TETRAMENTIS / Damned Angel: Genesis – Capítulo XVI – (Vol 01)

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Capítulo XVI: Posesión ( Vol 01 )

«El Fin de Los Tiempos, Sucederá al Final de los Primeros Eventos»

    —Tenía tantas ganas de hablar contigo, abuelo —dijo Angel—. La última vez que te vi no tuve la oportunidad de despedirme. Hace ya casi quinientos años desde que abandoné Roma. He regresado al fin. Tuve que hacer una investigación bastante a fondo para enterarme dónde te habían enterrado. Me alegra haberte encontrado, pero a la vez me siento triste. Recuerdo aquellos días en los que eras un pequeño niño que jugaba sin una sola preocupación en el mundo. Pero el tiempo siguió su curso. Te convertiste en un hombre de familia. Luego en un anciano. Finalmente, un cadáver. Probablemente ya me olvidaste. Olvidaste aquellas tardes que pasábamos juntos charlando como dos desconocidos buscando conversación. Te conté todo. Todo lo que hice, y escuchaste hasta el final. No es justo. Yo debería estar allí en tu lugar.

  Angel colocó unas flores en la tumba y se marchó en silencio.

  Varios años habían transcurrido desde que Angel regresó a Roma en 1942. Ya era el año 1990. El Vaticano había cambiado. Un arduo trabajo de limpieza en el Sagrado Concilio de la organización logró despojar de sus puestos políticos a los asesinos y criminales que los ocupaban; o al menos, se les dificultaba actuar libremente a los que aún quedaban, que era quizás lo más probable.

  La milicia secreta de la Santa Sede había prosperado; los cazadores de demonios estaban organizados en poderosas élites de 4 miembros. El escuadrón de élite más reconocido era llamado «La Mano de Dios». Angel, Ahriz, Jennifer y el reverendo Rebello eran los integrantes de esta temida escuadra para la exterminación de la plaga infernal.

  Rebello era un integrante relativamente nuevo. Un veterano experto en la exterminación de demonios en toda Italia y en otros países de Europa tales como Inglaterra, Francia y España; se unió a la élite por sus grandes logros a petición del mismo papa.

  Además de ser miembro de la élite más importante, Angel era ahora también el capitán de todas las fuerzas de «SEED» [Santos Encargados del Exterminio de los Demonios]. Esta división secreta del Vaticano se encargaba de reclutar, entrenar y administrar todos los soldados que luchaban en contra de los demonios a nombre de la Santa Sede.

  Esa noche, Angel se alistaba para salir. Jennifer lo invitó a cenar. Tenía que ir bien vestido, al menos así le insistió por teléfono.  A las ocho en punto estuvo en su departamento. Jennifer le recibió con un hermoso vestido rojo y una sonrisa en sus labios.

  —¿Puedo pasar? —preguntó incómodo y con timidez mientras Jennifer aún lo miraba casi hipnotizada.

  —¿Eh? ¡Ah!, claro… ¡Disculpa mis modales! ¡Pasa adelante! —exclamó mientras se hacía a un lado mostrándole la comida ya servida en la mesa—. ¡Ya todo está servido y listo para comer!

  Con mucha cautela, el cazador legendario se acercó a la mesa con un aire de preocupación. Después de todo, Jennifer no era famosa por su arte culinario.

  —Tú… ¿Cocinaste todo sola?, es decir… ¿usaste receta? —decía nervioso mientras inspeccionaba la comida una y otra vez.

  —No necesité receta, pues la preparé con amor.

  —C-claro… —respondió Angel mientras temía lo peor.

  Ambos comieron solos en la oscuridad. Estaba deliciosa. No lo podía creer. Jennifer había aprendido a cocinar; nunca antes había probado un bocado igual en su vida. No dejó ni una pizca de comida.

  Sentados en el sofá luego de la cena, Jennifer aprovechó para poco a poco acurrucarse más cerca de Angel.

  —He sido muy feliz desde que regresaste con nosotros a Roma… —le susurró a Angel en el oído.

  Angel se mantuvo en silencio. Su rostro despareció entre las sombras del lugar.

  —¿Qué te sucede? ¡Has estado muy extraño últimamente!

  —Siento que… he vivido demasiado, Jennifer. Mi espíritu ya no tiene fuerzas.

  Jennifer lo abrazó con fuerza. De repente, se puso de pie frente a él, y desatando el lazo que sujetaba su vestido, lo dejó caer para quedar en su ropa más íntima.

  —¿Q-Qué haces? —tartamudeó nervioso.

  —Quiero… pues… que te quedes conmigo esta noche.

  Se acercó para besarlo, pero Angel la rechazó.

  —¿Qué sucede? —preguntó Jennifer con sorpresa. Pero no respondió. Tomó sus pertenencias y se marchó.

  Manejaba a lo largo de la carretera mientras se odiaba a sí mismo. Amaba a Jennifer. Fue la única razón por la que regresó. Quería estar con ella, pero le ardía. La cicatriz en su espalda le ardía. Dios mismo le enviaba una señal. No quería que estuviera con ella. Había dejado Roma por la misma razón hacía casi quinientos años. Justo cuando creía estar fuera del control de alguien, pero, ¿quién era él para huir de Dios?

  —¡¿Qué es lo que quieres?! —gritaba mientras la cicatriz ardía cada vez más—. ¡¿Qué es lo que quieres de mí?!

  La línea telefónica privada del Vaticano instalada en su vehículo sonó en ese momento. El dolor empezó a cesar mientras el teléfono seguía timbrando. Una vez calmado, contestó. Era Rebello.

  —Tenemos una situación de emergencia y necesitamos tu presencia inmediatamente. Te enviaré las coordenadas desde la base de datos del Vaticano hasta tu ordenador en el vehículo. Ven lo antes posible.

  Las coordenadas indicaban que su destino sería la Mansión Ravenhall, que se encontraba no muy lejos de allí. Al llegar a la entrada de aquél lugar, se detuvo un momento para contemplar. Era una lúgubre residencia, pero majestuosa. Se adentró por el largo patio hasta llegar a la entrada. Golpeó la gran puerta principal con el pestillo en forma de dragón.

  —¿Es usted el especialista del Vaticano? —preguntó un misterioso hombre mostrando sólo sus ojos desde la rejilla de la puerta.

  —Así es —respondió Angel.

  —Pase por aquí por favor.

CONTINUARÁ…

Edwin Peter Barbes

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