RUNES SANGUINIS / El Mundo Eterno – Por Clark Ashton Smith

Wonder Stories - March 1932

Christopher Chandon se aproximó a la ventana de su laboratorio para echar una última mirada a las montañas solitarias  a su alrededor, las cuales, con toda probabilidad, él no vería jamás. Sin vacilación en su determinación y, aún así, no libre del todo de remordimiento, él contempló el escabroso barranco de abajo, donde las sombras góticas de los abetos y las cicutas estaban entretejidas con el plateado alboroto de un pequeño riachuelo. Él vio la pendiente laminada de granito más allá, y los dos picos más cercanos de las Sierras, cuya pizarrosa cumbre  azulada estaba coronada por la primera nieve de otoño; y vio el camino entre ellos que yacía en una línea con su aparente ruta a través del continuo espacio-tiempo. Entonces, él se volvió al extraño aparato cuya conclusión le había costado tantos años de experimentos y afanes. Sobre una plataforma levantada en el centro de la habitación, estaba colocado un cilindro con cierto parecido a una campana de buzo. Su base y partes inferiores estaban hechas de metal, su mitad superior estaba hecha totalmente de cristal indestructible.

  Una hamaca, inclinada en un ángulo de cuarenta grados, colgaba entre sus lados. En esta hamaca, Chandon pretendía amarrarse a sí mismo cuidadosamente, para asegurar tanta protección como pudiera ser posible en contra de las desconocidas velocidades de su planeado viaje. Observando a través del límpido cristal, él podía captar confortablemente cualquier fenómeno visual que el viaje pudiera ofrecerle. El cilindro había sido colocado directamente en frente de un enorme disco de diez pies de diámetro, con unas cien perforaciones en su superficie plateada. Detrás de él, se encontraban alineadas una serie de dínamos, diseñados para el desarrollo de un oscuro poder, el cual, a falta de un mejor nombre, Chandon bautizó como la fuerza temporal negativa. Él había aislado este poder con infinidad de trabajo desde la energía positiva del tiempo, esa gravedad de cuatro dimensiones que causa y controla la rotación de los eventos.

  El poder negativo, amplificado mil veces por las dínamos, removería hasta una distancia incalculable en términos del espacio y el tiempo contemporáneo, cualquier cosa que se encuentre a su paso. No permitiría el viaje al pasado o al futuro, pero causaría una proyección instantánea a lo largo de la corriente temporal que envuelve todo el cosmos en su interminable e inalterable fluir.

  Desafortunadamente, Chandon no había sido capaz de construir una máquina móvil en la cual él pudiera viajar, como un cohete espacial, y posiblemente retornar a su punto de origen. Él debía zambullirse atrevidamente y por siempre dentro de lo desconocido. Pero él había equipado el cilindro con un aparato de oxigeno, luz eléctrica, calor y provisiones de comida y agua para un mes. Incluso si su viaje terminara en el espacio vacío, o en algún mundo cuyas condiciones imposibilite la sobrevivencia humana, él al menos viviría lo suficiente para llevar a cabo observaciones detalladas de sus alrededores. Sin embargo, él tenía una teoría de que su viaje no finalizaría en medio del simple éter; que los cuerpos cósmicos eran núcleos del tiempo y la gravedad, y que la fuerza de propulsión permitiría que el cilindro sea arrastrado por uno de ellos.

  Los riesgos de esta aventura habían sido previstos desde tiempo atrás; pero él los prefería a las monótonas certezas de la vida terrestre. Él siempre había estado irritado por un sentimiento de limitación, y sólo había anhelado la vastedad inexplorada. Él no podía tolerar el pensamiento de cualquier horizonte, a no ser los de aquellos que han sido dejados atrás. Con una extraña emoción en su corazón, él dio la espalda al paisaje alpino y procedió a encerrarse en el cilindro. Él había instalado un cronómetro que pondría en marcha automáticamente las dínamos a la hora programada.

  Recostado en la hamaca bajo correas de cuero que él había abrochado alrededor de su cintura, tobillos y hombros, aún quedaba un minuto o dos hasta que se encendiera el poder. En esos momentos, por primera vez, se arrastró sobre él, en una inundación desbordada, todo el terror y peligro de su experimento; y estuvo casi a punto de desamarrarse y salir del cilindro antes de que fuera demasiado tarde. Él tenía toda la sensación de alguien a punto de ser disparado desde la boca de un cañón. Suspendido en un silencio sobrenatural, del cual todo sonido quedaba excluido por las paredes herméticas, él se resignó a lo desconocido, con muchas conjeturas conflictivas sobre lo que podría ocurrir. Él podría o no sobrevivir el transito a través de las extrañas dimensiones; a una velocidad ante la cual la de la luz quedaría rezagada. Pero si él sobrevivía, podría alcanzar las galaxias más lejanas con el material simple de la carne.

  Sus temores y suposiciones finalizaron con algo que vino con el sueño repentino… o muerte. Todo parecía disolverse y desvanecerse en una brillante llamarada; entonces, a su lado pasó un panorama hormigueante y fragmentado, una babel de impresiones, inefablemente varias y múltiples. Le parecía que poseía mil ojos con los cuales captar en un instante el fluir de muchos eones y el paso de incontables mundos. El cilindro parecía ya no existir más; y él no parecía estar moviéndose. Pero todos los sistemas del tiempo pasaron a su lado, y él captó los pedazos y fragmentos de millones de escenas, objetos, rostros, formas, ángulos y colores, que posteriormente recordó en la misma manera en que uno recuerda las visiones distorsionadas y los delirios amplificados de ciertas drogas.

  Él vio el gigante y siempre verde bosque de líquenes, los continentes de hierbas brobdingnagian, en planetas más lejanos que el sistema de Hércules. Ante él pasó, como  una procesión arquitectónica, las ciudades de una milla de alto que portaban la suntuosa y aérea variedad de colores de rosa, esmeralda y dorado, forjados por los rayos oblicuos de tres soles. Él contempló cosas innombrables en esferas no incluidas en la lista de los astrónomos. Se agrupaba sobre él la pavorosa e ilimitada escala de la vida transestelar y los ciclos de innumerables morfologías. Parecía como si las fronteras de su cerebro hubieran sido extendidas para incluir la totalidad del flujo cósmico; que su pensamiento, como la red de alguna araña gigantesca y divina, se había tejido a sí mismo de un mundo a otro, de una galaxia a otra, bajo el espantoso golfo del infinito continuum. Entonces, tan inesperadamente como inició, la visión finalizó y fue reemplazada por algo de un carácter totalmente diferente.

  Fue sólo un momento después que Chadon pudo comprender qué había ocurrido, y adivinar la naturaleza y las leyes del nuevo medioambiente dentro del cual él había sido proyectado. En ese espacio de tiempo [si uno puede usar una palabra tan inadecuada como tiempo] él era totalmente incapaz de cualquier otra cosa excepto de una sola impresión visual contemplativa: el extraño mundo sobre el cual él miraba a través de la pared transparente del cilindro: un mundo que podría haber sido el sueño de algún geómetra enloquecido por el infinito.

  Era como alguna especie de glaciar planetario, calado de formas ordenadamente grotescas e inundado de una luz blanca y carente de palpitación que obedecía a otras leyes de perspectivas, diferentes de las de nuestro mundo. Las distancias sobre la que él miraba eran literalmente interminables; no había horizonte, y aún así, nada parecía menguar en tamaño o en forma, sin importar su lejanía. Parte de la impresión recibida por Chandon era que este mundo se arqueaba hacia atrás sobre sí mismo como la superficie interior de una esfera hueca; que los pálidos paisajes retornaban por encima de su cabeza luego de que desaparecieran de vista. Más cerca de él que cualquier otro objeto en la escena, y preservando la misma distancia relativa como en su laboratorio, él distinguió una enorme sección circular de tablón rústico; esa porción de la pared del laboratorio que se encontraba  en la ruta del rayo negativo. Colgaba inerte en el aire como si estuviera suspendido de un campo de hielo invisible.

  El fondo más allá del tablón estaba atestado por innumerables filas de objetos que sugerían tanto estatuas como formaciones cristaloides. Pálidos, como el mármol o el alabastro, cada uno de ellos presentaba una mezcla de simples curvas y ángulos simétricos, los cuales de alguna manera, parecían incluir en estado latente una evolución geométrica casi infinita; ellos eran gigantescos, con una división rudimentaria de cabeza, cuerpo y extremidades, como si fueran seres vivientes. Detrás de ellos, a infinitas distancias, se encontraban otras formas que bien podrían ser los ciegos capullos o flores congeladas de una forma vegetal desconocida.

  Chandon no tenía consciencia del paso del tiempo mientras observaba desde el interior del cilindro. Él no podía recordar nada, ni imaginarlo tampoco. No tenía consciencia de su cuerpo o de la hamaca sobre la que yacía, excepto como una imagen medio captada en la frontera de la visión. De alguna manera, en esa extraña y congelada impresión, él sentía el pasivo dinamismo de las formas a su alrededor: el trueno silencioso, los rayos aún no lanzados, como si de un dios cataléptico se tratara; los átomos que encerraban la llama y el calor como soles sin encenderse. Inescrutablemente, ellos se manifestaban ante él, como lo habían hecho por toda la eternidad y continuarían haciéndolo por siempre. En este mundo no podía haber cambio, ni eventos: todas las cosas debían poseer el mismo aspecto y aptitud.

  Como lo comprendió más tarde, su intento de cambiar su propia posición en la corriente del tiempo lo condujo a un resultado imprevisto. Él se había proyectado más allá del tiempo, en algún cosmos futuro donde el mismo éter, quizás, no era conductor de la fuerza del tiempo, y en el cual, por consiguiente, el fenómeno de secuencia temporal era imposible. La pura velocidad de su vuelo lo había colocado en la frontera de esta eternidad, como algún explorador ártico atrapado en el hielo eterno. Allí, obediente a las leyes de lo intemporal, él parecía condenado a permanecer. La vida, como conocemos el término, era imposible para él; y aún así —ya que la muerte involucraba una secuencia temporal—, era igualmente imposible para él morir. Él debía mantener la posición en la cual aterrizó, debía sostener el mismo aliento que estaba respirando en el momento de su impacto con lo eterno. Él estaba petrificado en una catalepsia de los sentidos; en un brillante Nirvana de contemplación. Parecía, de acuerdo a toda lógica, que no había escape alguno de su aprieto. No obstante, debo relatar la cosa más extraña de todas; la cosa que, aparentemente, era inenarrable; que desafiaba la ley probada de la esfera sin tiempo.

  Dentro del campo glacial de la visión de Chandon, a través de las hileras sin horizontes de figuras inmutables, vino un objeto intruso; un objeto que se deslizaba como a través de los eones; este creció sobre la escena con la lentitud de algún milenario arrecife de coral en un océano de cristal. Incluso a primera vista, el objeto era ajeno a la escena; era obviamente, como el cilindro de Chandon y la sección de la pared, de un origen no eterno. Era negro y lustroso, con mucho de la negrura del espacio interestelar o de los metales privados de la luz en el centro de los planetas. Se impulsaba a sí mismo sobre el paisaje con una solidez ultra-material; y a pesar de ello, parecía rechazar la luz cristalina, aislándose a sí mismo del invariable esplendor. La cosa se manifestó como un ancho prisma angulado, conducido sobre el éter diamantino, y formando, por el mismo violento acto de intrusión, una nueva imagen visual en los paralizados ojos de Chandon. En desafío a las leyes mentales de sus alrededores, le provocó formarse una idea de duración y movimiento.

  Vista en su totalidad, la cosa era una nave enorme con forma de eje, empequeñeciendo el cilindro de Chandor como un trasatlántico a un bote. Flotaba apartado y separado; un lisa masa de ébano sólido, hinchándose al igual que un orbe, con dos protuberancias naturales que se alargaban hasta terminar en punta. La forma era la de una que habría sido calculada para perforar algún medio resistente. La sustancia con la cual había sido fabricada estaba destinada a permanecer desconocida para Chandon. Quizás, era conducida por alguna tremenda concentración de la fuerza del tiempo con la cual él había jugado tan inepta e ignorantemente. La nave intrusa, totalmente estacionaria, colgaba ahora sobre las filas de entidades petrificadas que se encontraban más alejadas en el campo de visión. Por gradaciones infinitas, una gran puerta circular pareció abrirse en su base; y desde la apertura se proyectó un brazo como de grúa del mismo material negro que la nave. El brazo finalizaba en numerosas barras colgantes que de alguna manera daban la idea de apéndices semejantes a dedos.

  Descendió sobre la cabeza de una de las extrañas figuras geométricas; y las múltiples barras, doblándose y extendiéndose, con lenta pero ilimitada fluidez se envolvieron como una red de cadenas sobre el cuerpo cristaloide; entonces, la figura fue arrastrada hacia arriba como por un esfuerzo hercúleo, desvaneciéndose al final, junto con el brazo extensible en el interior de la nave. Nuevamente el brazo emergió, para repetir la bizarra e imposible abducción, arrebatando otra de las cosas enigmáticas de su eterna inmovilidad. Y una vez más el brazo descendió, tomando una tercera entidad, como el robo de otro quieto dios de mármol de su marmóreo cielo. Todo esto fue hecho en profundo silencio; estando la inmedible lentitud de movimiento amortiguada por el éter, creando nada que el oído de Chandor pudiera interpretar como sonido.

  Luego de la tercera desaparición con su extraña presa, el brazo retornó, extendiéndose diagonalmente a una distancia más larga que la anterior, hasta que los dedos negros barrieron el cristal del cilindro de Chandon y se apretaron sobre él con un agarre irresistible. Él fue apenas consciente de cualquier movimiento; pero le parecía que las filas de figuras blancas, los paisajes sin horizontes y sin disminución, estaban evadiéndose lentamente de su reconocimiento como un mundo que zozobraba. Él vio el bulto de ébano de la gran nave, hacia la cual fue conducido por el brazo extensible, hasta que abarcó toda la visión. Luego, el cilindro fue levantado hacia la abertura negra como la noche, dentro de la cual parecía que la luz era incapaz de seguirlo.

  Chandon no podía ver nada; no era consciente de nada excepto de la sólida oscuridad que envolvió el cilindro de la misma manera en que fue envuelto por la blanca luz sin matices de lo intemporal. Sentía a su alrededor la sensación de una vibración larga y tremenda; una pulsión silenciosa que parecía propagarse en círculos desde algún centro dinámico; para pasar sobre y más allá de él a través de los eones como si emanara de algún corazón titánico cuyos latidos desafiaran la eternidad. Simultáneamente, él se dio cuenta de que su propio corazón estaba latiendo nuevamente, con el mismo ritmo de ese pulso desconocido; que él inhalaba y exhalaba en obediencia a la ciclópea vibración. En su cerebro aturdido, nació la increíble idea de maravilla; el primer comienzo de una secuencia de pensamiento natural. Su cuerpo y su mente comenzaban a funcionar nuevamente, bajo la influencia este poder que había sido lo suficientemente fuerte como para penetrar en el universo intemporal y recogerlo de ese éter petrificado.

  La vibración comenzó a acelerarse, expandiéndose hacia adelante en poderosas ondulaciones. Se hizo audible como un colosal martilleo; y Chandon de alguna manera concibió la idea de gigantescas maquinarias girando y palpitando en una prisión subterránea. La nave parecía estar avanzando con un poder irresistible a través de alguna barrera material. Sin lugar a dudas estaba liberándose a sí misma del mundo eterno, abriéndose camino de regreso hacia el tiempo. La oscuridad persistió por un tiempo, más como una radicación positiva que como una ausencia de luz. Poco a poco se aclaró; siendo reemplazada por una iluminación rojiza que reveló todo. Al mismo tiempo, la sonora vibración como de maquinaria disminuyó hasta un ahogado murmullo. Quizás, la oscuridad había estado de alguna manera asociada con el total desarrollo de la extraña fuerza que había capacitado a la nave para moverse y funcionar en ese medio ultra-temporal. Con el retorno al tiempo y la reducción del poder, se había desvanecido.

  Las facultades del pensamiento, sentimiento, cognición y movimiento, bajo sus normales parámetros temporales, reaparecieron en Chandon en su totalidad como si un siniestro diluvio se hubiese desatado. Él fue capaz de correlacionar todo lo que le había ocurrido, e inferir en cierto grado el significado de su singular experiencia. Con creciente pavor y asombro, él estudio la escena que le era visible desde su posición en la hamaca. El cilindro, junto a las extrañas figuras cristaloides, estaba colocado en una enorme habitación, probablemente el deposito central de la nave. El interior de esta habitación era curvo como una esfera; y tanto arriba como en los alrededores estaban colocadas gigantescas y desconocidas maquinarias. No muy lejos, el vio la grúa o brazo extensible. Parecía como si la fuerza de la gravitación estuviera inerte en todos lados en la superficie interior de la nave; ya que algunos seres peculiares pasaron por el frente de Chandon mientras él observaba, y corrieron hacia arriba sobre las paredes hasta que colgaron invertidos desde el techo con la naturalidad de las moscas.

  Había quizás una docena de esos seres a la vista. Nadie con una referencia biológica terrestre podía siquiera haberlos imaginado con exactitud. Cada uno de ellos poseía un cuerpo toscamente globular con el hemisferio superior hinchándose a mitad de camino entre el polo y el ecuador para formar dos cabezas cónicas y sin cuello. El hemisferio inferior terminaba en muchos miembros y apéndices, algunos de los cuales eran usados para caminar y otros para prensar. Las cabezas no tenían formas, pero una lustrosa membrana semejante a una red colgaba entre ellas, temblando continuamente. Algunos de los apéndices inferiores, ondulando como tentáculos inquisitivos, terminaban en órganos que bien podrían servir como ojos, oídos, narices y bocas.

  Estas criaturas brillaban con una luz plateada y aparentaban ser casi transparentes. En el centro de las cabezas puntiagudas, una mancha escarlata, brillante como el carbón, resplandecía y se marchitaba con un ritmo regular; y los cuerpos esféricos se oscurecían y se iluminaban como si fuera un intercambio rítmico con zonas de costillas bajo la superficie. Chandon sintió que ellos estaban formados de alguna sustancia no-protoplasmática, quizás de un mineral que se había organizado a sí mismo como células vivas. Sus movimientos eran muy rápidos y diestros, con un equilibrio inhumano; y parecían capaces de ejecutar muchos movimientos diferentes con con perfecta simultaneidad. El terrícola estaba impactado hasta el punto de una nueva inmovilidad por la extrañeza de todo esto. Con conjeturas vanas y fantásticas, él buscó resolver el misterio. ¿Quiénes eran estas criaturas y cuál había sido su propósito al penetrar la dimensión eterna? ¿Por qué habían removido algunos de sus habitantes juntos con él? ¿Adónde se dirigía la nave? ¿Estaba retornando a algún lugar del tiempo y del espacio, al mundo planetario desde el cual había emprendido este extraño viaje?

  Él no podía estar seguro de nada; pero sabía que había caído en las manos de seres súper científicos, que eran expertos navegantes del espacio-tiempo. Ellos habían sido capaces de construir una nave como la que él apenas podía soñar en construir; y quizás ellos habían explorado y registrado todas la profundidades desconocidas, y habían deliberadamente planeado su incursión dentro del mundo congelado de más allá. Si ellos no habrían venido a rescatarlo, él nunca se hubiese escapado de la condena de la intemporalidad, dentro de la cual había sido lanzado por sus propios esfuerzos estúpidos por cruzar la corriente secular. Cavilando, él se volvió hacia las cosas gigantes que eran sus compañeros. Apenas podía reconocerlos bajo el resplandor rojizo; sus pálidos planos y ángulos, parecían haber experimentado un cambio sutil mientras la luz vibraba sobre ellos con resplandores sanguinolentos, confiriéndoles un extraño calor y apariencia de vida. Más que nunca, ellos daban la impresión de un poder latente, de un dinamismo congelado.

  Y entonces, repentinamente, él vio un inequívoco movimiento en una de las entidades petrificadas; y se dio cuenta que la cosa había comenzado a alterar su forma, la fría sustancia marmórea parecía fluir como el mercurio. La cabeza rudimentaria asumió una forma austera de muchas características, justo como la que podría ostentar el semi-dios de algún mundo extranjero. Los miembros se iluminaron, y nuevos miembros de un uso indeterminado crecieron. Las curvas simples y ángulos se multiplicaron con una misteriosa complejidad. Un ojo con forma de diamante, ardiendo con un fuego azul, apareció en el rostro, y fue rápidamente seguido por otros ojos. La cosa parecía estar padeciendo, en pocos momentos, todo el proceso de alguna evolución suspendida. Chandon vio que las otras figuras estaban mostrando alteraciones singulares; si bien en cada caso el desarrollo emprendido era del todo individual. Las formas geométricas comenzaron a hincharse como capullos al abrirse, y devinieron en líneas de una grandeza y belleza celestial. La palidez boreal fue sustituida por una iridiscencia ultra-terrenal, con matices opalinos que se desplegaban y temblaban con diseños siempre vivos de ceñidos arabescos y un arcoíris de jeroglíficos.

  El observador humano sintió la insurgencia de una vida sin límites, de un intelecto súper-estelar en estos increíbles seres. Un estremecimiento de terror, eléctrico y fantasmal, lo recorrió. El proceso que él había acabado de ver era demasiado incalculable, demasiado tremendo. ¿Quién o qué, podía limitar y controlar las actividades liberadas de estos Eternos, surgidas de su sueño? Seguramente, él estaba en presencia de seres iguales a los dioses, a los demonios y genios de los mitos. Eso que él contemplaba era como la apertura de las jarras recobradas del océano de Salomón. Él vio que la maravillosa transformación fue también observada por los propietarios de la nave. Estas criaturas, precipitándose desde todas partes del interior de la esfera, comenzaron a aglomerarse alrededor de las entidades intemporales. Sus movimientos mecánicos y premeditados, la elevación de ciertos miembros que finalizaban en órganos semejantes a  ojos, hablaban de una excitación y curiosidad inhumanas. Ellos parecían estar inspeccionando las formas transfiguradas con el aire de biólogos especializados quienes se habían preparado para un evento de tal magnitud y se encontraban satisfechos con su consumación.

  Los Intemporales, al parecer, sentían también curiosidad acerca de sus captores. Los ojos llameantes le devolvieron la mirada a los tentáculos periscópicos, y ciertos extraños apéndices con forma de cuerno de su elevada cima comenzaron a estremecerse inquisitivamente, como sin en la recepción de una desconocida impresión sensorial. Entonces, repentinamente, cada uno de los tres adelantó un único brazo sin articulaciones, emitiendo a mitad del aire siete largos rayos de luz púrpura a manera de mano que se proyectaron con forma de abanico. Estos rayos, sin lugar a dudas, eran capaces de recibir y transmitir impresiones táctiles. Lenta y deliberadamente, como dedos tanteando, ellos se extendieron, y cada uno de los abanicos, curvándose fluidamente allí donde encontraba una superficie curvada, comenzaron a jugar con un destello rítmico sobre las más cercanas de las criaturas de doble cabeza.

  Estos seres, como si estuvieran alarmados o perturbados, retrocedieron y buscaron eludir los rayos inquisidores. Los dedos púrpuras se alargaron y los rodearon, lo sostuvieron indefensos, los recorrieron ampliamente y se adherían en algunas zonas como si exploraran toda su anatomía. Desde las dos cabezas hasta las almohadillas en formas de discos que le servían de pies, los seres estaban envueltos con flotantes anillos y bastoncillos de luz. Otros miembros de la tripulación de la nave, más allá del alcance de los curiosos rayos, se habían retirado hacia una distancia más segura. Uno de ellos alzó a uno de sus miembros en un gesto rápido y enfático. Tanto como Chandon podía ver, el Ser no había tocado ninguna de las maquinarias de la nave. Pero como en obediencia al gesto, un enorme mecanismo circular y semejante a un espejo comenzó a girar en lo alto sobre pesados pivotes.

  El mecanismo parecía estar hecho de alguna sustancia pálida y traslúcida que no era ni metal ni cristal. Cesando su rotación, como si el enfoque deseado se hubiese asegurado, el lente emitió un rayo de una luz sin matices, que de alguna manera le recordó a Chandon la fría y congelada radiación del mundo eterno. Este rayo, cayendo sobre las entidades intemporales, era claramente represivo en su efecto. Inmediatamente los rayos en forma de dedos abandonaron su exploración, y se retiraron hacia los brazos sin articulaciones que a su vez fueron contraídos. Los ojos se cerraron como joyas ocultas, los diseños opalinos se empañaron y enfriaron, y los extraños seres divinos parecieron perder sus complejos ángulos para recuperar su antigua quietud de cristales en estado letárgico. Y aún así, de alguna manera todavía estaban con vida, reteniendo aún las increíbles líneas de su fluorescencia sobrenatural. En su asombro y maravilla ante esta escena milagrosa, Chandon se había liberado automáticamente de las cuerdas de cuero, se había levantado de la hamaca, y estaba parado con su rostro pegado a la pared del cilindro. Su cambio de posición fue notado por la tripulación de la nave, y sus tentáculos oculares por un momento estuvieron todos enfocados en él, mientras seguían el cambió de los Intemporales.

  Entonces, en respuesta a otro gesto enigmático de uno de sus miembros, el lente gigante rotó un poco más, y el rayo glacial comenzó a cambiar y a ensancharse hasta que comenzó a caer sobre el cilindro al tiempo que aún lo hacia sobre las dinámicas figuras. El terrícola tenía la sensación de haber sido atrapado dentro de un torrente inmóvil de alguna cosa que era inexpresivamente espesa y viscosa. Su cuerpo pareció congelarse, sus pensamientos se arrastraron con una dolorosa lentitud a través de algún medio obstruccionista que había permeado su mismo cerebro. No era la total cesación de todos los procesos vitales como había sido ocasionado por su intromisión en la eternidad. Más bien, era una desaceleración de estos procesos; una sujeción a algún impensable ritmo retardado del movimiento y la sucesión del tiempo.

  Años enteros parecían sucederse entre cada latido del corazón de Chandon. La contracción de uno solo de sus dedos le hubiese tomado lustros. A través de un tiempo alargado y tedioso, su cerebro luchó para formar un solo pensamiento: la sospecha de que sus captores se alarmaron por su cambio de posición, y habían decidido hacer cierta demostración de poder sobre él, como lo hicieron con los Intemporales. Entonces, luego de décadas, él concibió otro pensamiento: que él mismo era quizás considerado ser otro de los seres divinos por estos alienígenas viajeros del tiempo. Ellos lo habían encontrado en la eternidad entre las filas interminables. Y, ¿cómo iban ellos a saber que él, al igual que ellos, había venido originalmente desde el mundo temporal? Con su sentido del tiempo alterado, el terrícola no podía formar ninguna concepción apropiada de la duración del viaje en el espacio-tiempo. Para él era casi otra eternidad, interrumpida a intervalos de lustros por el zumbido vibratorio de la maquinaria. Ante su percepción visual retardada la tripulación de la nave parecía moverse con increíble lentitud y por gradaciones imperceptibles. Él, con sus extraños compañeros, había sido colocado por el rayo helado en una prisión de tiempo lento, mientras que la nave misma estaba zambulléndose a través de dimensiones sin fondo de un infinito cósmico y secular.

  Al fin el viaje finalizó. Chandon sintió el amanecer gradual de una luz penetrante que anegó el resplandor rojizo de la nave bajo una fiera blancura. Por grados infinitos, las paredes se volvieron perfectamente transparentes  junto con la maquinaria; y él comprendió que la luz venía desde el mundo exterior. Inmensas imágenes, multiformes e intrincadas, comenzaron a arrastrarse con la lentitud de la creación misma sobre el brillante esplendor. Entonces —sin dudas para permitir el traslado de los cautivos— el rayo retardador fue apagado y Chandon recuperó sus poderes normales de percepción y movimiento. Él contempló una visión asombrosa a través del cristal claro, cuya transparencia era quizás debida a la completa suspensión del poder motriz de la nave. Vio que la nave reposaba sobre un área en forma de diamante, rodeada con masas arquitectónicas cuya misma magnitud se imponía como un peso inamovible sobre los sentidos. Muy lejos, en un fiero cielo anaranjado, él vio la presencia de abultados pilares atlantes con esplendorosas  plataformas; una muchedumbre de extrañas torres cruciformes; vio con asombro la fantasmal maravilla de cúpulas innaturales que eran como pirámides invertidas. Él vio los pináculos en espiral que parecían soportar un increíble peso de terrazas; las paredes inclinadas, como acanaladas montañas escarpadas, que formaban la base de cúmulos inimaginables. Todo estaba forjado de alguna piedra negra como la noche y brillante al mismo tiempo, como una cantera de mármol de algún Erebo ultra-cósmico. Ellos interponían sus pesadas masas malignas y empequeñecedoras entre Chandon y las llamas de un sol oculto que era incomparablemente más brillante que el nuestro.

  Enceguecido por el resplandor y aturdido por esos elevados pilares; consciente también de una extraña pesadez en todas las sensaciones de su cuerpo debido a un incremento de gravedad, el terrícola volvió su atención hacia el suelo. Ahora vio que el área diamantina estaba atestada de seres iguales a los de la tripulación de la nave. Como gigantes insectos plateados y de cuerpo globulares, ellos venían apresuradamente desde todas direcciones sobre el oscuro pavimento. Colocados en un anillo sobre la nave se encontraban espejos colosales del mismo tipo del que había emitido el rayo retardador. El grupo de seres se detuvo a cierta distancia, dejando un espacio despejado entre las máquinas de rayos y la nave, como si estuviera destinado para ser ocupado por la tripulación y sus cautivos.

  Y entonces, como si en respuesta a algún mecanismo oculto, una puerta circular gigantesca se abrió en la lisa pared. La grúa replegada comenzó a alargarse, cubriendo unos de los seres intemporales con su red de tentáculos. Entonces, la misteriosa entidad, aún quieta y sin oponer resistencia, fue alzada a través de la apertura y depositada en el pavimento exterior. La grúa retornó y repitió el proceso con la segunda figura, que al parecer, había notado la desaparición del rayo retardador y estaba menos sumisa de lo que lo había estado su compañera. Inició un intento de resistencia, y comenzó a hincharse mientras los tentáculos la envolvían, y a sacar unos miembros pseudopódicos y rayos parecidos a dedos y a tirar suavemente de la red constrictora. No obstante, en pocos momentos, la segunda figura se había unido a su compañera en el exterior. Al mismo tiempo, un cambio asombroso comenzó a manifestarse en la tercera figura. Chandon sintió como si fuera el testigo de la epifanía de algún dios recluido y velado por los eones, revelándose en su verdadera naturaleza desde su fundida crisálida material. La transformación que ocurrió fue como si alguna estalagmita congelada hubiese ardido deviniendo en una figura de fuego y vapor de mil formas. En un momento apocalíptico, la cosa pareció expandirse, precipitarse hacia arriba, cambiar toda su sustancia, desarrollar órganos y atributos como sólo pueden pertenecer a un estado evolutivo súper-material. Eones de vida estelar, de vida planetaria, de la lenta alquimia de los átomos, fueron resumidos en ese instante.

  Chandon no podía formarse ninguna explicación acertada de lo que estaba pasando. La metamorfosis se encontraba demasiado alejada del alcance interpretativo de los sentidos humanos. Él vio algo que se alzó ante él, ocupando la nave hasta su techo y presionando terriblemente en contra de la curvada superficie transparente. Entonces, con una violencia inesperada, toda la nave reventó en mil fragmentos cristalinos, que volaron resplandecientes, chillando con la nota alta y fina de las cosas torturadas mientras se desparramaban y caían en todas direcciones. Antes de que los últimos fragmentos cayeran, el cilindro del tiempo fue tomado y arrastrado hacia arriba desde las ruinas como por alguna mano poderosa. Ya sea que el imponente gigante lo alcanzó con uno de sus miembros inhumanos, o que el cilindro haya sido levantado por alguna fuerza magnética, nunca fue del todo claro para Chandon. Todo lo que pudo recordar posteriormente fue la ascensión aérea y ligera, en la cual experimentó un repentino alivio de la pesada gravedad de ese planeta desconocido. Él parecía flotar muy rápidamente hasta una altura difícil de estimar por la carencia de una escala familiar; entonces, el cilindro descendió sobre los hombros como nubes del Intemporal, y se adhirió en ellos con tanta seguridad como si hubiese aterrizado en las costas de algún planeta distante y aislado en un espacio remoto.

  Él se encontraba más allá de la sorpresa, el asombro o el pavor. Como si en algún sueño cataclísmico, él se resignó a la revelación del vertiginoso milagro. Observó el exterior desde su privilegiada posición aérea y vio, encima de él, como el risco más alto de algún cúmulo elevado, con ojos como soles caóticos, la cabeza del Ser que había destrozado la nave del tiempo alienígena, alzándose sobre sus ruinas como un genio rebelde liberado. Muy abajo, él contempló la negra zona diamantina atestada de los seres plateados. Entonces, desde el pavimento, se precipitaron hacia el cielo, como los pilares de fuego de una monstruosa explosión, las montañosas formas metamórficas de los otros Intemporales. Tumultuosos, espantosos y como ciclones ellos se elevaron hasta alcanzar el primero, completando esa trinidad rebelde. Y aún así, vastos y altos como se habían alzados, los pilares a sus alrededor era aún más altos; los pilares que sostenían terrazas, la pirámides invertidas, las torres cruciformes, aún miraban sobre ellos con ceño desde el aire resplandeciente y brillante como el carbón, como si fueran los oscuros y colosales guardianes de un infierno trans-galáctico.

  Chandon fue consciente de mil impresiones. Él sintió las energías ilimitadas y divinas despertarse desde un sueño eterno, floreciendo en el tiempo con un dinamismo violento. Y sintió, batallando con ellas y decidida a someterlas y constreñirlas, el impacto de las radiaciones y los malignos poderes concentrados del nuevo mundo. La misma luz era mortífera y tiránica con sus fieras proyecciones; la oscuridad de los altos domos y los peristilos eran como los impactos machacadores de mil mazos mudos, manejados por sombríos, tétricos y silenciosos Anakims. Las maquinarias de cristal en el pavimento giraron y apuntaron hacia arriba como los ojos de cíclopes boreales, dirigiendo sus rayos helados hacia los nubosos gigantes.  A intervalos, el cielo se aclaraba con un ardiente resplandor blanquecino, como el resplandor de hornos en la lejanía; y Chandon fue consciente de una hosca reverberación infra-grave, con el tono de repiques de campanas; de notas de tambores altas, como de mundos siendo golpeados, que lo invadían desde todos lados en el aire pulsante.

  Los montones de los alrededores parecieron oscurecerse, como si ellos hubiesen acumulado una negritud más maligna y positiva, y la estuviesen proyectando para aturdir los sentidos. Pero más allá de esto, más allá de cualquier percepción física, Chandon sintió el negro magnetismo que emanaba en ondas incesantes; que gritaban ante las barreras de su voluntad; que buscaban usurpar su mente; de doblegar y transformar sus pensamientos con formas monstruosas de esclavitud. Sin palabras, y confinado a una multitud de imágenes de terrible extrañeza, él captó la espera de una venganza inhumana, de un odio transestelar. Las mismas piedras de las masivas edificaciones estaban unidas con el cerebro de los seres exóticos en un esfuerzo de asumir nuevamente el control sobre Chandon y los tres Intemporales. Oscuramente, el terrícola comprendió. Él no sólo debe someterse a los seres plateados, sino que debe hacer su voluntad en todas las cosas. Él y sus compañeros habían sido traídos desde la eternidad por un propósito: ayudar a sus captores en una guerra estupenda con rivales del mismo mundo, de la misma manera en que la humanidad emplea en la guerra explosivos de potencia titánica, las criaturas plateadas habían decidido utilizar la energía exenta de tiempo de los Eternos en contra de sus, de otra manera, enemigos en iguales condiciones. Ellos habían descubierto la ruta hacia las dimensiones secretas, desde el tiempo hacia la intemporalidad. Con una audacia demoniaca y adiestrada, ellos habían planeado y ejecutado su extraño secuestro; y habían asumido que Chandon era una de las entidades eternas, con un inmenso poder divino en estado letárgico.

  Las ondas de energía maligna se alzaron aún más alto. Chandon se sintió a sí mismo inundado, barrido. Con una claridad televisiva creció en su mente una imagen de los enemigos en contra de los cuales él estaba destinado a combatir. Vio las resplandecientes perspectivas de tierras remotas y extraterrestres, las poderosas acumulaciones de ciudades inhumanas, yaciendo bajo un sol incandescente más vasto que Antares. Por un momento, se encontró odiando esas tierras y ciudades con el rencor frío e inimaginable de una psicología de otro mundo. Entonces, como si él hubiese sido levantado sobre esto por el gigante sobre cuyos hombros cabalgaba, Chandon supo que el océano negro ya no se estrellaba contra él. Fue liberado de la trampa mesmerizante, ya no percibía emociones alienígenas y las imágenes que habían invadido su mente. Milagrosamente, una tranquilidad y sublime seguridad lo envolvió; ahora era el centro de una esfera de una fuerza resistente y elástica, que nada podía someter y o penetrar.

  Sentado como si fuera en un trono montañoso, vio que la trilogía demiúrgica, desafiante y desdeñosa de los pigmeos de abajo, habían resumido su mágico crecimiento, disparándose hacia arriba hasta alcanzar y sobrepasar el nivel de los pilares más altos. Un momento después, y él miraba sobre las gradas babélicas de piedra negra, llena de los seres plateados, y vio las avenidas externas de una metrópolis colosal; y más allá de esto, los lejanos y colgantes horizontes del planeta desconocido. Él parecía conocer los pensamientos de los Intemporales mientras ellos barrían con su mirada este mundo cuyos impíos seres habían soñado con esclavizar su esencia ilimitada. Él supo que ellos miraban y comprendían esto con un solo golpe de vista. Los sintió detenerse en una momentánea curiosidad; y sintió la rabia veloz e implacable, y la decisión irrevocable que la siguió.

  Entonces, muy cuidadosa y deliberadamente, como si estuvieran probando sus poderes en desuso, los tres seres comenzaron a destruir la ciudad. Desde la cabeza del blanco ser sobrenatural que cargaba a Chandon, se disparó un círculo de llama esmeralda que se separó, giró y ensanchó en una gran rueda que se inclinó hacia abajo y se posicionó sobre uno de los pilares más altos. Bajo esa corona ardiente, los domos de ángulos innaturales y las pirámides invertidas comenzaron a temblar y parecieron expandirse como un vapor oscuro. Perdieron sus características sólidas, se aligeraron, adoptaron los patrones de la arena movediza, se estremecieron hacia el cielo en rítmicos círculos de un sombrío y mortal iris, palideciendo y finalmente desvaneciéndose en el intolerable resplandor. Desde los Intemporales emanaban los agentes visibles e invisibles de la aniquilación. Lentamente al principio, y luego con la aceleración de un ciclón, como si su rabia estuviera aumentando o como si ellos estuvieran identificándose más con su espantoso juego divino.

  Desde sus cuerpos celestes, como desde altos peñascos, se derramaron ríos vivientes y tumultuosas cataratas de energía; descendió un fuego de múltiples matices en orbes, cilindros y ruedas elipsoides, que cayeron sobre la ciudad condenada como una lluvia de meteoritos voraces. Las masas de edificaciones se disolvieron en escoria derretida, las columnas y terrazas de pilares devinieron en fantasmas de vapor bajo la ardiente tempestad. La ciudad avanzaba en veloces torrentes de lava; deviniendo en temblorosas espirales de polvo espectral; se retorció con negras llamas y opacas auroras. Sobre sus ruinas se movían los Eternos, despejando para sí mismos una vía mientras avanzaban. Detrás de ellos, en los negros y baldíos niveles sobre los cuales habían caminado, todo era disolución, y el mismo suelo y la piedra se disolvían en vórtices que giraban y ensanchaba sin fin, que devoraban la superficie del planeta y continuaban hasta su centro. Como si ellos hubiesen absorbido en su propia sustancia las moléculas y electrones de todo lo que habían destruido, los Eternos crecieron aún más altos y vastos.

  Chandon lo contemplaba todo desde su fantástica altura con una sobrenatural separación y lejanía. Desde una zona movible de una paz inviolada vio la fiera lluvia que consumía la Sodoma ultra-galáctica; vio las zonas de devastación que radiaban y corrían en una expansión sin límites hacia los cuatro puntos cardinales; contempló, desde una altura siempre en aumento, los vastos horizontes, que huían tropezando por el terror ante los gigantes intemporales. Cada vez más rápido se proyectaban los rayos y orbes letales. Ellos brotaban en medio del aire y engendraban innumerables otros. Ellos se habían sembrado en todos los confines como los legendarios dientes de dragón de la leyenda, para seguir las longitudes del gran planeta hasta sus polos. Y los gigantes marcharon sobre monstruosos océanos y desiertos, sobre anchos valles y altos muros de montañas, donde otras ciudades brillaron muy abajo como pequeños guijarros.

  Mareas de fuego atómico marchaban adelante para barrer los prodigiosos Alpes. Se manifestaron globos vengativos y voladores que convertían los mares en vapor en un instante, que golpeaban los desiertos hasta derretirlos en tumultuosos océanos. Había arcos, círculos y cuadriláteros de aniquilación, siempre crecientes, que se hundían hacia abajo a través del pétreo fundamento. El llameante brillo de medio día fue marchitado con una caótica oscuridad. Un cíclope sanguinolento, un rojo Laoconte batallando con serpientes de nubes y sombras, el poderoso sol parecía tambalearse en medio del cielo, para precipitarse aturdido de aquí para allá como lo hacía el mundo inferior bajo las intolerables pisadas de estos titanes macrocósmico. Las tierras de abajo estaban veladas por vapores mefíticos, hendiéndose momentáneamente sólo para descubrir los fundamentos de los continentes.

  Ahora, a ese caos estupendo los mismos elementos del mundo condenado le estaban agregando sus energías liberadas. Nubes que eran negros Himalayas disparando rayos que abarcaban reinos seguían a los destructores. El suelo se quebró para liberar los fuegos del núcleo en géiseres volcánicos, en fluidas cataratas en dirección al cielo. Los océanos cedieron rebelando lúgubres picos y ruinas hace tiempo sumergidas, que se precipitaban hacia los canales más profundos para ser tragadas por temblorosos lechos y terminar como el alimento de caderas hirvientes de devastación interna. El aire enloqueció con truenos como tifones liberados de mazmorras subterráneas; con un murmullo de fuego con lenguas de agujas en los rojos abismos de un infierno a la deriva; con gemidos y chillidos como djinns atrapados bajo los escombros de montañas en algún abismo inescrutable; con aullidos de demonios frenéticos, escapados desde tumbas primordiales. Sobre el tumulto, cada vez más alto, Chandon era trasladado hasta que miró hacia abajo desde la calmada altitud del éter; viendo desde su ventaja semejante a la del sol el orbe destrozado y el enorme sol mismo a un mismo nivel en el espacio. El quejido cataclísmico y el enloquecido trueno fueron disminuyendo. Los océanos de ruinas catastróficas giraban como aguas de drenaje poco profundas sobre los pies de los Eternos. El furioso y devorador maelstrom ya no era más que alguna efímera bocanada de polvo agitada por la pisada casual de los caminantes.

  Entonces, bajo él, ya no se encontraba la nebulosa ruina de un mundo. El Ser sobre cuyos hombros él aún se hallaba adherido, como un átomo a algún parapeto planetario, estaba caminando sobre una vaciedad cósmica; y rechazado por su partida, el ruinoso globo fue lanzado al abismo, luego de que el sol en retroceso alrededor del cual había girado con todos sus enigmas desaparecidos de vida alienígena y civilización. Confusamente, el terrícola vio la inconcebible vastedad que los Eternos habían adquirido. Contempló sus resplandecientes siluetas, las vagas masas de sus formas, que con las estrellas detrás de ellos, se veían como a través de un luminoso velo de cometas. Él estaba encaramado a una cosa nebulosa, enorme como los sistemas orbitales, que no obstante se movía con una velocidad más rápida que la de la luz, que caminaba a través de galaxias desconocidas, a través de dimensiones no registradas del espacio y del tiempo. Sintió el inmenso remolineo del éter y vio el laberíntico girar de las estrellas que se formaban y desaparecían y eran reemplazadas por los huidizos patrones de otras masa estelares. En una sublime seguridad, en su esfera de un movimiento y calma como el de los sueños, Chandon era transportado hacia adelante sin saber por qué o adónde; y, como el participante de algún sueño prodigioso, él ni siquiera se hacia tales preguntas.

  Luego de infinitas agonías de luz, de vertiginosos y abismados vacíos; luego del tránsito de muchos cielos e innumerables sistemas, le vino la sensación de una pausa repentina. Por un momento, desde el golfo en calma, él contempló un pequeño sol con su séquito de nueve planetas, y se preguntó confusamente si el sol era algún cuerpo astronómico familiar. Entonces, con inefable ligereza y velocidad, le pareció que estaba cayendo hacia uno de los mundos más cercanos. La borrosa y creciente masa de sus océanos y continentes se elevaron para salir a su encuentro; él parecía descender, a la velocidad de un meteoro, sobre una región de escarpadas montañas afiladas con picos nevados que se alzaban sobre los chapiteles de un bosque de pinos.

  Allí, como si hubiese sido depositado por alguna mano poderosa, el cilindro aterrizó; y Chandon observó hacia afuera con el extraño asombro de un soñador que acaba de despertar, sólo para ver a su alrededor las paredes de su propio laboratorio en las Sierras. Los Intemporales, omniscientes, por algún capricho benigno lo habían retornado a su propio punto en el espacio-tiempo; para luego continuar, quizás hacia la conquista de otros universos; quizás para encontrar nuevamente el blanco y eterno mundo de su origen y sumirse nuevamente en el pálido Nirvana de inmutable contemplación.

  Traducido por Odilius Vlak

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  • Nota: Esta historia se publicó por primera vez en el # de marzo de 1932 de la revista Wonder Stories. También en las siguientes antologías:

           –  1.      Genius Loci: Arkham House, [1948].

           – 2.     Genius Loci: Nerville Spearman, [1972]    

           – 3.     Genius Loci: Panther, [1974].

           – 4.     Le Dieu Carnivore 1: NéO, [1987].

           – 5.     Star Changes—The Science Fiction of Clark Ashton Smith: Darkside Press, [2005].

           – 6.     A Vintage from Atlantis—The Collected Fantasies of Clark Ashton Smith, Volume 3:  Night           Shade Books, [2007].

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