TETRAMENTIS / Damned Angel: Genesis – Capítulo XI – (Vol 01)

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Capítulo XI : Recuerdos de una Guerra Olvidada ( Vol 01 )

«El Fin de Los Tiempos, Sucederá al Final de los Primeros Eventos»

—No eres más que un entrometido… —replicó aquél Sargento.

  —¡Y tú no eres más que un cobarde! Quieres aprovecharte de que Angel no puede hacer nada contra ti, ya que eres un humano —afirmó Ahriz.

  —¿Y qué si es esto cierto? ¡Las desventajas de mi enemigo son mis cartas de triunfo en una batalla! Después de todo… estamos en guerra.

  —Una victoria injusta es una victoria vacía.

  —¿Acaso crees que voy a preocuparme por ideales insignificantes como ese? Una victoria es una victoria. No importa cuánta sangre tenga que derramar para conseguirla.

  El Sargento blandió su espada en un abrir y cerrar de ojos. Utilizando sus poderes ocultos, concedidos por el mismísimo Lucifer, se dio a la carga con todas sus fuerzas en un frenético ataque arrancado por la misma locura. Ahriz lo detuvo con gracia, aunque pareció resultarle un poco dificultoso. No esperaba semejante ataque de un simple humano. Con ambas espadas cruzadas, forcejearon ferozmente. El Sargento enfocó su poder obscuro, e irradiando obscuridad de su cuerpo, a toda su mayor potencia, transfirió esta energía maligna desde su espada a través de la espada de Ahriz a todo su cuerpo. La energía lo quemaba por dentro. Su cuerpo rechazó la oscuridad, pero el impacto lanzo a Ahriz de lleno contra el suelo. Una humareda de vapor se escurría hacia arriba por todo el cuerpo del Sargento, mientras su sonrisa de maniático crecía.

  —¿No lo ves? ¡Los poderes de mi señor Lucifer son mayores que los tuyos! —exclamó el Sargento mientras reía retorcidamente.

  Con su rostro cubierto entre sombras, Ahriz se levantó poco a poco del suelo. Con su mano derecha se limpió la sangre que se escurría de la parte derecha de su labio inferior.

  —Necesitarás mucho más que eso si planeas vencerme —afirmó Ahriz con más seriedad ahora en su rostro.

  —Eres más fuerte de lo que creí. Tal vez te he subestimado un poco. ¡Esta vez te mataré sin duda.

  El Sargento ennegreció su espada con sus poderes, formado en ella una esfera de energía maligna. Una vez más arremetió con todas sus fuerzas contra Ahriz. La bola de energía maligna chocó de lleno con su escudo sagrado, produciéndose un enorme impacto. La espada del sargento, junto con todo su brazo derecho, fueron desintegrándose producto de la energía sagrada que emitió el escudo sagrado de Ahriz al recibir el impacto.

  El Sargento gemía mientras se arrastraba en el suelo, en un charco de su propia sangre.

  —Es tiempo de que pagues por todo lo que has hecho —susurró lentamente Ahriz.

  Extendiendo su espada en dirección a la altitud de la frente de su oponente, lanzó un rayo de energía sagrada que atravesó la cabeza del Sargento desde la frente hasta la parte trasera de la cabeza, pero sin penetrar la carne o los huesos. Penetraba su mente. Los ojos del Sargento se fueron apagando lentamente hasta volverse totalmente pálidos y vacíos. No gritaba, pero su rostro mostraba agonía.

  —¿Qué le has hecho? —preguntó Angel.

  —No lo asesiné. Lo liberé de su locura. Era irreversible. Hice que su mente abandonara su cuerpo. Ahora será nada más que un Ser sin pensamientos. Nunca podrá volver a hacerle daño a alguien —respondió Ahriz.

  —¿Es así como te piden en el Vaticano que te deshagas de sus enemigos? ¿Así es como se libran de no pecar cometiendo asesinatos? ¡Respóndeme! —preguntó Angel con rabia.

  —¿De qué estás hablando? ¿Cuál es tú problema? Me conoces mejor… o quizás no.

  —Lo siento, es solo que yo…

  —No hay tiempo para esto —interrumpió Ahriz súbitamente —aún nos rodean enemigos.

  Cuando los demás Sargentos vieron como su capitán había sido vencido tan fácilmente, se esperaría que se retirasen. Pero seguían allí de pie frente a sus enemigos. Sus rostros no mostraban emoción alguna. No estaban dispuestos a retroceder. Cumplirían con su objetivo de asesinar a Angel, sin importar cual fuese el precio a pagar. Cada vez los Sargentos se acercaban más y más. Atrapados en medio de esta multitud de maniáticos, Angel y Ahriz se preparaban para luchar o morir. Justo antes de que los Sargentos pudiesen actuar, algunas tropas del ejército del Vaticano llegaron a tiempo para el rescate. Todos los soldados del imperio empezaron a dar caza a los Sargentos. A pesar de sus poderes, los Sargentos fueron eliminados por su desventaja en número, sin contar que los soldados del Vaticano estaban altamente entrenados en combate contra todo tipo de poder sobrenatural. No quedó un solo Sargento en pie.

  Las tropas los recibieron con honores y alegría. Junto a ellas recorrieron el camino hacia el campamento principal, donde todo el ejército del Vaticano se preparaba para el inminente conflicto.  Las fuerzas del Vaticano estaban todas ordenadas en filas, frente a Angel y Ahriz.

  —¡Felicidades! —exclamó Angel mientras admiraba su ejército. Veo que el arduo entrenamiento valió la pena. Sé que todos hemos tenido que realizar nuestros propios sacrificios para estar en este lugar… o para el caso de algunos infortunados, el ya no estar más aquí. Pero es hora de que por última vez realicemos un sacrificio final. Un sacrificio que se pagará con sangre y sudor de todos nosotros. Pero les prometo que este sacrificio valdrá la pena. Será para que las generaciones por venir sean libres.  Libres de los hombres corruptos, malvados. Hombres que han perdido su alma por decisión propia. No les mentiré. La batalla que se aproxima será difícil. Así que tenemos sólo dos opciones: huir como cobardes, o morir como guerreros. Si no tenéis miedo a la muerte, ¡seguidme ahora!

  Semejantes palabras fueron recibidas por los soldados con gritos de verdaderos guerreros. Todos estaban listos para ir a la guerra y dar sus vidas si fuese necesario. Dos enormes corceles fueron presentados ante Angel y Ahriz para que cabalgasen durante el combate. A la cabeza del ejército del Vaticano se encontraba Angel y a su lado estaba Ahriz. Todos esperaban en silencio. Un pequeño temblor empezó a sentirse en la tierra. A lo lejos en el horizonte se empezaba a levantar una nube de tierra. El ejército de los Sargentos se acercaba a toda velocidad.

  —¡Comandante Ahriz! Se acerca el enemigo —exclamó uno de los consejeros de guerra.

  —¡Todos prepárense! —respondió.

  Angel cerró sus ojos por unos instantes.

  —¡Ataquen! —exclamó a toda voz.

CONTINUARÁ…

Edwin Peter Barbes

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