TETRAMENTIS / El Emisario de lo Desconocido – Por Markus E. Goth

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Un día como hoy, salió de su cuerpo su último aliento de vida, antes de empezar su largo peregrinaje astral. Con una sonrisa en los labios pronunció el nombre del gran dios… el extraño nombre de una divinidad primordial, cuyas visiones de ensueño sólo le están permitidas a grandes iniciados. Y allí, en las profundidades del  mar, reposando  en la antigua y sumergida ciudad de R’lyeh… por primera vez, la divinidad que espera el  día de su liberación se estremeció expulsando un aura malsana que se mezcló con los sueños de la humanidad. Un mantra cíclico que tomó formas blasfemas; creciendo lentamente en la dimensión del inconsciente colectivo, y dando paso a seres repugnantes que escucharon su llamado. En aquel espacio de pesadilla, gigantescos globos tentaculares se desplazaban lentamente, alimentándose de los miedos y temores de la humanidad, dejando a su paso un zumbido desagradable; la cacofonía  de una  extraña melodía gutural proveniente de la Tercera Dimensión, emanada de seres grises; formas vagamente antropoides, que en aquel ritual obsceno emitían una sola letanía: «Ph´nglui mglw´nafh Cthulhu R´lyeh wgah´nagl fhtagn».

 Todavía la luna no es testigo del final de este día, y la sonrisa de nuestro gran profeta aún sigue intacta, su cuerpo continúa frío… pero su alma… ahora se encamina en una larga procesión… un ceremonial cósmico encabezado por seres fantásticos provenientes de mundos imaginarios. Ellos le  acompañan en su largo y desconocido peregrinaje por los senderos que sólo le está permitido abrir a Yog-Sothoth. En los más oscuros deseos de la humanidad, extrañas formas seguían escuchando el susurro venido de muy lejos; aullidos expulsados por los estómagos hinchados de los horrendos  globos tentaculares que servían de emisor en esta dimensión y que anunciaban el advenimiento de un nuevo dios en el último continente. «Rendidle culto al gran maestro… al segundo profeta quien abrirá el sello de lo real y lo irreal…  fusionándolo en nuestro nuevo continente; y  junto con el dios negro… será el artífice de las divinidades que vendrán».

  Y así dio comienzo el largo peregrinaje. Pasando de dimensión en dimensión, aquella procesión de seres fantásticos vio el renacer de nuevos universos, seguido de mundos extraños, estrellas y nuevas  constelaciones. A medida que avanzaban en las dimensiones desconocidas, el tiempo se fusionaba en millones de imágenes, sentimientos y anhelos, alimentados por el odio y la esperanza. Ya no existía el pasado, presente o futuro, sólo quedaba el observar marchitarse en una forma pútrida y hueca, los universos que habían visto nacer… un nuevo renacer volvía a su punto de origen. La procesión continuó y se sumergió en universos paralelos donde extrañas formas geométricas que irradiaban luces opacas se sumaron al ceremonial. Luego, continuaron su marcha por un laberinto de manchas gaseosas, para terminar en una negrura infinita donde no existía la forma.  Yog-Sothoth, el todo en uno, la inteligencia guardiana que rige los caminos hacia otros universos, les guió por la infinita negrura de lo inexistente, trazándole un camino cósmico que se perdió en un caos de formas autodestructivas. Las explosiones del caos pasaban cerca de la procesión, a veces sus transmutaciones interrumpían la concentración energética que emitían sus monjes, devorando y arrojando al abismo sin fin a muchos de sus devotos.

  Un fuego verduzco de antorchas mágicas acompañaba la peregrinación, alumbrando el camino de aquella negrura abismal. Seres envueltos en una especie de tela viscosa tocaban flautas alargadas en la interminable procesión. Ghules, seres tentaculares, gases incoloros, descarnados nocturnos y cuanta extrañeza pudiera perderse en la imaginación, siguieron los pasos de un felino gigantesco, que se confundía en la oscuridad del vacío infinito que le precedía.  Y en la cabeza del enorme gato, sentado en un trono con formas tentaculares, se encontraba el patrono de todos estos peregrinos repugnantes. De una forma altiva y majestuosa, el blanco perfil de quien una vez se llamó Lovecraft, observó de una manera inexpresiva un reflejo de luz que se divisaba, allá, en la distancia de lo infinito…. Una especie de útero le esperaba para renacer en un nuevo universo.

  El gato saltó hacia el precipicio abismal, para entrar en la abertura luminosa que le mostraría otras formas de vida. La procesión, siguiéndole los pasos, empezó a penetrar lentamente en la luz que alumbraba aquel espacio oscuro. Al salir el felino del portal, un desierto de ruinas, gases y polvo le dio la bienvenida… fue en la entrada de la antigua ciudad de Yoros, ahora convertida en una sustancia negruzca… y por primera vez, el profeta se encontró con otros seres tan extraordinarios como los de la procesión que le acompañaba. Un lenguaje primordial fue hablado, y de una manera solemne, uno de los seres se acercó al gigantesco felino postrándose de rodillas en una señal de respeto. El mensajero estaba vestido con túnicas ceremoniales de color carmesí y parte de su rostro se encontraba cubierto por una máscara de metal. Aquel Ser, que pronto dejó ver su rostro, era tan negro y repugnante como las estatuas que adornaban la roída ciudad. En sus manos sostenía una llave plateada de total hermosura, grabada con una serie de símbolos que enunciaban el despertar de los primordiales. Lentamente, la cabeza del gato se postró en el suelo, y  aquella divinidad se levantó por primera vez de su trono, tomando la extraña llave en sus manos. Profirió con sus labios unas palabras terribles en un lenguaje antiguo, sellando de esa manera aquel extraño ceremonial, que lo consagraba como nuevo emisario de la puerta de lo desconocido. El eco se escuchó en todo aquel paisaje desolador, y traspasó el espacio más allá del sol que desprendía sus últimos rayos de luz:

«No está muerto lo que puede yacer eternamente, y con extraños eones incluso la muerte puede morir».

 FIN

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