H. P. Lovecraft y el Mito del Siglo XX – Dios y AntiDios / Por Joseph Morales

   Considera, si así lo deseas, el Dios del Génesis:

  «En el principio, Dios creó los cielos y la tierra. Y la tierra no tenía forma, y estaba vacía; y la oscuridad yacía sobre el rostro del abismo. Y el espíritu de Dios se movía sobre las aguas. Y Dios dijo, que se haga la luz; y la luz se manifestó. Y Dios vio que la luz era buena; y Dios separó la luz de las tinieblas.»

  En los tiempos de nuestros antepasados el Universo era un lugar relativamente pequeño, y la Tierra, el punto central alrededor del cual todos los demás cuerpos celestes giraban. En la tierra, el hombre reinaba sobre todas las formas vivientes. En el cielo, un dios mucho más vasto gobernaba, pero incluso él hizo de la humanidad el centro de su atención, prometiendo vida eterna a aquellos que obedecieran sus mandamientos. Para muchos, ese es aún el universo en el cual vivimos [con la excepción de que la tierra es considerada ser el centro de interés o importancia más que como una ubicación física]. Pero mucho antes del comienzo de este siglo, el progreso científico había socavado seriamente las raíces de esta fe. La Astronomía y la Física habían corroborado el gran valor predictivo del modelo de Kepler, el cual colocaba el sol en el centro del Sistema Solar con los planetas moviéndose en órbitas elípticas. El sol mismo había sido relegado al estatus de una estrella promedio entre una infinitud inimaginable, todas separadas por inmensas extensiones de espacio frío y vacío. La Geología había demostrado que la tierra era un todo ordenado mucho más antigua de lo que la biblia podía calcular. La Paleontología había demostrado la existencia de una larga serie de especies que aparecieron a intervalos, más que una única creación como lo planteaba el Génesis. Adam Smith había propuesto que las economías podían regularse ellas mismas a través de la fuerza de la oferta y la demanda, permitiendo de esa manera que el orden surgiera sin que tuviera que ser impuesto desde arriba por alguna autoridad central. Darwin había aplicado pensamientos similares para explicar el origen de las especies como un asunto de mutación y selección natural y no de una predeterminación consciente. La Medicina había sustituido desde hacía mucho tiempo a la oración como cura efectiva de las enfermedades; y las neurociencias, aún en su infancia, ya estaban mostrando como las facultades que tradicionalmente se adscribían al espíritu de hecho dependían del funcionamiento exacto de regiones particulares de ese pulposo órgano grisáceo llamado cerebro.

  Por supuesto, nada de esto excluía la posibilidad de un Ser divino creador del mundo que tomara un interés especial en nuestros asuntos. Pero tal Ser, en caso de que existiera, se volvió necesariamente mucho más inescrutable de lo que era anteriormente; pues si la humanidad jugaba un papel central en sus planes, no podíamos comprender el porqué él creó tanto espacio vacío a nuestro alrededor, y tantos otros soles similares al nuestro. Y si él controlaba el origen de la vida y la humanidad era su meta, es difícil comprender el porqué extendió el proceso a través de tantos billones de años. Muchos podrían encogerse de hombros ante estas consideraciones, desechándolas como fruto de nuestra limitada capacidad de comprensión, la cual es inherentemente incapaz de abarcar totalmente las maneras y medios del Creador. Pero para alguien con una educación científica e inclinación racionalista, como H. P. Lovecraft seguramente era, la conclusión era obvia:

  «El modelo de energía del presente cosmos, incluyendo lo que conocemos como materia, es de un contorno y naturaleza absolutamente imposible de asimilar por el cerebro humano; y mientras más aprendemos sobre él, más percibimos esta verdad. Todo lo que podemos decir de él, es que no contiene un principio central visible como el cerebro físico de los mamíferos terrestres al que podemos razonablemente atribuirle el fenómeno biológico y puramente terrestre llamado propósito consciente; y que nosotros formamos —incluso permitiendo los más radicales postulados de la relatividad— una parte tan insignificante y temporal de él… que toda noción de relaciones especiales y nombres y destinos expresados en la conducta humana deben de ser necesariamente vestigios de mitos». [Carta de H. P. Lovecraft a Frank Belknap Long, 20 de febrero de 1929: citado en «H. P. Lovecraft: A Life» por S. T. Joshi].

  Pero comprender es notoriamente diferente a sentir, y Lovecraft era en última instancia un artista más que un científico, a pesar de sus ambiciones iniciales de ser un astrónomo. El resultado fue un mito de su propiedad, cuya característica está ejemplificada en su descripción de Azathoth:

  «Esa última y amorfa plaga de la más baja confusión, esa blasfemia burbujeante en el centro del infinito, el demonio sultán sin límites, Azathoth, cuyo nombre no hay labios que se atrevan a pronunciarlo en voz alta, que roe hambrientamente en inconcebibles y oscuros recintos más allá del tiempo entre las sordas y enloquecedoras percusiones de malignos tambores y el fino y monótono quejido de flautas malditas; a cuyos detestables golpeteos y chillidos danzan lenta, torpe y absurdamente los últimos dioses gigantescos, los Otros Dioses, ciegos, mudos, tenebrosos e idiotas, cuya alma y mensajero es el caos reptante Nyarlathotep». The Dream-Quest of Unknown Kadath»].

  El concepto se describe aún mejor en un soneto de su secuencia «Fungi from Yuggoth»:

XXII. Azathoth

 

«Lejos, hacia el caótico vacío me transportó el demonio,

Más allá de las brillantes aglomeraciones del espacio dimensionado,

Hasta que ni el Tiempo ni la Materia se extendían delante de mí,

Sino sólo el Caos, sin forma o lugar.

Aquí, el vasto Señor de Todo susurró en la oscuridad

Cosas que había soñado pero no podía comprender,

Mientras que cerca de él informes cosas semejantes a murciélagos aleteaban y

se agitaban

En vórtices idiotas que abanicaban corrientes de rayos.

 

Ellos danzaban demencialmente al ritmo del alto y fino chillido

De una agrietada flauta sostenida por una monstruosa garra,

De donde fluían las incesantes ondas cuyas azarosas combinaciones

Le imponen a cada frágil cosmos su ley eterna.

«Soy su Mensajero», dijo el demonio,

Y con desdén golpeó la cabeza de su Señor.»

 –

  Si bien expresado en una vaga forma teística, con un nombre personal y títulos como «el demonio sultán» y «Señor de Todo», Azathoth es una especie de anti-dios. Eso no quiere decir que tenga que se un demonio. Más bien, él es concebido como un idiota, cuyas caóticas notas con la flauta conciben accidentalmente universos enteros. La descripción de Lovecraft de Azathoth se vale de nuestra imagen infantil de un Dios a cargo de todas las cosas, pero luego revierte esa imagen invistiéndola con un atributo más esencial desde punto de vista mecanicista y materialista: una carencia total de propósito consciente. Es por supuesto bien conocido que Lovecraft creó una mitología artificial como trasfondo para sus historias, y sus tramas a menudo giran alrededor de cultos religiosos como «La Secta de la Sabiduría Estelar» o «La Orden Esotérica de Dagón». August Derleth captó este aspecto del trabajo de Lovecraft cuando acuñó el atmosférico nombre de los Mitos de Cthulhu. Derleth emprendió la tarea de aplicar este nombre al cuerpo de historias más que a su sabiduría de fondo. Pero yo me identifico con el uso de Derleth porque predice mi tesis, que es la de que las historias de Lovecraft poseen en verdad un valor religioso para el lector moderno. Para explicar lo que quiero decir con esto, debo primero desviarme un poco y discutir la naturaleza y funcionamiento del mito.

  • La Mente Primitiva

 –

  En su famoso ensayo «El Horror Sobrenatural en la Literatura», Lovecraft tenía esto que decir acerca del continuo atractivo del cuento sobrenatural:

  «…todas las condiciones del salvaje albor de la vida condujeron tan poderosamente hacia un sentimiento de lo sobrenatural, que no debemos maravillarnos ante la totalidad en el que la misma esencia hereditaria del hombre ha sido saturada de religión y superstición. Esa saturación debe ser, como hecho puramente científico, considerada como virtualmente permanente en cuanto a la mente subconsciente y los instintos se refiere; pues si bien el área de lo desconocido ha sido constantemente negada por miles de años, una infinita reserva de misterios aún envuelve la mayor parte del cosmos exterior, mientras que un vasto residuo de poderosas asociaciones heredadas se adhieren alrededor de todos los objetos y procesos que una vez fueron misteriosos, sin importar cuan bien ellos puedan ser explicados ahora. Y aún más que esto, existe una verdadera fijación a nivel fisiológico de los viejos instintos en nuestro tejido nervioso, que lo pondrían en marcha incluso si la mente consciente fuera drenada de todas las fuentes de lo maravilloso.»

 

  Compárese esto con la explicación de Joseph Campbell acerca de la continua importancia del mito en general:

  «Los símbolos mitológicos tocan centros sensibles de la vida ubicados más allá del alcance del vocabulario de la razón y la coerción. Los aspectos diurnos de la experiencia y el pensamiento en el mundo fueron desarrollados muy tarde en la prehistoria biológica de nuestra especie… La apertura de los ojos ocurrió luego de que el primer principio de todo ser orgánico —”ahora yo te como a ti; ahora tú me comes a mí”— había sido puesto en marcha a través de tantos cientos de millones de siglos que no podía deshacerse entonces, ni lo puede ser ahora, si bien nuestros ojos y los que ellos perciben nos intenten convencer de que nos arrepintamos del monstruoso juego». [Mitología Creativa].

  Campbell y Lovecraft pueden ser vistos como extraños colegas. En temperamento ellos eran seguramente opuestos, con el humanismo complaciente de Campbell y su reverencia por los aspectos conmovedores del pensamiento humano constituyendo un fuerte contraste con la inclinación escéptica de Lovecraft y su  pesimismo acerca de la naturaleza humana. No obstante, las diferencias no son tan grandes como se podría suponer. Campbell, desde las humanidades, era un firme creyente en el método científico y en la necesidad de aceptar los descubrimientos científicos e incorporarlos dentro de nuestro punto de vista. Y la fascinación de Lovecraft con la mitología se extendió hasta la  misma práctica del culto pagano en su infancia; si bien ya de adulto leyó clásicos de mitología comparada tal como «La Rama Dorada» de Frazer. Y hablando de Frazer, Campbell tiene lo siguiente que decir sobre su trabajo:

  «Cuando leemos el gran y justamente celebrado trabajo de Sir James G. Frazer, cuya primera edición apareció en 1890, lidiamos con un autor típico del siglo XIX, cuya creencia era que la superstición de la mitología sería finalmente refutada por la ciencia y dejada definitivamente atrás. El vio la base del mito en la magia, y de la magia en la psicología. Sin embargo, su psicología, siendo esencialmente de tipo racional, fue un intento insuficiente para los impulsos de nuestra naturaleza irracional, arraigados más profundamente, pues él asumía que cuando se demostrara que una costumbre o creencia fuera irracional, desaparecería. Y cuan errado él estaba puede ser demostrado simplemente observando a cualquier profesor de filosofía mientras juega a los bolos: obsérvese como se tuerce y se gira luego de que la bola abandona su mano, con el fin de que impacte los bolos parados». Joseph Campbell, Impacto de la Ciencia en el Mito en «Mitos para Vivir».

  Pero, ¿por qué debe el pensamiento mítico y mágico ser tan persistente entre personas modernas y educadas? ¿Estamos lidiando con una facultad que es simplemente un atavismo, algo que una vez fue útil pero que ahora no tiene más utilidad que la de un apéndice? ¿O es posible que estemos tratando con un aspecto esencial y en verdad útil de la cognición humana?

  • Realidad Organizativa

  En el mismo ensayo, Campbell avanza para caracterizar la visión de C. G. Jung sobre la importancia de la mitología:

  «Nuestra conciencia orientada hacia el exterior, enfocada en las demandas del día a día, puede perder contacto con nuestras fuerzas internas; y los mitos, declara Jung, cuando son leídos correctamente, son los medios de ponernos en contacto nuevamente con ellas. Ellos nos hablan en imágenes lingüísticas de los poderes de la psique que deben ser reorganizados y reintegrados en nuestras vidas, poderes que han sido comunes desde siempre al espíritu humano, y los cuales representan esa sabiduría de la especie con la que el hombre ha rebasado milenios. De esa manera, ellos no han sido, y nunca podrán ser, desplazados por los descubrimientos de la ciencia, los cuales están relacionados más bien con el mundo exterior y no con las profundidades a las cuales penetramos mientras dormimos. A través de un dialogo sostenido con estas fuerzas internas en nuestros sueños y con el estudio de los mitos, podemos aprender a ponernos de acuerdo con el horizonte más amplio de la parte más profunda, sabia e interna de nuestro ser. Y de forma análoga, la sociedad que cuida y mantiene vivos sus mitos, será alimentada con el más sólido y rico estrato del espíritu humano». Joseph Campbell, El Impacto de la Ciencia en el Mito, en «Mitos para Vivir».

  Ahora bien, Jung no es lo que normalmente consideraríamos un pensador científico. Ciertamente él tenía una total credulidad hacia la psiquis y los fenómenos ocultos que había impactado a Lovecraft como un infantilismo. Y de alguna manera, también dudamos que Lovecraft hubiese aceptado la idea de que el subconsciente es más sabio que nuestra mente analítica y racional. No obstante, no es necesario llegar tan lejos como Jung lo hizo para ver algo del valor positivo del pensamiento mítico. Uno de los escritores más influyentes en el campo de las ciencias cognitivas, Edward de Bono, dice lo siguiente en su libro «La Mecánica de la Mente»:

  «Estas propiedades combinadas y creativas de la superficie de la memoria resultan en un mundo artificial que es derivado del mundo real pero no es paralelo a este. En este mundo artificial la información es organizada con una claridad y conveniencia mucho más grande. Si no existe ningún entramado para esto, entonces algo evolucionará inevitablemente. Puede ser necesario crear sistemas artificiales de dioses antropomórficos para organizar la información de las estaciones, el clima y la conducta de las cosechas. Estos patrones organizativos los cuales existen en la superficie de la memoria son los mitos. Los mitos son más necesidades que conveniencia».

  Bueno, quizás De Bono haya ido un poco más allá de lo que ha sido establecido por las neurociencias. Este es un campo de la ciencia que está produciendo excitantes descubrimientos cada día, y pese a ello, nadie puede decir por el momento que tengamos algo más que meros esbozos de cómo el cerebro se las arregla para organizar un mundo de la cascada de datos con la cual es constantemente alimentado. Un libro reciente dedicado totalmente a la neurociencia de los sueños [«The Dreaming Brain», por J. Allan Hobson], está planteado de una forma que casi evade totalmente la cuestión de para qué son los sueños, de lo que ellos en verdad realizan para nosotros que hace su posesión valiosa.  Y aún así, un fenómeno casi universal en los mamíferos, que involucra el gasto de una considerable cantidad de energía, no pudo seguramente haber evolucionado a menos que nos proveyera de una ventaja sustanciosa para la supervivencia.

  El pensamiento mítico tiene un obvio parentesco con los sueños, incluyendo narraciones llenas de elementos fantásticos y la suspensión de la realidad ordinaria, y con todo, misteriosamente preñado con las sensaciones subjetivas del significado y la relevancia. Si me fuera permitido especular, me parece que el papel de los sueños y los mitos es la de asimilar la experiencia y el conocimiento consciente al nivel más profundo donde habitan nuestros instintos. Y son estos instintos los que en verdad gobiernan nuestra conducta, y el conocimiento que no es asimilado a ese nivel tiende a permanecer irrelevante para nuestra conducta diaria. Propongo que los Mitos de Lovecraft ejercen precisamente este tipo función para nosotros, incluso cuando el mismo Lovecraft no los diseñó con este propósito.

  • Los Mitos que se AutoPerpétuan

 –

  El Génesis nuevamente sobre el origen de la humanidad:

  «Entonces Dios dijo, hagamos el hombre a nuestra imagen, parecido a nosotros: y dejemos que domine sobre los peces del océano, y sobre las aves del aire, y sobre el ganado y sobre todas las bestias salvajes de la tierra, y sobre cada cosa reptante que se arrastra sobre la tierra. Así Dios creó al hombre a su propia imagen, a la imagen de Dios él fue creado; varón y hembra los creó. Y Dios los bendijo, y Dios les dijo, sean fructíferos, y multiplíquense y llenen la tierra y sométanla; y dominen sobre los peces del océano, y sobre las aves del aire, y sobre el ganado y sobre todas las bestias salvajes que se mueven sobre la tierra».

  Compárese esto con lo descrito por Lovecraft:

  «Fue bajo los océanos que ellos [Los Antiguos], al principio como alimento y luego para otros propósitos, crearon primero la vida en la tierra, usando las sustancias disponibles de acuerdo con métodos conocidos desde hacía mucho tiempo… Cuando Los Antiguos de cabeza estrellada habían sintetizado en este planeta sus formas simples de alimento y creado un buen surtido de Shoggoths, le permitieron a otros grupos de células desarrollarse en otras formas de vida animal y vegetal, con propósitos variados; eliminando a cualquiera cuya presencia resultara problemática… Estos vertebrados, así como una infinidad de otras formas de vida animal y vegetal, marina y terrestre, fueron el producto de una evolución no controlada actuando sobre las células de la vida creadas por Los Antiguos, pero escapando el radio de atención. Les había sido permitido desarrollarse sin supervisión ya que no habían entrado en conflicto con los seres dominantes. Por supuesto, las formas molestosas eran exterminadas mecánicamente. Es interesante para nosotros ver en algunas de las últimas y más decadentes esculturas a un mamífero primitivo de andar arrastrado, usado algunas veces como alimento y otras como un divertido bufón por los habitantes de la tierra, cuyas vagas sugerencias simiescas y humanas no dejaban lugar a dudas». [«At the Mountains of Madness»].

  Mientras que el primero de estos dos relatos es claramente el más halagador y estimulante para nuestro sentido de importancia personal, el último es mucho más relevante para el lector moderno. Tengamos presente que el pensamiento mítico tiende a personificar todo. ¿Cómo puede tal pensamiento expresar la teoría de que fuimos creados por fuerzas puramente impersonales? En este caso, Lovecraft toma un rumbo ligeramente diferente al que tomó con el mito de Azathoth. Los creadores en este caso son seres conscientes y con un propósito; pero fuimos creados como un accidental producto derivado por sus acciones. Una vez más nuestra instintiva, o quizás bien adoctrinada, tendencia de adscribirle cosas a un gobernante divino ha sido usada como una especie de gancho para atrapar la primitiva parte sensitiva de nuestra mente; pero entonces, esa atención ha sido redirigida de una manera que es más consistente con un punto de vista científico del mundo. Es notable que la tradicional creencia religiosa acerca de nuestra importancia central para el mundo y para Dios, es aún la creencia de la mayoría de las personas en el mundo. ¿Cómo es esto posible?

  El mito se alza como una manera de conectar con un modelo coherente y conveniente de piezas separadas de información que son ofertadas por el medio ambiente. Pero una vez el mito ha sido establecido deviene en una forma de ver el mundo. El mundo es visto a través del mito y por consiguiente tiende a reforzarlo… El desgaste de los mitos convenientes, organizados por la superficie de la memoria, tiene lugar cuando estos mitos entran en conflicto con nuestra experiencia real. La ciencia es una forma de organizar especialmente la experiencia de manera que pueda entrar en conflicto con los mitos y también mostrarlos. En el proceso, nuevos mitos serán generados. Un mito o hipótesis casi siempre sobrevive a su utilidad y oculta una mejor interpretación de la información disponible, pero esta es una limitación menor, un pequeño precio que debemos pagar por la utilidad de un sistema mítico… Pero existen mitos que no pueden ser fragmentados por la experiencia. Esto puede suceder ya sea porque el contenido del mito no puede ser interpretado por la experiencia común o porque el mito está construido de una forma que convierta lo que debería descomponerlo en un soporte. Edward de Bono dice en «The Mechanism of Mind»:

  «Un obstáculo es que la ciencia es practicada en nuestra cultura sólo por una élite intelectual, y sus descubrimientos son para la mayoría un asunto de persistente rumor más que de una experiencia personal. Otro obstáculo es que nuestra religión ha devenido desde hace largo tiempo en un asunto de fe institucionalizada más que de una exploración personal de descubrimiento, y que los teólogos se han dedicado desde hace mucho a inmunizar sus creencias de todo cuestionamiento racional, justo como en la famosa frase de Tertuliano “Credo quia absurdum”: “Lo creo simplemente porque es absurdo”».

  Pero el punto más importante es que los mitos no pueden ser destruidos; ellos sólo pueden ser reemplazados. Como lo dice De Bono:

  «Los mitos no pueden ser destruidos por una atención directa ya que ellos constituyen el patrón organizativo en la superficie de la memoria y cualquier atención prestada a un modelo sólo puede reforzarlo. Un mito sólo puede ser destruido a través de la indiferencia que lo conduce a atrofiarse en orden de que un nuevo patrón organizativo pueda surgir. La indiferencia o la negligencia aparece luego de que un mito ha sobrevivido a su función útil». [Edward de Bono, «The Mechanism of Mind»].

  La alarma que muchos científicos expresan acerca de la gran popularidad de las pseudociencias y supersticiones ha resultado en intentos organizados para desenmascararlos como en el caso de la publicación «The Skeptical Inquirer» y el volumen «The Demon-Haunted World», por Carl Sagan. Pero si De Bono está en lo cierto, tales esfuerzos sólo atraen la atención hacia los mismos mitos que tratan de desacreditar. Probablemente se ha logrado mucho más a través de series televisivas tales como «Cosmos» de Sagan, la cual explica la cosmología moderna en una atmósfera de maravilla cuasi religiosa; o por la simple acuñación de una poderosa frase como «The Blind Watchmaker» [El Relojero Ciego] de Richard Dawkin, la cual encarna la idea abstracta de evolución en una imagen coherente.

  También es notable que la creencia humana pueda ser profundamente influida por autoridades en lo sobrenatural. Los modernos escritores del pensamiento New Age parecen haber comprendido esto intuitivamente, y ellos a menudo adscriben sus ideas a personajes ficticios como «Don Juan» de Castaneda, quienes son descritos como representantes del conocimiento tradicional o esotérico. En la ciencia popular la quintaesencia de esta tendencia es Stephen Hawking, cuya enfermedad lo ha sustraído de la mayoría de las actividades de la vida ordinaria y lo ha imbuido con el misticismo de una figura sanadora o visionaria. Este aspecto psicológico, junto a sus considerables dotes como físico y escritor, lo han capacitado para ejercer un inusual impacto en la mente del público. Lovecraft también parece haberse tropezado con este principio, y por ello en sus trabajos encontramos la legendaria sabiduría antigua adscrita a los profetas locos como Abdul Alhazred, autor del extraño y prohibido Necronomicon. En posteriores ficciones de los mitos escritas por los fanáticos y amigos de Lovecraft, el mismo Lovecraft a menudo encarna este papel, siendo mostrado como un profeta cuya temprana muerte fue provocada por fuerzas oscuras porque sabía demasiado.

  • Mitología Creativa

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  Como las formas de la religión se resisten a cambiar, y las de la ciencia están expresadas en términos técnicos, en los tiempos modernos puede ser el artista creativo el que juega el papel más importante en la generación de nuevos mitos que nos ayuden a internalizar o cambiar nuestro conocimiento del mundo. Como dice Joseph Campbell en «Creative Mythology»:

  «Un nuevo tipo totalmente diferente de revelación no teológica, de gran alcance, gran profundidad e infinita variedad, se ha convertido en la verdadera guía espiritual y fuerza estructural de nuestra civilización… En el contexto de una mitología tradicional los símbolos son presentados en ritos conservados socialmente, a través de los cuales al individuo se le exige experimental o pretenderá experimental ciertas emociones, comprensiones y compromisos. Por otra parte, en lo que yo llamo mitología “creativa”, este orden es invertido: el individuo ha tenido una experiencia personal de orden, horror, belleza o incluso de mera exaltación, la cual él busca comunicar a través de los símbolos; y si su comprensión posee cierta profundidad e importancia, su comunicación tendrá el valor y la fuerza de un mito viviente para aquellos, por así decirlo, quienes lo reciban y respondan en ellos mismos, de manera libre y sin imposiciones».

  Hasta ahora hemos estado proponiendo una especie de teoría de la estética que puede ser aplicada a la literatura moderna. Ahora podemos hacer una pausa para preguntar ¿cuáles son las características particulares en la ficción de Lovecraft que la convierten, como creo que lo es, en la quintaesencia del mito en el siglo XX? Entiendo que dichas características son las siguientes:

  Una preocupación central con la fuerza dominante desde el principio del siglo XX, la cual es nuestro continuo avance hacia la comprensión de la vastedad y extrañeza de nuestro universo, y la evidente merma que esto ejerce sobre la importancia que los seres humanos tienen en el gran esquema de las cosas. Este tema encuentra repetida expresión en la ficción de Lovecraft, en sus épicos relatos sobre civilizaciones y formas de vida que han surgido y desaparecido en el curso de eones geológicos. Y más importante aún, su literatura expande nuestra mente y la conduce irremediablemente hacia lo desconocido. Esto es importante ya que es también un principio fundamental de la ciencia al cual se le presta poca atención. Sólo podemos estar conscientes de la existencia de cosas desconocidas cuando ellas yacen más allá de las fronteras de las cosas que conocemos. Pero como la circunferencia de las cosas conocidas se expande, de la misma manera lo hace la magnitud de las cosas desconocidas que yacen justo al otro lado de la frontera, siempre inquietándonos y despertando ese sentimiento que Lovecraft gustaba definir como «expectativa aventurera».

  Una habilidad para expresar esta preocupación de una manera que resuene profundamente en los niveles instintivos y arquetípicos de nuestra conciencia. Los trabajos de Lovecraft raramente se leen como simples alegorías. Cada una de sus creaciones está imbuida con una vitalidad atmosférica e imaginativa que afecta la psique como una fuerte descarga. Nunca nadie anteriormente, ni luego, ha creado seres de tal extrañeza que inevitablemente portan la convicción de experiencias verdaderas.

  Una estructura impecable. A pesar de su fascinación con la ciencia, Lovecraft, en su estilo artístico, se volvió hacia los modelos de los siglos XIX Y XVIII. Tan claro fue él capaz de ver a través de la insignificante fealdad del modernismo, en el cual todo orden, estructura y simetría es sacrificada por la meta de parecer novedoso, diferente, de moda y políticamente correcto. Tampoco descendió hasta el vicio autobiográfico que resta mérito a la vitalidad de tanta literatura moderna. En sus creaciones, Lovecraft es como el constructor de la fina arquitectura colonial que tanto admiró: él construye una base firme y enlaza el estilo al funcionamiento de manera que cada parte pueda participar en un todo práctico y armonioso.

  Una creatividad comunal. Si bien algunos han argumentado que Lovecraft no estaba tratando de crear una mitología compartida, los hechos parecen demostrar lo contrario. Él ciertamente incorporó las creaciones de sus amigos en su trabajo y ayudó a otros a crear trabajos que hicieran uso de sus propias creaciones. Los Mitos constituyen un evento único en la literatura moderna porque muchas de las ideas que involucra han trascendido el control de cualquier autor particular. Podemos apenas imaginar cuan odiosamente duraderos resultarían los procedimientos legales, en esta fecha tan tardía, si la heredad de Lovecraft intentara reforzar su derecho de propiedad sobre Cthulhu, Alhazred y así sucesivamente. Una definición del mito es la de una historia que ha sido relatada por tantos autores como para convertirse en el trabajo de toda una cultura o comunidad más que la de un solo hombre. En este caso, los Mitos de Lovecraft se han extendido más que cualquier otra creación de los tiempos modernos a unas proporciones verdaderamente míticas.

  • Más Allá de las Fronteras

 –

  Habiendo dicho algo acerca de los logros de Lovecraft en términos míticos, haremos una pausa para decir algo sobre las limitaciones de su trabajo. Para comenzar, resaltemos que Campbell y otros pensadores han distinguido al menos cuatro funciones diferentes de la mitología. Las primeras dos se encuentran bien integradas en el trabajo de Lovecraft:

  «La primera función de una mitología es reconciliar la conciencia despierta con el fascinante y tremendo misterio del universo tal como es. La segunda, es expresar una imagen totalmente interpretativa del mismo, como es conocido por la conciencia contemporánea».  [Joseph Campbell, «Creative Mythology»].

  Sin embargo, la tercera función es reforzar el orden moral, el sentido de como nos deberíamos comportar dentro de la sociedad. La ficción de Lovecraft no incluye en absoluto esta función. Una cuarta función, promover la apertura del individuo hacia un estado de autoactualización, o el cumplimiento de nuestras potencialidades innatas, tampoco está desarrollada en su trabajo. Podríamos también cuestionar la tendencia de Lovecraft hacia lo morboso, así como su predilección por darle un giro pesimista a descubrimientos que en verdad no poseen ninguna importancia lógica para los valores humanos. En relación a esta última inclinación, Lovecraft decía:

  «Relativamente son pocos lo que se encuentran verdaderamente libres del hechizo de la rutina diaria como para responder a las llamadas del exterior, así que historias sobre eventos y sentimientos ordinarios, o de las comunes distorsiones emocionales de tales sentimientos y eventos, siempre tendrán el primer lugar en el gusto de la mayoría; y quizás sea justo, ya que estos asuntos ordinarios constituyen la mayor parte de la experiencia humana.»

 

  Me parece que quizás Lovecraft fue más allá de lo necesario en su énfasis del limitado alcance o atractivo de la ficción sobrenatural. La literatura de lo macabro no necesita excusarse. Y de ser necesario, es la forma del arte que apela de forma más directa al acertijo central de la existencia humana, de donde fluye la parte más importante de los fracasados dogmas religiosos y los temores filosóficos de la existencia en el siglo XX: el hecho de que nosotros, como animales, estamos motivados más fuertemente por la sobrevivencia, pero que en cuanto a seres pensantes, estamos conscientes de que podemos morir. Zombis, vampiros y otros condimentos de lo macabro tal como la obsesión de Lovecraft con la decadencia, son expresiones de nuestro encuentro con la realidad de nuestra propia mortalidad. No todo arte necesita estar obsesionado con este hecho, pero el arte más poderoso y verdadero lo estará.

  El pesimismo es otra historia. El horror es sólo una de las muchas respuestas emocionales a la moderna cosmología científica. En un reciente viaje a lugares lovecraftianos en Nueva Inglaterra, tuve la oportunidad de pasar la noche en Old Burial Hill en Marblehead, rodeado por lápidas que contemplaban hacia arriba, a las desconocidas vastedades del distante panteón estelar. Si alguna experiencia fue calculada para hacer que nos sintamos pequeños e insignificantes, espantosamente perdidos en un insondable vacío de espacio y tiempo, seguramente fue esta. Pero no me afecto en esa forma en absoluto. Ese significado es de alguna manera proporcional en tamaño y posición a una falacia patética; como lo ha puntualizado Terrence McKenna, nosotros mismos somos el fenómeno más complejo y densamente organizado de los que hemos descubierto en este universo. Que un universo así de impersonal haya manifestado seres conscientes con los cuales contemplarse a sí mismo es sin duda una cosa notable, y esto naturalmente nos debe inclinar más hacia el asombro que al terror. Que podamos comprender, al menos parcialmente, esas cualidades de orden que permean y organizan el universo, es el más grande don imaginable y una especie de clave mágica para la consciencia de la inmortalidad.

  He definido los Mitos de Lovecraft como el mito del siglo XX. Una nueva especie de entendimiento, alimentado por los descubrimientos de los principios de la complejidad y las propiedades autoorganizativas de la materia, que no eran conocidas en la época de Lovecraft, y que nos muestran como una parte inevitable más que accidental de nuestro universo, debe formar la base del mito del siglo XXI. Abriguemos la esperanza de que este entendimiento pueda encontrar profetas con al menos la mitad de la elocuencia de Lovecraft para que lo haga una realidad en cada uno de nosotros.

  Traducido por Odilius Vlak

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  • Nota: La versión original de este artículo titulado: «H.P.Lovecraft and the Myth of the 20th Century», se encuentra aquí:http://www.templeofdagon.com.

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