RUNES SANGUINIS / La Dimensión del Cambio – Por Clark Ashton Smith

Wonder Stories - November 1932

" The Dimension of Chance " -  Clark Ashton Smith - Startling Stories Spring 1946.

 «Es mejor que tengas listo ese dispara-guisantes», advirtió Markley a través de los audífonos desde su asiento en los controles del aeroplano. «A este ritmo estaremos al alcance dentro de pocos minutos. Esos japoneses son buenos artilleros, y seguro nos tienen reservada una ardiente bienvenida».

  Clement Morris, agente del Servicio Secreto, y compañero de universidad de Andrew Markley, su piloto, en un rápido y cambiante movimiento, inspeccionó la cartuchera de la nueva e impresionantemente rápida ametralladora, detrás de la cual él estaba sentado en lugar del artillero oficial. Entonces, él reasumió su vigilancia de la mancha brillante y metálica que ellos seguían a través del aire ligero, oscuro y quieto de la atmósfera, a doce millas sobre la borrosa confusión que flotaba hacia el este que era Nevada.

  Ellos ya estaban alcanzando el aeroplano japonés que había recogido al espía prófugo, Isho Sakamoto, cerca de Ogden. Morris había estado siguiéndole el rastro a este sobrenaturalmente hábil espía por meses, bajo órdenes del gobierno. Se creía que Sakamoto había obtenido planos de muchas fortificaciones americanas, así como información concerniente a futuros movimiento del ejército en su guerra en contra de la Federación Sino-Japonesa que había comenzado un año antes, en 1975. El aeroplano del enemigo, descendiendo inesperadamente, rescató a Sakamoto en el mismo momento en que Morris estaba a punto de atraparlo; por lo que Morris inmediatamente requirió los servicios de su viejo amigo, Markley, del Cuerpo de Aviación, que se encontraba estacionado en Ogden.

   Se decía que el aeroplano de Markley era uno de los más veloces en todo el Cuerpo. En su hermético fuselaje con tanques de oxigeno, cascos y paracaídas listos en caso de accidente, los dos hombres estaban avanzando hacia delante a una velocidad tan terrible que los tenía clavado a sus asientos como si fuera con camisas de fuerzas hechas de plomo. Morris, no obstante, estaba menos acostumbrado que Markley a tales vuelos; a pesar de que no era la primera vez que ellos habían cazado juntos a algún enemigo o traidor nacional. Ellos avanzaron entre el cielo azul oscuro y la penumbrosa tierra moteada de montañas y desiertos. El murmullo de los cohetes propulsores era extrañamente ligero en el aire rarificado. Ante ellos la luz del sol, cayendo hacia el oeste, brillaba sobre las alas y el fuselaje del aeroplano japonés como sobre algún escarabajo plateado y enorme. Ellos se encontraban a muchas millas de las rutas usuales del tráfico de la estratosfera; y ninguna otra nave viajaba por el golfo sin vientos a través del cual perseguidores y perseguidos se zambullían hacia las Sierras y el lejano Océano Pacífico.

  Una distancia de menos de una milla era lo que separaba las dos naves. No había señal de hostilidad de parte de los japoneses, que portaban una ametralladora de igual alcance que la de la nave americana, y estaba manejada por un artillero profesional aparte de Sakamoto y el piloto. Morris comenzó a calcular el alcance cuidadosamente. Iba a ser una pelea justa; y esta perspectiva lo emocionaba. Por ningún motivo se le debía permitir al espía llegar a San Francisco, donde el enemigo había establecido una base bien protegida. Si la batalla se tornara en contra de ellos, él o Markley, como último recurso, debía solicitar la ayuda de otros aeroplanos de una de las bases americanas en California en orden de interceptar a Sakamoto.

  Muy lejos, a través del aire inconcebiblemente claro y sobre el enormemente extendido horizonte, él podía ver las aún indistintas hendiduras de las montañas de California. Entonces, mientras los aeroplanos se precipitaban hacia delante, le pareció que una mancha vaga y neblinosa, como la que suelen aparecer en los ojos aturdidos por la luz del sol, se había manifestado repentinamente a mitad del aire más allá de los japoneses. La mancha lo confundió, como un punto ciego atmosférico que no poseía forma, ni matices ni trazado delimitado. Pero pareció crecer rápidamente y borrar la escena semejante a un mapa de más allá de una manera inexplicable. Markley también percibió la mancha.

  «Eso es divertido», él murmuró a través de los audífonos. «Cualquier cosa en forma de niebla o nube sería del todo imposible a esta altura. Debe ser alguna extraña especie de fenómeno atmosférico; el espejismo de alguna nube remota, quizás, transferida a través de la capa isotérmica. Pero realmente no puedo explicarlo.»

  Morris no contestó. El asombro detuvo el de alguna manera inconsecuente comentario que había asomado a sus labios; pues en ese momento el aeroplano japonés parecía penetrar en la misteriosa mancha, desvaneciéndose inmediatamente de la vista como si fuera por medio de una verdadera niebla o nube. Hubo un rápido y tembloroso destello de su fuselaje y alas, como si hubiera comenzado a caer o cambiado abruptamente de dirección; y entonces desapareció, más allá del velo incoloro y deforme.

  «Eso es aún más divertido», comentó Markley con voz confundida. «Pero ellos no se escaparán volando dentro de ningún maldito espejismo o como se llame. Pronto lo atraparemos al otro lado.»

  Avanzando horizontalmente hacia delante a 600 millas por hora, la nave se acercó a la extraña mancha, la cual ya había abarcado una gran sección del cielo y del mundo. Era como una especie de ceguera propagándose en el aire superior; pero no sugería la idea de oscuridad o de cualquier cosa material o tangible. Tanto Morris como Markley, mientras se acercaban, sentían que estaban mirando con ojos forzados y elusivos a algo que virtualmente estaba más allá del alcance de la visión humana. Ellos parecían que trataban de asirse a alguna imagen evasiva; una sombra de otro mundo que huía de la vista; una cosa que no era ni oscuridad, ni luz, ni ningún color de matiz determinado. Un instante más, y la mancha devoró los cielos con terrible ímpetu. Entonces, mientras el aeroplano se precipitaba dentro de ella, una ceguera cayó sobre los dos hombres que no le permitía discernir el interior de la nave o sus ventanas. Un gris inefable, como una atmósfera de algodón, lo envolvió y bloqueó toda imagen visual.

  Al mismo tiempo, el murmullo de los cohetes había cesado, y ellos no podían escuchar nada. Markley trató de hablar, pero el juramento de asombro murió en su garganta sin ser proferido como si hubiese chocado con una barrera de infranqueable silencio. Era como si ellos hubieran penetrado algún medio desconocido, que no era ni aire ni éter, que era totalmente vacío y negativo, el cual se rehusaba a canalizar las vibraciones de la luz, el color y el sonido. Ellos también habían perdido la sensación de movimiento, y no podían saber si estaban volando, cayendo o estaban suspendidos paralizados en el vacío. Nada parecía ser capaz de tocarlos o alcanzarlos; la misma sensación del tiempo había desaparecido; y sus pensamientos se arrastraban pesadamente, con una embotada confusión y sorpresa soñolienta, en el vacío que todo lo abarcaba. Era como el efecto preliminar de una anestesia: sólo un flotar intemporal, sin peso y sin cuerpo en el abismo que bordea el olvido.

  Muy repentinamente, como si hubiesen levantado una cortina, la ceguera se aclaró. Bajo una luz extraña, palpitante y de un marrón-rojizo, los hombres vieron el interior del fuselaje, y contemplaron los cascos de visera de cada uno y sus trajes de piel sintetizada. Ellos se dieron cuenta que la nave estaba cayendo lenta y oblicuamente, con su piso inclinado. La propulsión de los cohetes había cesado del todo, a pesar de que Markley no había tocado la palanca de control. Él no podía ponerlos en marcha nuevamente y todo el mecanismo se negó a obedecerlo por más tiempo. A través de las ventanas, él y Morris vieron un caos multicolor de formas incomprensibles y extraterrestres, entre las cuales la aeronave estaba descendiendo lentamente, con increíble ligereza, como una hoja o pluma que flotara hacia abajo.

  «No sé que ha pasado, o dónde estamos», dijo Markley. «Pero supongo que igual podríamos quedarnos quietos. No hay necesidad de saltar; no podríamos descender con mayor seguridad en paracaídas. Pero, ¿en qué lio nos hemos metido?»

  «No puedo decirlo», respondió su compañero, igualmente confundido y perdido. «Lo que sea o donde sea que esté este lugar, no es el estado de Nevada.»

  Su descenso hacia la desconocida y misteriosa tierra pareció tomar muchos minutos, y una o dos veces la nave permaneció estática por un momento, para luego reanudar su planeo con una sacudida. Mirando a través de las ventanas con un asombro cada vez más creciente, ellos comenzaron a distinguir formas y masas separadas en el extraño caos del escenario. Colinas irregulares, moteadas de gris, verde, ocre y un violeta ennegrecido, se alzaban sobre ellos en la borrosa luz, y se dieron cuenta que estaban aterrizando al fondo de una especie de valle. El suelo bajo ellos estaba parcialmente pelado y parcialmente cubierto con objetos que se asemejaban a formas vegetales más que a cualquier otra cosa. Estas plantas, o cosas parecidas a ellas, mientras el aeroplano se posicionaba más cerca sobre ellas, mostraban una notable diversidad de formas, tamaños y colores, que iban desde tallos carentes de hojas y ramas, hasta grandes formas de árboles de un follaje espeso que sugerían algún cruce imposible entre el banano y la araucaria. La impresión total de esta flora, incluso con este primer vistazo, era el de una variedad sin restricción e ilimitada extravagancia.

  La nave se inclinó lentamente hacia abajo sobre un claro, evitando por un estrecho margen algunas de las plantas más grandes. Aterrizó con una ligera sacudida, un poco más pronunciada de lo que hubiera sido por el proceso de una cuidadosa desaceleración. Markley y Morris posaron su vista sobre una escena que los asombraba cada vez más mientras ellos comenzaron a distinguir sus extrañezas en detalle. Por el momento, ellos habían olvidado el aeroplano japonés que habían estado siguiendo, y ni siquiera especularon sobre su suerte o ubicación.

  «¡Cristóbal saltarín!», gritó Markley. «La Madre Naturaleza ciertamente fue imaginativa cuando diseñó este lugar. Mira esas plantas; no hay dos que sean iguales. Y el suelo le provocaría pesadillas a un geólogo». Él estaba ahora observando el suelo alrededor de la nave, que ofrecía un variado mosaico de innumerables elementos; una aglomeración de terrenos parcialmente coloreados y formas minerales totalmente caóticas y no estratificadas.

  Era mayormente yermo, con un relieve irregular por la presencia de montes y montículos; pero aquí y allá, en porciones de marga de aspecto venenoso, una hierba peculiar crecía, con hojas que variaban en la misma manera que las de las formas vegetales más grandes, de manera que se podría imaginar que cada hoja pertenecía a una especie diferente. No muy lejos se encontraba una arboleda, exhibiendo monstruosas variaciones en su follaje, incluso cuando mostraba una vaga semejanza a ramas y troncos. Parecía como si la ley de la forma había sido violada, como si cada planta individual era una variedad en sí misma. Un riachuelo de algún fluido parecido al agua, que variaba de manera extraña del azul del pavo real a un ámbar opaco en su curso, bordeaba el aeroplano caído y serpenteaba a través del valle hacia una pendiente pelada en un extremo, desde la cual otro riachuelo parecía descender y unírsele, fluyendo en una serie de rápidos y cascadas desde el tope de una colina que se confundía indistintamente con el marrón-rojizo de los cielos.

  «Bien», comentó Markley, luego de contemplar este milieu con un ligero e interrogante fruncir de cejas. «El problema de cómo llegamos aquí iguala en su enigma al de cómo saldremos. De alguna manera o de otra, hemos caído dentro de un mundo extraño y nos encontramos ahora sujetos a leyes físicas desconocidas. Nuestro combustible de nitrógeno simplemente no hará ignición; hay algo —y el infierno sabrá que es— que evita la combustión.»

  «¿Seguro que los tubos están bien?», interrogó Morris. «Quizás se nos ha acabado el combustible».

  «¡Huh!», el tono era de total desdén. «Conozco esta nave. No hay nada funcionando mal en su mecanismo. Y llené el tanque de nitrógeno hasta el límite antes de partir. Podíamos haber perseguido a Sakamoto hasta la Gran Muralla China y regresar nuevamente. Te digo que estamos lidiando con algo que fue omitido en los libros de textos. En todo caso, sólo mira este hoyo fuera de la gracia de Dios. Es como la mezcla de las alucinaciones de cien caso de delirium tremens.»

  «Yo  experimenté con hachís y granos de peyote en mis tiempos», dijo Morris, «pero debo admitir que nunca vi nada parecido a esto. No obstante, probablemente nos estamos perdiendo de mucho permaneciendo en la nave. ¿Qué te parece una pequeña exploración? Sakamoto y sus amigos deben estar en algún lugar del vecindario también; y si lo están, me gustaría obtener un blanco limpio sobre ellos.»

  Muy cuidadosamente los dos hombres se desamarraron de sus asientos y se levantaron. A pesar de la pesadez de sus trajes, sintieron una extraña ligereza física que hablaba de una gravedad menor que la de la tierra, y la que sin lugar a dudas explicaba la lenta caída del aeroplano. Ellos casi parecían flotar alrededor del casco de la nave; y les resultó dificultoso calcular y controlar sus movimientos. Ellos habían traído unos cuantos sándwiches y termos de café. Estas, sus únicas provisiones, decidieron dejarlas en la nave. Ambos portaban pistolas automáticas de un nuevo tipo, que disparaban quince balas con un terrible alto poder de munición, que además tenían casi el alcance de los rifles. Asegurándose que estas pistolas estaban listas en sus fundas, que formaban parte de sus trajes de piel sintetizada, y probando nuevamente sus tanques de oxígenos y cascos, los hombres abrieron la puerta sellada del aeroplano por medio de un dispositivo de resorte, y salieron.

  El aire del valle, hasta donde podían decirlo, era quieto y sin vientos. Parecía hacer mucho calor, y se vieron forzados a desactivar el mecanismo de calentamiento de sus trajes, que ellos habían encendido para contrarrestar el cero de la estratosfera. Casi verticalmente sobre sus cabezas, un pesado y enorme sol brillaba, derramando su luz como un fluido visible de un líquido marrón-rojizo. Unas cuantas nubes, con formas de otro mundo, flotaban ociosamente alrededor del sol; y muy lejos, en los cielos inferiores, sobre oscuras pendientes y peñascos, otras nubes avanzaban a la carrera, como si fueran conducidas por una demencial tempestad. Tratando de determinar el curso de su descenso hacia el valle, Morris y Markley percibieron una mancha aérea en un punto del cielo; una mancha similar, y quizás idéntica, a aquella dentro de la cual flotaron sobre Nevada. Esta mancha, se le ocurrió a Markley, estaba quizás formada por la unión de dos clases de espacios diferentes, y era el portal entre su propio mundo y la dimensión alienígena dentro de la cual fueron arrojados. Se podía distinguir en el aire enrojecido como el residuo o núcleo nuboso que algunas veces aparece en el vino claro.

  «¿Qué ruta debemos tomar?», inquirió Markley mientras él y Morris examinaban todos los lados del valle, percibiendo muchas cosas que no habían visto desde el aeroplano. Al final, eso que había estado previamente oculto, el riachuelo multicolor, emergió desde un estrecho desfiladero de peñascos y pináculos demencialmente inclinados, matizados como con un arcoíris petrificado. A ambos lados del valle había largas e irregulares pendientes y pelados acantilados, y áreas desparramadas de una vegetación fantástica se distinguían vagamente. Una de estas áreas, ubicada a mano derecha, se aproximaba formando un arco a una distancia de unas cien yardas del aeroplano.

  «Propongo que nos encaminemos hacia el bosque más cercano», dijo Morris, indicando esa masa de grotesca vegetación. «De alguna manera, tengo el presentimiento de que nos debemos cubrir tan rápido como sea posible. No hay forma de asegurarlo, por supuesto, pero tengo la intuición de que Sakamoto y sus compatriotas se encuentran en algún lugar de los alrededores.»

  «Su visibilidad es muy pobre en caso de que lo estén», comentó Markley. «Es posible que lo hayamos perdido del todo; quizás ellos encontraron su salvación a través de esa mancha atmosférica, o cayeron dentro de otra y remota área de este mundo olvidado de Dios.»

  «Bien, no tomaré más riesgo del que debo. No me preocupa la idea de una silenciosa bala japonesa en mi espalda.»

  «Si el combustible del aeroplano no funciona en este mundo, no hay posibilidad de que las cartucheras lo hagan tampoco», comentó Markley. «Pero en cualquier caso, bien podemos echarle un vistazo al bosque.»

  Ellos se dirigieron hacia el bosque, tratando de controlar la absurda ligereza que lo enviaba rebotando por veinte pies o más. Sin embargo, luego de unos pocos pasos, ellos descubrieron que su peso estaba incrementando rápidamente, como si ellos hubiesen penetrado en una zona de una gravitación más fuerte. Ellos dieron uno o dos pasos que fueron casi normales; y luego flotaron con ridículos pasos de una docena de yardas que fueron detenidos repentinamente como por otra franja de gravedad incrementada. Los árboles, que habían parecido estar tan cerca, se alejaban de una manera extraña y desconcertante. Al final, luego de muchos minutos de avance irregular, los hombres vieron el bosque alzándose inmediatamente ante ellos, y pudieron estudiarlo en detalle.  Alto en los los cielos, sobre todas las demás plantas, se podían ver dos troncos alargados tal como los que se pueden ver en los delirios del hachís; y sobre ellos  una mezcla de formas más pequeñas, ninguna de las cuales mostraba el mismo hábito, que se inclinaban, arrastraban, se aplastaban o amasaban entre ellas en monstruosa maraña. Había plantas separadas que combinaban enormes hojas con forma de luna con otras que parecían helechos o lanceoladas. Frutos en forma de calabaza crecían en el mismo árbol junto con otros con forma de pequeñas ciruelas o grandes melones. Por todos lados había flores que reducían las orquídeas terrestres más adornadas a simples y rudimentarias margaritas.

  Todo era irregular y anormal, dando testimonio de una ley evolutiva regida por el azar. Parecía que todo este cosmos caótico en el cual los hombres se encontraban fue formado con átomos y electrones que no formaron ningún patrón determinado de conducta, y cuya única ley de control era la casualidad. Nada, por lo que se podía ver, estaba duplicado; las mismas piedras y minerales eran anormales. ¿De qué otras irregularidades iban a ser testigos? Morris y Markley no podían adivinarlo. En un mundo sometido al azar, todo sería incalculable; y la acción de las leyes naturales más simples resultaría totalmente errática. Un horror hacia este mundo sin ley fue surgiendo gradualmente en ellos.

  Hasta ahora, ellos no se habían topado con nada en forma de vida animal. Ahora, mientras se acercaban al bosque, una criatura que era como una especie de serpiente peluda con patas de araña descendió desde los cielos por uno de los altos troncos, corriendo ligeramente. Los hombres se acercaron al árbol tratando de adivinar qué extremo de esta curiosa criatura era la cabeza o la cola. Asombrosamente, como un espejismo, el bosque desapareció con su cambió de posición; y ellos podían ver sus fantásticas copas a una distancia de muchos cientos de yardas, en una dirección oblicua. Volviéndose, ellos descubrieron que todo el valle durante su corto viaje había cambiado, transformándose a sí mismo más allá de cualquier reconocimiento. Ellos fueron incapaces de ubicar el aeroplano por algunos momentos; pero finalmente, en un extremo opuesto, y al parecer mucho más lejos de lo que habían supuesto, ellos distinguieron el destello de su armazón y alas. Ante ellos, en lugar del bosque, se extendía un espacio abierto en el cual el riachuelo multicolor reapareció. Más allá del riachuelo se distinguían parcelas de una vegetación escasa, enmarcadas por riscos opalescentes.

  «El difunto profesor Einstein se hubiese interesado por esto», comentó Morris. «Incluso la luz se debe estar moviendo al azar, y las escenas viajan en zigzag y en círculos. Nada está donde debería estar. Hemos penetrado en un laberinto de espejismos.»

  «Bien, seremos afortunados si logramos encontrar nuevamente nuestro camino de regreso al viejo bote», resopló Markley. «¿Quieres continuar buscando a nuestros amigos japoneses?»

  Morris no contestó inmediatamente. Sus ojos habían captado un destello plateado emitido desde una de las parcelas de vegetación más alejada, más allá del riachuelo. Él se la mostró en silencio a su compañero. Tres oscuras manchas en movimiento, sin dudas las figuras de hombres, aparecieron al lado del destello mientras ellos lo observaban. «Allí están», dijo Morris. «Parece como si ellos también estuvieran a punto de dar un paseo, o retornando de uno. ¿Debemos tratar de entrevistarnos con ellos?»

  «Tú eres el capitán, viejo explorador. Puedo apostar que lo eres. Condúceme, MacDuff».

  Olvidando temporalmente la altamente elusiva refracción del extraño escenario, ellos se encaminaron hacia el riachuelo, el cual parecía sólo encontrarse a una distancia de unos pocos pasos, y al que podían salvar de un solo paso si la gravedad ligera prevalecía en los alrededores. En otro asombroso cambio, el riachuelo se alejó de ellos reapareciendo en un lugar diferente, a una distancia considerable, y el destello del aeroplano japonés y su tripulación humana desaparecieron de la vista.

  «Supongo que estamos jugando al tócame tú con más espejismos», opinó Markley con tono de disgusto. «Incluso si las armas pudieran disparar en este enloquecido mundo, existe poca probabilidad de que podamos dar en el blanco, o que los otros lo hagan con nosotros.»

  Más profundamente confundidos y perdidos que nunca, ellos avanzaron, tratando de reubicar la nave enemiga. Las cambiantes zonas de gravedad hicieron su progreso errático e inseguro; y el paisaje se diluía y cambiaba a su alrededor como las imágenes de un calidoscopio. Un montón de apiñada vegetación, empinando sus anormales tallos y monstruoso follaje desde ninguna parte, saltó para colocarse ente ellos. Cercando el montón, el cual parecía relativamente estable, ellos se encontraron repentinamente frente a frente a los japoneses, los cuales, con trajes aéreos y cascos, se encontraban ahora parados en la orilla opuesta del aparentemente cercano riachuelo.

  El hecho de si Sakamoto y sus compañeros habían visto a los americanos no estaba claro. Ellos estaban mirando en la dirección de Morris y Markley, quienes no esperaron por una prueba definitiva de si el enemigo los había localizado, sino que sacaron sus automáticas y las apuntaron rápidamente, cada una eligiendo una de las dos figuras más cercana. De alguna manera, para su sorpresa, en vista de los varios fenómenos asombrosos e invertidos que ellos habían presenciado, la presión de los gatillos fue seguida por dos disparos. Sin embargo, los japoneses no parecieron darse cuenta que le habían disparado; y su aparente cercanía y posición relativa eran sin lugar a dudas ilusoria.

  Markley y Morris, reconociendo esta posibilidad, no dispararon nuevamente, sino que se adelantaron en un esfuerzo por aproximarse a las engañosas figuras. Los japoneses se desvanecieron; todo el valle pareció girar en semicírculo y reorganizarse nuevamente; y los dos americanos se encontraron al pie de esa pendiente desde la cual, en su primera y remota visión del escenario, un segundo riachuelo descendía para unirse a su serpenteante compañero. No obstante, desde su nueva y cercana ubicación sólo había un riachuelo, el cual, fluyendo desde el fondo del valle en contra de la pelada pendiente, corría turbulentamente colina arriba en un serie de elevados saltos, rápidos y cascadas. Demasiado asombrados incluso para la profanación, ellos contemplaron en silencio esta nueva reversión de lo que estaban acostumbrados a considerar como ley natural. Desde una distancia considerable en ambos lados del riachuelo, la cuesta estaba yerma y lisamente degastada como si fuera por deslizamiento de tierra o un proceso de agotamiento. Ocasionalmente, mientras los hombres lo observaban, un guijarro, un turrón de tierra, o unas pocas partículas de piedra arenisca se desprendían del suelo, para rodar en dirección al cielo y desaparecer más allá de la aserrada cresta de la pendiente junto con las aguas de la cascada.

  Poseído por una curiosidad y maravilla ajena a la razón, Morris se encaminó hacia el inicio de la pendiente, que se encontraba quizás a unos diez pies. Fue como dar un paso dentro de un precipicio. El suelo parecía ladearse bajo sus pies, y la pendiente cayó como un mundo que se volteara completamente, hasta que se inclinó hacia abajo en ángulo recto con relación al cielo en su fondo. Incapaz de evitar su extraña caída, él rodó de lado hacia las precipitadas aguas, y fue arrastrado de manera brusca y vertiginosa hacia los rápidos y sobre la cascada. Medio aturdido y sin aliento, él sitió que estaba siendo lanzado más allá del borde del mundo hacia ese golfo inferior en el cual colgaba el sol caído. Markley, al ver la extraña suerte de su compañero, se lanzó también hacia la pendiente, con alguna confusa idea instintiva de rescatarlo del riachuelo invertido. Un solo paso, y él también fue cogido por la gravitación en dirección al cielo. Resbalando, rodando y chocando como en un tobogán empinado, e incapaz de recobrar su equilibrio, él rodó a lo largo de la pendiente invertida, seguido por un baño de residuos pero sin caer dentro del agua.

  Él y Morris rebasaron el borde de la pendiente, disparados hacia el cielo marrón-rojizo que ahora se encontraba a sus pies; cada uno experimentó otro asombroso bouleversement. Morris se encontró pataleando en una especie de pozo de la cumbre, dentro del cual la cascada se zambullía en medio de un espumoso burbujeo; y Markley, aturdido y despatarrado pero sin ningún hueso roto, yacía en una pila de escombros como la que ordinariamente se forma al fondo de una escarpadura. Morris salió a gatas desde el pozo cuya profundidad llegaba sólo hasta la cintura, y ayudó a Markley a ponerse en pie. La gravedad del lugar era casi normal desde un punto de vista terrestre; y claramente todos los objetos que fueron arrastrados hacia el cielo a lo largo del área de atracción deficiente eran inmediatamente atrapados al alcanzar la cumbre. De cabeza y turbulenta, la cascada se curvaba sobre el borde de la pendiente y caía dentro del pozo.

  Los terrícolas, notando que no habían padecido daño, procedieron a examinar sus trajes y cascos en busca de posibles roturas. Ya que la atmósfera local era desconocida, y podría muy bien poseer elementos peligrosos, una rasgadura en el traje de piel sintética, sería con seguridad un asunto serio. Los trajes, a pesar de todo, estaban intactos, y los tubos que suplían el oxigeno desde los tanques planos detrás de sus hombros se encontraban en perfecta condición. La altura que ellos habían escalado de esa manera tan singular era realmente parte de una meseta irregular que aparentaba rodear todo el valle. La meseta estaba dividida por largos cúmulos de tierra y piedras manchadas, los cuales se alzaban gradualmente hacia altas tierras y bajas montañas ubicadas a una distancia aparente de varias millas. Desde su presente posición, el valle de abajo no era más que un inmenso precipicio. Ellos vieron todo el curso del tortuoso riachuelo, las áreas de outré vegetación, y el destello de algunos objetos metálicos que asumieron eran originados por su propio aeroplano. El aeroplano japonés no era visible, y estaba quizás ocultado por uno de los grupos de árboles. Por supuesto, recordando la distorsión óptica y el desplazamiento que habían encontrado tan a menudo en sus andanzas, ellos no podían estar seguros de la distancia exacta, perspectiva o relación de los varios elementos en su bizarro escenario.

  Dándole la espada al valle ellos examinaron la meseta. Aquí, el riachuelo, corriendo de una manera normal y tranquila, penetraba en una hondonada y desaparecía. Todo el paisaje era intolerablemente inhóspito y repelente, con las mismas formaciones caótica de minerales que el valle, pero sin ni siquiera las formas vegetales anormales para aliviar su mortífera desolación. El sol, ladeado, declinaba muy rápidamente, o más bien, sujeto a la casi permutación óptica universal, ya había caído la mitad de ruta desde el cenit hacia el horizonte de amorfas montañas del cual los hombres estimaron se encontraba a menos de una hora. Todas las nubes se habían diluido, pero muy lejos, sobre el valle, ellos podían aún discernir la misteriosa mancha aérea.

  «Supongo que mejor regresamos hacia la nave», dijo Markley luego de contemplar la desolada escena con obvio horror. «Pero no lo haremos por la vía que venimos. Si seguimos la orilla del valle, debemos encontrar un lugar en el cual la gravedad no nos arrastre por el camino equivocado.»

  Doblemente precavidos a causa de sus desconcertantes experiencias, ellos siguieron la orilla del precipicio. Por alguna distancia el suelo estaba cubierto de escombros e incluso por peñascos desprendidos que habían rodado hacia arriba para ser detenidos en la cumbre. Cuando ellos arribaron al final de estos escombros, se dieron cuenta de que estaban más allá de la franja de gravedad inversa. Siguiendo el borde hasta el punto en donde la pendiente era más fácil y nivelada, ellos penetraron repentinamente en una zona donde la gravedad se hizo más pesada que cualquiera de las zonas en las que habían estado anteriormente. Al primer paso sus cuerpos temblaron; un peso aplastante se posó sobre ellos; y sólo podían alzar sus pies a costa de un gran esfuerzo. Luchando en contra del extraño jalón de la extraña tierra, y al borde del terror, ellos escucharon un indescriptible traqueteo y crujir detrás de ellos, y asombrados volvieron sus cabezas para descubrir la causa.

  Emergiendo como desde la nada, una concurrencia de seres inimaginablemente monstruosos se reunió tras sus mismos talones en la borrosa orilla de la meseta. Había veintenas o cientos de estas entidades, las cuales, ya fueran simples bestias o análogas a la humanidad, no eran menos variadas y extravagantes en su constitución que la extraña vegetación del fondo del valle.

  Obviamente, no existía una norma común o tipo de desarrollo como los existentes para las especies terrestres. Algunas de las entidades no tenían menos de doce o trece pies de altura; otras eran pigmeos achaparrados: Las extremidades, cuerpos y órganos sensoriales eran igualmente diversos. Una de las criaturas era como un increíble pez lunar montado sobre zancos. Otra no poseía piernas, sino que era un globo rodante adornado en su ecuador con tentáculos prensores que servían para impulsarla adhiriéndose a las protuberancias del suelo. Y aún había otra que parecía un ave sin alas con un gran pico de halcón y un flexible cuerpo serpentino con piernas de lagarto que se deslizaba medio erecta. Algunas de las criaturas poseían cuerpos dobles y triples; otras tenían cabeza como de hidra o equipadas con un excesivo número de extremidades, ojos, bocas, orejas y otras características anatómicas.

  Estas criaturas eran en verdad engendros del azar, las creaciones fortuitas de una fuerza biológica sin leyes. Una horda de fantásticas, fabulosas y pesadillezcas improbabilidades cayeron sobre Morris y Markley, profiriendo una babel de sonidos inarticulados, de silbidos, ululaciones, cacareos, cloqueos, bramidos y berridos. El hecho de si eran hostiles o simplemente curiosas, los hombres no podían saberlo. Ambos estaban petrificados con un horror más allá del horror de los sueños malignos. El pesado jalón gravitacional, permitiendo sólo los movimientos más lentos y trabajosos, aumentó la sensación de pesadilla. Laboriosamente, ellos sacaron sus pistolas, y medio levantándolas hacia la muchedumbre que se acercaba, tiraron de los gatillos. Los disparos fueron ahogados y pesados; las balas volaron con una visible lentitud, y rebotaron como guijarros inofensivos de los monstruos que impactaron.

  Como la estampida de una manada se lazó el tropel de horrores biológicos sobre Morris y Markley. Luchando en contra de la gravedad así como en contra de los espantosos cuerpos y miembros que los arropaban, ellos fueron tomados sin resistencia por la burbujeante masa. Sus pistolas fueron arrancadas de sus manos; contemplaron horrendos rostros y cosas carentes de ellos que pululaban a su alrededor como un torrente de condenados en algún círculo inferior. Ocasionalmente, en fragmentados vistazos, ellos vieron un desordenado paisaje de rocas amorfas, con pozos y riachuelos de arena fina, y fugaces y fortuita vegetación como un espejismo, a través de los cuales ellos eran conducidos. El origen de los monstruos, su propósito, su destino, su intención en relación a los terrícolas, eran tan enigmáticos como los acertijos del delirio. Toda resistencia era inútil; y Morris y Markley cedieron al precipitado movimiento de la muchedumbre, con la esperanza de que alguna oportunidad de escape se presentaría.

  Ellos parecieron marchar por horas. La gravedad aún variaba, pero a menudo era constante en amplias áreas. El sol, en vez de hundirse más, se levantó nuevamente hacia el cenit. Por momentos se sucedían breves intervalos de oscuridad, como si la luz hubiese sido apagada por alguna extraña fluctuación en las propiedades atmosféricas. Bocanadas de un viento salvaje soplaban y desaparecían. Rocas y cúmulos enteros parecían derrumbarse sobre las ruinas. Pero a través de todas estas condiciones caóticas la horda de monstruos avanzaba con sus cautivos. Aparentemente, los terrícolas habían caído en manos de toda una tribu de estas anómalas criaturas, las cuales quizás estaba migrando de una zona del mundo del azar hacia otra. Al menos, esa la única explicación que se sugería a falta de un conocimiento positivo.

  Markley y Morris se dieron cuenta de que el suelo se inclinaba hacia abajo. Por encima de las cabezas de los monstruos vieron que habían penetrado un valle llano e inclinado. Escabrosas montañas, quizás las mimas que habían contemplado desde la orilla del precipicio, parecían alzarse a una distancia no muy lejos de ellos. El valle superficial desembocaba en una especie de hoyo tipo cráter de poca profundidad. Aquí repentinamente la horda detuvo su marcha y comenzaron a desperdigarse de una manera curiosa. Markley y Morris, ahora en condición de escaparse, vieron que las criaturas se formaron en anillos alrededor de la pendiente del hoyo circular, dejando un lugar despejado al fondo. En el centro del espacio vacío, un fenómeno singular comenzó a manifestarse. Una fuente de un polvo fino e incoloro brotó desde el suelo y las piedras, elevándose a una altura de tres pies. Lentamente se ensanchó y se elevó más alto, manteniendo la forma de una columna redonda. Su tope se transformó en una nube confusa que se propagó sobre las cabezas de la congregada muchedumbre flotando hacia el cielo. Era como si algún proceso de disolución molecular se estuviera llevando a cabo para formar esta fuente.

  Markley y Morris estaban fascinados por el espectáculo. Ante ellos, la silenciosa y circular disolución del suelo continuó mientras la columna se hinchaba hasta proporciones titánicas, elevándose por encima del cráter. Al parecer también los monstruos estaban fascinados, pues ninguno de ellos se agitó siquiera para romper las formaciones circulares. Entonces, gradualmente, mientras la columna de átomos aumentaba, la horda comenzó a adelantarse. Los anillos se estrecharon hasta que el anillo del núcleo fue conducido por la presión de los exteriores hasta la fuente. Claramente, mientras las criaturas penetraban en ella, sus cuerpos y extremidades se diluían como bolas de humo, para ensanchar la nubosa columna de disolución que remontaba rumbo al cielo.

  «¿Van ellos a cometer suicidio y llevarnos con ellos?», la voz de Markley era un susurro burlón pero cargado de horror. Él y Morris, cogidos por las filas delanteras, estaban siendo arrastrados lentamente hacia la fuente. Sólo dos círculos de monstruos los separaban; e incluso mientras Markley habló, los cuerpos de los de la fila más interna comenzaron a disolverse. Los terrícolas lucharon desesperadamente en contra de la masa de cuerpos que que se aglomeraba detrás de ellos. Pero el muro viviente, cerca e implacable, como si no estuviera pendiente a nada excepto la auto-inmolación, los condujo hacia abajo pulgada a pulgada. Arriba, el sol estaba cegado por el hongo de la columna. El cielo adoptó el matiz de un crepúsculo de un marrón enloquecido. Entonces, con el carácter inesperado de una especie de prestidigitación atmosférica, el crepúsculo se ennegreció hasta devenir en una negrura cimmeria. Un demencial y elemental aullido atravesó el aire, un huracán ciego inundó el cráter, soplando al parecer desde arriba; y descargas de rayos se lanzaron hacia arriba desde el suelo, envolviendo en un fuego azul y violeta la horrible horda de anormalidades biológicas.

  La presión detrás de los terrícola se relajó. Un pánico pareció apoderarse de los monstruos, que ahora se dispersaban a través de la oscuridad poblada de descargas. Los terrícolas, abriéndose camino hacia arriba, tropezaron con los cuerpos medio achicharrados de aquellos que habían sido impactados por los rayos. Mirando hacia atrás, ellos vieron a través de destellos intermitentes, que la columna de disolución atómica aún manaba desde el fondo del cráter, para disolverse en la hirviente tormenta que se había levantado desde la nada como por azar. Morris y Markley, milagrosamente sin ser tocados por los rayos, se encontraron en el valle llano a través del cual habían entrado al cráter. La mayoría de los monstruos ya habían desaparecido, esfumándose como las sombras de una pesadilla; y los últimos destellos revelaron poco excepto roca y suelo.

  Los rayos cesaron, dejando a los hombres en completa oscuridad. Un viento irresistible, como un torrente de aguas precipitadas, los arrastró a través de la noche estigia, de manera que perdieron todo rastro el uno del otro de ahí en adelante. A menudo lanzados de cabeza, o levantados desde el suelo a merced de los elementos anárquicos y sin leyes, ellos fueron arrastrados por separado como hojas perdidas. Tan abruptamente como había comenzado, el tumulto cayó en una gran quietud. La oscuridad desapareció de los cielos. Morris, yaciendo pasmado y sin aliento, se encontró solo entre pelados tumultos de rocas y arena. Él no podía reconocer nada familiar en el paisaje. Las montañas no se veían, y tampoco vio señal alguna de la fuente de moléculas. Era como si él hubiese sido transportado a otra área de este fantástico reino del cambio.

  Voceando sonoramente, pero recibiendo como respuesta sólo ecos, él se puso en marcha sin dirección específica en un esfuerzo por encontrar a Markley. Una o dos veces, entre las cambiantes y elusivas imágenes entre las cuales vagaba, pensó que había visto las montañas que se alzaban más allá del cráter de la disolución. El sol, cambiando su posición aparente a saltos y brincos, se encontraba ahora cerca del horizonte, y sus rayos eran indescriptiblemente oscuros y fantasmales. Morris, avanzando trabajosamente a través de engañosos acercamientos y alejamientos del espantoso paisaje, arribó repentinamente a un valle llano que de alguna manera era familiar. Ante él aparecieron las montañas perdidas como por arte de magia; y continuando emergió al hoyo con forma de cráter. Muchos de los monstruos achicharrados por la tormenta eléctrica, se encontraban esparcidos sobre la pendiente. Pero la fuente ya no estaba activa. Un pozo redondo con forma de embudo, de unos veinte pies de diámetro, bostezaba oscuro y silencioso al fondo del hoyo.

  Morris sintió el surgimiento de una desesperación abrumadora. Perdido como estaba en este limbo transdimensional y separado de su compañero, cuya suerte él no podía conjeturar, la situación era en verdad lúgubre y desesperanzadora. Le dolía todo el cuerpo por la fatiga acumulada; su boca y garganta ardían con una sed corrosiva. Si bien el oxígeno aún manaba libremente desde su tanque, él no podía decir qué tanta reserva quedaba. Apenas unas cuantas horas y sus pruebas podrían terminar en asfixia. Aplastado momentáneamente por el horror de todo aquello, se sentó sobre la pendiente del cráter bajo la lobreguez marrón-rojiza. Curiosamente, el crepúsculo no se oscureció. Como si trazara una elíptica inversa, el sol retornó lentamente a los cielos. Pero Morris, en su desesperación, apenas notó este outre fenómeno. Observando con ojos vacíos el suelo reiluminado, vio la aparición de varias sombras grotescas y anómalas que se proyectaron cerca de él en la pendiente. Sacudido de su letargo se paró de un salto. Una docena o más de los seres monstruosos habían retornado. Algunos de ellos roían los cadáveres quemados de sus compañeros, pero otros, como si despreciaran tal suerte, se estaban acercando a Morris.

  Justo cuando se volvía ellos lo asaltaron. Unos de ellos, una cosa sin cabeza con brazos alargados y un fruncido orificio a manera de boca en el centro de su cuerpo de calabaza, trató de arrastrarlo con sus espantosos miembros alargados. Otro, que podría ser algún grifo heráldico con alas y plumas, comenzó a picotear su traje con su poderoso pico cornado. El tercero, que era más una especie de horrible sapo gigante que cualquier otra cosa, saltó al suelo frente a él y comenzó a morder sus tobillos con su boca desdentada. Enfermo por la nausea, Morris luchó en contra de ellos. Pateó la criatura con forma de sapo, la cual retornó con ruidosa insistencia. Él no podía deshacerse de los miembros alargados del horror sin cabeza, que se habían enrollado alrededor de él con una presión plástica. Pero su peor temor era que el grifo desgarrara su traje de piel con su pico rebanador. Él golpeó el enorme cuerpo con forma de ave con su puño, haciéndolo retroceder continuamente; pero como si estuviera demente por la rabia y el hambre, este volvió a la carga. Su cuerpo y piernas le dolían en más de una docena de lugares a causa del cruel pico.

  Más allá de sus atacantes, él captó involuntariamente vistazos del horrible festín del cual disfrutaban sus compañeros. Era como el banquete de la Harpías en alguna esfera infernal; por lo que Morris pudo deducir la horrible suerte que correría dentro de poco. Notó que varios de los comensales, abandonando su alimento medio comido, volvían su atención en su dirección como si pensaran unirse al asalto. Instintivamente, mientras él continuaba su lucha, escuchó el sonido de un tamborileo rítmico desde arriba. El sonido se acerco y cesó. En un vuelco del confuso combate vio que dos seres gigantes habían arribado donde los monstruos y se mantenían separados, como si observaran la espantosa orgía con detallado interés.

  Incluso en medio de la desesperada situación de su lucha, él notó una cosa extraña. Los recién llegados, únicos de entre todas las formas de vida que él y Markley habían encontrado en este errático mundo parecían sugerir cierto desarrollo de una tipología física normal. Ambos se paraban erectos y su constitución era vagamente humana en su diseño, excepto por las enormes alas que semejaban a las de los antiguos pterodáctilos, que colgaban medio recogidas en sus espadas. Su color era de un marrón oscuro y bituminoso que se aproximaba en las alas a un negro de ébano y se aclaraba de alguna manera en sus rostros y cabezas. Ellos eran enormes con un tamaño de once o doce pies, y cabezas carentes de pelos, aguileñas y anguladas, que denotaban una gran capacidad cerebral. No se percibía rastro de orejas; pero dos ojos redondos de un amarillo luminoso, se encontraban ubicados muy separadamente en sus rostros sobre sus bocas y narices como de esfinges. De alguna manera ellos le sugirieron la idea a Morris de ángeles satánicos, a pesar de que su aspecto no era maligno, y más bien se mostraban distanciados y desapasionados.

  Tales fueron las impresiones que él recibió, sin ninguna clasificación o explicación consciente en el momento. Sin ningún intervalo, la atroz batalla con los tres seres continuó. No obstante, uno de los gigantes seres alados se acercó con prodigiosos zancos hacia el terrícola y sus atacantes; como para observar el desigual combate. Morris sintió la inquisición de los grandes ojos amarillos, los cuales, inescrutables en sí mismos, parecían explorarlos por entero y leer los más íntimos secretos de su mente. El Ser se acercó más, alzó una mano enorme en un lento pero imperioso gesto. Como si temieran o fueran conscientes de un poder superior, los horribles asaltantes abandonaron sus esfuerzos de arrastrar a Morris hacia abajo, y se escabulleron para calmar su hambre con una carroña cercana que yacía al lado del pozo en el fondo del cráter.

  Un horrible vértigo se apoderó del terrícola; una reacción a todos los horrores intolerables del día. Dentro de la vertiginosa oscuridad en la cual se había deslizado, él vio el destello de dos ojos dorados e hipnóticos, y sintió el agarre firme de dos manos enormes que parecían soportarlo y levantarlo. Una descarga eléctrica lo recorrió a su toque. Milagrosamente su vértigo desapareció, dejándolo maravillosamente alerta. La fuerza pareció fluir dentro de él desde las poderosas manos: una fuerza magnética, alegre y prehumana. El horror se difuminó en sus nervios temblorosos, y él ya no se sentía perdido y confundido, sino que fue inundado con una confianza mística. La experiencia que ahora él experimentaba era probablemente la más extraña de todas las que había padecido en la dimensión del cambio.

  Bajo el eléctrico toque del Ser alado, cuyas manos lo sostenían firme por los hombros, él parecía ir más allá de su misma conciencia. Pensamientos de que él no era él se manifestaron y se alinearon con la nitidez de verdaderas visiones u objetivas impresiones. De alguna manera inefable, él compartió por un momento los pensamientos y memorias del Ser que lo había rescatado de los monstruos. Ya sea que una telepatía intencional estuviera proyectándose o no, él no lo podía saber; pero extraños paisajes, contemplados con sentidos familiares comenzaron a aparecer abiertamente ante él. Los dos seres alados, aprendió, eran miembros de una raza que estaba lejos de ser numerosa. Ellos eran los gobernantes de este extraño mundo, los autoproclamados señores de sus fuerzas incalculables y desorganizados elementos. Su evolución había sido altamente difícil y dolorosa. A través de su propia voluntad ellos se alzaron desde un estado que era apenas superior que el de los desafortunados monstruos. Ellos desarrollaron facultades que los capacitaban para navegar a través de este ambiente sin ley, previendo su mismo azar, e imponiendo ley y orden el caos siempre cambiante.

  El hoyo de pesadilla en el cual Morris había estado se desvaneció temporalmente. Le vino la sensación de un vuelo tremendo sobre extraños horizontes. Le parecía sobrevolar con elevadas alas las caóticas pilas de escombros y rocas colapsadas con el Ser a quien él conocía como una de los Señores del Cambio. Entre los cambiantes espejismos de la desolación, a través de distorsionadas zonas de aire, sobre reinos que se inclinaban oblicuamente a lo largo de incalculables leguas, como el lado achatado de algún planeta malformado, él voló ininterrumpidamente hacia su destino. Más allá del caos, sobre hileras de montañas que se alzaban estupendamente, él contemplo las altas ciudades de muchas terrazas de los Señores. Como si él hubiese caminado sobre sus fundamentos, él conoció las blancas paredes de una arquitectura majestuosamente ordenada que desafiaba la errática carencia de forma del mundo de abajo, e imprimía su firme armonía sobre los colapsados fragmentos. Él vio las terrazas, adornadas con filas geométricas de árboles y flores, en las cuales, por algún milagro del arte de la horticultura, el azar de la vegetación había sido domado, adoptando el carácter de especies y tipos.

  Confusamente, dentro del límite de su capacidad humana, él comprendió algo de los Señores. Su poder tenía que ver con una voluntad dinámica, con el magnetismo y el desarrollo de los sentidos; y ellos no dependían totalmente de meras máquinas o ciencia física. En antiguas edades ellos habían sido más numerosos y gobernaron una gran área de ese mundo inestable y traicionero. Parecía como si el punto álgido de su evolución había pasado; y si bien aún eran poderosos, se encontraban cada vez más amenazados por las beligerantes fuerzas de la anarquía cósmica. Tales fueron las cosas que Morris aprendió en ese momento de comunicación con su rescatista. Retornando a su propia conciencia, él sintió que el intercambio telepático había sido de doble vía; el Ser había leído su propia historia, su apuro de desesperanzadora alienación en un mundo extraño; y de alguna manera benigna tenía la intención de ayudarlo.

  No obstante, él no estaba sorprendido ante los más que outré sucesos que habían pasado. De alguna manera, como si él compartiera la habilidad de su de su protector para leer el futuro, todo lo que ocurrió le era familiar como en un relato escuchado por segunda vez. En su drama bizarro pero conocido de antemano, el Ser alado lo levantó con firmeza pero delicadamente, formando una cuna con sus enormes brazos, y desplegando sus alas de ébano, se remontó ligeramente hacia el malformado sol. Su compañero lo siguió, y Morris supo, mientras ellos volaban continuamente sobre las zonas de cambiante gravitación y las espantosas junglas de espejismos vagabundos, que ellos andaban en busca de Markley. De una manera confusa y parcial, le pareció compartir la clarividencia de los Señores, que lo capacitaba para distinguir lo real de lo ilusorio entre la desordenada refracción de su atmósfera. Él también estaba dotado de la facultad televisual con la cual podía escudriñar las remotas u ocultas porciones de la desolación.

Seguras y sin desviación, las poderosas alas se batían hacia delante rumbo a su meta. Entre la calidoscópica desolación, apareció la rústica orilla del valle en el cual Morris y Markley habían dejado su aeroplano. El batir de las alas se hizo más rápido, y más alto su sonido, como si fuera necesario apresurarse. Una extraña ansiedad se apoderó de Morris, como si fuera demasiado tarde. Ahora ellos sobrevolaban el valle, inclinándose hacia el suelo. El lugar había cambiado en una manera que Morris no podía definir por el momento. Entonces comprendió que algunas de las pendientes y acantilados habían colapsado para formar un tembloroso océano de arena incolora. En algunos lugares, columnas de polvo atómico se elevaban como geysers; algunas de las áreas boscosas habían colapsados en informes cúmulos de polvo, como hongos desintegrados. Estas repentinas y erráticas descomposiciones de materia eran un fenómeno común en el mundo del cambio. Y se ocurrió a Morris, como parte de su conocimiento místico, que el orden que los Señores habían impuesto sobre el caos no era totalmente seguro en contra de sus ataques.

  Ansiosamente y sin aliento por el temor, él escudriñó al área en la cual estaban descendiendo los poderosos seres que lo transportaban con sus alas inclinadas. Markley se encontraba en algún lugar de la zona hacia la cual él había regresado en una búsqueda ciega y anonadada por su compañero perdido; y un peligro —un doble peligro— lo amenazaba ahora. Como si poseyera la vista aguda y exacta de los ojos de los Señores, Morris distinguió un aeroplano en el suelo del valle, y supo que era el que los japoneses habían usado. Al parecer estaba abandonado, y la moviente marea de arena de los acantilados colapsados lo cubrió mientras él aún lo observaba.

  A mitad del valle, él distinguió el destello de otro aeroplano; el que pertenecía a Markley. Cuatro pequeñas figuras se movían de aquí para allá a su lado, como si estuvieran enfrascadas en un salvaje combate. Sobre ellos, silenciosamente, la ilusión de la disolución estaba avanzando rápidamente. La arena rodaba en oleajes encrestados. Los árboles se hincharon y devinieron en monstruosas arboledas fantasmales, para luego disolverse en nubes polvorosas. Pilares de moléculas liberadas se construían a sí mismos desde el fondo del valle, tomando la forma de ominosos y flotantes domos que oscurecían el sol. Era una escena de terror elemental y silencioso tumulto. A lo largo de ella, inclinándose y zambulléndose, las alas de los Señores batían, hasta que se posicionaron sobre el nudo de figuras luchando. Tres hombres con trajes y cascos estaban atacando a un cuarto que estaba vestido de manera similar. Sin embargo, la debilidad de la gravedad local hacía que el combate fuera menos desigual de lo que podría parecer. También, servía para debilitar los golpes que los antagonistas lograban lanzar.

  Markley estaba evadiendo a los japoneses la mayoría de las veces con grandes saltos de veinte pies; pero era obvio que estaba agotado; y los tres lo cercarían muy pronto. Varias pistolas automáticas, desechadas como si estuvieran descardadas o fueran inútiles, yacían en el suelo; pero uno de los japoneses había sacado un horrendo cuchillo curvado, y buscaba la oportunidad de clavarlo en la evasiva figura de Markley. En su lucha desesperada ninguno de los cuatro había notado la llegada de los Señores. Fue Markley quien los vio primero. Pasmado, él se detuvo a mitad de una de sus evasivas, y contempló a Morris y los seres alados. Dos de los japoneses se volvieron y vieron las figuras sobrevolándolos. Ellos se detuvieron petrificados por el asombro y el terror. Pero el tercero, decidido a dar una estocada con su espantoso cuchillo, no los había visto; y voló con un largo salto aéreo hacia Markley.

  El segundo Señor, volando al lado del protector de Morris, alzó su mano derecha y la apuntó hacia el japonés en vuelo. Por un instante, sus dedos parecieron agarrar y lanzar una gran jabalina de fuego viviente. La jabalina saltó y desapareció; y el japonés, convertido en una informe figura de humeante cenizas, yacía a los pies de Markley. Los otros dos, protegiendo sus ojos tras las viseras con sus manos, como si la terrible lanza de luz los hubiese enceguecido, se precipitaron hacia la cercana tormenta de desintegración atómica. Ante ellos, sobre el suelo del valle, un pilar de polvo ascendió, ensanchándose horriblemente como si devorara el suelo. Los envolvió y desaparecieron.

  Morris, observando con asombro enmudecido, sintió que los brazos alzados fueron retraídos y que sus pies habían sido puestos sobre el suelo. Muy cerca de él los dos Señores se alzaban con sus alas desplegadas. Como si una voz urgente había sido proferida sonoramente, él supo lo que tenía que hacer sin retraso. «Vamos, podemos poner en marcha el aeroplano», le gritó a Markley. «Debemos movernos lo más pronto posible.»

  Markley, que había estado contemplando a los Señores, pareció salir de una especie de trance.

  «Está bien si tú lo dices, y si el combustible hace combustión», él acordó. «Pero antes de que nos marchemos, me gustaría agradecer a tus amigos alados por hornear a Sakamoto. No sé cómo fue hecho; pero seguramente él posee un rayo perverso. Ese japonés me hubiese abierto como un pescado de arrollo en otra fracción de segundo.»

  Un viento repentino sopló aullando sobre el valle, esparciendo las olas de polvo como un rocío y convirtiendo el pilar de polvo atómico en el techo de una maldición. Rápidamente la tormenta de la disolución se reunió y avanzó hacia el aeroplano. Markley, seguido de Morris, saltó a través de la compuerta. Mientras Morris cerró la cerró tras él, su compañero se precipitó hacia el tablero de control. Como si por algún milagro del cambio o, por algún cambio en la desconocida fuerza bloqueadora, su presión sobre la palanca de arranque fue seguido por el ruidoso murmullo de lo cohetes en descargas. El aeroplano se elevó, incrementando su poder, hasta que se remontó sobre el hirviente valle. Mirando hacia atrás, a través de una de las ventanas, Morris percibió los dos colosos alados, que colgaban distantes en los cielos, como si estuvieran observando la partida del aeroplano. Serenos e inmutables sobre alas firmes, ellos volaron más allá de la tormenta atómica, la cual había ya comenzado a menguar.

  Él se volvió con extraño asombro y reverencial gratitud. Bajo el hábil manejo de Markley, el aeroplano estaba avanzando continuamente a través de la informe mancha atmosférica que cubría el cielo marrón-rojizo. Nuevamente Morris miró atrás. Altos, pequeños y lejanos, entre el malformado sol y el mundo caóticamente esparcido y cambiante, los misteriosos seres a los cuales él había conocido como los Señores del Cambio volaban ininterrumpidamente con alas firmes hacia su remota ciudad. Fue la última visión que tuvo de ellos; y el conocimiento místico que le había sido impartido estaba desapareciendo poco a poco en su cerebro. La visión telepática de las ciudadelas que impusieron su regio orden arquitectónico sobre una tierra enloquecida; el superior y duramente ganado poder de los Señores, luchando perpetuamente en contra de los elementos sin leyes y las traicioneras e intratables fuerzas del pandemónium cósmico; todo había devenido ligeramente irreal, como una tierra del sueño de la cual el soñador estuviera marchándose.

  Ahora, la ciega mancha aérea había cubierto la nave. Un gris pegajoso y abarcador la inundaba como una atmósfera de algodón. La vista, el sonido —e incluso el sentimiento y el pensamiento— desaparecieron como dentro de un submundo de olvido. Fuera de la mancha, como si de un informe e incoloro sueño de muerte entre dos vidas, el aeroplano y sus ocupantes flotaron en el oscuro azul de la atmósfera terrestre. La vista, la conciencia, el sentimiento y la memoria retornaron en un diluvio repentino a Morris y Markley. Bajo ellos nuevamente vieron con alivio los familiares lugares de Nevada, bordeados de blancas montañas aserradas.

FIN

  Traducido por Odilius Vlak

 –

Nota: Al final de julio o principios de agosto de 1932, el editor de Wonder Stories, David Lasser, le sugirió a Clark Ashton Smith que escribiera una historia que abordara el concepto de «átomos al azar». Smith le respondió escribiendo «La Dimensión del Cambio». La historia fue publicada en el # de noviembre de 1932 de la revista y fue posteriormente incluida en la colección de Smith, «Otras Dimensiones» [1970]. No obstante, anterior a su publicación en la revista, Smith trató de insertar dos páginas revisadas en el texto. Estas revisiones arribaron demasiado tarde para ser incluidas en la publicación de Wonder Stories, y nunca antes han sido utilizadas. Smith tenía la convicción de que «estas pocas páginas» habrían «mejorado esta trama sustancialmente», [carta de Smith a Derleth, 1 de septiembre de 1932].

  Las modificaciones de Smith consistieron principalmente en la revisión de dos párrafos o grupos de párrafos. Más abajo colocamos uno al lado de otro, a manera de comparación, ambos textos, el original y el revisado de estas dos secciones; el número de páginas se refiere a la edición de «Otras Dimensiones». No puedo resistir hacer notar el énfasis sobre las emociones de los estados mentales de perdición, confusión y alienación representados casi hasta la obsesión por Smith.

  En adición a estos cambios, Smith intentó dos modificaciones más: [1], él cortó el segundo párrafo breve en la página 148, removiendo las oraciones explicativas que seguían [pero no incluían] a «nada aparentemente estaba duplicado…», y [2], él borró el innecesario «Condúceme, MacDuff», de la página 49, párrafo 3. Debe también mencionarse que, como todos los trabajos de Smith publicados en Wonder Stories, los editores modificaron los párrafos de Smith, frecuentemente dividiendo un párrafo original en dos. Y por último, la división de Smith en capítulos fue ignorada. La siguiente división de capítulos fue hecha por Smith:

      • Capítulo I: «Una Mancha en la Estratósfera».
      • Capítulo II: «El Valle de los Espejismos».
      • Capítulo III: «El Pueblo del Cambio».
      • Capítulo IV: «El Pozo de la Disolución».
      • Capítulo V: «Los Señores del Cambio».

 

  Esta aclaración es una traducción de la original, publicada sin firma en el Sancta Sanctórum «on line» de Klarkash-Ton, la página:http://www.eldritchdark.com. En este espacio se encuentra publicada la versión original en inglés de esta historia al igual que de todas las historias que he traducido de Smith para este Blogzine. Por considerarlo innecesario, decidí no traducir las comparaciones de los dos párrafos originales con sus equivalentes revisados.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s