hambre o sed; pero le parecía enfrentarse con una creciente debilidad. El corredor se convirtió en una negra eternidad, poblada por los ojos verdes de demonios cósmicos. Horas tras hora él continuaba, a través de un ciclo de noche sin luz solar. Perdió el sentido del tiempo y sus movimientos se convirtieron en impulsos automáticos. Sus miembros estaban muertos y entumecidos, y sólo era su poderosa voluntad la que lo mantenía con vida e impulsaba. Por momentos él olvidaba hacia donde iba; olvidaba todo, excepto el ciego y primitivo impulso de huir. Él era una cosa sin nombre huyéndole a un terror anónimo.

  Al fin, a través del aplastante entumecimiento de su fatiga, se dio cuenta de que le estaba ganando un poco de terreno al grupo de luces delante de él. Posiblemente sus portadores se habían detenido por la duda o para debatir. Entonces, repentinamente, él vio que las luces se estaban extendiendo, que se desvanecían en cada mano, hasta que sólo cuatro luces permanecieron. Confundido, él continuó, y arribó a la triple división del túnel que él recordó haber visto con Agvur. Vio que el grupo de Oumnis se había dividido en tres contingentes, que seguían los tres túneles. Cada túnel conducía sin dudas a una salida diferente. Recordando lo que Agvur había dicho, él tomó la dirección del túnel del medio. Éste, si Agvur había dicho la verdad, conduciría a una salida en la zona crepuscular, no muy lejos del la nave cohete. Él no sabía hacia donde conducían los demás túneles; quizás hacia el terrible desierto ardiente o, a los amontonados y caóticos glaciales del hemisferio oscuro. Con suerte, el que estaba siguiendo lo reuniría con sus compañeros.

  Una especie de segundo aliento vino sobre Howard; como si la esperanza hubiera revitalizado sus desmayadas facultades. Con mayor claridad que antes, él se dio cuenta del total silencio y profundo misterio de este impero subterráneo, del cual él había visto —e iba a ver— tan poco. Su esperanza se intensificó cuando al mirar atrás vio que las luces de la retaguardia habían disminuido en número, como si el segundo grupo también se hubiera dividido para seguir a través de los tres túneles. Era evidente que no existía una persecución general. Con toda probabilidad, la destrucción de las palancas de transmisión había inutilizado toda la maquinaria de los Inmortales, incluyendo su sistema de comunicación. El escape de Howard, sin dudas sólo fue conocido por aquellos que se encontraban presente o cerca cuando ocurrió. Él había traído caos y desmoralización sobre este pueblo súper-científico.

V

  Millas tras millas de esa monótona lobreguez. Entonces, sacudido por el espanto, el terrícola se dio cuenta de que las cuatro luces del frente habían desaparecido. Mirando hacia atrás, vio que las luces que lo seguían también habían desaparecido. Alrededor, delante y detrás de él no existía otra cosa sino una sólida pared de oscuridad semejante a una tumba. Howard sintió un extraño desconcierto junto con el pesado y aplastante retorno de su agotamiento. Él continuó con pasos dudosos y cansados, siguiendo la pared de la derecha con dedos curiosos. Luego de un rato dobló por una esquina muy angulada; pero sin recobrar las luces perdidas. Había una corriente de aire en la oscuridad, un olor a piedra y mineral, diferente a cualquier cosa que él haya percibido en las cavernas tapizadas de mouffa. Comenzó a preguntarse si de alguna manera se había extraviado: deben existir otras extensiones en el túnel de las cuales él no tuvo conocimiento. Con un repentino ataque de alarma comenzó a correr, y chocó con el ángulo de otra esquina en la pared.

  Se levantó medio aturdido. Apenas sabía de aquí en adelante, si continuaba avanzando por la ruta original o si simplemente daba vueltas sobre sus pasos. Hasta donde podía apreciar, él podía estar perdido más allá de cualquier esperanza de dirección en un laberinto de cavernas transversales. Él tropezaba y se tambaleaba en su marcha, colisionando muchas veces con los lados del túnel, el cual parece haberse estrechado, y también haberse vuelto más áspero con el surgimiento de muchas proyecciones de pedernal. La corriente de aire impactaba su rostro con mayor intensidad, ahora con un olor a agua. Paulatinamente, la venda de oscuridad delante de él se diluyó en un resplandor frío y azulado, que reveló las escabrosas protuberancias de la pared y los colmillos de piedra del techo del pasaje natural que estaba siguiendo.

  Se encontró en el espacio de un gran salón cavernoso, construido con alguna especie de piedra de mármol pálida y con formas retorcidas parecidas a columnas. Vio que el resplandor era emitido por alguna especie vegetal fosforescente, probablemente de naturaleza talofítica, el cual crecía en espesos bultos desde el suelo hasta alcanzar el tamaño de un hombre alto. Su aspecto era fláccido y nauseabundo, con colgaderas pendulares en formas de frutas de un púrpura descolorado a lo largo de sus tallos hinchados y de un color blanco-azulado. La fosforescencia, que emanaba equitativamente desde todos los lados de estas plantas, servía para iluminar las tinieblas de los alrededores, revelando borrosamente la característica columnada de las paredes más lejanas de la caverna. Howard vio mientras pasaba, que las plantas carecían de raíces. Parecía como si ellas colapsarían con un simple toque; pero tropezando por casualidad contra uno de los matorrales, descubrió que soportaban su peso con una elástica solidez. No cabía duda de que debían estar fijadas firmemente al piso pulido por alguna especie de succionadores.

  En el centro de la caverna, tras un fleco alto de este hongo luminoso, él descubrió un pozo de agua, alimentado por un fino goteo que descendía a través de la lobreguez desde una alta bóveda que la luminiscencia no podía alumbrar. Acuciado por una sed repentina y furiosa, él echó hacia atrás la capucha del mouffa y bebió despreocupadamente, a pesar de que el fluido era amargo y agrio a causa de los extraños minerales. Entonces, con el hambre atroz de aquel que no ha comido en días, él comenzó a mirar las extrañas colgaderas en formas de peras de las altas talofitas. Arrancó una del tallo madre, desgarró la cáscara resplandeciente, y descubrió que estaba llena de un pulpa comestible. Un sabroso y tentador olor lo impulsó a probarla. No era del todo desabrida y olvidando toda cautela [posiblemente él se había vuelto un poco loco por sus ordalías extra-mundanas], devoró la cosa con mordidas voraces.

  La colgadera debía contener un principio narcótico; pues casi inmediatamente él fue abrumado por una somnolencia insuperable. Él cayó de espalda y se durmió al punto, con un profundo y denso sopor carente de sueños; por un lapso de tiempo que hasta donde podía decir, era como el intervalo de la muerte entre dos vidas. Se despertó con una violenta nausea, un agudo dolor de cabeza y con una sensación de desesperanza y irreductible confusión.

  Bebió nuevamente del agrio pozo, entonces comenzó a buscar con sentidos embotados y pasos débiles e inciertos una salida diferente en la caverna de aquella por la cual había entrado. Su mente estaba ofuscada y totalmente drogada, como si fuera el efecto secundario del desconocido narcótico; no podía formular ningún plan de acción consciente, sino que fue conducido sólo por un impulso animal por escapar. Descubrió una segunda entrada en la pared opuesta de la caverna, baja y obstruida con pedazos rotos desprendidos de los pilares. Estaba llena de una oscuridad estigia; y antes de penetrar en ella, despegó una abultada rama del hongo fosforescente, que le serviría en sustitución de otra luz. Sus andanzas posteriores fueron pesadillezcas e interminables. Parecía haber penetrado dentro de un tremendo laberinto de cavernas naturales, variando grandemente en tamaño e interceptándose unas a otras a manera de una asombrosa colmena: un mundo subterráneo que se extendía más allá del reino aislado por metales de los Oumnis.

  Se sucedieron largos, tediosos y retorcidos túneles que se abismaban dentro de una profundidad cimmeria, o ascendían en ángulos absurdos. Había hoyos estrechos, llenos de extraños minerales líquidos, sobre los cuales él se arrastró como un lagarto sobre su barriga; y dantescos golfos que él bordeaba sobre peligrosos salidizos quebrados, mientras escuchaba muy lejos debajo del él, el extraño murmullo de las aguas subterráneas de Mercurio. Por un tiempo, su camino sólo lo conducía hacia abajo, como si estuviera penetrando dentro de los intestinos del planeta. El aire devino más caluroso y vaporoso. Al fin, arribó al agudo borde de un descomunal abismo, en el cual hongos fosforescentes más vastos que cualquiera que él hubiese visto hasta entonces, crecían tan altos como árboles gigantescos a lo largo del precipicio que se extendía por millas. Ellos eran como fantásticas velas monolíticas; aún así, su luminosidad fallaba en revelar la profundidad superior y la inferior.

  No se topó con ninguno de los Oumnis en este interminable mundo de noche y silencio. Pero luego de que bordeó el gran golfo, y había comenzado a ascender nuevamente a través de pequeñas cavernas, se fue encontrando a intervalos con ciertas criaturas blancas, ciegas y repulsivas del tamaño de una rata demasiado crecida, pero sin siquiera los rudimentos de patas o cola. En el desmoralizado estado de su mente y de su cuerpo, sintió un primitivo temor por estas cosas, más que la repugnancia que su aspecto normalmente habría provocado. No obstante, ellas no eran agresivas y se apartaban perezosamente de su camino. En una ocasión, él tropezó inadvertidamente con una de las criaturas, y dio un salto para apartarse, aullando de temor cuando ésta se retorció nauseabundamente bajo su pie. Descubriendo que había aplastado su cabeza, se armó de valor y comenzó a apalear las blandas anormalidades con la barra de metal que aún cargaba. Él las machacó hasta convertirlas en una pulpa rezumante; una pulpa que aún se estremecía de vida; y entonces, vencido por un hambre bestial y primitiva, y olvidándose de todos los prejuicios adquiridos dolorosamente por el hombre civilizado, él se arrodilló y devoró la pulpa con una voracidad desvergonzada. Luego, satisfecho, se tendió sobre el suelo y durmió por muchas horas.

VI

  Se levantó con sus fuerzas físicas renovadas, pero con la mente y los nervios aún parcialmente destrozados por sus experiencias. Como un salvaje que despertara en alguna caverna primordial, él sintió el miedo irracional hacia la oscuridad y el misterio. Sus memorias eran confusas y fragmentadas, y sólo podía recordar a los Oumnis como una vaga y casi sobrenatural fuente de temor, de la cual él había huido.

  La rama del hongo, que le había servido a manera de una antorcha o linterna, yacía a su lado en la oscuridad. Con la rama en una mano y la barra de metal en la otra, él reinició sus andanzas. No se encontró con más criaturas blancas y sin piernas; pero ya había conquistado su temor hacia ellas, y las contemplaba sólo como una fuente posible de alimento. Él se dedicó a matarlas y comerlas nuevamente, disfrutando la suave carne de gusano como un aborigen disfrutaría de un plato de larvas u hormigas blancas. Había perdido toda noción del paso del tiempo o de su medida. La vida era una cosa que escalaba sin fin las pendientes de cavernas tartáreas, o por las orillas de ríos, pozos y abismos en tinieblas; matando cuando estaba hambriento; durmiendo cuando su cansancio se lo exigía. Quizás el llevaba días caminando; quizás semanas, en la búsqueda instintiva de luz y aire exterior.

  La flora y la fauna de las cavernas cambiaron. Él se arrastraba a través de pasadizos que estaban totalmente poblados de talofitas erizadas y resplandecientes, algunas de las cuales eran afiladas y gruesas como si estuvieran tejidas con fibras de hierro. Él se topaba con lagos de aguas tibias infestados por unas criaturas largas y ágiles parecidas a hidras, divididas en segmentos como los gusanos, y las cuales se alzaban para cerrarle el camino pero que resultaban inofensivas en contra del traje de mouffa que cubría sus miembros con sus mandíbulas pulposas y sin dientes. Por un tiempo, le pareció estar atravesando una zona de calor innatural, debido, sin dudas, a la presencia de actividades volcánicas ocultas. Había geysers y golfos por los cuales el vapor sulfuroso se levantaba, llenando el aire de unos extraños gases de olores metálicos que parecían arder corrosivamente en sus narices y pulmones. Algún remanente de sus conocimientos científicos lo impulsó a retirarse de semejante ambiente y volver sus pasos hacia las cavernas que estaban libres de ellos.

  Huyendo de unas de las cavernas de pesado aire mefítico, se encontró en un salón de alrededor una milla de ancho, poblado con hongos de una exuberancia inusual, entre cuya luminiscente vegetación él se topó con una de sus más terribles aventuras. Un gigantesco monstruo semi-ofídico, blanco como todas las formas de vida con las que se había tropezado e igualmente sin piernas pero poseyendo un solo ojo ciclópeo y fosforescente, saltó sobre él desde la vegetación extraterrestre y lo echó al suelo con el impacto de su cabeza informe y dura. Permaneció medio aturdido mientras el monstruo comenzó a ingerirlo con su enorme boca, comenzando con sus pies. Al parecer el metal que usaba no era un impedimento para su apetito. La criatura lo había ingerido casi hasta la cadera, cuando recobró sus sentidos y comprendió su terrible situación.

  Impactado por un horrible terror, aullando y chillando como un hombre de las cavernas, él levantó la barra de metal la cual sus dedos agarrotados de alguna manera aún conservaban, y golpeó frenéticamente la espantosa cabeza en cuya boca estaba siendo introducido pulgada a pulgada. Los golpes no surtieron ningún efecto en la enorme masa gomosa; y pronto ya se encontraba engullido hasta la cintura en la monstruosa boca. En su urgente necesidad, un residuo de poder racional vino a su encuentro, y usando la barra como una lanza la hundió dentro del inmenso ojo fosforescente, hundiéndola hasta sus manos y probablemente dañando cualquier cerebro rudimentario que la criatura pudiera poseer. Un fluido pálido como la sustancia de un huevo rezumó del ojo herido, y los labios babosos se apretaron intolerablemente sobre el cuerpo de Howard, casi aplastándolo, lo que le pareció el espasmo de muerte de la criatura. El hinchado cuerpo, grueso como un barril, se retorció por muchos minutos, y durante sus convulsiones, Howard perdió la conciencia. Cuando volvió en sí, la criatura yacía comparativamente quieta; y la boca como de saco comenzaba a aflojarse, de manera que fue capaz de librarse de las espantosas mandíbulas.

  El choque de esta experiencia completó su desmoronamiento mental, y lo empujó aún más profundo dentro de un primitivo salvajismo. Por momentos, su cerebro quedaba casi en blanco. En esos intervalos él no sabía nada, no recordaba nada, excepto por el ciego horror de esas cavernas interplanetarias y el confuso impulso que aún lo impulsaba a buscar una salida. Varias veces, mientras él continuaba su camino a través de los espesos hongos, se vio forzado a huir o esconderse de otros monstruos del mismo tipo del que estuvo muy cerca de engullirlo. Entonces, penetró en una región de inclinaciones que lo condujeron aún más arriba. El aire era frío y las cavernas aparentemente vacías de toda forma de vida vegetal o animal. Él marchaba pesadamente a causa del intenso frío; ya que su destrozada mente no podía sugerir otra explicación.

  Antes de penetrar en este reino se había suplido de otro fragmento del hongo luminiscente para alumbrar su camino. Él andaba a tientas a través de abismos y enfiladas escarpaduras de dolomita cuando, a cierta distancia sobre él, vio con un terror inenarrable el destello de dos ojos fríos que se movían entre los riscos. Él ya había virtualmente olvidado los Oumnis y sus lámparas; pero alguna cosa —medio intuida y medio memorizada— le advirtió de un peligro más terrible que cualquiera de lo que hasta entonces había encontrado. Arrojó su rama luminosa y se escondió tras una de las formaciones dolomíticas. Desde su escondite vio pasar a dos de los Inmortales, ataviados con el mouffa plateado; ellos descendieron la escarpadura y desaparecieron en los golfos rocosos de más bajo. Él no podía saber si lo estaban buscando o no; pero una vez que desaparecieron retomó su ascenso, avanzando apresuradamente y sintiendo que debía alejarse lo más posible de los portadores de esas luces grises.

  Las formaciones dolomíticas disminuyeron en tamaño, y los inclinados salones se estrecharon como el cuello de una botella, con sus paredes acercándose desde todos lados, hasta que sólo era un estrecho pasaje lleno de curvas. El suelo se niveló totalmente. En poco tiempo, mientras lo seguía, fue sorprendido y enceguecido por un resplandor directamente sobre su cabeza; una luz que era brillante como la pura luz del sol. Se acobardó y retrocedió un poco, protegiendo sus ojos con sus manos hasta que se acostumbraron poco a poco al resplandor. Entonces, cautelosamente, con una mezcla de temor y confusión, se arrastró hacia la luz y salió al espacio de un interminable salón de metal, aparentemente desierto, pero lleno hasta donde sus ojos podían ver de la radiación sin fuente alguna.

  La boca del tosco pasaje natural desde el cual había emergido, estaba dotada de una especie de válvula que fue dejada abierta seguramente por los Inmortales que había visto entre los riscos subterráneos. El vehículo en forma de bote que ellos usaron estaba parqueado en el salón. Este vehículo y el mismo salón le eran familiares, y comenzó a recordar a medias las pruebas que había padecido con los Oumnis antes de la huida hacia la oscuridad exterior. El salón estaba ligeramente inclinado; y él comenzó a recordar que los niveles superiores conducían probablemente hacia un mundo perdido de libertad. Furtiva y aprensivamente, él comenzó su ascenso, cauteloso como un animal.

  Luego que había recorrido alrededor de una milla, el piso se volvió perfectamente llano, pero el salón comenzó a adoptar una forma arqueada. Él era incapaz de ver muy lejos. Entonces, tan repentinamente que no pudo emprender la huida, se encontró a la vista de tres Oumnis, ataviados de metal y con sus espaldas vueltas hacia él. Uno de los vehículos botes estaba cerca. Uno de los Inmortales estaba manipulando una enorme barra parecida a un cabrestante que surgía de la pared del pasaje; y como en respuesta a la acción de la barra, una especie de portón de metal resplandeciente descendió lentamente desde el techo. Pulgada a pulgada, descendió como una poderosa cortina, y pronto cerraría todo el pasaje haciendo imposible el escape del terrícola.

  Por alguna razón a Howard no se le ocurrió que el túnel luego del portón podría conducir a un reino diferente de aquel de aire libre que el tanto anhelaba. Como por un milagro, algo de su antiguo coraje y determinación retornó a él; y por tanto no se volvió y corrió desesperadamente a la vista de los Inmortales como habría hecho poco tiempo atrás. Él sintió que su oportunidad de escapar de los niveles inferiores de Mercurio era ahora o nunca. Saltando sobre los inadvertidos Oumnis, los cuales estaban concentrados en el cierre del portón, golpeó al más cercano con su barra de metal. El mercuriano se tambaleó y se precipitó sobre el piso estruendosamente por el impacto del mouffa. El que estaba operando la palanca continuó con su tarea, y Howard no tuvo tiempo se golpearlo, ya que los restantes Inmortales, con una agilidad felina, habían reaccionado y ya estaban apuntando hacia él los tubos de fuego que portaban.

  Howard vio que el gran portón aún estaba descendiendo, estando a sólo dos pies sobre el piso de la caverna. Él se lanzó en picada hacia la apertura, despatarrándose a todo lo ancho para luego arrastrarse sobre su estómago bajo la terrible cortina de metal. Luchando por levantarse, descubrió que estaba siendo retenido. Se encontraba ahora en total oscuridad; pero arreglándoselas para hincarse y voltear, descubrió la causa de su retardo. El portó al caer, atrapó el apéndice del traje mouffa en su talón derecho. Tenía toda la sensación de un animal atrapado mientras se debatía para liberarse. El duro mouffa resistió, aplastado por el pesado portón; y parecía que no había escapatoria. Entonces, en medio de su desesperación, recordó que la apertura del mouffa estaba abierta a la altura del pecho. Trabajosamente, halló la forma de arrastrarse fuera de él, dejándolo allí como la piel mudable de una serpiente.

  Levantándose, emprendió la huida en plena oscuridad. No tenía ningún tipo de iluminación, ya que había arrojado la rama fosforescente cuando se precipitó bajo el portón. La caverna resultaba áspera e irregular para sus pies desnudos; y sintió un viento frío, ligero como el aliento de los glaciales, que soplaba sobre él mientras avanzaba. El suelo se elevó, y en ciertos lugares estaba obstaculizado con formaciones como escaleras, en contra de las cuales tropezaba y caía, magullándose severamente. Luego, se hirió la cabeza seriamente con una roca que se proyectaba desde el techo bajo. La sangre húmeda y tibia se derramó sobre su frente y dentro de sus ojos. El pasaje ascendía en picada y el aire adoptó una frialdad terrible. No había signo de persecución de parte de los Oumnis; pero temeroso de que ellos elevaran el portón y lo siguieran, el terrícola apresuraba la marcha. Estaba confundido por el creciente frío ártico, pero la razón posible para ello parecía eludirlo. Su torso y miembros desnudos se sentían como carne de gallina; hasta que comenzó a tiritar con unos violentos espasmos a pesar de la velocidad de su huida y escalamiento.

  Las escaleras de la caverna se hicieron más regulares y definidas; y parecían que se elevaban eternamente en la oscuridad. Acostumbrándose a ellas, él fue capaz de marchar a tientas de un peldaño a otro con apenas un tropezón o caída ocasional. Sus pies estaban heridos y sangraban; pero el frío comenzó a insensibilizarlos y sentía poco dolor. Distinguió un penumbroso y circular destello muy por encima de él, y jadeando con el aire helado, el cual parecía hacerse más ligero e irrespirable, se lanzó a su encuentro. Le pareció que había escalado cientos, miles de esos negros peldaños glaciales antes de que pudiera estar cerca de la luz. Él salió hacia el paisaje de un cielo extraño, lleno de escalofriantes, estáticas y brillantes estrellas, en el fondo de una especie de valle rodeado de pináculos y riscos que se elevaban sin fin, quieto y silencio como el helado sueño de la muerte. Las montañas resplandecían bajo la luz de las estrellas con una miríada de reflejos de ángulos helados; y el fondo del valle mismo estaba salpicado con manchas de un blanco leproso. Una de estas manchas adornaba la salida de la caverna en cuyo peldaño superior el terrícola se encontraba parado.

  Él luchó desesperadamente por respirar en el tenue aire bajo cero, y su cuerpo se endurecía con un rigor penetrante mientras permanecía parado y observando con un asombro entumecido el hielo y el caos montañoso del paisaje al que había emergido. Era como el cráter muerto de un mundo de inenarrable y perpetua desolación, donde la vida nunca había sido posible. El fluir de la sangre se había congelado sobre su frente y mejillas. Con ojos desorbitados, vio que los peldaños de la caverna continuaban en un precipicio cercano. Los Inmortales le cerraron todas las salidas hasta dirigir su huida a través de la caverna que conducía hacia los hielos en las cimas más altas.

  No fue a la familiar zona crepuscular a la cual él había regresado, sino al pálido lado oscuro, eternamente privado del sol y quemado por el espantoso frío del espacio exterior. Sintió los pináculos y los abismos cerca de él, rígidos e implacables, como si de algún infierno hiperbóreo se tratara. Entonces, la compresión de su difícil situación devino en algo remoto y huidizo, un confuso pensamiento que flotara sobre los últimos destellos de su conciencia. Cayó sobre la nieve con los miembros tiesos e inflexibles, y la misericordia del entumecimiento final se apoderó totalmente de él.

  Traducido por Odilius Vlak

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  • Nota: Esta historia se publicó por primera vez en Science Fiction Series #16 [1932], y en Stellar Publishing Corporation [1933]. Y también en las siguientes colecciones:
  • 1.      Tales of Science and Sorcery, Arkam House [1964].
  • 2.     Tales of Science and Sorcery, Panther [1976].
  • 3.     Morthylla, NéO [1989].
  • 4.     Stranges Shadows: The Uncollected Fiction and Essays of Clark Ashton Smith, Greenwoods Press [1989].
  • 5.     Star Changes—The Science Fiction of Clark Ashton Smith, Dark Side Press [2005].
  • 6.     A Vintages from Atlantis: The Colleted Fantasies of Clark Ashton Smith, Volumen V3, Night Shade Books [2007].

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Un comentario en “RUNES SANGUINIS / Los Inmortales de Mercurio – Por Clark Ashton Smith

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