INTROVISION / Piedras Para Lapidar Espectros

  «El que esté libre de un cuerpo físico que tire la primera piedra», dijo el escalofriante vapor fosforescente; y cada uno de los que estaban presentes arrojó la piedra que tenía, pues ninguno poseía un cuerpo físico. Las piedras resplandecían con colores crepusculares y enfermizos, y a la vez, a causa quizás de alguna morbosidad infernal, también hermosos… horriblemente hermosos. Las piedras al impactar al espectro condenado penetraban en su sustancia semitransparente, y al hacerlo, cada color particular ardía como un fuego que matizaba la totalidad de la forma espectral hasta que era reemplazado por el fuego de otra piedra con un color diferente. Todo esto sucedía a una velocidad cercana a la luz, o más bien, ya que la lúgubre lapidación se llevaba a cabo en el plano astral, casi como si el tiempo en la transición de un color a otro de este arcoíris de condenación, y despojado de su naturaleza secuencial tal como lo percibimos en la tercera dimensión, mostrara todos los fuegos ardiendo al mismo tiempo gracias a la sincronización de la velocidad de las piedras con la velocidad de percepción de las entidades que ejecutaban este macabro acto de justicia.

  Este proceso no siempre fue así. Al principio, los Sumos Sacerdotes que desarrollaron esta técnica mágica, o mejor dicho, esta forma de dominación de la energía, lo hacían desde el plano físico. Es decir, que una vez descubierto el espectro que osaba violar los dominios de la tercera dimensión, simplemente trazaban un círculo mágico alrededor de la zona física donde se ubicaba el espectro; luego, procedían a mantralizar un poderoso conjuro, trabajando el tono de su voz con una octava secreta que le permitía a sus ondas sonoras penetrar en el plano astral, esto era para mantener al espectro inmovilizado en dicho plano así como el círculo mágico lo mantenía inmovilizado en las coordenadas físicas correspondiente; por último, los Sumos Sacerdotes tomaban un extraño brebaje el cual no tragaban sino que mantenía en su boca. Esta poción era esparcida sobre unas extrañas piedras que según la leyenda fueron extraídas de un meteorito que descendió en la época en que los dioses caminaban por la tierra. Las piedras, al recibir semejante bautismo comenzaban a derretirse; en ese momento, los Sumos Sacerdotes lanzaban la sustancia pétrea semilíquida hacia la zona del círculo mágico dentro de la cual su ojos clarividentes podía ver al espectro confinado. En el mismo instante en que las piedras penetraban la zona del círculo mágico, desaparecían. Y esto era todo. Desde el plano físico podían ver como el espectro se desintegraba en el plano astral bajo los golpes de estas piedras bendecidas por la magia terrestre, que era la suya, y la magia del espacio exterior inherente a la misma naturaleza del meteorito del cual fueron extraídas.

  Pero al parecer, este proceso comenzó a atraer a muchos curiosos, que al darse cuenta de que se iba a llevar a cabo la lapidación de un espectro, peregrinaban desde todos los puntos de la ciudad, causando gran alboroto y, como es de esperarse, desconcentrando a los Sumos Sacerdotes, que no podían hacer mucho por cambiar la situación ya que lo único que no tenían bajo su control era el lugar donde se identificaba la presencia de un espectro, siendo la mayoría de las veces en lugares públicos en los cuales tenían que obrar con presteza ahí mismo. Así que decidieron ellos mismos penetrar en el plano astral con sus cuerpos correspondientes y darle caza al espectro en su propia jurisdicción. Y esto, descubrieron, era más divertido y colorido. Pues muy pronto, los Sumos Sacerdotes descubrieron los hermosos colores de la lapidación tal como se muestran en el plano astral. Y vaya que era un espectáculo digno de ver, pues cada piedra ardiendo sobre la sustancia semitransparente del espectro con el fuego de su color particular, les parecía a los sumos sacerdotes como un infierno al cual ellos habían hecho realidad en el momento de lanzar la piedra. «¿Alguien te ha condenado?», preguntó el escalofriante vapor fosforescente del Sumo Sacerdote al espectro. «Si señor», contestó este último. «Excelente», replicó el Sumo Sacerdote, «por algo estamos cargados de pecados».

  Menos mal que nosotros, cada uno de los espectrales miembros de este Blogzine de las cosas que no son pero que deberían ser… siempre llevamos puestos chalecos anti-piedras astrales. Ya saben, por si acaso. En cuanto a la edición de esta semana, ciertamente será una lapidación, pero de todo aquello que atente con convertir la imaginación en un espectro proscrito.

  En nuestra sección Runes Sanguinis, en la página del miércoles, les tenemos un artículo que ciertamente le arrojará cierta leña al fuego de la realidad del racismo, en especial el racismo en la ciencia ficción. Su autor, nada más y nada menos que: Samuel R. Delany [1 de abril de 1961], el primer escritor de ciencia ficción afroamericano que se consagró como tal; ostentando las credenciales para tal derecho de 4 premios Nebula y 1 premio Hugo. «Racismo y Ciencia Ficción», es el titulo de su reflexión de 1998 la cual hemos traducido exclusivamente para nuestros lectores.

  Ya saben que nuestra sección Tetramentis, en la página del jueves se ha convertido una vez más en el campo de batalla para la saga: Damned Angel: Genesis, del escritor Edwin Peter Barbes. Es la Segunda Temporada de ésta nuestra Light Novel exclusiva. El Capítulo XI se titula: «Recuerdos de una Guerra Olvidada».

  Aquí nos despedimos de un espectro para el cual no hay piedra posible que lo pueda lapidar, pues él es uno de los que arrojan la primera piedra. Nos referimos a nuestro sumo sacerdote, Markus E. Goth, editor y director de este Templo Virtual. Cada piedra que arroja es una más de nuestras ediciones. Pero no hay piedra que alcance nuestro horizonte ya que es el mismo del de los murciélagos; y ya saben… El horizonte de los murciélagos es más lejano que el de las águilas.

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  Odilius Vlak

 Jefe de Redacción

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