TETRAMENTIS / Encuentro de las Dos Almas – Por Morgan Vicconius Zariah

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Otra vez mi visión ha sido invocada a esta región interior, subiendo rápidos peldaños por esa elevada escalera en espiral que llega hacía el supra-consciente. Aunque no se me permite todavía alcanzar  la cúpula de mi propia alma, me son otorgadas visiones que soplan de vientos más elevados, en esta parte media de mi ascensión. Soy reclamado en cada meditación a estos sombríos aposentos que contienen la conciencia tras esas marañosas puertas.  Se dice que a cada uno se le ha dado las llaves de éstas puertas, pero  la mayoría  las ha extraviado, ¡perder las llaves de su propia casa! ¡Andar a tientas sin poder refugiarse del frío exterior! O peor aún, quedarse encerrado dentro sin poder salir. En esa interioridad ningún grito será oído, ninguna carta leída, ninguna canción escuchada, auque sé que el frío exterior no les matará; es cálido siempre el fuego en la chimenea, ese fuego que es el perpetuo resplandor del Yo que ilumina.  Esta llave de plata la llevo colgada en el cuello de mi preciada inocencia, esa parte de mí que ha demostrado ser más diestra que yo, pues ninguna vicisitud la ha mancillado jamás. Cuando la voz interior invoca, es mi espíritu guiado por un sonambulismo mágico que resuena desde la llave de plata, y al llegar a cada puerta, las penetra y las abre, con la plateada virilidad de sus sueños.

   En la estadía de mis profundidades, la voz interior invocó un paisaje neblinoso. Un verde bosque nacía en el espacio y los pies de mi espíritu se humedecían en el rocío y caminaban llenos de júbilo sobre la tierra fresca. Iba sonámbulo buscando una visión, subiendo una pendiente montañosa donde en cuya cumbre nacían las almas, y se oyó una voz que decía: «¡Allí nacen las almas! Huérfanas son de nacimiento, algún día encontrarán el camino que las lleve a habitar un cuerpo, con la ilusión de tener padres y un destino». Dije sorprendido:

  —¿Existe la orfandad en esta calmada y alegre región del alma? ¿Qué nuevos misterios se me revelarán?

  —No se te descifrará ninguno —dijo la voz interior—, únicamente te serán recordados, respeta esta visión, que es la confusión de toda alma que encarna. Es la región  donde nacen, el no ser, la nada impalpable de donde todo proviene. Mira como emanan chispeantes del neblinoso cielo, como abren sus recién nacidos ojos con un gran gesto de sorpresa.  ¡Mira!, como germinan al tocar el humedecido suelo; luego, despegan sus frágiles pies de la tierra que las hizo crecer, como árboles que emprenden un viaje con pies de raíces.

  —¿Y cuál camino las llevará a incorporarse en una envoltura material? Veo que nacen en la cúspide y hay allí cuatro caminos por los cuales se desciende. ¿Y qué de esa extraña roca, que parece una criatura encapuchada que se mantiene erguida en el pináculo? Veo como si se le entregara la llave de plata y una moneda del mismo material. Exijo una mejor comprensión.

  —La comprensión te ha sido entregada, sabes ya de antemano que las monedas son las únicas que se regalan y con las últimas que se quedan las almas, cuando parten de su vida material; deben pagárselas a la misma entidad que se las ha dado, cuando se sientan cansadas y hagan el llamado a la impalpable nada. ¿Sabes? Todas hacen el llamado, todas huyen, quejándose de sentirse aprisionadas en una habitación de carne, sangre y huesos. Además, la mayoría no entiende para qué sirve la llave plateada y las tiran en el camino. Pues bien, tú sabes todos los misterios que has descifrado por tener la clave que te ayuda acceder a tu interior. Eso te ha hecho escapar tantas veces de lo tedioso que suele ser la parte más pesada del Ser universal. Y lo de los caminos, cualquiera de los cuatro llevaría a un final.

  —¡No entiendo! Dices que todas huyen, todo el mundo muere, pero no por así quererlo. ¡Oh voz interior! Que extrañas me resultan tus palabras. Son tan crípticas que no logro del todo sentirlas parte de mí, quisiera entenderlo antes de seguir mi recorrido por este conjurado paisaje.

  —¡Es que aún no te das cuentas! Hay una parte  del alma que se enamora de su envoltura material y se confunde, perdiendo toda perspectiva de su mundo original y es ésta la parte  que toma el mando de todo lo corpóreo y coquetea con las fascinaciones  de la realidad, y se ahonda tanto en su abismo exterior que no se da cuenta hasta que el noventa por ciento de su alma se ha cansado y ha pagado la moneda para entrar en la nada. Al regreso, esa parte dormida también toma conciencia, ya en un cien por ciento, y suspira.

  —¡La incertidumbre! Que rompecabezas que ha creado tantas especulaciones. ¿Sabes?, en verdad yo logro entenderte voz interior, lo que no sé si alguien logre entenderme alguna vez. Es que son tan misteriosas esas voces con las que hablas, que todo en mi Ser logra sacudirse. Me siento feliz  de poder palparte; de que me reveles misterios escondidos en lo más profundo de nuestro cosmos. Ahora seguiré mi andar por esta estadía boscosa. Espero que mis pasos no sean estropeados por ninguna roca. Mi espíritu siente el ímpetu de la inquietud, y anhela llegar deprisa para acariciar la alborada de las almas.  ¡Oh, qué frescos se sienten en mi pecho tan dulces retoños!  ¡Qué afable la niebla gris! Mis pasos de ensoñador ascienden sin esfuerzo, con la ayuda de un ancestral hechizo, que es vocalizado desde mi nonata existencia. Es ese hechizo el que protege los sensitivos pies de mi aliento, envolviéndolos en su influencia cuando cualquier paisaje se hace brusco. Veo que las jóvenes almas retozan en el bosque antes de decidir tomar un camino, tratan de trepar los árboles, recogen las setas que crecen por debajo de los húmedos troncos, muchas son contemplativas y se detienen a observar el entorno con un frío ensimismamiento, como si algo sospecharan, pero después salen de su meditativa pausa, dándome a entender que nada han comprendido. Todas llevan aún su llave y su moneda colgadas en su cuello infantil. Muchas están sentadas en el fresco suelo, dibujando trazos inconscientes en la tierra. En sus juegos infantiles logro sentirlas cuando atraviesan mi espíritu, son tiernas sus caricias, y aunque no pueden verme, puedo sentirlas en mí, bullendo en mi Ser. Sus retozos cosquillean mis adentros y una paz inefable se expande desde mí hasta el exterior; haciendo que sus infantiles cuerpos tomen un poco de mis impulsos, sin ser mi intención. Es entonces cuando de nuevo la voz interior hace el llamado.

  —Elévate por encima de esa paz, no dejes que penetren así en ti, puedes que despiertes con tu influjo alguna criatura. Su elección debe nacer de ellas mismas. Hay que ver cuáles son las semillas más aptas para poder ser pobladas por el impulso creador. Por eso, apártate un poco de su presencia, no sea que alguna se sorprenda demasiado antes del nacimiento y su espanto pueda quebrar los flujos de este equilibrio etéreo.

  —Sí voz, me elevaré un poco para no tocar los retoños de las nuevas auroras, trataré de acercarme más a la cúspide, desde ese lugar sólo observaré, sin intervenir en ningún asunto. Entiendo que mi conocimiento post-nacimiento, podría infligírseles a través de las vibraciones que han hecho desatar esta visión. Pararé aquí, donde casi tropiezo. Es dura esta negra y gigante roca, sé que si no detengo mi marcha hasta el hechizo que me envuelve podría ser fragmentado con el rose de su esculpida guadaña. Toda la forma del Ser está esculpida en una sola y primitiva piedra. Una piedra encapuchada de tiempo y de sombras, no hay otra manera de expresarlo, y ¿cómo vida puede habitar en lo inerte? Es uno más de los misterios. Es esta roca que nunca se ha movido, la que otorga a las recién nacidas almas los dos objetos incorpóreos con los que han de nacer. La hoz parece estar guardada en su cinto y es aquí donde mi espíritu descansa, sólo a unos centímetros, para no tocarla y hacer que se desvanezca mi hechizo. Ahora puedo observar algo curioso, ya veo que algunas de las inocentes esencias empiezan su solitario camino, parecen elegirlo al azar. ¿Qué destinos más grandes han hecho emprender su viaje? ¿Acaso cada camino les hizo intuir el tipo de padres que terminarán con su orfandad? Pensé, ¿habrá algunas que se aventuren a vivir la experiencia de un doble desamparo? Al instante, vi como manadas de almas emprendían la partida, cada una en solitario sin hablarse ni tocarse. Fue otra de las curiosidades que me dejó absorto, ningún alma jugaba junta, trepaba junta, ni meditaba junta. Sólo se observaban desde algunos centímetros y se chocaban accidentalmente, pero siempre sin hablarse. Las almas más meditabundas, las más absortas, solían tocar la llave y la moneda que colgaba en su cuello, con un dejo de curiosidad. La mayoría del tipo meditabundo al elegir los caminos, casi nunca arroja la llave. Otras, en un número pequeño de este tipo de esencias, si lo hacían y nunca supe la razón. Como en el caso de las juguetonas, esos dulces niños que retozan y nada se preguntan, esos que trepan y corren de un lugar a otro, ¡qué caudales tormentosos recorren su Ser! Son sólo almas que juegan; hiperactivos fuegos del Ser. Entre éstas, se encuentran la mayoría que olvidan su llave y la tiran antes de nacer. Tampoco supe por qué, pero hay en este grupo una minoría que de una misteriosa manera la guardan con anhelo y nacen.  Oigo ahora el llamado de mi voz interior, quiere proferirme algunas palabras.

  —¡Mira! Es uno más de los secretos. ¿Ves una de las almas que ha nacido por el camino norte? Mira como regresa al poco tiempo. Su cuerpo nació muerto en el mundo a donde fue; la parte de su alma que coquetea con la vida se negó a ligarse y pagó el precio de su organismo de regreso.  Se aventuró únicamente para dejarles un vacío a sus padres, por miedo a una nueva orfandad. Así verás llegar muchas que no nacerán y otras que al poco tiempo de haberlo hecho pagarán el viaje de regreso. En el poniente también ves llegar almas de suicidas; suicidas que han quedado en la orfandad y han regresado a juguetear en el bosque y en la niebla. Después de beber en los manantiales del regreso, toda la armadura que el dolor les creó desparece, toda llaga y enfermedad y la inocencia renace, dándole al diez, toda su plenitud.

  —Sí, puedo verlas, es un fluir sin fin de afuera hacía adentro, pero también sé que el  jardín en donde ahora jugarán no es en el mismo en el cual han nacido, sino en la parte secreta donde existe el manantial de la reestructuración original; donde después pasarán a ser parte del misterio que todavía se me oculta. Elevado todavía en la cúspide de esta húmeda y neblinosa montaña, puedo notar como dos de las almas, una de las que juegan y otra de las que meditan, se van acercando una a otra, la una en son de juego y la otra con tono de curiosidad. Estaban cerca de la cúspide, casi decidiéndose a tomar su camino cuando esta visión se dio. Pude ver como la traviesa jugaba con los colgantes de la meditabunda y la otra analizaba los colgantes de la traviesa meticulosamente; se tocaron,  se miraron y al final pude ver como hicieron tal esfuerzo que de sus delicadas bocas manaron voces. Al principio eran débiles balbuceos y al cabo de unos segundos, como un raro hechizo, se rompieron las reglas y nacieron palabras exactas. Empezaron reconociendo su igualdad, y concluyeron intercambiando sus colgantes, poniéndolos cada una en el cuello de la otra y sus últimas palabras estremecieron lo más hondo de mi Ser. Ambas se decían: «Ahora tu camino es mi camino, para terminar con nuestra orfandad». Y mirándose a los ojos se preguntaron: «¿Hacía dónde vamos?». Vi toda mi visión sacudirse violentamente; la roca gigante parecía desmoronarse cerca de mí, tocando con su guadaña el hechizo que me envolvía,  pronto sentí el vértigo y dijo la voz interior:

  —¡Te lo había dicho! Las has despertado por aquel influjo espiritual; les has dado un recuerdo post-nacimiento a lo que no ha vivido todavía. Ahora se han quebrado las leyes etéreas y puede que tu rastro quede sepultado bajo los escombros de la roca. ¡Terminó tu invocación espíritu ensoñador!

  Al proferir la voz estas palabras, mi espíritu fue guiado por el mágico conjuro que resuena desde la llave de plata, y fui descendiendo por la escalera en espiral que lleva hasta mi alma y con la virilidad de cada sueño, la llave abrió la puerta  de la habitación interior en la que me encontraba, y segundos antes de despertar, escuché la voz que decía: «Tu necesidad ha sido oída y tu visión entregada». Y yo le dije: «¡Qué así sea!».

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FIN.

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