TETRAMENTIS / Damned Angel: Genesis – Capítulo X

 –

Capítulo X : Jennifer

«El Fin de Los Tiempos, Sucederá al Final de los Primeros Eventos»

  —¡Al fin los hemos perdido! —dijo Angel en un suspiro.

  —¿Por qué te persiguen todas esas personas y aquéllos perros? —preguntó la niña.

  —De seguro me habrán confundido con alguna clase de criminal.

  —¿Y acaso no lo eres?

  —¿Eh? ¡Por supuesto que no!

  —Cierto, un ladrón tendría mejor reputación que un vagabundo como tú.

  —¿Qué dijiste? ¡Te salvé la vida y así me agradeces! ¡Demonios, niña!

  —¡Tú fuiste el bruto que me raptó, me llevaste a la fuerza y me lastimaste con tus enormes manos de gorila!

  —¿Gorila, yo? ¡Pues bien! Si que te haya ayudado ha sido una molestia, me largo. Arréglatelas tú sola para volver a tu casa.

  Angel reanudó la marcha por las largas y profundas calles de Roma, con una expresión de preocupación. Sabía que si había sido llamado por el mismo Arzobispo, se trataba de algún problema serio. Antes de profundizarse más en sus pensamientos, Angel escuchó pasos muy cerca. Al detenerse y dar media vuelta para ver, notó que aquella niña lo seguía como una muñeca de cuerda. En el momento que Angel se detuvo, esta chocó de lleno con él.

  —¿Quieres dejar de seguirme? Tú misma dijiste que no te agrado, así que, ¿por qué me sigues aún?

  —¡Y-yo puedo ir a donde me plazca! Es solo que… nos dirigimos al mismo lugar… es… ¡Es coincidencia, nada más! —respondió la niña titubeando.

  —¿Ah sí? ¿Y exactamente a dónde te diriges?

  —Bueno, pues… ¡No es de tu incumbencia! —dijo la niña mientras sonrojaba. Al verle su rostro, y el estado en que se encontraba, Angel no pudo evitar sentir lástima. Aquella niña tendría que tener alrededor de unos diez años, sus ojos eran azules como el cielo y sus cabellos dorados. Angel notó que su vestimenta estaba bastante sucia, y que se veía hambrienta.

  —Bien, supongo que no lograré nada con discutir contigo. Dime niña, ¿Cuál es tu nombre? —preguntó Angel.

  —¿A quién le llamas niña, tonto? ¡Yo ya soy bastante grande! ¡Tengo diez años! —respondió mientras mostraba solo 7 dedos con sus manos—. Mi nombre es Jennifer y, ¡no me gusta que me llamen niña!

  —Bien, como sea. ¡Rayos! ¡Qué carácter tan desagradable!

  —¿Qué dijiste? ¡Repítelo de nuevo! —exclamó Jennifer mientras intentaba estrangular a Angel con ambas manos, sin conseguir que este reaccionara. Angel reanudó su marcha con Jennifer colgada de su cuello como si fuese un collar.

  Angel y Jennifer caminaron varias horas hasta que oscureció. Jennifer ya estaba muy cansada, y Angel la traía cargada en su espalda. Luchó mucho contra el sueño, hasta que no pudo más. Poco después de que se durmiera, llegaron al enorme edificio del Vaticano. Frente al lugar, los recibió un joven de cabellos largos. Su pelo era rígido y de color blanco.

  —¡Ahriz! —Exclamó Angel—. ¿Cómo va todo?

  —Bienvenido a casa —respondió este—. ¿Quién es esa pequeña?

  —Su nombre es Jennifer. Es una niña que encontré en el camino. No le he preguntado nada al respecto, pero por su estado me parece que es huérfana. No podía abandonarla en esta temporada tan fría, sabiendo que puedo albergarla bajo el techo de algún monasterio —afirmó Angel.

  —Entiendo. Pero será tu responsabilidad, ¿cierto? ¡No esperes que la cuide yo todo el tiempo!

  —Sí, claro, lo prometo.

  —Bien, mientras tanto la llevaré a un refugio. Necesitas ver urgentemente al Arzobispo. Está esperándote en su recámara.

  —Muchas gracias —dijo Angel mientras entregaba a Jennifer a los brazos de Ahriz.

  Angel entró al edificio y empezó a subir lentamente las escaleras que conducían a la recámara del Arzobispo. Al abrir la puerta, este ya se encontraba allí frente a él, esperándolo en una especie de trono pequeño. Lo observaba con unos ojos profundos, oscuros.

  —Acércate, hijo mío.

  —Su excelencia, ¿por qué me ha llamado? ¿Hay novedades en la guerra contra los Sargentos?

  —Así es… la situación se ha complicado. El número de Sargentos ha incrementado considerablemente. La guerra ha empezado. Las tropas del vaticano se mantienen firmes, pero pronto podrían sucumbir.

  —No hay mucho que pueda hacer contra los Sargentos. Sin embargo, iré inmediatamente a liderar y brindar apoyo a nuestras tropas.

  —No es necesario que te involucres en este conflicto.

  —¿Qué dice usted? ¡Es necesario que…

  —Tengo otra misión para ti ahora —interrumpió el Arzobispo mientras se ensombrecía su rostro. Lanzó unos pergaminos sobre la mesa en frente de Angel.

  —¿Qué es todo esto? —preguntó Angel con inquietud.

  —Quiero que mates a todas estas personas. Estos pergaminos contienen información necesaria para encontrar cada uno de tus blancos —respondió el Arzobispo mientras una siniestra sonrisa se dibujaba lentamente en su rostro.

  —Es usted un demente. ¡Mi trabajo es cazar demonios! ¡Salvar a los humanos para redimir todo el daño que les causé! ¡Lo que me pide hacer es imperdonable! No soy parte del Vaticano para causar más daño… ¡No seré su asesino personal!

  —Estas personas son herejes. Son pecadores que merecen la muerte por sus blasfemias. ¡Como Arzobispo de la ciudad capital romana, te ordeno que cumplas con mis mandatos! ¡Mi voluntad, es la voluntad divina! ¿Acaso negarás la voluntad de Dios?

  —Eres un simple humano. Arrogante, vano, corrupto. ¿Quiénes son estas personas? ¿Enemigos del Vaticano? ¿O tal vez personas que se han opuesto a tus perversidades?

  —¡Insolente! ¡Hereje! ¿Osas insultar a un mensajero de Dios?

  —No seas ridículo. Lo sabes. Sabes lo que pasará si asesino a un humano de nuevo. ¿Acaso quieres que ese monstruo regrese nuevamente a esta tierra? ¡No seré manipulado por un canalla como tú! ¡Iré al frente de batalla, y defenderé a mis tropas! Cuando regrese… será mejor que hayas huido lejos, o yo mismo me encargaré de que se te excluya del concilio, y seas desterrado para siempre.

Ambos intercambiaron miradas por un largo tiempo. Finalmente, Angel abandonó el lugar. En el momento en que se retiró, de las sombras de la habitación se acercó una figura hacía el Arzobispo. La figura desplegó cuatro enormes alas, revelando su apariencia. Era un ángel.

  —¿Escuchaste todo? —preguntó el Arzobispo.

  —Sí, lo escuché todo; yo me encargaré de ese cazador —respondió el ángel.

  Angel ya se encontraba fuera del Vaticano, listo para partir al campo de batalla. Una gran carroza lo esperaba fuera mientras este hacía los últimos arreglos para ponerse en marcha. Pero antes de que pudiera partir, vio como desde lejos se acercaba a él a toda marcha la pequeña Jennifer con una cara realmente enojada. Al llegar a donde él, de un salto lo golpeó salvajemente en la cara.

  —¿Qué demonios te pasa? ¿Estás loca? —dijo Angel mientras se lamentaba por el golpe.

  —¿Pensabas abandonarme aquí e irte sin dejar rastro? ¡Moriré de hambre si me dejas aquí!

  —¡Claro que no! ¡Te dejé a cargo de Ahriz! El no dejaría que…

  —¿Hablas de ese tonto cara de payaso? —interrumpió Jennifer.

  —¿Por qué me llamas payaso? ¿No te he tratado lo suficientemente bien? —intervino Ahriz, quien estuvo cerca, escuchando todo el tiempo.

  —¡Porque llevas una sonrisa de idiota siempre en la cara! —dijo Jennifer mientras le halaba la cara por ambos cachetes.

  —E-eso duele, enana.

  —¡¿Enana, yo?!

  Angel suspiró y se encogió de hombros al ver como ambos discutían.

  —¡Está bien! ¡Como quieras! ¡Iremos todos! Después de todo, me hará falta la ayuda de Ahriz en la batalla —dijo Angel mientras se rascaba la cabeza.

  Angel, Jennifer y Ahriz se encontraban ya en camino hacia el campo de batalla. Habían viajado por horas en aquella carroza del Imperio. El amanecer estaba casi a sus pies. Jennifer aún dormía rendida ocupando casi todo el espacio. Angel y Ahriz viajaban bastante incómodos para permitirle dormir a ella cómodamente, quien encima de todo, roncaba fuertemente.

  —Esta niña sólo sabe comer y dormir. ¡Qué molestia! ¿Verdad? —dijo Angel.

  —No lo entiendo. ¿Por qué le has permitido venir? Vamos a un campo de batalla. Es un lugar muy cruel para una pequeña como esta. Normalmente te hubieses negado a permitir que la chiquilla viniese y pusiera en riesgo su vida —expuso Ahriz su duda.

  —No tengo intención alguna de llevarla con nosotros al campo de batalla —respondió Angel con su rostro ocultándose poco a poco en las sombras de los arboles que pasaban—. Traje a Jennifer con nosotros porque pienso dejarla bajo el cuidado de una pareja de humildes campesinos que conozco que residen en los alrededores. Con ellos vivirá una vida feliz y fuera de peligro.

  —Angel —suspiró levemente Ahriz.

  —Es… ¡Es lo mejor que podemos hacer por ella!

  En pocos minutos, se pudo divisar en el paisaje una humilde residencia y un hombre joven con su esposa, quienes esperaban impacientemente a los viajeros. Angel y Ahriz fueron recibidos acaloradamente.

  —No hagamos mucho ruido, no quiero despertarla —dijo Angel forzando una sonrisa—. Tómenla, y acuéstenla antes de que se dé cuenta. Cuando despierte ya nos habremos ido.

  —¿No piensan despedirse de ella? —replicó la esposa.

  —Es mejor de esta manera.

  A gran velocidad se alejaron de allí al abordar nuevamente la carroza, hasta que desaparecieron de la vista al descender la colina. Sin dirigirse una solo palabra, ambos viajaron en camino a los peligrosos campos de batalla de la guerra contra los Sargentos.

  —Estamos a solo una hora del campamento de las fuerzas del Vaticano —afirmó Angel—. Sólo tenemos que seguir el camino y estaremos allí en poco tiempo.

  Pero de repente, una muchedumbre de soldados enemigos les esperaba. Era una emboscada. Angel y Ahriz se vieron rodeados rápidamente por aproximadamente cincuenta Sargentos. Todos estaban armados con espadas que irradiaban poder demoníaco, y sus ojos estaban completamente blancos.  A la cabeza de estos Sargentos, estaba el capitán. Un hombre alto y fuerte, de mirada siniestra y con una armadura que había sido testigo de muchas batallas.

  —He venido a retar al cazador legendario a un duelo a muerte —dijo el Sargento.

  —No puedo aceptar tu desafío, guerrero. Mis presas son los demonios, no los humanos —respondió Angel.

  —Entonces te mataré aquí mismo.

  Cargando a toda velocidad, el capitán se lanzó con un golpe mortal hacia Angel, atacándole con su espada. El ataque se detuvo antes de perforar a Angel. Ahriz lo bloqueó con su escudo, el cual a la vista de todos, se materializó de la nada. Con su mano derecha formó una espada de radiante de luz, y extendiendo sus alas, revelando su forma completa de ángel, exclamó:

  —¡Angel te dijo que no puede aceptar tu desafío!… Así que yo lo haré en su lugar.

FIN.

Edwin Peter Barbes

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s