RUNES SANGUINIS / La Ciudad Invisible – Por Clark Ashton Smith

Wonder Stories - June 1932

The Invisible City - Clark Ashton Smith -  Wonder Stories June 1932

  «¡Caramba!», dijo Langley  con un áspero susurro emitido con esfuerzo a través de unos labios hinchados y amoratados por la sed. «Te has tomado el doble de tu ración del agua que nos queda en el desierto Lob-nor». Él sacudió la cantimplora que Furnham acababa de pasarle mientras escuchaba con un fruncido salvaje el borboteo ominosamente ligero de su contenido. Los dos miembros sobreviviente del la Expedición Arqueológica de Furnham se miraron uno al otro con una nueva pero rápidamente creciente animadversión. Furnham, el líder, se encendió con una rabia oscura bajo su capa de profundo polvo y quemadura solar. La acusación era injusta, pues él apenas había humedecido su lengua reseca de la cantimplora de Langley. Su propia cantimplora, que él la había compartido en iguales términos con su compañero, estaba ahora vacía.

  Hasta ese momento los dos hombres habían sido los mejores amigos. Sus meses asociados en una búsqueda infructuosa de las ruinas de la ciudad semifabulosa de Kobar les habían proporcionado a ambos suficientes razones para respetarse mutuamente. Su discusión surgió sólo por la distorsión mental, la morbosidad del puro cansancio y la dureza de un apuro desesperado. Langley, por momentos, estaba incluso desarrollando una insignificante ligereza de cascos luego de su larga prueba vagando a pie a través de una tierra sin fuentes de agua, y bajo un sol cuyas llamas se derramaban sobre ellos como plomo fundido.  «Alcanzaremos el Río Tarim muy pronto», dijo Furnham tiesamente, ignorando la acusación y reprimiendo un deseo de manifestar en términos mordaces su opinión de Langley.

  «Supongo que si no lo hacemos será tu culpa», el otro chasqueó. «Ha habido un jinx en esta expedición desde el mismo comienzo; y no me sorprendería si ese jinx fueras tú. En todo caso, fue tu idea ir tras de Kobar. Nunca creí que existiera tal lugar.»

  Furnham fulminó con la mirada a su compañero, muy cerca él mismo del punto de quiebra para tomar en debida cuenta la condición nerviosa de Langley; así que se volvió negándose a contestar. Los dos avanzaron ignorándose uno al otro con hosca ostentación. La expedición, que consistía de cinco americanos bajo el patronazgo de un museo de New York, había partido de Khotan dos meses antes para investigar las ruinas arqueológicas del Turkestan oriental. La mala suerte los había perseguido continuamente; y las ruinas de Kobar, el principal objetivo, de la que se decía que fue construida por los antiguos Uighurs, los había eludido como un espejismo. Ellos encontraron otras ruinas; habían exhumados unas cuantas monedas bizantinas y griegas y unos cuantos Budas rotos, pero nada de mayor novedad o importancia, desde el punto de vista de un museo.

  Desde el mismo comienzo, justo después de dejar el oasis de Tchertchen, uno de los miembros del grupo murió por una gangrena causada por la viciosa mordida de un camello bactriano. Más tarde, un segundo, preso de un calambre mientras nadaba en las aguas bajas del Tarim Kver, cerca de los pantanos de juncos de Lob-nor, ese extraño remanente de un vasto océano interior, se ahogó antes de que sus compañeros pudieran socorrerlo. El tercero murió de alguna fiebre extraña. Luego, en el desierto al sur del Tarim, donde Furnham y Langley aún persistían con inútiles esfuerzos por localizar la ciudad perdida, sus guías mongoles los abandonaron. Se llevaron todos los camellos y provisiones, dejándoles a los dos hombres sólo sus rifles, sus cantimploras y otras pertenencias personales, las varias reliquias antiguas que habían acumulado y unas cuantas latas de conservas.

  La deserción era difícil de explicar, pues los mongoles se habían mostrado hasta ese momento dignos de confianza. Sin embargo, ellos habían mostrado una extraña reluctancia el día anterior, negándose aparentemente a internarse aún más entre las interminables ondulaciones, serpenteantes arenas y suelo gravilloso. Furnham, que conoce el idioma mejor que Langley, dedujo que ellos estaban temerosos de algo; disuadidos por leyendas supersticiosas relacionadas con esta parte del desierto de Lob-nor. Pero ellos habían estado extrañamente elusivos y reticentes en cuanto al objeto de su temor; y Furnham no supo nada de su verdadera naturaleza.

  Abandonando todo, excepto su comida, agua y rifles a merced de  las cambiantes arenas, los hombres se encaminaron rumbo al norte hacia Tarim, que se encontraba a sesenta o setenta millas de distancia. Si ellos pudieran alcanzarlo, encontrarían refugio en uno de los esparcidos asentamientos de pescadores a lo largo de su orilla; y eventualmente emprender su camino de regreso hacia la civilización. Era ahora la tarde del segundo día de su caminata. Langley era el que más había sufrido, y se tambaleaba ligeramente mientras continuaba bajo el cielo eternamente privado de nubes y a través de la radiante desolación del espantoso paisaje. Su pesado Winchester había devenido en una carga insufrible, y se deshizo de él a pesar de las protestas de Furnham, quien aún conservaba su propia arma.

  El sol había descendido un poco, pero aún ardía con poderosos rayos tiránicamente tórridos a través del luminoso infierno del aire estancado. No había vientos, excepto por breves y furiosos soplidos que remolineaba la arena ligera en los rostros de los hombres, para luego desaparecer tan repentinamente como habían aparecido. El suelo reflejaba el calor y resplandor de los cielos en cegadoras y destellantes ondas. Langley y Furnham remontaron sobre una pendiente baja y gradual, haciendo una pausa sobre su dorso sofocados por el calor. Ante ellos se extendía un valle ancho y poco profundo, sobre el cual ellos miraban con una suerte de asombro atontado; confundidos por la llana depresión de apariencia artificial, perfectamente cuadrada y con quizás un tercio de milla de ancho, la cual ellos calculaban desde su centro. La depresión estaba vacía y desolada sin ninguna señal de ruinas, pero estaba punteada con numerosos hoyos que sugerían la base de una ciudad desaparecida.

  Los hombres parpadearon, y ambos se vieron forzados a estrujarse los ojos mientras observaban a través de temblorosas ondas de calor; pues ambos habían recibido una impresión de un destello, quebrado por miríadas de columnas y chapiteles, que parecieron llenar los vacíos basamentos y desaparecer como un espejismo. Aún resentidos por su discusión pero animados por el mismo pensamiento silencioso, ellos contemplaron hacia abajo sobre el largo declive que se inclinaba directo hacia la depresión. Si el lugar había sido el asentamiento de alguna ciudad antigua tenían la esperanza de hallar algún pozo o fuente de agua.

  Se acercaron a la orilla de la cuesta y observaron el basamento, sintiéndose cada vez más confundidos por su regularidad. Ciertamente no era el trabajo de la naturaleza; y pudo haber sido apenas trabajada ayer, pues no se divisaba ningún estrago causado por el viento y el clima en las diáfanas paredes y el suelo estaba notablemente pulido, excepto por la multitud de hoyos cuadrados que se alineaban en filas transversales como los sótanos de casas destruidas o sin construir. Una creciente sensación de extrañeza y misterio perturbó a los dos hombres; y eran cegados por momentos por los destellos de luz evanescente que parecía llenar el basamento con fantasmales pilares y torres.

  Ellos hicieron una pausa a sólo unos pies de la orilla, incrédulos y maravillados. Ambos comenzaron a cuestionarse si su cerebro había sido afectado por el sol. Sus sensaciones eran las mismas que señalan el estado incipiente del delirio. En medio del calor semejante a los resplandores de un horno, una especie de frialdad de hielo pareció venir sobre ellos desde el amplio basamento. Húmedo pero refrescante, como el frío que podría emanar desde las paredes que no reciben la luz solar; vivificó sus desmayados sentidos e intensificó su consciencia de inexplicable misterio. La frialdad devino aún más perceptible cuando ellos alcanzaron la orilla misma del precipicio. Aquí, observando toda la escena, vieron que los lados descendían uniforme en todos los puntos en una caída de veinte pies o más. En el pulido fondo, los sótanos semejantes a pozos bostezaban oscura e insondablemente. El suelo alrededor de los hoyos estaba libre de arena, gravilla y escombros.

  «¡Cielos!, ¿qué explicación tienes de esto?», susurró Furnham más para sí mismo que para Langley. Él se detuvo sobre la orilla, observando con inconclusas especulaciones enfebrecidas. El acertijo iba más allá de su experiencia; no se había encontrado con nada parecido a esto en sus exploraciones. Sin embargo, su confusión quedó opacada por el problema más urgente de cómo él y Langley iban a descender las empinadas paredes. La sed y la esperanza de encontrar agua en uno de los hoyos eran más importantes en esos momentos que el origen y naturaleza del cuadrado basamento. Repentinamente, en su posición de inmovilidad, fue preso de una especie de desvanecimiento, y la tierra pareció inclinarse de manera delirante bajo sus pies. Se tambaleó, perdió el equilibrio y cayó con todo su peso desde la orilla.

  Medio desmayado cerró sus ojos en contra de la vertiginosa caída y el impacto veinte pies más abajo. Instantáneamente pareció que tocó fondo, asombrado y sin encontrar explicación, descubrió que se encontraba yaciendo boca abajo en medio del aire; sostenido por una sustancia invisible, dura y aplanada. Sus brazos descolgados encontraron una obstrucción, fría como el hielo y suave como el mármol; y su frialdad penetró a través de su ropa mientras él yacía observando hacia abajo dentro del abismo. Desprendido del agarre por la caída, el rifle yacía a su lado. Él escuchó el grito espantado de Langley, y comprendió que este último lo sostenía por sus tobillos y tiraba de él de regreso al precipicio. Sentía la sustancia invisible deslizarse bajo él, plana como un pavimento de concreto, lisa como el cristal. Luego Langley lo ayudó a ponerse de pie. Ambos olvidaron por el momento su mal entendido.

  «¿Acaso estoy demente?», gritó Langley. «Pensé que tu hora había llegado cuando caíste. En todo caso, ¿con qué nos hemos tropezado?»

  «Tropezar es una buena palabra», dijo Furnham meditativamente mientras trataba de recobrar sus sentidos. «Ese basamento está cubierto de algo sólido pero transparente como el aire; algo desconocido para geólogos y químicos. Sólo Dios sabe qué podría ser, o de dónde vino o quién lo puso ahí. Hemos descubierto un misterio que ensombrece el de Kobar. Y creo que debemos investigar». Dio un paso hacia adelante muy cuidadosamente, aún medio temeroso de caer, y permaneció suspendido sobre el basamento.

  «Si puedes hacerlo supongo que yo también», dijo Langley  mientras lo seguía. Con Furnham a la cabeza comenzaron a cruzar el basamento, moviéndose lentamente y con precaución sobre el pavimento invisible. La sensación de observar hacia abajo como si fuera a través del aire vacío era indescriptiblemente extraña. Ellos caminaban a la mitad de dos filas de oscuros hoyos, separados por cincuenta pies. De alguna manera era como caminar por una calle. Luego de haber recorrido alguna distancia desde el borde, Furnham se desvió hacia la izquierda con la idea de mirar directamente dentro de uno de estos misteriosos hoyos. Antes de que pudiera alcanzar un punto vertical ventajoso, fue detenido por una pared sólida y suave, como la de cualquier edificio.

  «Pienso que hemos descubierto una ciudad», él anunció. Andando a tientas a lo largo de la pared clara como el aire, la cual parecía carente de ángulos o protuberancias, arribó a una entrada. Era de unos cinco pies de ancho y de una altura indeterminada. Tanteando la pared como un ciego descubrió que tenía unos seis pies de grosor. Él y Langley penetraron por la entrada aún caminando sobre un pavimento plano y avanzando sin interrupción como a través de un salón grande y vacío. Por un instante, mientras ellos avanzaban, la luz parecía destellar sobre ellos en largas arcadas y arcos, matizada de colores evanescentes como los de una fuente. Luego se desvaneció y el sol brilló nuevamente desde el yermo desierto del cielo. La frialdad que emanaba desde la sustancia desconocida era más pronunciada que nunca, y los hombres casi tiritaban. Pero estaban grandemente refrescados y su sed se había mitigado de alguna manera.

  Ahora podían mirar perpendicularmente dentro del hoyo cuadrado bajo ellos en el suelo de piedra de la excavación. Eran incapaces de ver su fondo, pues se sumergía dentro de sombras inalcanzables por los rayos del sol de poniente. Pero ambos podían ver el objeto bizarro e inexplicable que parecía flotar inmóvil en el aire justo bajo la boca del hoyo. Sintieron un escalofrío que era más insidioso y más penetrante que la frialdad de las paredes invisibles.

  «Ahora estoy viendo cosas», dijo Langley.

  «Supongo que las estoy viendo yo también», agregó Furnham.

  El objeto era un cuerpo grande, lampiño y grisáceo que yacía horizontal como en algún sarcófago o tumba invisible. De estar parado hubiese alcanzado los siete pies de altura. Era vagamente humano en sus rasgos generales poseyendo dos piernas y dos brazos; pero la cabeza era del todo fuera de este mundo. La cosa parecía tener una fila doble de orejas altas y cóncavas, dotadas de perforaciones; y en lugar de nariz, boca o barbilla, poseía una trompa larga que se adelgazaba gradualmente y que yacía envuelta como una serpiente sobre el pecho de la monstruosidad. Los ojos —o lo que parecían serlo— estaban cubiertos por unos párpados de piel horrendamente arrugados y carentes de pestañas. La cosa yacía rígida; y todo su aspecto era el de un cadáver o momia bien preservada. Medio visible y medio oculta, colgaba a mitad del fúnebre e insondable hoyo; y bajo ella, a una corta distancia, mientras sus ojos se acostumbraban a la lobreguez, los hombres creyeron percibir otro cuerpo similar.

  Ninguno de ellos pudo darle voz a los dementes y fantasmales pensamientos que los asaltaron. El misterio era demasiado macabro, abrumador e imposible. Fue Langley quien finalmente habló.

  «¿Crees que están todos muertos?»

  Antes de que Furnham pudiera contestar, él y Langley escucharon un exiguo sonido fino y estridente, como los silbidos de alguna flauta ultraterrena cuyas notas estaban más allá del alcance del oído humano. Ellos no podían determinar su dirección pues parecía emanar de un lado y a continuación de otro mientras sonaba. Su grado de aparente cercanía o distancia no variaba. Continuó incesantemente y de manera monótona, impresionándolos con una sensación de mundos no explorados, y un terror de dimensiones no registradas. Parecía desaparecer en remotos abismos extraterrestres; y entonces, más alto y claro que antes, el silbido vino del aire delante de ellos. Inexplicablemente sorprendidos, los dos hombres escudriñaron de un lado a otro en un esfuerzo por localizar la fuente del sonido. No podían hallarla. El aire era claro y estático a su alrededor; y la vista de la pendiente rocosa que rodeaba el basamento era empañada sólo por  el danzante resplandor del calor.

  El silbido cesó, y fue sustituido por un fantasmal silencio de muerte. Pero Furnham y Langley tenían la sensación de que alguien o algo se encontraba cerca de ellos; una elusiva presencia que se agachaba y escondía mientras se acercaba hasta que ellos pudieran gritar a todo pulmón por el terror del suspenso. Ellos parecían esperar en medio de la irrealidad del delirio y el espejismo, acosados por algún horror oculto y escurridizo. Tensamente ellos escuchaban y escudriñaban, pero no había ni sonido ni manifestación visual. Entonces Langley gritó, cayendo pesadamente sobre el suelo invisible, arrastrado hacia atrás por la embestida de alguna cosa fría y tangible, flexible como el cuerpo de una anaconda. Él yacía indefenso, incapaz de moverse bajo el peso muerto y fluido del desconocido íncubo, el cual aplastaba sus miembros y cuerpo y casi lo entumeció con el frío de hielo del espacio etéreo. Entonces algo tocó su cuello, al principio muy suavemente, y luego con una presión intolerable que se intensificaba hasta un punzante dolor, como si hubiese sido atravesado con un carámbano.

  Un negro desvanecimiento lo inundó, y el dolor pareció disminuir como si los nervios que lo comunicaban a su cerebro fueran estirados como una tela de araña elástica a lo largo de un golfo de anestesia. Furnham, en un momento de parálisis, escuchó el grito de su compañero y vio a Langley caer y luchar débilmente, yaciendo inerte con ojos cerrados y rostro empalidecido. Mecánicamente, sin darse cuenta por unos momentos qué había pasado, percibió que las ropas de Langley estaban extrañamente aplastadas y presionadas por un peso invisible. Luego, desde un orificio en el cuello de Langley, vio emanar un chorro fino de sangre, que se elevaba directamente en el aire varias pulgadas, desvaneciéndose en una especie de niebla rojiza. Pensamientos bizarros e incoherentes se abrieron paso en la mente de Furnham. Era demasiado increíble, demasiado irreal. Su cerebro debía estar desvariando, debía haber colapsado totalmente… pero, algo estaba atacando a Langley; un invisible vampiro de esta ciudad invisible.

  Él aún tenía su rifle. Se adelantó y se paró al lado del hombre caído. Con su mano libre tanteando en el aire tocó una superficie fría y húmeda, redondeada como la espalda de un cuerpo doblado. Entumeció sus dedos mientras la tocaba. Entonces algo pareció extenderse como un brazo lanzándolo violentamente hacia atrás. Tambaleándose y trastabillando él se las arregló para mantener el equilibrio y retornar con más cautela. La sangre aún manaba en chorros que se desvanecían desde el cuello de Langley. Calculando la posición del atacante invisible, Furnham alzó su rifle y apuntó cuidadosamente, con la boca a menos de una yarda de distancia del oculto blanco.

  El arma disparó con una resonancia ensordecedora, y su sonido desapareció con ecos pausados, como si fuera repetido por un laberinto de paredes. La sangre cesó de manar del cuello de Langley, reduciéndose a un goteo natural. No hubo sonido ni manifestación de ninguna clase de la cosa que lo había asaltado. Furnham permaneció dudoso, preguntándose si el disparo había tenido efecto. Quizás la cosa había sido ahuyentada por el susto; quizás aún estaba cerca, pudiendo saltar sobre él en cualquier momento o retornar a su presa. Contempló a Langley que yacía quieto y pálido. La sangre había cesado de manar desde los pequeños orificios. Avanzó hacia él con la idea de reanimarlo, pero fue detenido por una extraña circunstancia. Percibió que el rostro y la parte superior del cuerpo de Langley estaban borrosos por una niebla gris que parecía espesarse y adoptar una forma palpable. Oscureció el espacio tomando una forma sólida; entonces, Furnham contempló la cosa monstruosa que yacía entre él y su compañero, con parte de su cuerpo caído colgando aún sobre Langley. Por su inmovilidad y la herida de bala en su costado, de la que rezumaba un viscoso fluido púrpura, estuvo seguro de que la cosa estaba muerta.

  El monstruo era alienígena en comparación con la biología terrestre; un gigantesco cuerpo invertebrado, formado a manera de una alargada estrella de mar con las puntas finalizando en hinchados miembros tentaculares. Tenía una cabeza redondeada y sin forma definida con el curvado pico con punta de aguja de algún insecto gigantesco. Debió haber venido de planetas y dimensiones distantes a los nuestros. Era totalmente diferente a las criaturas momificadas que yacían flotando en los hoyos de más abajo, y a Furnham le pareció que representaba alguna forma inferior de vida animal. Evidentemente, estaba constituido por un orden desconocido de materia orgánica que era visible al ojo humano sólo muerta. Su cerebro fue abrumado por el demencial enigma de todo esto. ¿Qué era este lugar sobre el que él y Langley habían tropezado? ¿Era una especie de puesto de avanzada de mundos más allá de la comprensión y la observación humana? ¿Con qué clase de materia fueron construidas estas edificaciones? ¿Quiénes las edificaron? ¿De dónde habían venido y cuál había sido su propósito? ¿Era la ciudad de factura reciente o era quizás una especie de ruina, cuyos constructores yacían muertos en las catacumbas; una ruina sólo habitada por el monstruo vampírico que atacó a Langley?

  Tembloroso por la repulsión provocada por el monstruo muerto, comenzó a arrastrar el hombre todavía inconsciente de debajo de la repugnante masa. Evitó tocar el cuerpo oscuro y semitransparente, que se deslizó hacia delante estremeciéndose como una dura mermelada cuando él haló a su compañero fuera de él. Como algo trivial y distante, recordó la absurda queja que Langley había proferido en su contra y recordó su propio resentimiento como parte de un dudoso sueño, ahora absorbido por el misterio sobrehumano de lo que le rodeaba. Se inclinó ansiosamente sobre su compañero, viendo que algo del broceado natural estaba retornando a su rostro y que sus párpados comenzaban a palpitar. La sangre se había coagulado en la pequeña herida. Tomando la cantimplora de Langley, vació su último contenido entre los dientes de su propietario. En pocos momentos Langley fue capaz de sentarse. Furnham lo ayudó a pararse y ambos comenzaron a abrirse paso a través del laberinto de cristal.

  Encontraron la apertura; y Furnham, aún sosteniendo al otro, decidió desandar sus pasos a lo largo de la extraña calle por la cual ellos habían comenzado a cruzar el basamento. Habían avanzado sólo unos pocos pasos cuando escucharon un susurro débil y casi inaudible en el aire delante de ellos, junto a un misterioso sonido rechinante. El susurro parecía propagarse y multiplicarse en todos lados, como si una muchedumbre invisible estuviera reuniéndose; pero el rechinar cesó muy pronto. Ellos avanzaron lenta y cuidadosamente, con una sensación de peligro inminente e innatural. Ya Langley estaba lo suficientemente fortalecido como para caminar sin asistencia; mientras Furnham sostuvo su rifle, listo para un uso inmediato. El vago sonido susurrante retrocedió, pero todavía los rodeaba.

  A mitad de camino entre las filas inferiores de hoyos, ellos avanzaban hombro a hombro hacia el precipicio del desierto. Una docena de pasos en el pavimento sólido y frío y se precipitaron en el vacío, aterrizando varios pies más bajo con un terrible estrépito sobre otra superficie. Debió de ser el tramo superior de una gigantesca escalera; pues, perdiendo su equilibrio, ambos se tambalearon y cayeron rodando hacia abajo a lo largo de una serie de superficies similares, quedando aturdidos en el fondo. Langley había quedado inconsciente por la caída; pero Furnham era vagamente consciente de varios fenómenos extraños y oníricos. Escuchó un silbido débil, sibilante y fantasmagórico; sintió un toque ligero y húmedo sobre su rostro al tiempo que olfateó un aroma de dulzura sofocante, en el cual parecía sumergirse como dentro de un océano insondable. El silbido se ahogó en un silencio vasto y espacial; el olvido se oscureció sobre él; deslizándose velozmente en la nada.

  Era de noche cuando Furnham se despertó. Su primera impresión fue el destello blanquecino de la luna llena brillando sobre sus ojos. Entonces, se dio cuenta que el círculo del gran orbe estaba extrañamente distorsionado y quebrado, como la luna de alguna pintura cubista. Todo a su alrededor y sobre él era luminoso, de ángulos cristalinos, cruzándose y entretejiéndose; los trazos de una arquitectura traslúcida, domo sobre domo y pared sobre pared. Al mover su cabeza, una lluvia de fantasmagórica iridiscencia —de amarillo lunar, verde y púrpura— cayó sobre sus ojos desde el orbe roto y se desvaneció. Descubrió que se encontraba yaciendo sobre un piso semejante al cristal, que absorbía la luz en chispas vibrantes. Langley se encontraba a su lado aún inconsciente. Sin lugar a dudas ellos aún se encontraban en el misterioso oubliette  por cuya escalera invisible ellos habían caído. Muy lejos, a un lado, a través de una maraña de las particiones transparentes, pudo distinguir las rocas confusas del Gobi, torcidas y fragmentadas al igual que la luna.

  ¿Por qué, se preguntaba, era visible ahora la ciudad? ¿Era su sustancia visible en una manera parcial por algún rayo desconocido que existía en la luz lunar pero no en los rayos directos del sol? Tal explicación sonaba del todo anticientífica; pero por el momento él no podía pensar en ninguna otra. Levantándose sobre sus codos, vio el vidrioso diseño de la gigantesca escalera por la cual él y Langley se zambulleron. Una forma pálida y diáfana, como el fantasma de las criaturas momificadas que habían vistos en los hoyos, descendía por la escalera. Avanzaba con pasos veloces, más largos que los de un humano, y se detuvo ante Furnham con su trompa espectral balanceándose inquisitivamente a sólo una o dos pulgada de su rostro. Dos ojos redondos y fosforescentes, emitiendo rayos como si fueran linternas, destellaban solemnemente en su cabeza sobre el inicio de la probóscide.

  Los ojos parecían atravesar a Furnham con su resplandor ultraterreno. Sintió que la luz que ellos emitían fluía en una corriente incesante dentro de los suyos; dentro de su cerebro. La luz parecía manifestarse en imágenes, informes e incomprensibles al principio, pero aumentando su significado y coherencia por momentos. Entonces, de alguna indescriptible manera, las imágenes se asociaron con palabras articuladas, como si una voz estuviera hablando: palabras que comprendió como uno podría comprender el lenguaje de los sueños.

  «No tenemos intención de hacerles daño», la voz pareció decir. «Pero ustedes se han tropezado con nuestra ciudad; y no podemos permitir que escapen. No deseamos que nuestra existencia sea conocida por el hombre. Hemos habitado aquí durante muchas edades. El desierto de Lob-nor era un reino fértil cuando establecimos por primera vez nuestra ciudad. Llegamos a tu mundo en calidad de fugitivos desde un gran planeta que una vez perteneció a este sistema solar: un planeta compuesto totalmente de sustancias ultravioleta, el cual fue destruido por un terrible cataclismo. Conociendo la inminencia de la catástrofe, algunos de nosotros construimos una gran nave espacial, en la cual huimos hacia la tierra. Con los materiales de la nave y otros que habíamos traído con nosotros con un propósito determinado, construimos esta ciudad, cuyo nombre, como puede ser ajustado a la fonética humana es Ciis.

  »Las cosas de tu mundo siempre han sido totalmente visibles para nosotros; y de hecho, gracias a nuestra gran escala de percepciones, probablemente podamos ver mucho que no es manifiesto para ustedes. Por otro lado, no tenemos la necesidad de luz artificial en ningún momento. No obstante, descubrimos en época muy temprana, que tanto nosotros como nuestras edificaciones eran invisibles para el hombre. Extrañamente, nuestros cuerpos experimentan en la muerte una degeneración de sustancia que lo sincroniza con el espectro infravioleta; y por lo tanto dentro del alcance de su cognición visual»

  La voz pareció hacer una pausa, y Furnham comprendió que sólo le había hablado a sus pensamientos por medio de la telepatía. En su propia mente, él trató de darle forma a una pregunta:

  «¿Qué pretenden hacer con nosotros?»

  Nuevamente escuchó la voz átona y pausada:

  «Planeamos mantenerlos con nosotros permanentemente. Luego de que cayeran a través de la puerta-trampa que abrimos, los sedamos con una anestesia; y durante su periodo de inconsciencia, que duró muchas horas, le inyectamos a sus cuerpos una droga que ya ha afectado a  su visión, haciendo visible, hasta cierto punto, las sustancias ultravioleta que permean todo el lugar. Repetidas inyecciones, las cuales deben ser suministradas lentamente, harán de esas sustancias algo tan obvio y sólido para ustedes como los materiales de su propio mundo. Por supuesto, existen otros procesos a los cuales pensamos someterlos… procesos que servirán para ajustarlos y aclimatarlos en todo sentido a su nuevo medio ambiente.»

  Detrás del extraño interlocutor de Furnham, otras figuras fantasmales habían descendido los tramos medio visibles. Una de ellas se detuvo ante Langley, el cual había comenzado a agitarse y recobraría toda su conciencia dentro de pocos instantes. Furnham pareció darle forma a otras preguntas recibiendo respuesta inmediata.

  «La criatura que atacó a tu compañero es un animal doméstico. Estábamos ocupados en nuestros laboratorios en ese momento, y no nos dimos cuenta de su presencia hasta que escuchamos los disparos del rifle. Los destellos de luz que vieron a través de nuestras paredes invisibles al momento de su llegada se debieron a algún extraño fenómeno de refracción. En ciertos ángulos la luz del sol es fragmentada o intensificada por la organización molecular de las sustancias invisibles». En ese momento Langley se levantó mirando a su alrededor asombrado.

  «¿Qué demonios es esto y dónde demonios nos encontramos?», preguntó mientras sus ojos iban de Furnham a los habitantes de la ciudad. Furnham procedió a explicarle repitiendo la información telepática que acababa de recibir. Para cuando él había acabado de hablar, el mismo Langley parecía haberse convertido en el recipiente de alguna clase de alivio mental por parte de la criatura fantasmal que había fungido como el interlocutor de Furnham; pues Langley miró a este ser con una expresión mezcla de iluminación y maravilla. Una vez más fue emitida la pausada voz súper auditiva, ahora portando un imperioso mandato.

  «Vengan con nosotros. Su iniciación en nuestro modo de vida debe iniciarse inmediatamente. Mi nombre es Aispha; por si desean tener un nombre mío en sus pensamientos. Nosotros mismo nos comunicamos sin lenguaje y tenemos poco uso para los nombres; su uso sólo es una rara formalidad entre nosotros. Como pueblo, nuestro nombre general es Tiisins.»

  Furnham y Langley se levantaron con obediente presteza, la que luego ninguno de ellos podía explicarse, y siguieron a Aispha. Fue como si un impulso mesmérico hubiese sido impregnado en ellos. Furnham notó, de una manera automática mientras abandonaban el obliette, que su rifle había desaparecido. Sin dudas había sido removido cuidadosamente durante su periodo de insensibilidad. Él y Langley ascendían los enormes tramos con alguna dificultad. Extrañamente, considerando su última caída, se descubrieron libres de entumecimientos y magullones; pero en el momento no sintieron ninguna sorpresa; sólo una narcótica aceptación de toda las maravillas y perplejidades de la situación. Salieron a la parte exterior del pavimento; entre los asombrosos diseños de las edificaciones lumínicas que se elevaban sobre ellos con intersecciones y multiformes curvas y ángulos cristalinos. Aispha avanzó sin pausa, conduciéndolos hacia el fantástico arco serpentino de una puerta abierta en una de las más altas de estas edificaciones, cuyos pálidos pináculos y domos se alzaban con un esplendor inmaterial hacia el cenit de la cercana luna.

  Cuatro de los seres ultravioleta —los compañeros de Aispha— los seguían detrás. Aispha estaba aparentemente desarmado; pero los otros portaban armas como pesadas hoces de ancha hoja y puntas embotadas de vidrio o cristal. Muchos otros de esta increíble raza, ocupados en sus propios enigmáticos asuntos, caminaban de aquí para allá en las calles abiertas y a través de los portales de las edificaciones ultramundanas. La ciudad era un lugar de silenciosa y fantasmal actividad. Al final de la calle que recorrían, antes de penetrar por la entrada arqueada, furnham y Langley vieron la pendiente cubierta de rocas del Lob-nor, que parecía haber adoptado una extraña característica de insustancialidad bajo la luz de la luna. Se le ocurrió a Furnham, en la forma de un extraño impacto, que esta percepción visual de objetos terrestres, así como de la ciudad ultravioleta, eran afectadas por la inyección de la cual Aispha le habló.

 El edificio al cual penetraron estaba lleno de aparatos diseñados en forma de esferas distorsionadas, discos irregulares y cubos, algunos de los cuales parecían cambiar su forma a cada momento de una manera confusa. Algunos de ellos parecían concentrar la luz lunar a la manera de poderosas lentes, convirtiéndola en un brillo feroz y enceguecedor. Ni Furnham ni Langley podían imaginar el propósito de estos artefactos; y ninguna explicación telepática fue emitida por Aispha o cualquiera de sus compañeros. Mientras ellos se adentraban más en el edificio percibieron la extraña sensación de alguna vibración en el aire, sutil e inoportuna, que los afectó de una manera incómoda. Ellos no podían ubicar su fuente ni podían estar seguros de si era su propia percepción o era puramente mental o se manifestaba a través de la vía de uno o más de los sentidos físicos. De alguna manera era a la vez perturbador y narcótico; y ellos trataron instintivamente de resistir su influencia.

  El piso más bajo del edificio era aparentemente el espacio más grande. Los extraños artefactos se hicieron más altos alrededor de ellos, creciendo como en filas concéntricas mientras avanzaban. En el enorme domo sobre ellos, rayos vivientes de luz misteriosa parecían cruzarse y recruzarse en todos los ángulos, tejiendo una red brillante y cambiante que aturdía a los ojos. Ellos arribaron a un espacio claro y circular en el centro del edificio. Aquí diez o doce de los seres ultravioleta se encontraban parados alrededor de una delgada columna de unos cinco pies de altura que culminaba en en una especie de formación semejante a una pila poco profunda. Había un objeto oval iridiscente en la pila, grande como el huevo de alguna ave extinta. Desde este objeto emanaban numerosos rayos de luz horizontalmente en todas direcciones, al parecer con la finalidad de transfigurar las cabezas y los cuerpos de aquellos que formaban el círculo alrededor de la columna. Furnham y Langley percibieron el murmullo de un sonido alto, fino que parecía surgir del huevo iridiscente y que de alguna manera era inseparable de los rayos de luz, como si la radiación se hubiese hecho auditiva. Aispha se detuvo encarando a los hombres, y una voz le habló a sus mentes.

  «El objeto iridiscente es llamado el Doir. Una explicación de su origen y verdadera naturaleza estaría más allá de su presente capacidad de comprensión. No obstante, es una aleación de esa gama de sustancia que ustedes clasifican como minerales; y sólo es uno de los numerosos objetos similares que existían en nuestro planeta. Genera una fuerza poderos que está íntimamente conectada con nuestro principio de vida; los rayos que emanan de él nos sirven como alimento. Si el Doir se perdiera o destruyera, las consecuencias serían serias; y nuestro promedio de vida, que usualmente es de miles de años, sería reducido por la falta del alimento y los rayos vivificadores.»

  Fascinados, Furnham y Langley contemplaron a la esfera ovoide. El murmullo parecía hacerse más sonoro; y los rayos de luz se alargaron e incrementaron de número. Los hombres lo reconocieron como la fuente del sonido que los turbaba y oprimía. El efecto era insidioso, pesado, hipnótico, como si hubiera un cerebro vivo en el objeto que buscara doblegar su voluntad y someter sus sentidos y mentes en una especie de esclavitud innatural. Escucharon el mandato mental de Aispha:

  «Adelántense y únanse a esos que toman parte de las luminosas emanaciones del Doir. Creemos que haciéndolo así ustedes, a su debido tiempo, se verán purgados de sus impurezas terrestres; y que la misma sustancia de sus cuerpos se transformará en algo semejante a la de nosotros; y sus sentidos se elevarán a un nivel de percepción semejante a los nuestros». Involuntariamente, con una extraña conciencia de repulsión, los hombres avanzaron.

  «No me gusta esto», le dijo Furnham en un susurro a Langley. «Ya me he comenzado a sentir lo suficientemente extraño». Evocando su máxima fuerza de voluntad, él se detuvo a poca distancia de los rayos de luz, y levantó su brazo para detener a Langley.

  Con ojos maravillados ellos se detuvieron contemplando el Doir. Un fuego frío e inquieto, vivo gracias a alguna maldad innombrable que nada tenía que ver con la maldad de la tierra, palpitaba en su centro; y los largos rayos, vibrando ligeramente, atravesaban como jabalinas los cuerpos semicristalinos de los seres que se paraban inmóviles alrededor de la columna.

  «¡Apúrense!», emanó la admonición no vocalizada de Aispha. «Dentro de pocos momentos la fuerza del Doir, la cual posee un ritmo regular de flujo y reflujo, comenzará a retraerse sobre sí misma. Los rayos se contraerán y entonces tendrán que esperar muchos minutos antes de que las emanaciones retornen nuevamente.»

  Un atrevido y rápido pensamiento se le ocurrió a Furnham. Observando el Doir detalladamente le impresionó su aparente fragilidad. La cosa evidentemente no estaba adherida a la pila sobre la cual reposaba; y con toda probabilidad se rompería cual vidrio si fuera lanzada o incluso dejada caer sobre el piso. Trató de reprimir su pensamiento, temeroso de que Aispha u otros de los seres ultravioleta lo leyera. Al mismo tiempo buscó darle voz tan inocentemente como fuera posible a una pregunta:

  «¿Qué pasaría si el Doir se rompiera?»

  Inmediatamente recibió una impresión de furia, alboroto y consternación de la mente de Aispha. Sin embargo, su pregunta no fue aparentemente contestada. Y parecía que Aispha no quería responderla: que ella implicaba alguna cosa demasiado peligrosa y espantosa para ser revelada. Furnham también sentía que Aispha estaba sospechoso y que había percibido vagamente su propio pensamiento reprimido. Le pareció que debía actuar rápido si habría de hacerlo. Armándose de valor, saltó a través del anillo de cuerpos alrededor del Doir. Los rayos ya habían comenzado a acortarse ligeramente; pero tenía la sensación de uno que se arroja sobre puntas de lanzas en formación. Hubo una extraña e indescriptible sensación, como si hubiese sido perforado por algo que era al mismo tiempo frío y caliente; pero ni el frío ni el calor estaban más allá de lo soportable. Un momento después, y ya se encontraba al lado de la columna levantando el huevo iridiscente con sus manos y alzándolo desafiante mientras se volteaba para enfrentar a los seres ultravioleta.

  La cosa era extraordinariamente ligera, y parecía quemarle los dedos y congelárselos al mismo tiempo. Sintió un vértigo extraño, una indescriptible confusión; pero tuvo éxito en dominarlo. El contacto con el Doir podría ser más mortífero para los tejidos humanos que el del radio por lo que sabía. Tenía que aprovechar su oportunidad. En todo caso no lo mataría instantáneamente; y si él jugaba sus cartas con suficiente atrevimiento y habilidad, podría hacer posible al menos el escape de Langley. Los seres ultravioleta que formaban el anillo se quedaron estupefactos por su audacia. Los rayos de luz se retraían lentamente dentro del huevo; pero Furnham mismo aún estaba empalado por ellos. Sus dedos estaban traslúcidos por los destellos allí donde apretaban al extraño orbe. Se encontró con la mirada fosforescente de Aispha, y escuchó los frenéticos pensamientos que se derramaban dentro de su mente, y no sólo los de Aispha, sino los de todos aquellos que se encontraban alrededor de los rayos luminosos del Doir. Espanto, amenazas sobrehumanas, desesperadas imprecaciones para que retornara el Doir a su pedestal, llovían sobre él. Haciendo acopio de toda su voluntad, los desafió:

  «¡Déjenos marchar!», dijo mentalmente dirigiéndose a Aispha. «Regrésenme mi arma y permitan que mi compañero y yo abandonemos su ciudad. No le deseamos ningún mal; pero no podemos permitirles que nos retengan. Dejen que nos vayamos o romperé el Doir; el cual se fragmentará cual huevo sobre el piso.»

  Al formarse el pensamiento de destrucción, un estremecimiento se apoderó de los seres semiespectrales; y él sintió el peligroso temor que su amenaza provocó en ellos. Tenía razón: el Doir era frágil; y alguna espantosa catástrofe, cuya naturaleza él no podía determinar, se manifestaría inmediatamente luego de su destrucción. Paso a paso, mirando frecuentemente a todos lados para evitar que alguien se le acercara sigilosamente por detrás, Furnham retornó al lado de Langley. Los Tiisins retrocedieron ante él con evidente horror. Y todo el tiempo él continuó profiriendo sus demandas:

  «¡Tráiganme rápidamente el rifle… el arma que ustedes tomaron… y colóquenla en las manos de mi compañero. Dejen que nos marchemos si impedimentos o molestias; o romperé el Doir. Cuando estemos fuera de la ciudad uno de ustedes —sólo uno— le será permitido que se aproxime a nosotros, y entonces le entregaré a él el Doir.»

  Uno de los Tiisins abandonó el grupo para retornar en menos de un minuto con el Winchester de Furnham. Se lo entregó a Langley que lo inspeccionó cuidadosamente y descubrió que no había sufrido daño y que su carga y mecanismo en ningún modo habían sido forzados. Luego, con las criaturas ultravioleta siguiéndolos con manifiesta perturbación, Furnham y Langley se abrieron paso a través del edificio y se adentraron a la calle abierta hacia la dirección general [como Langley la estimó con la brújula que llevaba] del Río Tarim. Ellos avanzaron en medio de las fantásticas torres cristalinas; y los habitantes de la ciudad, convocados como por algún mandato sin palabras, se derramaban desde las puertas en una muchedumbre siempre creciente para reunirse detrás de ellos. No había ninguna demostración activa de ninguna clase; pero ambos hombres estaban increíblemente conscientes de la rabia y consternación que habían sido despertadas por el audaz robo del Doir por parte de Furnham: un robo que parecía ser considerado con la connotación de una verdadera blasfémia.

  El odio de los Tiisisns, como una radiación material: oscura, pesada, hipnótica y concentrada, los golpeaba a cada paso. Parecía perseguir su cerebro y sus pies como alguna sustancia viscosa de pesadilla; y su avance hacia la pendiente del Gobi devino dolorosamente tediosa y lenta. Ante ellos, desde una de las edificaciones, un tentacular monstruo semejante  a una estrella de mar, igual al que había atacado a Langley, emergió y permanecía agachado en la calle como para impedir su avance. Alzando su maligno pico, observaba con ojos vidriosos, pero se apartó cuando se aproximaron como por algún mandato de sus amos. Furnham y Langley pasaron a su lado con estremecimiento y repugnancia involuntaria. El aire estaba cargado de una amenaza alienígena e insondable. Sintieron un aturdimiento anormal apoderarse de ellos. Una música imperceptible y narcótica se manifestó que parecía dirigida a vencer su vigilancia, y someterlos al sueño. Los dedos de Furnham se entumecieron por las desconocidas radiaciones del Doir, a pesar de que los afilados rayos de luz se habían retirado al centro de manera acelerada, dejando sólo un neblinoso destello que llenaba el extraño orbe. La cosa parecía estar latente con una vida terrible y poderosa. Los huesos de su mano transparente se distinguían claramente como los de un esqueleto.

  Mirando hacia atrás, vio que Aispha los seguía muy de cerca, caminando delante de los demás Tiisins. Ya no podía leer los pensamientos de Aispha como anteriormente. Era como si una pared oscura y vacía se hubiese levantado. De alguna manera tenía la premonición de una maldad; de un peligro y traición en alguna forma que él no podía comprender o imaginar.

  Él y Langley llegaron al final de la calle, donde el pavimento ultravioleta se unía a la cuesta del desierto. Mientras ellos iniciaban el ascenso de la pendiente ambos hombres se dieron cuenta que sus facultades visuales en verdad habían sido afectadas por la inyección y el tratamiento de los Tiisins; pues el suelo parecía destellar bajo sus pies, ligeramente traslúcido; y los guijarros eran como masas semicristalinas, cuya estructura interna ellos podían ver claramente. Aispha los siguió por la cuesta; pero los demás Ciis, como había sido estipulado por Furnham, se detuvieron en la línea divisoria de sus edificaciones y calles ultravioletas con las sustancias de la tierra. Cuando ellos habían recorrido quizás una quince yardas por la suave pendiente, Furnham hizo una pausa y esperó a Aispha, sosteniendo el huevo con su brazo extendido; pues él mantendría su promesa ya que los seres de Ciis habían mantenido la suya hasta ahora.

  Aispha tomó el Doir de las manos de Furnham; pero sus pensamientos, cuya naturaleza era desconocida, se mantuvieron cuidadosamente cubiertos. Había una sensación de algo ominoso y siniestro en él mientras se volteó y descendió la pendiente con el feroz huevo brillando a través de su cuerpo como un gran ojo vigilante. Los rayos de luz ya comenzaban a emanar de su centro una vez más. Los dos hombres, mirando hacia atrás frecuentemente, reanudaron su camino. Ciis destellaba bajo ellos como una ciudad de espejismos en el abismo de luz lunar. Vieron los seres ultravioleta reunirse para esperar a Aispha al final de la calle. Entonces, mientras Aispha se acercó a sus compañeros dos rayos de un fuego frío y retorcido fueron disparados desde la base de una torre que brillaba como el vidrio en los límites de la ciudad. Adhiriéndose al suelo, los rayos escalaron la pendiente con el movimiento ondulatorio de las pitones, siguiendo a Langley y a Furnham a una velocidad que pronto los alcanzaría.

  «¡Ellos nos han hecho trampa!», advirtió Furnham. Tomó el Winchester de las manos de Langley, se hincó y apuntó cuidadosamente, haciendo blanco en el luminoso orbe del Doir a través de la forma espectral de Aispha, quien ya había llegado a la ciudad y estaba a punto de confundirse con la muchedumbre en espera.

  «¡Corre!», le ordenó a Langley. «Los haré pagar por su traición, mientras tanto, quizás tu puedas escapar.»

  Tiró del catillo, fallando a Aispha pero abatiendo al menos dos de los Tiisisns los cuales se encontraban cerca del Doir. Nuevamente y con presteza hizo blanco, mientras los rayos de la torre serpenteaban hacia arriba, pálidos, fríos y con una apariencia mortal, hasta que estuvieron casi en sus pies. Mientras él aún apuntaba, Aispha se refugió en las filas delanteras de la muchedumbre, con el Doir brillando a través de sus cuerpos semitransparentes. Esta vez, la poderosa bala halló su blanco, si bien tuvo que haber atravesado a más de uno de los seres ultravioleta antes de alcanzar a Aispha y el orbe místico. Furhham apenas podía saber cuál sería el resultado, pero estaba seguro que alguna forma de catástrofe pondría en marcha la destrucción del Doir. Lo que realmente pasó fue incalculable y más allá de cualquier descripción. Antes de que el Doir pudiera caer de las manos de su abatido portador, pareció expandirse en una veloz rueda de intensa luz, girando mientras crecía y opacando las formas de los seres ultravioletas del fondo. Con una velocidad asombrosa la rueda golpeó los edificios más cercanos, que parecieron elevarse y desvanecerse como las torres de un espejismo borroso. No hubo una explosión audible —ni sonido de ningún tipo—, sólo ese silencioso, siempre creciente y cada vez más definido disco de luz que amenazaba con cubrir en rápidas etapas toda la extensión de Ciis.

  Contemplando hechizado, Furnham casi había olvidado los rayos serpentinos. Demasiado tarde vio que uno de ellos estaba sobre él. Saltó hacia atrás pero la cosa lo atrapó, envolviéndose sobre sus miembros y su cuerpo como una anaconda. Sintió la sensación de un frío y contracción horribles; y entonces, indefenso, vio que el extraño rayo de energía los estaba arrastrando por la pendiente de regreso hacia Ciis, mientras su compañero continuó la persecución del fugitivo Langley. Mientras tanto, el disco de fuego expansible había alcanzado la torre desde donde surgieron los dos rayos. Repentinamente, Furnham fue liberado; ambos rayos serpentinos habían desaparecido. Permaneció pegado al suelo, mudo por el asombro; y Langley, bajando la cuesta, también permaneció en silencio, observando el poderoso círculo de luz que parecía llenar todo el basamento a sus pies con un silencioso vórtice de destrucción.

  «¡Mi dios!», exclamó Furnham luego de un breve intervalo. «Mira lo que le pasó a la pendiente.»

  Como si la fuerza de una extraña explosión se estuviera extendiendo más allá de Ciis, guijarros y masas de tierra comenzaron a elevarse en el aire ante el blanquecino y brillante maelstron, que avanzaba en lenta y silenciosa levitación hacia los dos hombres. Furnham y Langley comenzaron a ascender a tropezones la pendiente y fueron alcanzados por algo que los levantó suave e irresistiblemente con una extraña sensación de total falta de peso, alzándolos como hojas tiradas por el viento en el aire. Ellos vieron la cima cubierta de guijarros de la pendiente muy por debajo de ellos; y luego se vieron flotando, flotando cada vez más alto en la luz lunar, sobre leguas de penumbroso desierto. Un desvanecimiento los asaltó, una náusea vaga e ilimitable vértigo. Y lentamente, en algún momento de ese increíble vuelo, ellos se sumergieron en la inconsciencia.

  La luna había descendido muy bajo, y sus rayos caían casi horizontales sobre los ojos de Furnham cuando se despertó. Al principio una total confusión lo poseyó; y su situación era más que asombrosa. Yacía sobre una pendiente arenosa entre arbustos dispersos, escasos y raquíticos; Langley estaba reclinado no muy lejos. Levantándose un poco, vio la blanca superficie de un río flecado de juncos al fondo de la pendiente; el cual no podía ser otro que el Tarim. Incrédulo, comprendió que la fuerza de la extraña explosión los trasladó tanto a él como a Langley muchas millas, depositándolos, aparentemente sin daño alguno, ante la meta de sus andanzas por el desierto. Furnham se levantó, sintiendo una extraña ligereza e inestabilidad. Dio un paso de prueba y terminó a cuatro a cinco pies de distancia. Era como si hubiese perdido la mitad de su peso normal. Moviéndose con gran cuidado se dirigió hacia Langley, el cual ya se había sentado. Le satisfizo descubrir que su visión se estaba normalizando nuevamente; pues sólo percibía un ligero destello en las cosas que le rodeaban. La arena y los guijarros eran confortablemente sólidos; y sus manos ya no eran traslúcidas.

  «¡Dios!», le dijo a Langley. «Eso fue una explosión. La fuerza que fue liberada por la destrucción del Doir debió haber hecho algo con la gravedad de todos los objetos del lugar. Supongo que la ciudad de Ciis y sus habitantes debieron haber regresado nuevamente al espacio exterior; e incluso las sustancias infravioletas alrededor de la ciudad debieron ser privadas más o menos de gravedad. Pero me parece que los efectos en lo que respecta a nosotros, están desapareciendo. De lo contrario aún estuviéramos viajando»

  Langley se levantó y trató de caminar, con el mismo desconcertante resultado que caracterizó el intento de Furnham. Pero dominó sus miembros y equilibrio luego de varios minutos.

  «Todavía siento una especie de impulso», comentó. «Propongo que mejor omitamos esto de nuestro reporte al museo. Una ciudad, un pueblo, todos invisibles en el corazón del Lob-nor; sería demasiado para la credibilidad científica.»

  «Estoy de acuerdo contigo», contestó Furnham. «Todo el asunto sería demasiado fantástico, sacado de una historia súper científica. De hecho —agregó con algo de malicia— es mucho más increíble que la existencia de las ruinas de Kobar.»

 –

FIN

  Traducido por Odilius Vlak

 –

  • Nota: Esta historia se publicó por primera vez en su versión original en la revista pulp, Wonder Stories [junio de 1932]. También en las siguientes antologías:


1.      Others Dimensions, Arkham House [1970].

2.    Poseidonis, Ballantin [1973].

3.     Others Dimensions V1, Panther [1977].

4.    Poseidonis, Moewig [1985].

5.   A Vintage from Atlantis: The Collected Fantasies of Clark Ashton Smith V3, Night Shade Books [noviembre del 2007].

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2 comentarios en “RUNES SANGUINIS / La Ciudad Invisible – Por Clark Ashton Smith

  1. Acabo de “descubrir” tu site. Ahora lo estoy “recorriendo”. Está muy bueno. Más que bueno en realidad, ya debe hacer más de dos horas que estoy “cureoseando”.

    Yo también traduje algunos textos inéditos en castellano de Clark, que están en el site de Eldricht Dark, y que estaría bueno que estuvieran aquí en tu site también, si fuera de tu interés.

    Cada tanto cuando uno cree que ya ha visto “todo” en la web, encuentra sites como el tuyo, en forma casi casual, y uno queda maravillado, por decir poco.

    Bueno, muchas gracias por este site copado, y cordiales saludos.

  2. Gracias hermano zothiqueno por estas palabras tan inspiradoras. Por supuestos que tus traducciones son bienvenidas. Luego nos pondremos en cantacto. y perdona la tardanza para la respuesta.

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