TETRAMENTIS / En el Confín del Horror Cósmico – Por Morgan Vicconius Zariah

Bajo la sombra de Cthulhu - Edgar Valerio

I

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  Hacía ya muchos días que yacía desprovisto de cuerpo físico, lo sabía, todo a mi alrededor estaba compuesto de una extraña materia espectral que ejercía en mí un hipnótico magnetismo. Una sincronía de luces y de sombras me había guiado hasta la habitación donde me encontraba. Había viajado tumbado sobre mis espaldas como cayendo en un negro abismo sobre el cual no tenía ningún control, llegando a la deriva hasta el último escondrijo. Y allí estaba, en esa habitación astral, donde había recorrido hasta el aburrimiento de un lado a otro sus angostas facciones. Las cuatro paredes estaban adornadas por estanterías de libros. Durante días había estado buscando, hasta que la encontré, la obra que había anhelado. Después me sumí por largos días en un pequeño y sombrío escritorio a interpretar los hechizos que me aguardaban. Para entonces, sabía que sin mi cuerpo tridimensional ya  el hambre, el sueño y el cansancio no serían obstáculos que detendrían mi empresa. Pero ese largo encierro en el devenir de los días empezó a angustiarme. Empecé a creerme encerrado en la eternidad de un tiempo pasado. En la vetusta habitación de un melancólico escritor de historias fantásticas que allí no estaba; más bien lo que allí habitaba era la soledad de sus libros, la desolación de su erudición. Eso era lo que verdaderamente me angustiaba: el no encontrar un vestigio cómplice de su humana voz. Pues la complicidad interior, la que estaba impresa en sus libros, esa ya la conocía, y era ella la que me había transportado a través del tiempo y el espacio hasta este encierro.

   Sé que algunos querrán saber cómo había llegado hasta allí y cómo pretendo redactar esta historia, pues seguramente los gusanos hicieron ya festín con la carne a la que debía dirigirme. No negaré que sentí miedo al saberme que perdía mi cuerpo con la extraña ruptura de mi cordón de plata, pero luego de unos minutos ya no me importó; al verme consciente de mí mismo en esa realidad post-mortem. Pues fui experimentador de una proyección astral a base de psicotrópicos y mezcla de  místicas drogas con las cuales,  al pasárseme  la mano, seguramente me envenené. El objetivo de mi experimento fue profundizar, ¿pero en qué? En la cara oculta de los libros; en esa oscuridad primigenia que antecede toda creación de los autores, y en específico, la obra de este mago famélico de las letras en cuya habitación buscaba el consejo de sus desvelados textos.

  Cuando empecé mi experiencia astral, murmuré los nombres de algunos Antiguos, y ojeaba el raro Necronomicón, mientras me dormí fijando en mi subconsciente aquel puente energético que me condujo hasta allí a través del vasto abismo. ¡Lo de mi muerte! ¡Sí! Lo he tomado a la ligera, pues para mí, la vida siempre ha sido un sueño, como decía aquel poeta español, Calderón de la Barca. Pero un sueño del que me sentía preso y en el que sólo cuando dormía o imaginaba era realmente libre. Después del leve miedo de saber que no regresaría más, una extraña alegría atravesó mis átomos etéreos. Me di cuenta que no hay nada que temer si después de la muerte uno es consciente de sí mismo. Pensé en muchas cosas, llegaban a mi mente cada uno de los esotéricos pensamientos, como cuantas veces había reencarnado, o si alguna vez tan bien fui parte de aquella oscuridad primigenia y el porqué me atraían tanto las cosas arcanas. Mientras hacía estas maquinaciones, ese mundo astral comenzó a aclarecerme; se me hizo cada vez más familiar; sus vibraciones revivieron en mí antiguas memorias que el polvo de los tiempos ya había borrado. Ahora estaba allí sin limitación corpórea o mundana, era una existencia carente de necesidades biológicas y económicas, alimentado solamente por la providencia eterna de un principio inmortal.

  Duré días divagando por mares de abismos hasta que al fin llegué a puerto fijo, un puerto  donde encontré las maravillas que buscaba. Sé que la soledad de esa habitación y el libro en el que me había sumido todos esos días, tenían las claves para escapar de esa erudita prisión. Vi en él mantrams y grabados que nunca antes había visto. Sentía vida desconocida en cada uno de sus grabados. Tardé días ojeando sus relatos y sus rituales y me había dado cuenta que este libro no era de la invención del escritor cuya habitación usurpé, si no la fuente astral de donde éste bebió. El libro estaba encuadernado en cuero negro de apariencia antigua, un estereotipo vivo de lo arcano. Sus hojas eran de una tonalidad amarillenta y estaban como roídas por alguna polilla espiritual con viva sed de conocimientos. Era un libro de gran volumen y de vastos temas. Parecido a un grimorio, pero lleno de relatos y ficciones raras, con un gran baño mitológico de dioses olvidados. ¡Sí! Era muy miscelánea la oscuridad que allí habitaba. Parecía uno de esos peculiares libros medievales; pero las sombras que  yacían sobre él eran más antiguas aún. Lo que en él se intuía podía inducir al vértigo, era una maravilla que espantaba. Pronunciar en voz alta algunos de sus hechizos, podía provocar que se abriera una ventana sabe Dios a qué caos.

  Mientras leía y reflexionaba iba escribiendo también esta historia. Sobre el escritorio estaba la vieja máquina de escribir.  A pesar de los años, la tinta seguía intacta en ese plano y quedaba sobre la mesa suficiente papel. Ese soñador era incansable, ¿acaso pensaba emitir mucho más vértigo? ¿O quería gastar de un total soplido la realidad que lo hastiaba hasta consumirse en su fantasía? No lo sabía, lo que podía sentir de alguna manera era que dejó mundos inconclusos, fantasías irrealizadas, realidades que si las hubiese consumado, aquel camino estaría claro. Al parecer esa oscuridad creadora que lo excitaba también se lo llevó a destiempo para preservarlo en el secreto mismo.  Y yo tuve la osadía de escribir en su máquina mientras entré en contacto con mi amigo, que era poseedor de facultades mediúmnicas. Sentí que había estado esperando por un largo tiempo mi transmisión; había intentado entrar en contacto sin éxito con mi realidad. Tal vez cuando enviara mis efluvios se enlazarían nuestros pensamientos y su mano escribiría la misma historia como la estaba pensando. Pues la técnica que él utilizaba era la escritura canalizada. Nuestra afición por la escritura haría el mensaje claro. Sabía que muchos escritores de fantasía eran médiums que canalizaban voces de otros espacios y tiempos; instrumentos de musas siderales que ululaban más allá de la realidad buscando un cuerpo donde expresarse.

  Ese también  era caso de aquél mago de las letras H. P. Lovecraft. Más bien era el médium que con el devenir de los tiempos sirvió de herramienta a terribles dioses olvidados; dioses que habitaban en lo lejano del caos y fueron favorecidos por la oscura hiperestesia del escritor: que según tengo entendido parecía no darse cuenta de aquella realidad oculta que plasmaba. Eso era lo que se decía. Pues las convicciones que tenía de la vida eran más cercanas al materialismo, ¿o solamente era un intento de autoengaño?  ¿De tratar de huir de los abismos que lo acosaban en cada pesadilla?  ¿Intentaba tal vez no creer que fuera de nuestra realidad objetiva existían cosas terribles para las cuales ni la más alta ciencia del mundo tenía explicación? Pues a mí personalmente no me convenció su supuesto materialismo.

  ¡Al fin entré en contacto con mi amigo vivo! Podía sentir que tenía varios días en mi búsqueda. Sentía también un dejo de dolor humano en su energía por mi partida. Pero le hice saber que me sentía bien, que no había nada de ese dolor al desprendimiento. Así que en unos segundos él empezó a redactar la historia tal como yo la he narrado aquí.

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II

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  Usurpando el solitario escritorio de H.P. Lovecraft, dejaba de escribir para ojear el libro. Un sinnúmero de cartas que nunca fueron enviadas me dieron curiosidad de leerlas, pero fui bastante respetuoso y vencí el impulso. En unos segundos volví la vista nuevamente al libro y me quedé absorto en una fantástica ilustración que se mostró a mi vista al correr una página: un sol de apariencia sombría y de estilo medieval —como las ilustraciones astrológicas de los alquimistas— se posaba en la Casa de Leo y casi al vértice de Virgo. En aquella página se intuía algo secreto, como un rumor peligroso de una revelación. De aquel sol ilustrado se veía emanar una especie de sombra que se proyectaba hacia la tierra. En la imagen del planeta figuraba una inscripción, era una fecha; la fecha del nacimiento de Howard: 20 de agosto de 1890. Y bajo la fecha, el misterioso nombre en el cual posé con curiosidad el desencarnado dedo índice de mi mano derecha. Rocé delicadamente aquel nombre; como acariciando de una manera inconsciente esa tierna y oscura energía que habitaba en él. El nombre era el de Jervas Dudley, aquel niño solitario del que alguna vez había yo leído una historia. Al tacto con aquella ilustración, una energía foránea pareció sutilmente haber pasado dentro de mi voluntad. Sentí esa energía allá en lo más profundo, donde mi vehículo astral terminaba y le daba paso al alma.

  Bullía allí una extrañeza que ya no era mía; un ímpetu ajeno que me afligía. Algo me hizo parar de la silla como si algún misterio aguardara y lo maravilloso no se hizo esperar. Una de las paredes de la habitación desprendió una luz grisácea que borró de inmediato las estanterías de libros que se adherían a ellas. En su lugar apareció una gigantesca hendidura que expelía un viento frío que aullaba. La tenue luz de la lámpara que iluminaba misteriosamente el recinto ondulaba proyectando mi sombra de un lado a otro. Me paré del asiento dejando caer el oscuro libro, alerta ante los posibles misterios. Ese aliento que se agitaba dentro de mí me hizo dirigirme hasta la hendidura, pero ese deseo que me movía no era mío. Estuve rápidamente en estado de semiinconsciencia, como si otra voluntad anulara la mía. Y me dirigí a la pared que vomitaba aullidos con cada soplido del viento frío.

  Aquella hendidura me pareció cavernosa en sus adentros. Una neblina luminosa empezó a recorrer toda la cueva; la luz que revestía las paredes del interior era solamente una de las formas que suele tomar la luz astral de los sueños. En toda esa niebla de alguna manera viajaba encerrada la luz mágica de alguna imaginación. Esa luz colmó delicadamente al salir de la hendidura toda la habitación con un gris un poco fosforescente, pero el viento frío continuaba ladrando, escupiendo susurros de tiempos olvidados hacía ya muchas épocas. Yo temía, pero también la voluntad que me poseía parcialmente. A pesar de que ese aliento llevaba consigo un extraño designio, algo innato que era casi suicida: pues aunque temía, el deseo de arrojarme hacia lo desconocido me roía   desesperadamente con un deseo de unirme a cosas que no son de este mundo; con un impulso de lanzarme al vértigo y a la caída inminente y dormir para siempre en un sueño cósmico.

  La luz pronto empezó a rodearme y a llenarme lentamente de un melancólico sosiego. Había ya perdido el interés por aquel libro causante del conjuro que había despertado esta manifestación. Sin dudas, ese libro nació antes que el escritor, la oscuridad de sus creaciones estaban marcadas allí como una realidad cierta. Quien sabe qué demonio planetario trajo consigo este destello ingenioso de magia negra. Aquella sombra que se posó sobre el joven escritor era ciertamente erudita, sabedora de alquímicos y celestes secretos. Claro que la erudición del hombre escritor la aprendió en el trayecto de su vida. Pero quien manipuló los encuentros con sus libros fue su avatar: eso que se esconde en las regiones más remotas del alma y se expresa a través de la conciencia, y hace acontecer coincidencias extrañas en el transcurso de la vida y maneja la realidad física sin alterarla. Pues de alguna manera, esa parte de él ya conocía de antemano todo aquello con lo que en el transcurso de su vida se encontró.

  Volviendo a lo que me compete, he dicho que una extraña calma se había apoderado de mí, mientras la niebla me envolvía. Sentí deseos de penetrar la hendidura, de dejar el encierro donde había agotado días de reclusión. Por fin di el primer paso y atravesé lo que otrora fue una pared; caminé dentro de su vientre cavernoso que conducía a un centro espacioso y  abovedado. La niebla parecía alfombrar las estelas de mis pasos y el viento frío me guió como un sonámbulo con su susurro hasta una especie de centro donde se erigía una cripta sobre una cuesta. La  luz grisácea cambió el paisaje como un efecto alucinatorio. Lo que era como cavernoso y espacioso, tomó la leve forma de un paisaje natural, como de una cuesta a cielo abierto; pero compenetrada también por la imagen de la caverna espaciosa: dos imágenes fantasmas que contrastaban una con la otra.

  La cripta era de antiguo granito, lo que me hizo pensar en el cuento La tumba. Además, lo que me impulsaba en mi interior, parecía tener una clara determinación de querer cruzar los umbrales de aquella cripta. Esa fuerza que ardía lejanamente en mí era el deseo del soñador, Jervas Dudley. Ese impulso que despreciaba toda realidad física posible y buscaba perderse en la fantasía o en el descanso eterno de la muerte, que para él era el más largo de los sueños. Yo me dejé guiar por esta fuerza fáustica que sabía tenía un solo motor: cruzar a toda costa las barreras donde reinaba una verdadera fantasía. Por lo demás, no me quedaba otra salida. De un modo u otro estaba atrapado en la claustrofobia Lovecraftiana. En esa parte de su Ser donde tal vez guardaba sus represiones  y complejos imaginados, creando una atmósfera asfixiante: la habitación.

  Atravesé la neblina y llegué hasta la puerta de la cripta, y vi sus goznes oxidados, y con la posesión propia de esa inspiración que me impulsaba, abrí la puerta con la mágica llave de este fantástico delirio y penetré en su interior; poseído por esa fuerza que ya no era yo, sino más bien la representación felina de la curiosidad y la elevación. La luz que iluminaba todo el paraje era la amarillenta luz de la lámpara que extendía su fulgor desde la habitación hasta ese sitio, entremezclándose dulcemente con la luz gris del plano astral que se empeñaba en hacer un doble juego alucinatorio. Las cadenas de la puerta se descorrieron ante mi presencia —o aquella que habitaba en mi interior— y se desplomaron. La puerta se abrió luego de un suave forcejeo y accedí a su extraña lobreguez, donde tal vez se auguraban cosas maravillosas o espantosas. Bajé con excitación los viejos peldaños hasta que me perdí en una fría oscuridad. La atravesé y arribé a las losas sobre las cuales descansaban los ataúdes. ¡Ataúdes! Sentí un raro deseo de que mi cuerpo físico hubiese sido enterrado allí; donde de repente me sentí familiarizado con ese olor rancio y polvoriento y regocijado entre la humedad.

  Ya no sentía miedo. Además, sabía que todas esas manifestaciones eran  propias del lado astral del mundo, del que sabía que no iba a regresar [al menos durante unos cuantos eones]. Proseguí hasta el féretro al cual sabía que el ímpetu me llevaría. Al igual que en el cuento, trepé las losas y me acomodé en el ataúd: aquel que llevaba sobre su placa el desgastado nombre de Jervas; y ese fue el final de la claustrofobia y del limitado mundo. Fue una sensación como de penetrar a otra dimensión, pero interior. Fue como una trasformación de la crisálida en la mariposa que duerme la ilusión de la muerte y despierta con alas, como en un sueño. ¡Jervas había muerto! ¡Kuranes había nacido! Murió la humanidad y renació la imaginación que aguardó hasta la madurez. Yo estaba metido dentro de ese renacer o tal vez el renacer bañó con su bautismo mis adentros.

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III

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  A mí alrededor ya no existían ni la caverna ni la habitación, sólo un azulino valle y una ciudad que se alzaba majestuosa sobre un horizonte de ensueños, desafiante por haber vencido la hostilidad de la realidad material. El pico nevado de Ooth Nargai parecía atravesar el límpido azul del cielo y un mar se extendía en el horizonte juntándose en la lejanía con las alturas. De esa lejanía provenían las galeras coloridas que desde otras tierras misteriosas acarreaban sabe Dios que secretos. Me quedé absorto en estas visiones como esperando en un asomó de viva casualidad, que hubiese pasado la Nave Blanca del sur y al igual que a Basil  Elton —aunque  era de día— la luna pudiese tejerme un puente sobre las aguas para abordar el enigmático hombre barbado y vivir una eternidad en la ciudad de Sona-Nyl, o visitar la isla de Zar para contemplar nuevamente mis antiguos sueños.

  Fue grato contemplar la ciudad de Celefais con mis propios ojos. Un aire diamantino coronaba su esplendor y flotando pude ver el confín de la ciudad. Pasee detenidamente por los templos mencionados en el cuento. La materia que había construido estás tierras era de  la misma esencia de los sueños más dulces; tenía un aire como de infancia, como si hubiese vuelto a ese estado del Ser donde el «hacer» no existía y no tenía ningún valor. Una tierra que hacía olvidar todo dolor pasado. Visité una y otra campiña con ese fulgor que se agitaba dentro de mí, que más bien era el fulgor de Jervas convertido ahora en su estado más evolutivo: Kuranes. Sentía una cómplice familiaridad con todo lo que me rodeaba. Por fin, después de tantos días de encierro y angustia podía desentumecer la luz astral de mi mirada, con el desbordante manantial de sueños que se enarbolaban ante mí. Esa sensación me acordó un verso de Antonio Machado: «Yo amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón». Me acordé ligeramente de aquellas líneas —que aparentemente nada tenían que ver con el mundo imaginado por el escritor de Providence— pero que evocaban la misma sensación de libertad y ensoñación. Además, la inspiración de los poetas bebe siempre de fuentes universales parecidas.

  Me iba acordando de todo esto mientras  caminaba con una sensación aún más familiar; cuando por fin apareció ante mí ese deseo de volver a la casa de infancia que yo también compartí. El edificio de piedra cubierta de hiedra estaba ante mis ojos. Deambulé sin tiempo sus aposentos; floté sobre el  parque y sus terrazas. Así pasé los días posteriores vagando como un verdadero soñador. Un día sentí de repente un susurro en mis oídos que decía: no te olvides de tu misión. Era la voz de mi amigo que cruzaba desde el espacio físico hasta mí. Esta voz descongeló mi voluntad y determinación que dormían en mi interior mecidas por aquel hechizo que había penetrado en mí. Aquel trance hipnótico se disolvió hasta hacer latir mi propia personalidad. El ímpetu que había en mí permaneció, pero dejándome moverme a mi voluntad. La misión era rastrear la estela de Lovecraft en la eternidad, y tratar con su posible vestigio más allá de los tiempos; pero lo que se extendía en el paisaje eran sus sueños, toda esa realidad era el esplendor de sus visiones. ¿O quién sabe si esta ciudad y las otras que se ensanchaban  más allá, ya estuvieron antes que él; a las cuales fue atraído; aquí, donde tal vez una vez haya pertenecido?

  Mi intuición me señalaba la ciudad prohibida donde reinaba el solitario sacerdote con la amarilla máscara de seda. Un oscuro augurio me hizo buscarlo allí. Fui y busqué el ya de alguna forma conocido Athib, que parecía verme como si fuera su conocido Kuranes, del cual llevaba dentro su esplendor. Fuimos hasta las costas y embarcamos una galera dorada. Pronto los barqueros batieron sin cesar  los remos que nos adentrarían en lo profundo de un océano añil de ensueños, que parecía un azul y sagrado velo que cubría el rostro de alguna celestial sacerdotisa. Una sacerdotisa meditabunda y lejana; demasiado profunda para ser penetrada por nuestros pequeños pensamientos y designios. Al cabo de unas horas le había dicho a Athib que tenía deseos de adéntrame hacia las tierras del norte, y hollar las siniestras ciudades  donde se alzaba Kadath. En su rostro se dibujó una terrible expresión de terror que me hizo temer por unos segundos, pero mi osadía ya no tenía vida que perder y lo hice seguir adelante, pues de alguna forma, él estaba diseñado para cumplir la voluntad de Kuranes. Duramos varios días remando hacia aquellos mares del norte, donde pronto la nieve hizo acto de presencia en unos de los picos que sobresalían de las aguas. «¡Allí está la terrible Meseta de Leng!» —exclamó atemorizado Athib—. «¡La espantosa meseta donde siniestros  fuegos arden! ¡Que extraña locura se ha ceñido sobre ti! Nos precipitáremos a la destrucción segura».

  Esas fueron sus palabras, pero lo persuadí para que embarcara en las costas y me dejara seguir mi camino en solitario. Lo despedí y anduve sin temor  las costas del frió yermo. Mientras me iba adentrando en Leng, revivieron en mí sensaciones ocultas, sueños mágicos, pasiones que por  tantos años me habían desvelado. Recordé nuevamente el motivo de mi investigación. Me sentí de nuevo como aquel atrevido practicante de formulas mágicas, que daría hasta su vida por una revelación. Y allí estaba, andando los desolados caminos de una tierra maldita, buscando escalar hacía la cima de la montaña, donde un antiguo palacio de ónice estaba habitado por un dios eremita y misántropo. Sentí nuevamente una satisfacción espelúznate, más espelúznate que la pérdida de un insignificante cuerpo físico. Las horas habían pasado y mi contacto con los Shantaks de Leng no se hizo esperar. Susurraron blasfemias mientras volaban sombríos sobre mi presencia, tratando de desviarme del camino ascendente que yo había tomado. Pero me permití hacer algo típico de los niños miedosos, de esos de los que también fui, que imaginaban monstruos en el armario y bajo el colchón. Use la vieja técnica de ignorar su realidad hasta que desaparecieran, y al cabo de unos segundos ya todos habían caído presa de este hechizo de indiferencia, haciéndoseme nuevamente claro el camino por donde ascendía.

  Pasaron dos días hasta que por fin llegué al centro de Leng. Vi sus fuegos tenebrosos arder fuera del tiempo y el espacio. Las estrellas que alumbraban el cielo parecían desconocidas o de otros tiempos y horrores. La bóveda de los cielos estaba extrañamente muy cerca de la ciudad, o la ciudad muy elevada a los abismos exteriores. Ni en la antigua Babilonia o Egipto, ni los magos caldeos o pitonisas griegas o romanas, vieron nunca un paisaje así. Que no hubiera dado el gran Agripa o el ilustre Paracelso por pisar una ciudad de verdadero misterio. Me encaminé con extrema osadía a través de su soledad, una soledad poblada —si vale la contradicción— de rumores ancestrales y peligrosos delirios que engañaban detrás de sus murallas. Se sentía una presencia distante en los cielos como de dioses que asechaban mi andar, y burlaban mi sigilo. Arribé con valor hasta la puerta del monasterio antiquísimo y pensé en enfrentar al ermitaño sacerdote. Aquí, con un lúgubre rumor, la puerta fue abierta antes de que yo la tocara. El interior de aquel santuario estaba bañado por una tenue oscuridad que solamente era interrumpida por la opaca luz de las velas de un gran altar; luz que hacia demasiado lúgubre su atmósfera. Pensaba que tal vez el mismo Lovecraft viviría personificado o identificado con este misterioso y solitario personaje. Pues vivía en la ciudad más nietzscheana conocida  en los confines de los sueños. Penetré al interior, mi corazón más bien se inflamó de una alegría macabra y de un ardor mágico. Sentía en mí el aliento de los grandes magos que descubren o evocan sombras de otros tiempos; y aquí estaba yo, siendo un intruso en la imaginación ajena, una polilla desafiante queriendo roer la página de un cuento.

  Al fin lo vi venir ataviado con una negra túnica. Era de una altura media, y se movía como si no pisara el suelo, lo vi mirar el dios representado en un cuadro sobre el altar y alumbrado con velas. Parecía estar tranquilo, mi presencia no parecía intimidarlo. Estuvo tratándome al principio con una leve indiferencia, como para hacerme brotar algún sentimiento en específico que le diera ciertas ventajas sobre mí. En sus manos llevaba una especie de incensario, que ondulaba, y el humo se expandía por todo el santuario, dentro del cual parecía moverse como si poseyera un hechizo para expandirse a través del humo. El dios que era adorado allí parecía ser Yog-Sothoth. Un cúmulo de burbujas fosforescentes era lo que lo representaba, y sobre el altar pude también advertir una llave con el mismo sello. El sacerdote me miraba a través de esa máscara amarilla y puede ver que me estudiaba, yo estuve inmóvil viéndolo de igual manera. Para mi sorpresa, este hombre habló. Ese hombre que sospeché podría ser una de las partes astrales de Howard; una representación de su superior y oscura imaginación. Me habló en un raro idioma que al igual que los personajes de los cuentos, yo también entendía. Era un idioma real con el que tal vez Lovecraft soñaba; un lenguaje arquetípico que se habló en Lemuria o en la Atlántida. Un dialecto que sobrevivió en su imaginación reencarnada. Me dijo:

  —¡Veo que buscas al maestro! Pero me temo que no podrás verlo. Hace ya mucho tiempo que duerme y no quiere ser despertado. Él no es ni hoy, ni ayer, ni mañana. El tiempo donde habita no se conoce. Sólo a través de la gracia de  Yog-Sothoth se pueden ver los espacios y las dimensiones y burlar el tiempo. Nadie puede pasar a través de la puerta. Solamente este sacerdote que le sirve puede; aquel otro que lo haga seguramente no regresará.

  —Yo estoy aquí para encontrar la puerta y no me iré hasta lograrlo —dije con un osado tono desafiante.

  —¿Acaso pretendes enfrentarte con el sacerdote de los dioses de Leng?  —me decía con psicótica malicia, que hacia oscurecer el ahumado y sacro recinto.

  Mientras todavía retumbaba el eco de aquellas palabras en el santuario, un impulsó me hizo dirigirme corriendo hacia el altar del dios que habita más allá de la oscuridad del vacío exterior, y robar la llave rúnica que reposaba sobre él. La tomé y la apreté violentamente entre mis manos. Pero los ataques del terrible sacerdote no tardaron. Un viento bramó entre el humo, y la magia del sacerdote viajó sobre él golpeándome de una manera eléctrica, absorbiendo mi energía astral. En el forcejeo, las velas que coronaban en altar cayeron al suelo, vertiendo cera y fuego sobre las alfombras, que rápidamente se extendieron hasta las cortinas escarlatas; después hasta el mismo cuadro que representaba a Yog-Sothoth. Y en unos segundos, ya cuando había logrado escapar del sacerdote, el interior del santuario ardió en llamas. Yo corrí rápidamente hasta la salida, mientras veía desaparecer en los humos con un hechizo, al ermitaño sacerdote de Leng. Conservé la llave que la sabía portadora del último secreto.

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IV

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  Subí sin mirar atrás la montaña que se alzaba desde el centro de Leng, ambicionando entrar a la fortaleza de Kadath. Ya sabía que aquí se podría encontrar, en las más altas montañas del mundo, el genio oscuro de Lovecraft, su avatar divinizado o demonificado. Tal vez el sacerdote ermitaño, que escondía su cara tras una máscara amarilla de seda, fuera la vivificación de su humana plenitud; pero aquello que habitaba arriba en las montañas, era el clímax más alto de su genialidad. Cabe decir que estos pasajes evocaban en mí algo familiar, un eco pesadillezco que antaño me arrastraba a costas de tierras terribles, donde los mares eran oscuridad y la tierra y los cielos eran precipicios insondables. En cualquier dirección esperaba la caída y luego solía despertar. ¡Pero tenía una extraña impresión! Como un augurio no muy bueno, o, ¿era tal vez mi imaginación? Pues la antorcha que me empezó a mover fue la de Dudley, unos de los alter-egos del escritor. Y entiendo que el personaje favorito para evitar la fatalidad de sus creaciones fue Randolph Carter, que logró eludir la locura y la muerte varias veces. Pero su luz no estuvo reservada para mí en el libro de los designios que tuve en mis manos antes de empezar las aventuras.

  Pero, ¿por qué temer cuando me sabía desprovisto de vida física? ¿Qué cosa peor que la muerte me podría ocurrir? Estas preguntas que me formulé a mí mismo, volvieron a despejar los vientos de mi interior y a devolverme mi mágica calma. Aunque sabía que estaba en un plano astral andando sobre la imaginación cristalizada de un mago erudito, no podía usar a mi voluntad la facultad de pasar volando las ciudades; sólo en Celefais tuve esa cualidad, pues la fuerza de Kuranes es la que se había mutado en mi interior. Ese impulso soñador que por el afán de darle la espalda a la realidad física puede llegar a ser suicida. Kuranes reinó en los sueños sin tampoco importarle la descomposición de su vehículo físico en medio de las aguas que chocaban su cadáver contra los acantilados.

  Tardé tres días para llegar a la cima donde las negras nubes cubrían el pico. Atravesé toda aquella negrura hasta llegar a las murallas. Llamé con osadía a una gran puerta, la altura me hacia ver insignificante ante tan espantoso esplendor. Al mirar hacia arriba, las gigantescas murallas parecían tocar los bordes mismos de los astros. Unos bramidos espantosos y una brisa espelúznate se oía y parecía bajar del exterior del cielo. Hastur estaba despierto en esta noche de mi llegada. Brillaba la luna, menguante, amenazante y cornuda con el rumor de dos navajas afiladas. Parece que algún hechizo la había evocado, el conjuro provenía de la fortaleza, el rumor avisado del sacerdote,  el cual quizás habitaba ahora en el palacio de ónice. Cuando mostré la llave ante la gigantesca puerta, un murmullo atronador escapó de las milenarias bisagras y la puerta se abrió estrepitosamente ante la señal rúnica de la llave.  La brisa que recorría la corona del pico de Kadath estaba acondicionada exclusivamente a los dioses, el frío que allí reinaba era de una reacia dureza. El cielo se notaba amenazante. La atmósfera estaba tan cerca de este reino, que la infinita gigantez de las estrellas y los planetas me hacían sentir una extrañeza o delirio que parecía conducir al vomito; hacía pensar en abismos y todos los cuerpos celestes se veían insuflados de una silenciosa vida, una vida diseñada para mirar y reírse de nuestra aparente insignificancia y su cínico afán. Esa complicidad era tan solo compartida con los dioses, los hombres nunca disfrutarían de esta camaradería, de ese dejo de aristocracia más allá de todo tiempo. Por fin había llegado  a los portales de la fortaleza de ónice, Kadath, donde seguramente moraba el demiurgo lovecraftiano.

  Pero no estaba solo allí en cuanto a humana presencia. El sacerdote de Leng también había ascendido con algún hechizo. Se negaba a dejarme pasar a la fortaleza de ónice e intentó quitarme la llave. Unos estruendos parecieron descender del cielo, se oyó el sonido misterioso de una flauta y una presencia grandísima  que se extendió en el portal de la noche eterna. ¡Oh! La terrible presencia de Yog-Sothoth estaba allí. A través de él podían pasar los otros dioses. Azathoth tocó la flauta desde la lejanía. En mi pecho sentía un miedo que se acrecentaba, debía pasar y consultar al demiurgo de Kadath  antes de que fuera demasiado tarde para mí. Alguna vez pensé que estos dioses eran el producto de la imaginación de un escritor, pero supe que en verdad era aterradora la realidad de su existencia. En los primeros minutos que precedieron a aquella visión,  me batí en duelo con el sacerdote que se ocultaba tras la máscara de seda. Arranqué de su cara la máscara, con lo cual lo detuve, pues desprovisto de ésta, intentó cubrirse la cara con sus manos; ocultando un largo mentón que lo avergonzaba.

  Aproveché y crucé las puertas hábilmente al mostrar la llave. Penetré en el castillo de ónice donde me sentí protegido por un momento de la amenaza que venía del cielo, en manos de dioses misántropos e incomprensivos. Los pasillos del castillo estaban iluminados por luces de antorchas. Al adentrarme en ellos, sentía como que me iba alejando; sumergiéndome sin querer en un peculiar abismo interior. Luego llegué corriendo a una especie de cúpula donde ascendí por una escalera en espiral de piedra hasta el pórtico de una habitación cerrada que llevaba el sello de Yog-Sothoth. Pero detrás de mí también venía ascendiendo el sacerdote, del cual yo tenía la máscara; su sotana parecía hacerlo una sombra. Subía gritando unos extraños rituales mientras intentaba ocultar su cara ante mi vista. Se iba trasformando en una humareda sombría que atravesó el portal sin abrirlo. El portal donde habita el Desconocido: mi ambición, mis insomnios. He ahí la puerta que tanto había buscado y de una vez por todas poseía la llave. El avatar de Lovecraft habitaba allí, el Desconocido de Kadath. ¡No soporté el arranque que me excitaba! ¡Fue suicida! ¡Así que me arrojé hasta al objeto de mi deseo! Sé que los dioses estaban bramando por mi profanación del espacio inviolable. Al fin lo sabría todo y no como el necio de Barzai que al final terminó devorado por el vacío exterior.

  Mostré el sello de Yog-Sothoth y corrí la llave en la cerradura, la puerta se abrió sin ningún afán ocultista, y me sumergí dentro del portal de Yog-Sothoth.  Descendí en la oscuridad sobre una especie de escalera en espiral pedregosa, al mirar a los lados, a lo que debían ser las paredes, tomó forma un negro espacio estrellado. Todo adoptó el aspecto de un vacío exterior, pero las escaleras que pisaba seguían allí, hasta que descendí a un piso circular en cuyo centro se levantaba un trono. Alrededor del trono altas antorchas se confundían con el fuego de ancestrales soles que bailaban sobre la cabeza de una sombra alargada con aspecto humano. Esta yacía sentada en el trono. Descansé mis pies sobre aquélla plataforma circular. Todo lo que antes  fue parte de la fortaleza había desaparecido. Sólo quedaba la plataforma circular en cuyo centro estaba el trono; el universo parecía girar sobre el centro mismo del trono. Aquella figura taciturna no decía nada, pero sabía que era el avatar al cual había venido a buscar, mas no se inquietó y permaneció dominando sobrenaturalmente los universos, jugueteando con el caos que reptaba allá afuera. Y después de unos minutos se paró del trono, su cuerpo se extendió en proporciones infinitas proyectándose por todo el vacío, y  fue tomando cuerpo de cada una de las estrellas. Mientras preparaba en el vacío alguna intención siniestra, pude leer la inscripción del espaldar del trono que oraba así en ingles: «That is not dead which can eternal lie, yet with strange aeons even death may die».

  Después, una extraña congoja empezó a poseerme, la intención  del avatar no me eran claras. Un presagio malvado se formó en mi mente y sentí que aquel que yacía eternamente soñando no debió ser molestado. Le grité hacía los abismos todos mis elogios. Después vi agitarse un extraño caos y el sonido de la flauta de Azathoth fue escuchado nuevamente por mí. El viento de Hastur sopló con estrépito. De algún lugar del norte cósmico se escuchaban llegar las legiones de Shub-Nigurath; y los funestos tentáculos del Gran Cthulhu parecieron emerger de R’lyeh. El universo se volvió extrañamente hostil para mí,  y parecía querer devorar a este aprendiz de mago descarnado que había osado cruzar las fronteras de una reacia imaginación. Iba a ser devorado por profanador, y mientras gritaba: «¡Lovecraft!», con ánimo de agradarle, la voz que había tomado parte de todo el cosmos me respondió con un rasgado toque gutural: «I was Lovecraft, I was providence». Y yo, al igual que Barzai, caí hacia el cielo.

 FIN

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