RUNES SANGUINIS / La Luz del Más Allá – Por Clark Ashton Smith

Wonder Stories - April 1933

  Será dicho, por todos aquellos que lean con cuidado esta narración, que yo debí de estar loco desde el comienzo; que incluso el primero de los fenómenos relatados en ella debe ser tomado como una alucinación sensorial relacionada con algún grave desorden. Y es posible que ahora esté loco, en esos momentos cuando la marea de la memoria que se desliza hacia el abismo me arrastra con ella; esos momentos en que nuevamente me siento perdido en los dominios de una espantosa luz y entidad desconocida que me fueron revelados en la última fase de mi experiencia. Pero al principio estaba en mis cabales, y aún estoy lo suficientemente cuerdo como para poner por escrito un sobrio y lúcido reporte de todo lo que ocurrió. Mi solitario estilo de vida, así como mi reputación de excéntrico y extravagante, sin dudas será usado en mi contra por muchos para soportar su teoría de mi mal funcionamiento mental. Aquellos que son lo suficientemente distintos como para concederme la racionalidad, sonreirán ante mi historia considerando que abandoné el reino del arte pictórico bizarro —en el cual he logrado cierta eminencia— por el de la ficción súpercientífica.

  Sin embargo, si así lo deseara, pudiera mostrar mucha evidencia corroborativa de las extrañas visitas. Algunos fenómenos fueron observados por otras personas en la localidad; a pesar de que no me di cuenta en el momento, debido a mi total aislamiento. Una o dos noticias breves y oscuras ofreciendo una ordinaria explicación sobre un meteorito aparecieron poco después en periódicos metropolitanos; reimpresos de una manera aún más fugaz y anónima en las revistas científicas. No las citaré aquí, ya que hacerlo así involucraría una repetición de detalles los cuales, en sí mismos, son más o menos dudosos e incompletos.

  Mi nombre es Dorian Wiermoth. Mi serie de pinturas ilustrativas basadas en los poemas de Poe posiblemente les resulten familiares a algunos de mis lectores. Por un sinnúmero de razones, algunas de las cuales no es necesario mencionar, decidí pasar todo un año en las altas Sierras, en la orilla de un pequeño lago color zafiro en un valle rodeado por abetos y peñascos de granito. Había construido una choza rústica, supliéndola en abundancia con provisiones, libros y los materiales de mi arte. Por el momento, estaba libre de un mundo cuyos encantos y hechizos ya no eran, por decir lo menos, irresistibles.

  No obstante, la región poseía otros encantos aparte del de la reclusión. Por todos lados, en las rígidas masas de las montañas y pináculos, en los riscos tachonados de enebros, en las láminas rocosas cubiertas de glaciares, se percibía una mezcla de lo grandioso y lo grotesco que atraía íntimamente a mi imaginación. Si bien mis dibujos y pinturas nunca fueron transcripciones literales de la naturaleza, y muy a menudo eran abiertamente fantásticos, siempre hice en todo momento un cuidadoso estudio de las formas naturales. Me di cuenta de que las más alucinantes evocaciones de lo desconocido eran apenas, en el fondo, recombinaciones de formas y colores conocidos, de la misma manera que los mundos más distantes eran composiciones de los elementos conocidos en el terreno de la química. Por consiguiente, descubrí muchas cosas sugestivas en el escenario; cosas que podía entretejer con los arabescos de diseños extrañamente imaginativos; o podía traducir directamente como un paisaje puro en un estilo semijaponés con el cual estaba entonces experimentando.

  El lugar donde me había ubicado estaba lejos de la autopista estatal, el ferrocarril y la ruta de los aviones. Mis únicos vecinos cercanos eran los cuervos de montañas, los grajos y las ardillas. Ocasionalmente, en mis caminatas me tropezaba con un pescador o un cazador; pero la región estaba milagrosamente libre de turistas. Inicié un sereno régimen de estudio y trabajo, el cual no fue interrumpido por la presencia humana. La cosa que finalizó abruptamente mi permanencia provino, estoy seguro, de una esfera que no está cartografiada por los geógrafos ni registrada por los astrónomos. El misterio comenzó sin previo aviso en una tranquila noche de julio, luego de que la figura de cimitarra de la luna se había ocultado tras los abetos. Estaba sentado en mi cabaña leyendo para relajarme una historia de detectives cuyo título he olvidado. El día había sido bastante caluroso; no había viento en ese aislado valle; y la lámpara de aceite estaba ardiendo continuamente entre la puerta media abierta y las amplias ventanas.

  Entonces, junto al viento frío vino repentinamente un aromático perfume que inundó la cabaña cual marea desbordada. No era el olor resinoso de las coníferas, sino una rica y penetrante especia que era totalmente exótica en la región; quizás alienígena a la tierra. Me hizo pensar en mirra, sándalo e incienso; y sin embargo no era ninguna de ellas, sino una cosa extraña, cuya misma riqueza era pura y suprema como los olores que se dicen anunciaban la aparición del Santo Grial. Desde que lo inhalé me estremecí, preguntándome sino era la víctima de alguna alucinación. Escuché una música débil que de alguna manera era aliada del perfume e inseparable de él. El sonido, como un aliento de flautas fantasmales, etéreamente dulce, espantoso y sobrenatural, me rodeaba por todas partes en la habitación; y me parecía escucharlo en lo más interno de mi cerebro, como escuchamos los susurros del océano en un caracol.

  Corrí hacia la puerta y la abrí de par en par, saliendo a la noche verde-azulada. El perfume estaba en todas partes, se alzó ante mí como el incienso de altares velados desde el lago y los abetos, y parecía descender desde las quietas estrellas ardientes más allá de los árboles góticos y las paredes de granito en el norte. Entonces, volviéndome hacia el este, vi la misteriosa luz que palpitaba y se revolvía en un abanico de anchos rayos sobre la colina. La luz era más suave que brillante, y sabía que no podía ser ni la aurora ni los faroles de un aeroplano. No poseía matices, y aún así parecía insinuar la inclusión de un centenar de colores yaciendo más allá del espectro familiar. Los rayos eran como las varillas de una rueda medio oculta que girara lentamente, y más lentamente sin cambiar de posición. Su centro o eje, se encontraba detrás de la colina. Frente a ellos vi las inclinadas masas de varios enebros imponentes.

  Debí estar parado allí por largo tiempo, boquiabierto y contemplando como cualquier montañés que presenciara una maravilla más allá de su comprensión. Aún respiraba el olor ultraterreno, pero la música se hizo más débil con la disminución de la rueda de luz, reduciéndose a un suspiro subauditivo: la insinuación de un murmullo lejano, en algún mundo no descubierto. Implícitamente, si bien quizás ilógicamente, conecté el sonido y la esencia con la inexplicable luminiscencia. Ya sea que la rueda estuviera más allá de los enebros o la escarpada cima de la colina, o a un billón de millas alejada en un espacio astronómico, no lo podía decir; y ni siquiera se me ocurrió que podía ascender la colina y descubrir este hecho por mí mismo.

  Mi principal emoción era una especie de maravilla cuasi mística, una soñolienta curiosidad que no me estimuló a la acción. Esperé ociosamente sin estar consciente del paso del tiempo, hasta que la rueda de luz comenzó a girar lentamente de nuevo. Cambió, y ya no pude distinguir los rayos separados. Todo lo que podía ver era un disco dando vueltas, como una luna que girara vertiginosamente pero mantuviera la misma posición relativa respecto a las rocas y los enebros. Luego, sin una aparente disminución, devino borrosa y desapareció en la azulada oscuridad. No escuché más el remoto murmullo semejante a una flauta; y el perfume se retiró del valle cual marea menguante, dejando sólo un elusivo rastro de su desconocido aroma.

  Mi sentido de la maravilla se agudizó con la experiencia de este fenómeno; pero no podía llegar a una conclusión en relación a su origen. Mi conocimiento de ciencia natural, que estaba muy lejos de ser amplio, no parecía ofrecer una pista plausible. Sentí con un salvaje estremecimiento, mitad emoción, mitad exaltación, que lo que había presenciado no iba a ser encontrado en los catálogos compilados por los observadores humanos. La aparición, cualquier cosa que fuera, me había dejado en un estado de profunda excitación nerviosa. El sueño, cuando llegaba era intermitente; y la problemática luz, música y perfume, volvían una y otra vez en mis sueños con una singular viveza, como si se hubieran estampados en mi cerebro con algo más que la fuerza normal de las impresiones sensoriales.

  Me desperté al amanecer, poseído por la fervorosa convicción de que debía visitar la colina oriental inmediatamente y cerciorarme de si algún rastro tangible había sido dejado por los rayos girantes. Luego de un desayuno apresurado y apenas consumido, hice el ascenso, armado con mi block de papel para dibujo y lápices. Era un ascenso corto entre rocas despeñadas, robustos alerces y robles enanos que aparentaban ramas poco crecidas. La misma cima de la colina comprendía un área de varios cientos de yardas, crudamente elíptica. Se deslizaba suavemente hacia el este finalizando en ambos lados en riscos escarpados y hendidos. Había parches de suelo entre los enormes pliegues de granito y peñascos. Pero estos parches estaban yermos, excepto por unas pocas hierbas y flores alpinas; y el lugar estaba poblado principalmente por nudosos y masivos enebros, los cuales prefirieron echar raíces en la roca sólida. Desde el comienzo, había sido uno de mis lugares favoritos. Había hecho muchos bocetos de los poderosamente tallados enebros, algunos de los cuales, creo firmemente, eran más antiguos que las famosas secuoyas o los cedros del Líbano.

  Explorando la escena con ojos ansiosos a la luz de la mañana carente de nubes, no percibí al principio nada fuera de lugar. Como siempre, había huellas de venados en los parches de suelo pulverizado; pero aparte de esto, y mis propias huellas antiguas, no existía ninguna pista de algún visitante. Hasta cierto punto desilusionado, comencé a pensar que la luminosa rueda girante había estado lejos en el espacio más allá de la colina. Entonces, caminando hacia los niveles inferiores de la cresta, descubrí, en un lugar cubierto, la cosa que había estado previamente oculta a mi vista por los árboles y los peñascos. Era un montículo de fragmentos de granito; pero un montículo como no había visto uno anteriormente en todas mis exploraciones en la montaña. Construido en la inequívoca forma de una estrella de cinco puntas melladas; se alzaba a la altura de la cintura desde el centro de una parcela compuesta de césped y arena. Alrededor de él, crecían unos cuantos arbustos florales montañeses. A un lado estaban los chamuscados remanentes de un árbol que había sido destruido por un rayo en años recientes. Por dos lados, formando un ángulo derecho, habían altas paredes a las cuales varios enebros de adherían como dragones retorcidos con garras tenaces, clavadas en las empinadas rocas.

  En la cima del extraño montículo descubrí una piedra pálida y de un frío destello con puntas como la de una estrella que duplicaban y seguían los cinco ángulos. Esta piedra, pensé, había sido esculpida por medios artificiales. No reconocí su material; y estaba seguro de que no era nativa de la región. Sentí la exaltación del descubridor, dándome cuenta que me había tropezado con la prueba de algún misterio alienígena. El montículo, cualquiera que fuera su propósito, o sus constructores, había sido forjado durante la noche; pues yo había visitado ese mismo lugar la tarde anterior, poco antes de la puesta de sol, por lo que habría visto la estructura de haber estado allí en ese momento.

  De alguna manera rechacé inmediata y definitivamente la intervención humana. Se me ocurrió el pensamiento bizarro de que viajeros de algún mundo exterior se habían detenido sobre la colina, dejando el enigmático montículo como signo de su visita. De esta manera, las enigmáticas manifestaciones nocturnas quedaban identificadas, si bien no del todo explicadas. Cautivado por el sobrenatural enigma de todo eso, hice una pausa a la orilla de la porción del parche de tierra margosa, a una distancia quizás de unos doce pies del montículo mismo. Para entonces, mi cerebro ardía con fantásticas suposiciones, me adelanté para examinar el montículo más de cerca. Para mi total asombro, pareció retroceder ante mí, conservando la misma distancia mientras caminaba hacia él. Daba un paso tras otro, pero el suelo fluyó hacia delante bajo mis pies como una rueda de andar; mis pies en movimiento descendían sobre las huellas anteriores; y era incapaz de hacer el menor progreso hacia la meta que aparentemente estaba tan cerca de la mano. Mis movimientos no estaban obstaculizados en ningún sentido, pero sentía un creciente vértigo, que muy pronto rayó en la náusea.

  Mi desconcierto puede ser imaginado más acertadamente que expresado. Parecía obvio que yo o la naturaleza había enloquecido repentinamente. La situación era absurda, imposible; desafiaba las leyes dimensionales más elementales. Por algún medio incalculable, una nueva y arcana propiedad había sido introducida en el espacio alrededor del montículo. Para probar aún más la presencia de esta hipotética propiedad, abandoné mi esfuerzo de una aproximación directa, y comencé a girar alrededor de la parcela, intentándolo por otros ángulos. Pronto descubrí que el montículo era igualmente inalcanzable desde todos lados: a una distancia de doce pies el suelo iniciaba su extraño movimiento de rueda de andar siempre que trataba de invadirlo. El montículo, por todos lo intentos y propósitos, podría haber estado a un millón de millas de distancia, en el abismo entre los mundos.

  Luego de un rato, abandoné mis extraños e inútiles experimentos, y me senté bajo uno de los enebros colgantes. El misterio me enloquecía, pues me inducía una especie de vértigo mental mientras lo ponderaba. Pero también, trajo dentro del orden familiar de cosas el entusiasmo de un elemento novedoso y, posiblemente, sobrenatural. Hablaba de las veladas infinitudes que yo vanamente anhelaba explorar; aguijoneaba mi excitada fantasía por vuelos ingobernables. Sustrayéndome de tales conjeturas, estudié diligentemente el montículo estelar y el suelo a su alrededor. Seguramente los seres que lo construyeron habrían dejado sus huellas. Sin embargo, no habían ninguna marcas discernibles de ninguna clase; y no pude aprender nada de la organización de las piedras, las cuales habían sido apiladas con una delicadeza y simetría impecable. Aún estaba confundido por el objeto de cinco puntas en la cima, ya que no podía recordar ningún mineral terrenal que se asemejara a su sustancia de manera cercana. Era demasiado opaco para una labradorita o cristal, demasiado lúcido y brillante para el alabastro.

  Mientras tanto, en lo que continuaba sentado allí, fui visitado por un evanescente soplo del perfume de especia que había inundado mi cabaña la noche anterior. Venía y se marchaba cual fantasma agonizante, y nunca estuve lo bastante seguro de su presencia. Por último, me levanté e hice una detallada exploración de la cima de la colina, para darme cuenta si algún otro rastro había sido dejado por los problemáticos visitantes. En uno de los parches de suelo arenoso, cerca de la orilla norte, vi una curiosa hendidura, como si fuera la fina huella de tres dedos de algún ave imposiblemente gigante. Muy cerca, al alcance de la mano, se encontraba el pequeño hueco desde el cual un fragmento suelto de piedra —sin dudas empleado en la construcción del montículo— había sido removido. La marca de tres puntas era muy sutil, como si el que la dejó hubiese caminado allí con una ligereza aérea. Pero aparte del descubrimiento de ese dudoso vestigio, mi búsqueda no dejó ningún resultado.

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  • II: El Misterio se Profundiza

  Durante las semanas siguientes, el acertijo sobrenatural sobre el cual había tropezado me preocupó hasta el punto de la manía. Quizás, si hubiese habido alguien con el cual lo hubiese podido discutir, cualquiera que pudiera haber arrojado sobre él la luz calmada y sobria del conocimiento técnico, hubiese podido deshacerme de la obsesión hasta cierto punto. Pero estaba completamente solo; y hasta donde sabía, los alrededores del montículo no eran visitados por ningún otro ser humano en ese tiempo. En varias ocasiones renové mis esfuerzos para aproximarme al montículo; pero la novedosa e increíble propiedad de una extensión oculta y el movimiento de rueda de andar, aún permanecían en el espacio alrededor de él, como si se hubiesen establecido allí para guardarlo de toda intromisión. Encarando esta abrogación de la geometría conocida, sentí el delirante horror de uno para quien el infinito ha revelado su bostezante abismo entre la supuesta solidez de las cosas conocidas.

  Hice un dibujo a lápiz de la larga y ligera huella antes de que fuera borrada por los vientos de las Sierras; y con ese vestigio, como un paleontólogo que construyera algún monstruo prediluviano desde un único hueso, traté de reconstruir en mi imaginación el ser que la imprimió. El mismo montículo fue el tema de muchos bocetos; y me parece que concebí y debatí casi cualquier teoría concebible en cuanto al propósito e identidad de sus constructores. ¿Era un monumento que marcaba la tumba de algún viajero intercósmico de Algol o Aldebarán? ¿Había sido levantado como un símbolo de descubrimiento y posesión por algún Colón de Alchernar al desembarcar en nuestro planeta? ¿Indicaba el lugar de algún misterioso alijo al cual los constructores retornarían en algún tiempo futuro? ¿Era una marca entre dimensiones? ¿Era una señal hieroglífica de caminos? ¿Una señal para la guía de otros viajeros que podrían pasar entre los mundos, mientras van de una profundidad a otra? Todas estas conjeturas eran válidas, e inútiles. Ante el salvaje misterio de todo esto mi ignorancia humana me ponía en un estado de verdadero frenesí.

  Dos semanas habían pasado y los meses de verano estaban llegando a su fin cuando comencé a percibir un fenómeno diferente. Me parece que había mencionado que había unos pocos parches pequeños de arbustos florales  alpinos dentro del círculo del espacio ocultamente alterado alrededor del montículo. Un día, con un asombro que estuvo muy cerca del shock, vi que un extraordinario cambio le había ocurrido a sus pálidas flores. Los pétalos habían doblado su número, creciendo a un tamaño y peso anormal, y estaban teñidos con un púrpura ardiente y un rubí centelleante. Posiblemente el cambio se había llevado a cabo durante algún tiempo sin que me diera cuenta; o posiblemente sucedió de un día para otro. En cualquier caso, las modestas y pequeñas flores habían tomado la forma de asfódelos de alguna tierra mitológica. Más allá de cualquier intervención humana ellos destellaban en esa área encantada, horadados con invisibles inmensidades. Retornaba día tras día, golpeado por el pavor de alguien que es testigo de un milagro, y los vi allí, cada vez más grande y brillante, como si estuvieran alimentados con otros elementos diferentes a la tierra y el aire.

  Luego, en las bayas de la rama de un gran enebro que colgaba sobre el círculo percibí un cambio de la misma naturaleza. Los pequeños globos de un azul opaco habían crecido enormemente, y estaban matizados de un carmesí luminiscente, como las fieras manzanas de algún paraíso exótico. Al mismo tiempo, el follaje de la rama brillaba con un verde tropical. Pero en la principal porción del árbol, fuera del críptico círculo, las hojas y las bayas no estaban alteradas. Era como si algo de otro mundo se hubiera insertado en el nuestro. Cada vez más comencé a sentir que la estrella de piedra luminiscente y desconocida que coronaba el montículo era de alguna manera la fuente o clave de este singular fenómeno. Pero no pude ni probar ni aprender nada. Sólo podía estar seguro de una cosa: era el testigo de la acción de una fuerza que nunca hasta ahora se había expuesto a la observación humana. Estas fuerzas obedecían sus propias leyes, las cuales aparentemente, no eran del todo sinónimas a las leyes que el hombre en su presunción había establecido para el funcionamiento de la naturaleza. El significado de todo esto era un secreto comunicado en algún lenguaje alienígena sin ninguna clave.

  Había olvidado la fecha exacta de esos sucesos finales, en cuyas consecuencias fui transportado más allá de los confines imaginarios del tiempo y del espacio. En verdad, me parecía que hubiese sido imposible fecharlo en términos de una cronología terrenal. Algunas veces me parece que ellos pertenecían a los ciclos de otro mundo; otras veces que ellos nunca sucedieron; otras, que ellos aún están sucediendo o aún están por suceder. Si recuerdo que había una luna media sobre los riscos y abetos de esa noche fatal. El aire se había vuelto penetrante con los atisbos del cercano otoño; había cerrado la puerta y las ventanas y encendido un fuego de madera seca de enebro que estaba aromatizando la cabaña con su sutil incienso. Escuché el silbido de un viento en los altos abetos mientras me sentaba ante mi mesa, observando los recientes esbozos que había hecho del montículo y sus alrededores, y preguntándome quizás por millonésima vez si yo, o cualquier otro, resolvería alguna vez el acertijo sobrenatural.

  Esta vez comencé a escuchar la música débil y aérea como si fuera en las más íntimas regiones de mi cerebro antes de percibir el olor místico. Al principio no era más que la memoria de un sonido; pero parecía levantarse, fluir y derramarse hacia adelante, lentamente, tortuosamente, como si atravesara las curvas de algún caracol inmenso, hasta que estuvo sobre mí con su laberíntico murmullo. La cabaña, el mundo de afuera; los mismos cielos, estaban llenos de tenues cornetas y flautas que hablaban del incomprensible sueño de una tierra élfica perdida. Entonces, sobre la fragancia de la madera ardiente clara y sin humo, percibí ese otro perfume, rico y etéreo, y no menos penetrante que en las anteriores ocasiones. Parecía que las ventanas y puerta cerrada no eran barreras para su advenimiento; venía como si fuera a través de un medio diferente al del aire; a través de otra avenida que el espacio en el cual nos movemos y tenemos nuestro ser.

  En un exaltado y enfebrecido asombro y curiosidad, abrí la puerta y me sumergí en el océano de fragancia y música ultramundana que inundaba el mundo. En la colina oriental, como lo había esperado, la rueda giraba lentamente en una posición estacionaria más allá de los enebros altos como torres. Los rayos eran suaves y sin matices como anteriormente, pero su brillo no era disminuido por la luna. En esa ocasión, sentí una urgencia imperativa de resolver el enigma de tal fenómeno; un deseo que me empujó corriendo y tropezando entre los peñascos y arbustos pequeños. La música se redujo a un distante y débil susurro mientras la rueda giraba más gradualmente al acercarme a la cima.

  Un rudimento de esa cautela que el hombre siempre ha sentido ante la presencia de cosas desconocidas, me forzó a disminuir mi temeraria carrera. No obstante, varios árboles inmensos y peñascos de granito aún se interponían entre mí y la fuente de esos rayos temblorosos. Avancé, viendo con un inenarrable estremecimiento, como si de alguna confirmación mística se tratara, que los rayos emanaban desde el lugar del montículo en forma de estrella.

  Fue cosa fácil trepar por las varias capas de rocas y alcanzar una posición desde donde pudiera observar directamente el área misteriosa. Arrastrándome sobre mi estómago alineado con los más poderosos y sobresalientes enebros, logré mi objetivo; de manera que podía espiar desde detrás de una pesada rama que crecía horizontalmente junto a la roca; en el borde de la pared. El área cubierta de césped en la cual el montículo había sido construido estaba debajo de mí. Posicionado a mitad del aire, estable e inmóvil, y un poco a un lado del montículo, se encontraba un extraña nave que sólo podía comparar a una barca grande y abierta con su popa y su proa curvadas hacia arriba. En su centro, sobre los baluartes, se alzaba un mástil corto o pilar delgado coronado con un fiero y enceguecedor disco desde el cual, a manera de eje, la rueda de rayos se propagaba vertical y transversalmente. Toda la nave estaba hecha de un material altamente translúcido, pues podía distinguir los borrosos contornos del paisaje más allá de ella: y los rayos se proyectaban hacia el este a través de su fondo con muy poca disminución de su radiación. El disco, hasta donde podía decirlo por la posición en la cual estaba la nave, era lo único que semejaba un mecanismo.

  Era como si una luna creciente de lechoso cristal hubiera descendido para inundar ese sombrío rincón con su luz alienígena. Y la proa de esa luna no estaba a más de seis o siete pies de la pared de granito que formaba mi puesto de observación. Cuatro seres, los cuales no podía comparar a ninguna criatura terrestre, estaban suspendidos en el aire sobre el montículo sin alas o algún otro soporte palpable, como si ellos, al igual que la nave, fueran independientes de la gravedad terrestre. Si bien de estatura menor que la de los hombres, todo su aspecto era ligero e imponderable en un grado que sólo puede ser encontrado en aves e insectos. Su plasma corporal era casi diáfano, con sus venas e intrincados nervios visibles de manera confusa, como hilos iridiscente a través de un tejido color perla y rosa claro.

  Uno de ellos, que colgaba alejado de la rueda de rayos con su cabeza oculta de mi vista, sostenía en sus largas y frágiles manos la fría estrella luminiscente que coronaba el montículo. Los otros, inclinados ligeramente, estaban levantando y arrojando a un lado los fragmentos que habían sido apilados con tan impecable simetría. Los rostros de dos de ellos estaban totalmente ocultos; pero el tercero mostraba un extraño perfil, asemejándose un poco al pico y los ojos de una lechuza bajo un cráneo sin orejas que se extendía en un lomo alto, adornado con borlas inclinadas como el moño que corona a una codorniz. La descomposición del montículo fue completada con rapidez y silencio notable; y parecía que los finos brazos de estas criaturas eran mucho más fuertes de lo que uno podría imaginarse. Durante el proceso de demolición ellos se agachaban cada vez más, hasta que flotaron casi horizontalmente, justo sobre el suelo. Muy pronto todos los fragmentos fueron removidos; y las entidades comenzaron a remover la tierra con sus dedos, cuya flojedad evidenciaba que había sido cavada hasta cierto grado recientemente.

  Asombrado y sin aliento ante la críptica visión, me incliné hacia adelante desde mi escondite preguntándome qué inconcebible tesoro, que alijo de inimaginable gloria y misterio estaba a punto de ser exhumado por estos exploradores de otros mundos. Finalmente, desde la profunda fosa que habían cavado en el suelo de césped, uno de los seres extrajo su mano sosteniendo un objeto pequeño e incoloro. Aparentemente era la cosa que ellos habían estado buscando, pues las criaturas abandonaron su búsqueda, y los cuatro se elevaron hasta la nave como si hubiesen sido impulsados por alas invisibles. Dos de ellos tomaron su posición en la parte trasera de la nave, ubicándose detrás del pilar semejante a un mástil y la rueda de rayos. El que cargaba con la piedra brillante en forma de estrella y el que portaba el objeto opaco y desconocido, se colocaron en la proa, a una distancia de no más de nueve o diez pies del risco en el cual estaba agachado.

  Por primera vez contemplé sus rostros con una vista clara, mirando directamente en mi dirección con sus brillantes y pálidos ojos dorados de inescrutable extrañeza. Nunca he estado seguro de si ellos me vieron o no: ellos parecían mirar a través de mí y más allá —ilimitadamente más allá— dentro de abismos ocultos y sobre mundos por siempre velados a la visión del hombre. Entonces, discerní más detalladamente el innombrable objeto en los dedos del ser más cercano, el cual ellos habían exhumado desde debajo del montículo demolido. Era un suave óvalo parduzco del tamaño del huevo de un arcón. Bien lo podría haber considerado ser no más que un guijarro común, si no fuera por una circunstancia peculiar: una grieta en el extremo más grande desde donde se proyectaban varios filamentos cortos y luminosos. De alguna manera el objeto me recordaba a una semilla hendida con raíces brotadas.

  Ajeno a cualquier posible peligro me levanté y contemplé como en trance a la nave y sus ocupantes. Después de unos momentos me di cuenta que la rueda de rayos había comenzado a girar gradualmente como en respuesta a algún mecanismo imperceptible. Al mismo tiempo escuché el fantasmal susurro de un millón de flautas e inhalé el precipitado aroma de especias edénicas. Los rayos giraban cada vez más rápido, barriendo el suelo y el aire con sus espectrales varillas, hasta que sólo veía una luna girante que dividía la nave creciente y parecía partir en dos la misma tierra y las rocas. Mis sentidos se tambalearon con la aturdidora radiación y el perfume y la música siempre manifiestos. Una indescriptible enfermedad se apoderó de todo mi Ser, mientras el sólido granito parecía girarse y declinar bajo mis pies cual mundo borracho, y los pesadamente reforzados enebros se echaron sobre mí de espalda a los cielos vueltos al revés.

  Rápidamente, la rueda, la nave y sus ocupantes adoptaron una apariencia borrosa, desapareciendo en una manera que es difícil de explicar; como, sin disminuir la perspectiva, estuvieran retirándose dentro de algún espacio ultrageométrico. Sus contornos aún se distinguían, y a la vez estaban inmensamente distantes. Al mismo tiempo sentí una terrible succión, una corriente invisible más poderosa que las aguas de una catarata, que se apoderó de mí mientras me paraba inclinado hacia delante en la roca, arrastrándome a través de las ramas violentamente azotadas. No caí hacia el suelo: pues ya no existía ningún suelo. Con la sensación de haber sido halado hacia las ruinas de los mundos que habían retornado al caos, me sumergí dentro de un espacio frío y gris, el cual no incluía ni tierra, ni aire, ni estrella, ni cielo; un espacio vacío e increado a través del cual el fantasma creciente de la extraña nave cayó debajo de mí, portando una nube fantasmagórica.

  Hasta donde puedo recordar, en ningún momento hubo durante mi caída una total pérdida de conciencia; pero hacia el final hubo un creciente aturdimiento, una gran duda y una borrosa percepción de enormes arabescos de colores que se habían alzado ante mí, como si hubiesen sido creados por la nada gris. Todo era neblinoso y bidimensional, como si este mundo recién hecho aún no hubiese adquirido el atributo de la profundidad. Me pareció transitar oblicuamente a través de laberintos pintados. Al final, entre suaves ópalos y azules, arribé a una curvada área de luz rosácea estableciéndome en ella hasta que el rosa tiñó todo a mi alrededor. Mi aturdimiento dio paso a un agudo y doloroso hormigueo como de pequeñas mordidas heladas, junto al despertar de todos mis sentidos. Sentí un firme agarre en mis hombros, y supe que mi cabeza y parte superior de mi cuerpo habían emergido desde la luz rosácea.

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  • III: El Mundo Infinito

  Por un momento pensé que estaba deslizándome horizontalmente desde el lento salto de una catarata de algún elemento oculto, que no era ni agua, ni aire ni fuego, sino de alguna manera una combinación de todos ellos. Era más tangible que el aire pero no había sensación de humedad; fluía con la suave agitación del fuego pero no quemaba. Dos de las entidades extrañas y etéreas me conducían hacia afuera sobre un luminoso risco dorado desde el cual una extraña vegetación, matizada como con el arcoíris de altas fuentes, proyectaba sus ligeras masas arqueadas sobre un abismo verde-dorado. La nave creciente y su rueda de rayos, ahora estacionarios, se encontraban suspendidos muy cerca en una posición semi-inclinada. Mucho más lejos, más allá de los delicados árboles, vi la presencia de torres horizontales. Cinco soles, hundiéndose en su propia gloria, estaban suspendidos a grandes intervalos sobre el abismo.

  Me preguntaba sobre la extraña inversión de la gravedad que mi cuerpo experimentaba; y entonces, como si fuera gracias a la normalización del equilibrio, me di cuenta que el gran risco era en verdad una planicie y la catarata un delicado riachuelo. Me encontraba parado a la orilla con las entidades de la nave a mi lado. Ya no me sostenían con sus frágiles y firmes manos. No podía adivinar su postura y mi cerebro despertó con un agudo shock eléctrico al fantasmal terror y delirante extrañeza de todo eso. Seguramente el mundo a mi alrededor no formaba parte del cosmos conocido. El mismo suelo bajo mis pies se estremecía y palpitaba con innombrables energías. Todas las cosas, así parecía, estaban compuestas con un rango de elementos más cercanos a la fuerza pura que a la materia. Los árboles eran como fuentes de pirotecnia sobrenatural, suspendidos y paralizados a mitad del aire. Las estructuras que se encumbraban a gran distancia unas de otras, cual minaretes celestiales, estaban construidas como con una nube mañanera moldeada y luminiscente. Respiré un aire que era mucho más tóxico que el de las alturas alpinas.

  Fuera de este mundo de locura, vi la reunión de muchas entidades similares a las que estaban a mi lado. Entre los árboles y torres, desde las vistas luminosas, ellos venían como si hubiesen sido invocados con magia. Sus movimientos eran rápidos y silenciosos como el deslizarse de los fantasmas, pareciendo caminar más bien en el aire y no en el suelo. No podía escuchar incluso el más mínimo susurro entre ellos, pero tenía la sensación de una inaudible conversación a todo mi alrededor; el vibrante estremecimiento de tonos demasiado altos para el oído humano. Sus ojos de un dorado pálido me observaban con inescrutable intensidad. Noté sus bocas sutilmente curvadas, las cuales parecía expresar una tristeza alienígena, aunque quizás no era tristeza en absoluto. Bajo su escrutinio sentí una intensa vergüenza seguida inmediatamente por algo que sólo podía describir como una iluminación interna. Esta iluminación no parecía ser telepatía: era simplemente como si mi mente hubiese adquirido, en acuerdo a la nueva existencia en la cual había caído, una facultad o comprensión mucho más alta que su estado normal. Esta facultad era algo que extraía del extraño suelo y del aire y de la presencia de la igualmente extraña multitud. Aún entonces, mi entendimiento fue sólo parcial, y sabía que había muchas cosas que aún me eludían debido a cierta limitación operante en mi cerebro.

  Me pareció que los seres eran de una disposición bienintencionada, pero al mismo tiempo estaban confundidos acerca de qué hacer conmigo. Inadvertidamente, de una manera sin parangón, había penetrado en un cosmos diferente al mío. Atrapado en el tirón de algún remolino transdimensional forjado por la nave curvada al partir desde la tierra; seguí a la nave a su propio mundo, el cual hace frontera con el nuestro en un espacio trascendental. Comprendía todo esto, pero la mecánica de mi entrada dentro del reino superior permanecía de alguna manera oscura para mí. Aparentemente mi caída dentro del río rosáceo fue providencial, pues la corriente me reavivó con su elemento extraterrestre, y quizás había servido para evitar alguna especie de congelamiento que de otra manera hubiera padecido al sumergirme a través del vacío interespacial.

  El propósito del montículo de granito y las visitas que sus constructores hicieron a la tierra, eran cosas que sólo podía comprender confusamente. Algo había sido sembrado debajo del montículo, y había sido dejado allí por un espacio de tiempo determinado, como para que absorbiera del suelo terrestre más grosero, ciertos elementos o virtudes inexistentes en el suelo de este mundo etéreo. Todo el proceso estaba basado sobre una ciencia arcana pero rigurosamente ordenada; y el experimento era uno que se había hecho anteriormente. La piedra luminosa sobre el montículo, de alguna manera que no podía definir, había establecido alrededor de ella la zona protegida del espacio de rueda de andar, en el cual ningún ciudadano terrestre podía incursionar. Los extraños cambios de la vegetación dentro de esta zona eran debidos a ciertas emanaciones místicas de la semilla plantada.

  La naturaleza de la semilla me eludía; pero sabía que poseía una importancia enorme y vital. El momento para su trasplante en el suelo etéreo estaba cerca. Mis ojos fueron atraídos por las figuras de las entidades que la sostenían, y vi que la semilla se había agrandado visiblemente, y que las brillantes raíces se habían alargado desde su hendidura. Más y más miembros de las entidades se habían reunido silenciosamente a lo largo de la orilla del río rosáceo, y en los espacios abiertos entre los aéreos follajes. Me di cuenta que algunos eran delgados y lánguidos cual espectros evanescentes; y su plasma corporal, como si estuviera empañado por una enfermedad, era oscuro y opaco, y mostraban manchas extrañas de sombras entre la semitraslucidez que era su principal atributo.

  En un área clara, al lado de la nave suspendida, un hoyo había sido cavado en ese suelo edénico. Debido al asombroso fluir de mis impresiones no lo había notado anteriormente. Ahora asumía una importancia capital mientras el portador de la semilla avanzó para depositar su carga dentro del pequeño orificio, sepultándolo con una curiosa pala ovalada de un metal cristalino bajo el dorado elemento que era una mezcla de césped y la gloria del crepúsculo. La muchedumbre retrocedió, dejando un espacio vacante alrededor de la semilla plantada. Había una sensación de pavor y solemnidad; de expectación ceremonial en la quietud de esas entidades. Sublimes, penumbrosas e incomprensible imágenes revolotearon en el horizonte de mis pensamientos cual soles no nacidos; y me estremecí por la cercanía de una extraordinaria taumaturgia. Pero el propósito de todo aquello aún permanecía oscuro para mí.

  Oscuramente sentí la anticipación de una muchedumbre alienígena… y en algún lugar —dentro de mí o en aquellos a mi alrededor— una gran necesidad y un hambre atroz que no podía nombrar. Parecía que estaciones y meses enteros pasaron; que los cinco soles giraban sobre nosotros con eclípticas alteradas, antes de finalizar el intervalo de espera. Pero el tiempo y su paso probablemente obedecían a leyes desconocidas, como todo lo demás en esa extraña esfera, siendo diferentes a las estaciones y las horas del tiempo terrestre. Al final vino el milagro esperado: la proyección de un pálido retoño desde el suelo dorado. Creció dinámica y visiblemente, como alimentado por la savia de años acelerados que se hubiesen tornados meros minutos. Desde el brotaron una multitud de vástagos que echaban capullos de un luminoso follaje. La cosa era una fuente de glorias invisibles, un geyser precipitado de ópalo y esmeralda que tomó la forma de un árbol.

  El ritmo de crecimiento era increíble, era como una prestidigitación ejecutada por dioses. A cada momento las ramas se multiplicaban y se alargaban con la rapidez del viento y el fuego. El follaje se propagó como si fuera un repentino rocío de joyas. La planta creció a una altura colosal, un tallo que se alzaba como un pilar grueso, y sus hojas cubrían los cinco soles, y colgaban hacia abajo sobre el río, la nave, la muchedumbre y la vegetación más pequeña. Y aún el árbol continuaba creciendo, con sus ramas inclinadas en un arco glorioso y engalanado, cargadas con flores en forma de estrella. Contemplé los rostros de aquellos a mi alrededor en una suave penumbra, junto a arcadas alboradas, como si fuera debajo de alguna higuera paradisiaca. Entonces, mientras las ramas se acercaban, pude ver los frutos del árbol: los pequeños glóbulos formados como de sangre y luz, que fueron dejados por el repentino brote de las flores estrelladas. Crecieron rápidamente, adquiriendo el tamaño de peras y descendiendo hasta que crecieron dentro de mi alcance; y del alcance de esa muchedumbre inclinada.

  Pareció que la maravillosa planta había llegado a su culminación y se encontraba en un estado de quietud. Estábamos cubiertos como si fuera por algún fabuloso árbol de la vida que habría surgido de la cópula de la energía de la tierra y la del celestial mundo alienígena. Repentinamente, comprendí el propósito de todo aquello, cuando vi que algunas de las entidades a mi alrededor estaban recogiendo y devorando las frutas. No obstante, muchos otros de abstuvieron, dándome cuenta que las peras sanguinolentas eran comidas sólo por los seres lánguidos y enfermizos que había mencionado anteriormente. Parecía que la fruta era una cura infalible para su enfermedad; pues mientras la devoraban sus cuerpos se iluminaron y las manchas desaparecieron, y ellos comenzaron a asumir el aspecto normal de sus compañeros.

  Los observé al tiempo que un hambre parecida se apoderó de mí; un profundo y místico anhelo, junto con el incesante vértigo del que está perdido en un mundo demasiado lejano y elevado para ser pisado por el hombre. Había dudas despertándose dentro de mí, pero las olvidé en el mismo momento de su despertar. Algunas manos se extendieron como para advertirme y refrenarme, pero yo las rechacé. Una de las peras luminosas y deliciosas colgaba cerca de mí… y la arranqué.

  La cosa llenó mis dedos con un hormigueo agudo y eléctrico, seguido por una frialdad que sólo podía comparar a la nieve bajo el sol de verano. No estaba compuesta de cualquier cosa que pudiéramos llamar materia; y aún así resultaba firme y sólida al tacto y cuando la mordí produjo un jugo vinoso, una pulpa de ambrosía. La devoré con avidez, y una euforia intensa y divina recorrió todos mis nervios y fibras cual si fuera un rayo dorado. He olvidado la mayoría del delirio —si eso es lo que era— que experimenté. Se sucedieron cosas demasiado vastas para que la memoria humana las retuviera. Y mucho de lo que aún recuerdo sólo podría ser descrito en la lengua del Olimpo.

  No obstante, recuerdo la colosal expansión de todos mis sentidos, el florecimiento de mis pensamientos en mundos y estrellas, como si mi conciencia se hubiese alzado por encima de su nivel humano mucho más rápido que la propagación taumatúrgica del árbol mismo. Parecía como si la vida de las extrañas entidades hubiese devenido familiar a mi Ser; que conocía desde el principio de los tiempos el secreto de su sabiduría; la escala sobrenatural de sus penas y éxtasis, de sus triunfos y derrotas. Atesorando todo esto como una heredad real, me elevé hasta las esferas superiores. Los infinitos eran colocados a mis pies, y los exploré como exploraríamos un mapa abierto. Observé desde arriba los cielos más elevados, y los respectivos infiernos que yacían junto a ellos. Y contemplé el proceso perenne de su fiero intercambio y transmutación.

  Poseía un millón de ojos y oídos; mis nervios se extendieron hasta los abismos inferiores y fueron disparados más allá de los soles. Era el amo de extraños sentidos que estaban colocados para vigilar las actividades de estrellas apagadas y planetas ciegos. Contemplé y comprendí todo esto con la exaltación de un demiurgo borracho; y todo me  resultaba familiar, como si lo hubiera contemplado en otros ciclos.

  Entonces, sobrevino una sensación de división rápida y terrible. La sensación de que una parte de mi Ser ya no compartía ese imperio de glorias e inmensidades cósmicas. Mi delirio disminuyó como un globo pinchado, perdiendo y dejando atrás el dios colosal y sombrío que aún se alzaba sobre las estrella. Nuevamente me encontraba parado debajo del árbol, con las entidades transdimensionales a mi alrededor y los frutos escarlatas aún brillando en los elevados arcos del follaje. Aquí también me persiguió la inexorable maldición de la división; ya no era un solo Ser, sino dos. Claramente me vi a mí mismo, a mi cuerpo y facciones, teñido con la radiación etérea de los seres nativos de ese mundo. Pero yo, que contemplaba ese alter ego, era consciente de una oscura pesadez de hierro, como si alguna gravedad más pesada me hubiese reclamado. Parecía como si el suelo dorado estuviera cediendo debajo de mí como un piso de nubes crepusculares, y que me sumergía y caía hacia el vacío inferior al tiempo de que ese otro Ser permanecía debajo del árbol.

  Me desperté con los sofocantes rayos del sol del mediodía sobre mi rostro. El suelo de césped sobre el cual yacía, los fragmentos dispersados del montículo a mi lado, las rocas y los enebros eran irreconocibles, como si pertenecieran a un planeta diferente al nuestro. Por un largo tiempo no los pude reconocer; y las cosas que he relatado en esta historia las recordé muy tardíamente, en secuencias desordenadas y fragmentadas. La manera de mi retorno a la tierra es aún un misterio. Algunas veces creo que los seres superiores me trajeron de vuelta en esa lustrosa nave cuyo mecanismo nunca pude comprender. Otras veces, cuando la locura se apodera de mí, creo que yo —o parte de mi Ser— fue precipitado hasta aquí como consecuencia de mi ingestión de la fruta. Las energías a cuya operación me expuse a mí mismo a través de ese acto eran del todo incalculables. Quizás, en acuerdo con las leyes de una química transdimensional, tuvo lugar una revibración y una verdadera separación de los elementos de mi cuerpo, por el cual devine en dos personas en diferentes mundos. Sin dudas los físicos se echarán a reír ante tales ideas.

  No se produjeron efectos corporales negativos debido a mi experiencia, aparte de un pequeño grado de lo que parecía ser quemaduras por el frío y un curioso ardor de la piel, suave más que severo. Esto podía ser el resultado de una exposición temporal a materiales radioactivos. Pero en todo lo demás yo era, y aún lo soy, un mero residuo de mi antiguo Ser. Entre otras cosas, descubrí que mis habilidades artísticas me abandonaron; y no retornaron luego de un intervalo de meses. Parecía como si alguna esencia elevada se hubiese marchado totalmente y para siempre. Me he convertido, por así decirlo, en un tonto. Pero muy a menudo ese tonto experimenta el infinito con toda su locura y maravilla. He abandonado las solitarias Sierras en busca del refugio de la cercanía humana. Pero las calles bostezan con abismos ocultos, y poderes insospechados por los demás pasan a mi lado entre la muchedumbre. Algunas veces ya no me encuentro aquí entre mis semejantes, sino que me encuentro al lado de los comedores de frutas bajo el árbol, en ese místico mundo alienígena.

  Traducido por Odilius Vlak

 –

 

  • Nota 1: En el texto original de esta historia, extraído del sanctasanctórum virtual de la obra de Clark Ashton Smith: http://www.eldritchdark.com, no aparece ningún encabezado que constituyera la primera parte de la misma. Sólo los # 2 y 3, titulados respectivamente «El Misterio se Profundiza» y «El Mundo Infinito».

  • Nota 2: Esta historia se publicó por primera vez en su versión original en Wonder Stories V4 #11, Stellar Publishing [abril de 1933]. También en las siguientes antologías:

  • 1.      Mundos Perdidos, Arkham House [1944].
  • 2.     Mundos Perdidos, Neville Spearman [1971].
  • 3.     Mundos Perdidos V1, Panther [1974].
  • 4.     Mundos Perdidos V1, Panther [1975].
  • 5.     La Gorgone, NéO [1986].
  • 6.     Star Changes: The Science Fiction of Clark Ashton Smith, Dark Side Press [2005].
  • 7.     Mundos Perdidos, University of Nebraska Press [2006].

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6 comentarios en “RUNES SANGUINIS / La Luz del Más Allá – Por Clark Ashton Smith

  1. Gracias Jorge Luís por tus palabras. Esa reacción la experimenté de primera mano al traducir el texto. La ciencia ficción pulp de Smith ciertamente poseía una gran dosis de imaginación desbordada y de una percepción de trascendencia evolutiva que rayaba en lo metafísico. Ese fue uno de los motivos por lo que tuvo problemas con la política editorial de la revista Wonder stories.

    Recuerda que tendremos una temporada de tres meses con Klarkash-Ton, por lo que quedan aún dos historias más.

    1. Amigo:

      Quedo a la espectativa de otras historias de Klarkash-Ton relacionadas con la scifi. A mi el Ciclo de Marte me gustó mucho y tanto es así que junto con una amiga tradujimos las historias que faltaban traducir para completar el ciclo (creo que te lo comenté en otro mensaje).

      Por otra parte hay una historia de título parecido creo que es la “La luz más allá del Polo” o algo parecido, completada por Lin Carter y relacionada con el ciclo de Hiperbórea que he buscado y creo que tampoco está traducida. No la tenés entre tus futuras traducciones?

      Bueno cordiales saludos, y gracias de nuevo por estas joyitas que nos ofreces en tu site.

  2. Hola Jorge Luís. Bueno, como dices «La luz del polo» está relacionada con el ciclo de Hiperbórea, si bien aún no la he leído. Tampoco la tengo en agenda, al menos no este año; pues primero suelo asegurarme de que no esté traducida ni por una editora «oficial» ni en ningún otro fanzine. Desde el principio me enfoqué en las historias de ciencia ficción pulp de Smith por ser las que menos atención se le ha prestado no sólo en nuestra parcela castellana sino incluso en la anglosajona. Y con razón hasta cierto punto, pues la ciencia ficción no era el fuerte de Klarkash-Ton. Las dos historias restantes de este año, tienen que ver con el género. Luego quiero enfocarme en sus historias de aventuras orientales. Pero… ¿Quién sabe a donde me pueda guiar la inspiración de Thasaidon?

    Nuevamente gracias por tus palabras. Y por cierto, se me ha olvidado felicitarte y a la vez agradecerte por las dos traducciones que hiciste de las sipnosis «Mnemoka» y «La casa de Haon-Dor», publicadas en EldritchDark. Me siento en deduda contigo como fanático de Smith por precederme en esto de las traducciones de sus textos al español. Y también por la oferta que nos hiciste de integrarlas en este espacio. No lo hemos hecho todavía porque la página exclusiva de las traducciones de la literatura de Smith aún no la tenemos lista.

  3. Olá, sou do Brasil e estou lendo os contos traduzidos aqui no site. No Brasil, praticamente não há livros com os contos de Clark Ashton Smith traduzidos para o português. As obras de Smith, cá no Brasil são ainda pouco conhecidas.

  4. Gracias Rogério y bienvenido al espacio que es también tuyo. Nos alegra saber que este aporte nacido de una verdadera devoción hacia la obra de Clark Ashton Smith, le sea de provecho a los lectores de literatura fantástica de otras latitudes de América Latina.

    Saludos a todos los fanáticos brasileños de la Era Pulp y en especial de la obra de Klarkash-Ton.

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