TETRAMENTIS / Damned Angel: Genesis – Capítulo XII – (Vol 02)

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Capítulo XII: Cicatriz del Alma ( Vol 02 )

«El Fin de Los Tiempos, Sucederá al Final de los Primeros Eventos»

     —¡Sí, eres tú! Los soldados del Vaticano han estado preguntando puerta por puerta sobre un sujeto exactamente como tú. Ofrecen una jugosa recompensa por quién te atrape.

  Todos los presentes en aquella taberna se pusieron en pie al escuchar la palabra recompensa. Rodearon a Angel lentamente. Se acercaban a él poco a poco.

  —¡Atrás! ¡No quiero tener que lastimarlos! —exclamó Angel.

  —¡Atrápenlo! —se escuchó un grito.

  Empezaron a abalanzarse encima de él tratando de capturarlo, pero Angel los recibía con fuertes golpes, poniéndolos instantáneamente fuera de combate. Mientras luchaba contra dos sujetos, un tercero intentó atacarlo por la retaguardia. Angel reaccionó como si tuviese ojos en la espalda. Lo tomó por el brazo, golpeó su estómago y le pateó la cara. El impactó lo lanzó hasta una mesa, partiéndola en dos. Ya no quedaba nadie de pie. Angel abandonó aquél lugar y continuó huyendo.

  Angel cabalgaba hasta más no poder. La noche había caído hacía ya varias horas, y era profunda. La última esperanza de Angel residía en un pequeño puerto humilde que conocía; hacia allá se dirigía a toda velocidad. Tomaría el primer barco a cualquier lugar, mientras fuese lejos de allí. Cabalgaba a través de una colina. Al empezar el ascenso pudo ver a lo lejos el puerto. Se alegraba. Cuando estuvo en la cumbre, perdió el aliento. El arcángel se encontraba entre él y su escapatoria.

 Angel… ¿Crees que puedes escapar de tu misión? —exclamó.

  —Mi misión no es la de ser un asesino, no nuevamente —respondió.

  —No lo entiendes. No entiendes que el mundo debe ser liberado de los herejes… ¡La escoria de la humanidad debe ser exterminada! ¡Sólo así será el hombre perfecto!

  —No… ¡No! ¡No seré parte de esto! Tendrás que matarme ahora mismo.

  —Haré algo mejor. Te pondré la última marca. Esta te hará un sirviente completo a mi voluntad.

  —No lo permitiré.

  El arcángel iluminó la noche al empuñar sus espadas de luz. Su velocidad fue impresionante. Al cargar contra Angel este pudo vagamente detener el ataque, pero la colisión le hizo retroceder arrastrándolo de pie hacia atrás. El arcángel envió una lluvia de ataques con ambas espadas. Angel los recibía todos con su espada a gran velocidad. En un descuido, el arcángel lo impactó en el rostro con el codo. Angel empezaba a enojarse. Con gran fuerza atacó al arcángel con un corte seco y directo, pero el arcángel lo esquivó fácilmente. La hoja dio contra el suelo.

  —¿Qué te pasa Angel? ¿Estás furioso? ¿No es acaso la ira una señal de un asesino? —preguntó el arcángel.

  —Me obligaste a matar…

  —¿Qué dices? ¿Yo? Toda sangre que has derramado está sobre tus propias manos.

  —Estoy… perdiendo… el… control…

  —¿Ya estás agonizando? Pensé que necesitaría de mucho más para matarte.

  —Cállate…

  —¿Qué sucede? ¿No puedes soportar el hecho de que serás mi sirviente?

  —Cá…llate…

  —Lo primero que haré cuando estés bajo mi control será ordenarte que mates a esa chiquilla que tanto quieres.

  —¡Silencio! —exclamó Angel mientras lanzó un golpe directo con el puño en la cara del arcángel. El golpe fue tan rápido que el arcángel no pudo esquivarlo.

  El golpe le ardía. Fue golpeado con fuego.

  —¿No te parece gracioso? —continuó Angel con voz siniestra; mientras caminaba dejaba un rastro de fuego—. Hace un momento te ufanabas de convertirme en tú sirviente… y aquí estás en el suelo, y yo de pie.

  —Angel, te haré pagar por esto —respondió el arcángel mientras se incorporaba.

  —¿Angel? No soy él. Mi nombre es Minion. Soy la parte demoníaca de Angel. Mucho gusto.

  —¿Azazel?

  —No. Azazel murió hace mucho. ¡Esto no significa que yo sea más amable! Sólo hay dos formas de que pueda salir a jugar… si la sangre de algún inocente toca el cuerpo de Angel. La otra forma es si se enoja al punto de perder el control. No puedo salir a jugar por mucho tiempo, así que mejor nos apresuramos, ¿no crees?

  El arcángel atacó a Minion con sus dos espadas de luz. Minion detuvo las hojas cubriéndose con dos enormes alas de fuego que surgieron de repente de su espalda.

  —Es inútil —dijo Minionahora es mi turno.

  Al desenvainar su espada se encendió al rojo vivo, y a su vez descargas eléctricas le rodeaban. Una armadura de fuego infernal surgió de su carne. Sus ojos se encendieron en rojo. En una cruzada entre ambos guerreros, el fuerte azote de la hoja de Minion desarmó de una de sus espadas al arcángel. El arcángel no pudo contener su rabia.

  —¡Insolente! ¿Cómo te atreves? ¡Un insignificante insecto como tú intenta desafiarme! —exclamó iracundo el arcángel.

  —¿Qué te pasa? ¿No es acaso la ira señal de un asesino?

  —Eres un maldito, ¡esto termina ahora!

  Enfocando una enorme cantidad de poder, el arcángel invocó sus podres celestiales, y con descargas de luz sagrada lanzó rayos desde su espada hacia Minion. Pero este no se inmutó.

  —No es posible —dijo el arcángel asombrado.

  —Mi armadura infernal me protege de tus patéticos ataques. Ahora te exterminaré.

  El fuego infernal empezó a fluir del brazo de Minion hacia su espada. En cinco rápidos cortes creó en fuego el pentagrama invertido de cinco puntas, y con sus poderes lo extendió lanzándolo contra el arcángel. El arcángel fue herido en el hombro izquierdo y en parte de su rostro por el pentagrama, apenas pudiendo esquivar el resto del ataque. El impacto lo lanzó lejos, zambulléndolo en el océano. Este ataque le costó demasiado poder a Minion, cediendo el control nuevamente a Angel. Sin perder tiempo, se dirigió al muelle para tomar el primer barco que pudiese encontrar. Allí lo recibió un marinero, quien tuvo que sostenerle para que no se cayera.

  —¡Oiga! ¿Está bien? —le preguntó el marinero.

  —Sí. Perfecto. Sólo necesito salir de aquí lo antes posible.

  —Yo soy dueño de un barco, pero no es temporada de viajes y el costo sería muy elevado para una sola persona.

  Angel le mostró al marinero una bolsa llena de oro.

  —¿A dónde se dirige tu barco?

  —Rumbo a Asia, señor.

  —Excelente —respondió Angel.

FIN

Edwin Peter Barbes

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