RUNES SANGUINIS / El Habitante del Abismo – Por Clark Ashton Smith

Wonder Stories V4 #10

  Expandiéndose y elevándose rápidamente, como un genio liberado de las botellas de Salomón, la nube apareció sobre el horizonte del planeta. Una columna rústica y colosal que avanzó a grandes pasos sobre la muerta planicie, a través de un cielo oscuro como la salmuera de desiertos de océanos que han menguado hasta desiertos de charcas.

  —Luce como una alegre tormenta de arena—comentó Maspic.

  —Bien podría ser cualquier otra cosa —secundó Bellman más bien secamente—. Cualquier otra clase de tormenta es desconocida en estas regiones. Es la clase de infierno retorcido que los Aihais llaman el Zoorth; y viene en nuestra dirección. Sugiero que empecemos a buscar refugio. Me he quedado atrapado por una Zoorth anteriormente, y no recomiendo una bocanada de ese polvo ferruginoso.

  —Hay una cueva en el banco del viejo río, hacia la derecha —dijo Chivers el tercer miembro del grupo, quien había estado escudriñando el desierto con inquietos ojos de halcón.

  El trio de terrícolas, endurecidos aventureros quienes rechazaron los servicios de los guías marcianos, había partido cinco días antes desde un puesto de Ahoom hacia la región inhabitada conocida como Chaur. Aquí, en los bancos de grandes ríos que no han fluido en edades, se rumoraba que el pálido oro semejante al platino de Marte podría ser hallado amontonado, al igual que la sal. Si la fortuna les sonríe, los años de involuntario exilio en el planeta rojo pronto llegarían a su fin. Ellos habían sido advertidos en contra del Chaur; y habían escuchados algunas historias extrañas en Ahoom en relación a los motivos del porqué antiguos exploradores nunca habían regresado. Pero el peligro, sin importar cuan exótico o amenazante, era simplemente parte de su rutina diaria. Con una buena provisión del invaluable oro al final del viaje, ellos podrían atravesar el Hinnom.

  Su reserva de alimentos y barriles de agua eran transportados sobre las espaldas de tres curiosos mamíferos llamados Vortlups: de cuello y piernas alargadas y cuerpo cubierto por una capa cornamentada, bien podrían ser una fabulosa combinación de un saurio y una llama. Estos animales si bien extravagantemente feos, eran mansos y obedientes, y bien adaptados a los viajes por el desierto, siendo capaces de marchar sin agua por meses. En los últimos tres días ellos habían seguido el curso de una milla de ancho de un antiguo río sin nombre, serpenteando entre colinas que se habían empequeñecido a meras protuberancias en eones de desgaste. Hasta el momento el cielo había estado quieto y silencioso; y nada se movía en la base el río, cuyas piedras estaban yermas incluso de simples líquenes. La maligna columna del Zoorth, retorciéndose e hinchándose en su dirección, fue la primera señal de animación que habían percibido en esa tierra muerta.

  Aguijoneando sus Vortlups con una puya de punta de hierro, única manera de incrementar la velocidad de estos monstruos de paso lento, los terrícolas se encaminaron hacia la boca de la caverna descrita por Chivers. Se encontraba a una distancia de un tercio de milla y a considerable altura en las escarpaduras de la orilla. El Zoorth había ocultado el sol antes de que alcanzaran la base de la antigua pendiente, por lo que avanzaron a través de un siniestro crepúsculo coloreado como con sangre seca. Los Vortlups, protestando con bramidos ultramundanos, comenzaron a ascender la playa, la cual estaba marcada con una serie de peldaños más o menos regulares que hablaban de la lenta recesión de sus antiguas aguas. La columna de arena, elevándose y girando formidablemente, ya había alcanzado la orilla opuesta para el momento en que arribaron a la caverna.

  Dicha caverna estaba ubicada en la cara de un risco bajo con rocas estriadas de hierro. La entrada había colapsado en montones de polvo de óxido ferroso y oscuro basalto, pero era lo suficientemente grande como para admitir a los terrícolas y sus pesadas bestias de carga. La oscuridad, pesada como si estuviera tejida con hilos negros, saturaba el interior. Ellos no pudieron formarse ninguna idea de las dimensiones de la caverna hasta que Bellman extrajo una antorcha eléctrica de su valija de pertenencias y dirigió sus curiosos rayos hacia las sombras. La antorcha apenas sirvió para revelar el comienzo de una cámara de tamaño indeterminado que penetraba dentro de la noche, ensanchándose gradualmente, con un piso que había sido pulido como por desvanecidas aguas. La entrada se había oscurecido con la aproximación del Zoorth. Un extraño lamento de demonios confundidos llenó los oídos de los exploradores, y partículas atómicas de arena soplaron sobre ellos, punzando sus rostros y manos cual inflexible polvo adamantino.

  —La tormenta durará al menos media hora —dijo Bellman—. ¿Podríamos internarnos dentro de la caverna? Probablemente no encontraremos nada más de interés o valor, pero la exploración servirá para matar el tiempo. Además, podríamos tropezarnos con unos cuantos rubíes violetas y zafiros de amarillo ambarino, como suelen encontrarse en ocasiones en estas cavernas. Ustedes mejor deberían traer sus antorchas también para que iluminen el piso y las paredes mientras avanzamos.

  Sus compañeros consideraron aceptable la sugerencia. Los Vortlups, del todo insensibles al soplido de la arena en su piel escamada, fueron dejados en la entrada. Chivers, Bellman y Maspic, con la luz de sus antorchas rasgando una espesa lobreguez que posiblemente no había conocido la intromisión de la luz en todos sus ciclos pasados, se adentraron en la amplia caverna.

  El lugar estaba desierto, con el mortal vacío de alguna catacumba largo tiempo abandonada. Sus herrumbradas paredes y suelo no reflejan las luces inquisidoras. Se inclinaba gradualmente y los lados ostentaban la huella del agua a una altura de seis o siete pies. Sin dudas en antiguos eones había sido el canal del un ramaje subterráneo del río. Estaba limpio de detritos, y era como el interior de algún pasaje ciclópeo que bien podría conducir a un Erebo sub-marciano. Ninguno de los tres exploradores era imaginativo o proclive al nerviosismo. Pero todos se encontraban acosados por extrañas impresiones. Tras el orden de críptico silencio, una y otra vez les parecía escuchar débiles susurros, como el suspiro de océanos sumergidos muy abajo en algún profundo hemisferio. La atmósfera estaba teñida con una dudosa y ligera humedad, y sentían el remolinear de una corriente de aire sobre sus rostros. Más extraño aún, era la insinuación de un innombrable olor, sugiriéndoles tanto la madriguera de un animal y el peculiar aroma de los asentamientos marcianos.

  —¿Crees que encontraremos alguna forma de vida? —dijo Maspic aspirando el aire dudosamente.

  —No es probable —dijo Bellman descartando el cuestionamiento con su sequedad habitual—. Incluso los salvajes Vortlups evitan el Chaur.

  —Pero hay ciertamente un toque de humedad en el aire —persistió Maspic—. Eso significa agua en algún lugar; y donde hay agua, también hay vida. Posiblemente de una naturaleza peligrosa.

  —Tenemos nuestros revólveres —dijo Bellman—. Pero dudo que lo necesitemos; mientras no nos topemos con otros cazadores de oro de la tierra —agregó cínicamente.

  —Escuchen —el apagado susurro vino de Chivers—. ¿Ustedes han escuchado algo?

  Los tres hicieron una pausa. En algún lugar de la oscuridad de adelante, ellos escucharon un ruido prolongado e inequívoco que confundía los oídos con elementos incongruentes. Era un agudo crujido y golpeteo como de metales arrastrados sobre rocas, y al mismo tiempo era de alguna manera como el relamido de una miríada de enormes bocas húmedas. Pronto disminuyó y se extinguió a un nivel que parecía muy abajo.

  —Eso es extraño —Bellman pareció admitir de manera reluctante.

  —¿Qué es eso? —preguntó Chivers—. ¿Uno de los monstruos subterráneos de un millar de pies y de media milla de largo, de los que hablan lo marcianos?

  —Has estado escuchando demasiado cuentos de hadas nativos —lo reprobó Bellman—. Ningún terrícola ha visto algo parecido. Y muchas cavernas profunda de Marte han sido del todo exploradas: pero aquellas en regiones desérticas como el Chaur, estaban privadas de vida. No puedo imaginarme qué pudo hacer ese ruido; pero, en el interés de la ciencia, me gustaría continuar y descubrirlo.

  —Comienzo a tener miedo —dijo Maspic—. Pero estoy resuelto si ustedes lo están.

  Sin más argumentaciones o comentarios, los tres continuaron su avance dentro de la caverna. Ellos habían estado caminando a buen paso por unos quince minutos, y se encontraban al menos a media milla de la entrada. El suelo era inclinado como si hubiese sido el lecho de un torrente. La conformación de las paredes había cambiado también. A cada lado había altos anaqueles de roca metálica y nichos columnados que los destellos de los rayos de las antorchas no siempre iluminaban. El aire se había hecho más pesado y la humedad evidente. Había una atmósfera de antiguas aguas estancadas. Ese otro olor, como de bestias salvajes o moradas de Aihais, también teñía la lobreguez con su penetrante hedor.

  Bellman los guiaba. Repentinamente, su antorcha reveló la orilla de un precipicio, donde el antiguo canal finalizaba abruptamente y las paredes y anaqueles giraban a cada lado hacia un espacio incalculable. Acercándose hasta la misma orilla, arrojó su rayo de luz hacia el abismo, alumbrando sólo la pendiente vertical que caía a sus pies dentro de la oscuridad sin aparente fondo. La luz también fracasó en alcanzar la orilla más lejana del abismo, la cual podría encontrarse a muchas leguas de distancia.

  —Luce como si hemos descubierto el punto de partida original —observó Chivers—.

  Buscando en los alrededores recogió un pedazo de roca desprendido del tamaño de un pequeño guijarro, el cual lanzó tan lejos como pudo dentro del abismo. Los terrícolas esperaron por el sonido de la caída, pero varios minutos pasaron y no hubo eco desde la negra profundidad. Bellman comenzó a examinar los bordes quebrados a cada lado de la boca del canal. Hacia la derecha discernió un saliente de roca que descendía bordeando el abismo, corriendo desde una distancia incierta. Su inicio era un poco más alto que la boca del canal, y era fácilmente accesible por medio de formaciones a manera de peldaños. El saliente era de dos yardas de ancho y su ligera inclinación, su remarcable simetría y regularidad, sugería la idea de una antigua ruta cortada en la cara del risco. Se encontraba cercada por las paredes, como si de la mitad de una alta arcada hendida se tratara.

  —He ahí nuestra ruta hacia el Hades —dijo Bellman—. Y la inclinación es lo suficientemente fácil para ello.

  —¿Cuál es la utilidad de seguir adelante? —dijo Maspic—. Yo por lo menos ya he tenido suficiente oscuridad. Y si fuésemos a encontrar algo por el hecho de continuar, sería sin ningún valor; o decepcionante. —Bellman vaciló.

  —Quizás tengas razón. Pero me gustaría seguir ese salidizo lo suficiente como para tener una idea de las dimensiones del abismo. Tú y Chivers pueden esperarme aquí si sienten miedo.

  Chivers y Maspic, aparentemente no estaban dispuestos a confesar los temores que sentían. Así que siguieron a Bellman a lo largo del saliente de roca que colgaba de la pared interna. No obstante, Bellman caminó descuidadamente en la orilla, a menudo iluminando la vastedad que engullía su débil luz. Cada vez más, a través de su uniforme anchura, inclinación y pulimento, y el semiarco del risco en lo alto, el saliente de roca impactaba a los hombres como un camino artificial. Pero, ¿quién lo pudo haber construido y usado? ¿En qué olvidadas edades y para cuál enigmático propósito fue diseñado? La imaginación de los terrícolas se quedaba corta ante los estupendos abismos de la antigüedad marciana que bostezaban sobre tales tenebrosos cuestionamientos.

  Bellman pensó que la pared se curvaba gradualmente hacia dentro sobre sí misma. Sin dudas ellos le darían la vuelta a todo el abismo a tiempo, siguiendo el camino. Quizás serpentearía en una espiral pausada y tremenda, siempre hacia abajo, vuelta tras vueltas, hasta las mismas entrañas de Marte. Él y los demás se quedaban pasmados en largos intervalos de silencio. Ellos se asombraron horriblemente cuando, mientras avanzaban, escucharon en las profundidades de abajo el mismo peculiar sonido arrastrado o combinación de sonidos que habían escuchado en la caverna exterior. Ahora sugería otras imágenes: el crujido era como una raspadura semejante a limar. Los innumerables sonidos, suaves y metódicos, eran vagamente similares al ruido hecho por una enorme criatura que retirara sus pies desde un cenagal. El sonido era inexplicable, terrible. Parte de su terror yacía en una sugerencia de lejanía, que parecía señalizar la enormidad de aquello que lo producía y enfatizar la profundidad del abismo. Y que fuera escuchado en ese abismo planetario debajo de un desierto sin vida, ciertamente asombraba e impactaba. Incluso Bellman, que hasta ahora se había mostrado intrépido, sucumbió a un horror informe que se levantó como una emanación de la noche. El sonido se hizo más débil hasta que cesó del todo, dando de alguna manera la idea de que su fuente había descendido directamente sobre la pared perpendicular hacia los niveles más bajos del abismo.

  —¿Debemos regresar? —inquirió Chivers.

  —Bien lo podríamos hacer —asintió Bellman sin demora—. En todo caso, tomará una eternidad explorar todo el lugar.

  Ellos comenzaron a desandar sus pasos sobre el saliente de roca. Los tres, con ese sentido extratáctil que advierte de la aproximación de un peligro oculto, se encontraban perturbados y alerta. Si bien el abismo estaba en silencio luego del retiro del extraño sonido, de alguna manera ellos sentían que no estaban solos. ¿De dónde vendría el peligro o con qué forma?, no lo podrían deducir; lo cierto es que sentían una alarma que rayaba en el pánico. Tácitamente, ninguno de los tres lo mencionó; ni tampoco discutieron el fantasmagórico misterio sobre el cual ellos habían tropezado de una manera tan fortuita.

  Maspic llevaba la delantera. Ellos habían cubierto al menos la mitad de la distancia hacia el viejo canal de la caverna, cuando su antorcha, proyectándose hacia delante por unos veinte pies, iluminó una grupo de figuras blancuzcas, tres de ellas adelantas bloqueando el camino. Las luces de Bellman y Chivers, siguiendo la la suya de cerca, revelaron con espantosa claridad los destacados miembros y rostros de la muchedumbre si bien no pudieron determinar su número. Las criaturas, la cuales se mantenían perfectamente inmóviles y en silencio, eran genéricamente similares a los Aihais o nativos de Marte. Pero pese a ello, parecían representar una tipología extremadamente degradada y aberrante, y la palidez como de hongo de sus cuerpos sugería largas edades de vida subterránea. También eran más pequeños que los Aihais de edad madura, siendo en promedio de cinco pies de altura. Ellos poseían las enormes narices, las orejas acampanadas, el pecho de tonel y los largos miembros de los marcianos; pero todos ellos carecían de ojos. En los rostros de algunos de ellos, se percibían borrosas y rudimentarias líneas donde deberían estar los ojos; en la de otros, profundos huecos  vacíos que sugería la extracción de los glóbulos oculares.

  —¡Dios, que muchedumbre más espectral! —gritó Maspic—. ¿De dónde salieron? ¿Y qué quieren?

  —Ni idea —dijo Bellman—. Pero nuestra situación es de alguna manera engañosa; a menos que ellos no sean amigables. Debieron de haber estado escondidos en los salientes de rocas de la caverna de arriba cuando entramos.

  Avanzando atrevidamente más allá de Maspic, él se dirigió a las criaturas en el idioma gutural de los Aihais, muchas de cuyas vocales pueden apenas ser articuladas por un terrícola. Algunas de las criaturas se estremecieron de manera inquietante, emitiendo chillidos y sonidos piados que guardaban poca semejanza con el idioma marciano. Estaba claro que no podían comprender a Bellman. El lenguaje de señas debido a su ceguera sería igualmente inútil. Bellman sacó su revolver y se reunió con los otros para deliberar.

  —Debemos atravesarlos de alguna manera —dijo—. Y si ellos no nos dejan avanzar sin interferencia… —el chasquido del martillador sirvió para finalizar la sentencia.

  Como si el sonido metálico hubiese sido una señal esperada, los compactados seres, blancuzcos y ciegos, iniciaron un repentino movimiento, precipitándose sobre los terrícolas. Era como la embestida de autómatas: un irresistible avance de máquinas, concertadas y metódicas, bajo la dirección de un poder oculto. Bellman tiró de su gatillo, una, dos, tres veces, a quema ropa. Era imposible fallar. Pero las balas eran inútiles como guijarros arrojados sobre un torrente desbordado. Los seres ciegos no rompieron filas, a pesar de que dos de ellos comenzaron a sangrar el fluido amarillento que constituía la sangre marciana. Los líderes, ilesos y moviéndose con diabólica seguridad, tomaron el brazo de Bellman con sus cuatro dedos largos y articulados, y le arrebataron el revolver antes de que pudiera disparar nuevamente. Curiosamente, las criaturas no trataron de privarlo de su antorcha, la cual sostenía con su mano izquierda; vio el destello acerado de la Colt mientras fue lanzada a la oscuridad desde la mano de un marciano. Luego, los cuerpos pálidos como hongos, bullendo horriblemente sobre el estrecho sendero, se abalanzaron sobre él, apretándolo de tal manera que no hubo espacio para ninguna resistencia. Chivers y Maspic, luego de disparar unas cuantas balas, también fueron privados de sus armas, pero, a través de una extraña discriminación, les fue permitido conservar sus antorchas.

  Todo el episodio fue cosa de un momento. Sólo hubo una pequeña disminución del movimiento de la muchedumbre en marcha, dos de cuyos miembros habían sido asesinados por Chivers y Maspic; estos fueron arrojados por sus compañeros dentro del abismo. Las primeras filas, abriéndose diestramente, integraron a los terrícolas, forzándolos a volverse. Entonces, apretadamente atrapados en un vicioso movimiento de cuerpos, fueron transportados irresistiblemente con ellos, deviniendo parte de un ejército críptico y ciego. Impedidos por el temor de que se le cayeran sus antorchas, ellos no pudieron hacer nada en contra del pesadillezco torrente; precipitándose con temerarios pasos a lo largo de un camino que conducía cada vez más profundo dentro del abismo, sólo capaces de ver las luminiscentes espaldas y miembros de las criaturas ante ellos.

  Detrás de ellos, parecía que habían veintenas de marcianos, conduciéndolos hacia adelante implacablemente. Luego de un rato, su difícil situación comenzó a paralizar sus facultades. Era como si ellos ya no se movieran con pasos humanos, sino con el ligero y automático movimiento de las viscosas criaturas que se apretujaban a su alrededor. El pensamiento, la voluntad e incluso el terror fueron obnubilados por el ritmo extraterrestre de esos pies que avanzaban hacia el abismo. Constreñidos por esto, y por una sensación de total irrealidad, ellos hablaron sólo a largos intervalos y en monosílabos que parecían haber perdido todo significado, como el lenguaje de las máquinas. Las criaturas ciegas estaban totalmente en silencio; no había sonido, excepto el de una miríada de eternos golpeteos sobre la piedra.

  Cada vez más lejos ellos avanzaron, a través de negras horas que no pertenecían al periodo diurno. Pausada y tortuosamente el sendero se curvaba hacia dentro, como si estuviera enrollado alrededor del interior de una Babel cósmica y ciega. Los terrícolas sentían como si ellos hubiesen dado la vuelta al abismo muchas veces a lo largo de esa terrible espiral; pero la distancia que habían recorrido, así como la verdadera extensión del asombroso abismo, era inconcebible. Excepto por las antorchas, la noche era absoluta, inmutable. Era más antigua que el sol, medrando en ese lugar a través de todos los eones pasados. Se condensaba sobre ellos como un peso monstruoso; y bostezaba espantosamente debajo de ellos. De ella emanó el fuerte hedor de aguas estancadas. Pero aún no existía otro sonido aparte del suave y mesurado golpeteo sordo de pies en marcha descendiendo hacia ese Ábadon sin fondo.

  En algún lugar, luego del lapso de edades nocturnas, la marcha rumbo al abismo cesó. Bellman, Chivers y Maspic, sintieron relajarse la presión de los cuerpos agrupados; sintieron que ellos estaban quietos, mientras el cerebro continuaba captando la inhumana distancia de ese terrible descenso. La razón —y el horror— retornaron a ellos lentamente. Bellman alzó su luz y los rayos circulares recorrieron la muchedumbre de marcianos, muchos de los cuales estaban dispersados en enormes cavernas donde el sendero que bordeó el abismo finalizaba. No obstante, otros de los seres permanecían como para mantener vigilados a los terrícolas. Ellos se agitaban en alerta a cada movimiento de Bellman, como si estuvieran conscientes de su presencia por medio de un sentido desconocido.

  Muy cerca hacia la derecha, el piso nivelado finalizaba abruptamente, y encaminándose hacia la orilla, Bellman vio que la caverna era un salón abierto en la pared perpendicular. Muy abajo en la oscuridad, un brillo fosforescente se movía de aquí para allá, como noctiluca en un océano subterráneo. Un viento lento y fétido sopló sobre él; y escuchó el extraño silbido de las aguas sobre los riscos sumergidos: aguas que se habían filtrado durante inenarrables ciclos de desecación planetaria. Él se alejó rápido del lugar. Sus compañeros estaban examinando el interior de la caverna. Les parecía que el lugar tenía un origen artificial; pues, cayendo aquí y allá, los rayos de las antorchas revelaron enormes filas de columnas adornadas con profundos bajo relieves. ¿Quién los había esculpido y cuándo?, esos eran problemas no menos insolubles que el origen del sendero inclinado del risco. Sus detalles eran obscenos como las visiones de la demencia; impactaban el ojo como un golpe violento; sugiriendo una maldad extrahumana, una insondable malignidad, en el pasajero momento de la revelación.

  La caverna era en verdad de una extensión estupenda, adentrándose muy lejos en el risco, con numerosas salidas, que conducían sin lugar a dudas a más ramificaciones. Las luces de las antorchas medio descubrieron las aladas sombras de los ocultos nichos; captaron las prominencias de las lejanas paredes que ascendían hacia una lobreguez inaccesible; se posaron sobre las criaturas que iban de aquí para allá como monstruosos hogos vivientes; exponían a una breve existencia las plantas pálidas semejantes a pólipos que colgaban silenciosamente de las piedras nocturnas. El lugar era abrumador, oprimía los sentidos, aplastaba el cerebro. Las mismas piedras eran como una encarnación de la oscuridad; y la luz y la visión eran como efímeros intrusos en este reino de ciegos. De alguna manera los terrícolas fueron vencidos por la convicción de que el escape era imposible. Un extraño letargo los reclamó. Ellos ni siquiera discutieron su situación sino que permanecieron indolentes y en silencio.

  De pronto, desde la manchada lobreguez, un grupo de marcianos reapareció. Con la misma sugerencia de automatismo controlado que había caracterizado todas sus acciones; se reunieron alrededor de los hombres una vez más, y los condujeron dentro de la bostezante caverna. Paso a paso, los tres fueron arrastrados junto a esa espectral y leprosa procesión. Las obscenas columnas se multiplicaron, la caverna se abría ante ellos con interminable paisajes, como la revelación de cosas asquerosas que dormitaran en el nadir de la noche. Ligeramente al principio, pero más fuerte mientras ellos avanzaban, se apoderó de ellos una insidiosa sensación de somnolencia, como la que pudiera ser causada por un efluvio mefítico. Ellos intentaron rebelarse en contra de ella, pero la somnolencia era de alguna manera oscura y maligna. Cayó más pesada sobre ellos; y luego ellos arribaron al corazón del horror.

  Entre los pilares gruesos y sin límite aparente, el suelo ascendió hacia un altar de siete peldaños oblicuos y piramidales. En la cima, se agazapaba una imagen de pálido metal: una criatura no más grande que una liebre, pero monstruosa más allá de lo imaginable. Los marcianos se aglomeraron alrededor de los terrícolas. Uno de ellos tomó a Bellman por el brazo, como apremiándolo a que ascendiera al altar. Con los lentos pasos de un soñador, él escaló los inclinados peldaños; Chivers y Maspic lo siguieron.

  La imagen no se parecía a nada que ellos hubiesen visto en el planeta rojo; o en otro lugar. Estaba esculpida en oro blancuzco, representando un animal jorobado con un suave caparazón colgante, desde debajo del cual su cabeza y miembros emergían a la manera de una tortuga. La cabeza era venenosamente achatada, triangular… y sin ojos. Desde las caídas esquinas de su boca cruelmente lineal, dos largas probóscides se curvaban hacia arriba, huecas y en forma de copa en las puntas. La criatura estaba dotada de una serie de piernas cortas, surgiendo a intervalos uniforme desde debajo del caparazón, y una curiosa doble cola estaba enrollada y trenzada debajo de su cuerpo arrellanado. Los pies eran redondos y tenían la forma de pequeñas copas invertidas. Asquerosa y bestial como la invención de alguna demencia atávica, el ídolo parecía dormitar en el altar. Perturbaba la mente con un horror lento e insidioso; asaltaba los sentidos con el fluir de un estupor como de mundos primordiales, existentes antes de la creación de la luz, donde la vida podría abundar perezosamente en rezumante ceguedad.

  Confusamente, los terrícolas percibieron que el altar estaba abarrotado de los marcianos, quienes avanzaban a su lado para rodear la imagen. Y como en algún fantásticos ritual de toque, las criaturas estaban acariciando el ídolo con sus lánguidos dedos, y recorriendo sus espantosos contornos. En sus brutales rostros un éxtasis narcótico se imprimió. Apremiados como soñadores de algún sueño aberrante, Bellman, Chivers y Maspic siguieron su ejemplo. La criatura era fría al tacto y húmeda como si hubiese estado yaciendo sobre un lecho de cieno. Pero al mismo tiempo parecía estar con vida, palpitar e hincharse bajo las puntas de sus dedos. Una oscura vibración surgió de ella en incesantes y pesadas ondas: un poder opiáceo que nublaba los ojos; que derramaba su siniestra somnolencia dentro de la sangre.

  Con sus sentidos nadando en una extraña oscuridad, ellos eran vagamente conscientes de la presión del tropel de cuerpos que los desplazaron de la cima del altar. Entonces, algunos de estos, retorciéndose como si estuvieran saciados de la emanación narcótica, los transportaron sobre los peldaños oblicuos hacia el piso de la caverna. Aún sosteniendo sus antorchas con dedos insensibles, se dieron cuenta que el lugar estaba abarrotado con las pálidas figuras, quienes se habían reunido para esa ceremonia profana. A través de las ennegrecidas manchas de sobras, los terrícolas los observaron mientras ellos bullían arriba y abajo sobre la pirámide como vivientes frisos leprosos.

  Chivers y Maspic, sucumbiendo primero a la influencia, se deslizaron al piso cual presas de un total sopor. Pero Bellman, más resistente, parecía caer y derivar a través de un mundo de sueños oscuros. Sus sensaciones eran anormales y desconocidas en grado sumo. Por todas partes se manifestaba un Poder palpable y creciente el cual no podía identificar con ninguna imagen visual: un Poder que exudaba una somnolencia miasmática. En esos sueños, por gradaciones insensibles, y olvidando su último destello de personalidad humana, él de alguna manera se identificaba a sí mismo con las criaturas sin ojos: él vivía y se movía como ellos en profundas cavernas o senderos oscuros. Y al mismo tiempo él era algo más: una Entidad sin nombre que gobernaba sobre los ciegos y era adorada por ellos; una cosa que habitaba en las antiguas aguas putrescentes; en el más profundo abismo; que emergía a intervalos para hacer cosas innombrables. En esa dualidad del ser, él se sentaba ante ciegos banquetes; y era también devorado. Con todo esto, como un tercer elemento de identidad, el ídolo estaba asociado; pero sólo como una sensación táctil y no como una memoria óptica. No había luz en ninguna parte; y ni siquiera el recuerdo de la luz.

  Ya sea que él pasó de estas oscuras pesadillas a una somnolencia carente de sueños, no lo podía saber. Su despertar, oscuro y letárgico, era al principio como una continuación de los sueños. Entonces, abriendo sus cubiertos párpados, vio el rayo de luz yaciendo sobre el piso al frente de su antorcha caída. La luz se derramaba sobre algo que no podía reconocer, en su despertar narcotizado. Pero aún así lo perturbó, y la sombra del horror despertó sus facultades a la vida. Poco a poco se dio cuenta que la cosa que vio era el cuerpo medio devorado de un troglodita sin ojos. Faltaban algunos de los miembros; y el resto estaba roído hasta los mismos huesos. Bellman se levantó tambaleándose y miró alrededor con ojos que aún estaban cubiertos por una borrosa red de sombras. Chivers y Maspic yacían a su lado bajo un pesado sopor; y por toda la caverna y sobre el altar de siete peldaños, yacían desparramados los devotos de la somnífera imagen. Sus otros sentidos comenzaron a despertar de su letargo, y pensó que escuchaba un ruido que le era familiar: un agudo deslizarse y un frecuente sorber. El sonido se perdió entre los masivos pilares más allá de los cuerpos durmientes. Un olor como de aguas podridas teñía el aire, y vio que había muchos curiosos anillos de humedad sobre las rocas, como los que podrían haber sido hechos por los bordes de copas invertidas. Aún conservando el orden de las huellas, ellas se alejaban de los marcianos medio devorados hacia la sombra de esa caverna exterior que hacía frontera con el abismo; la dirección a donde el extraño sonido se había retirado, ahogándose más allá de la audición.

  En la mente de Bellman se alzó un terror demencial que luchó con el hechizo que aún lo adormecía. Él se inclinó sobre Chivers y Maspic, sacudiéndolos bruscamente hasta que ellos abrieron sus ojos y comenzaron a protestar con soñolientos murmullos.

  —Levántense maldita sea —los amonestó—. Si hemos de escapar de este pozo infernal, ahora es el momento.

  A fuerza de muchas protestas, juramentos y esfuerzo muscular, él tuvo éxito en poner de pie a sus compañeros. Precipitándose como borrachos, siguieron a Bellman entre los esparcidos marcianos, lejos de la pirámide donde el ídolo de oro blanco aún se cernía  con maligna somnolencia sobre sus adoradores. Una nubosa pesadez se posó sobre Bellman; pero de alguna manera hubo una reducción del opiáceo hechizo. Sintió el resurgimiento de su voluntad y un gran deseo de escapar del abismo y de todo lo que moraba en su oscuridad. Los otros, esclavizados más profundamente por el poder somnífero, aceptaron su liderazgo y guía de una manera entumecida e irracional.

  Él se sentía seguro de que podía desandar sus pasos por el camino a través del cual se habían aproximado al altar. Este, le parecía, era también el curso que había sido tomado por lo que dejó las marcas de anillos, húmedas y fétidas. Avanzando sin pausa entre las esculpidas columnas en lo que pareció una enorme distancia, ellos al fin arribaron al mismo borde, pórtico de un Tártaro negro, desde el cual podían mirar hacia su último abismo. Muy abajo, en esas aguas putrescentes, la fosforescencia se expandía en círculos que se ensanchaban, como si fuera perturbada por la inmersión de cuerpos pesados. En la misma orilla, a sus pies, los húmedos anillos estaban imprimidos sobre la roca. Ellos se volvieron, con Bellman temblando por los negros sueños medio recordados, y el terror de su despertar, descubriendo en la esquina de la caverna el comienzo del camino ascendente que bordeaba el abismo: el camino que los llevaría de regreso al perdido sol.

  Bajo sus órdenes, Maspic y Chivers apagaron sus antorchas para conservar las baterías. Era incierto el tiempo que estas podían durar y la luz era su necesidad primaria. Su propia antorcha les serviría a los tres hasta que se consumiera. No había sonido o agitación de vida en esa caverna de sueño sin luz en la cual los marcianos yacían alrededor de la narcótica imagen. Pero un terror como nunca lo había sentido en todas sus aventuras, provocó que Bellman se sintiera enfermo y aturdido mientras escuchaba en su umbral. El abismo también estaba en silencio; y los círculos fosforescentes cesaron de expandirse en las aguas. Pero el silencio era una cosa que oprimía los sentidos y retardaba lo miembros. Se alzó alrededor de Bellman como el pegajoso limo de algún pozo inferior, en el cual él se podía ahogar. Con arrastrados esfuerzos comenzó la ascensión, gritando, maldiciendo y pateando a sus compañeros hasta que ellos respondieron como animales soñolientos.

  Era como escalar a través del Limbo, una ascensión desde el nadir a través de una oscuridad que parecía palpable y viscosa. Hacia adelante y hacia arriba ellos se afanaban, a lo largo del monótono e imperceptible sendero serpenteante en el cual toda sensación de distancia estaba perdida, y el tiempo sólo era medido por la eterna repetición de los pasos. La noche descendió sobre el débil rayo de luz de Bellman; se cerró tras ellos como un océano que todo lo engullera, paciente e incesante; esperando el momento en que la antorcha se apagara. Mirando sobre el borde a intervalos, Bellman observó la gradual desaparición de la fosforescencia en el abismo. Imágenes fantásticas surgieron en su mente, era como el último destello de los fuegos del infierno; como el ahogarse de nebulosas bajo el universo. Sentía el desvanecimiento de aquel que mira hacia abajo en el espacio infinito. Muy pronto sólo hubo oscuridad; y supo por esta señal la asombrosa distancia que habían ascendido.

  Las necesidades menores del hambre, la fatiga y la sed, habían sido bloqueadas por el temor que los urgía. De Maspic a Chivers, muy lentamente, el sopor abrumador fue abandonándolos, de manera que ellos también eran conscientes de la presencia de un terror tan vasto como la noche misma. Los golpes, patadas y juramentos de Bellman ya no eran necesarios para impulsarlos. La noche colgaba sobre ellos maligna, antigua y soporífera. Era como la piel espesa y fétida de los murciélagos: una cosa material que obstruía los pulmones y embotaba todos los sentidos. Era silenciosa como el sueño de mundos muertos… Pero desde ese silencio, luego del lapso aparente de años, un sonido dos veces familiar surgió y alcanzó a los fugitivos: el sonido de algo que se arrastraba sobre la piedra muy abajo en el abismo: el ahogado sonido de una criatura que retirara sus pies desde un cenagal. Inexplicable, provocó ideas incongruentes y demenciales, como un sonido escuchado en estado de delirio, convirtiendo el terror de los terrícolas en repentino frenesí.

  —Dios, ¿qué es eso? —susurró Bellman.

  Le pareció recordar cosas sin vista, aborrecibles formas palpables de noche primordial, que no eran una parte legítima del recuerdo humano. Sus sueños y su pesadilla al despertar en la caverna: el ídolo blanco; los trogloditas medio devorados de los acantilados inferiores; los anillos de humedad, conduciendo hacia el abismo; todo retornó como la creación de una locura desbordada, asaltándolo en ese terrible sendero, a mitad de camino entre el océano subterráneo y la superficie de Marte.

  Su pregunta fue respondida sólo por la continuación del sonido. Pareció aumentar de volumen, como si ascendiera la pared de abajo. Maspic y Chivers, encendiendo sus luces, comenzaron a correr con pasos frenéticos; y Bellman, perdiendo su último remanente de control, los siguió de cerca. Era una carrera en contra de un horror desconocido. Sobre el trabajoso latir de sus corazones, y los sincronizados pasos de sus pies, los hombres aún escuchaban ese sonido siniestro e incomprensible. Les parecía correr a través de leguas de negrura; y a pesar de ello el ruido se acercaba, ascendiendo debajo de ello, como si lo que lo producía fuera una cosa capaz de caminar por el risco perpendicular. El sonido ya estaba asombrosamente cerca; y un poco adelantado. Cesó abruptamente. Las inquietas luces de Maspic y Chivers, quienes llevaban la delantera, alumbraron la cosa agazapada que cubría el salidizo de dos yardas de lado a lado.

  Aún siendo aventureros endurecidos, los hombres hubieran chillado en voz alta por la histeria, o se hubiesen arrojado hacia el precipicio, si la visión no les hubiese inducido una especie de catalepsia. Era como si el pálido ídolo de la pirámide, aumentado a las proporciones de un mamut y espantosamente vivo, hubiese venido desde el abismo para agacharse delante de ellos. Aquí estaba claramente la criatura que sirvió de modelo para esa atroz imagen. El enorme caparazón jorobado, guardando un vago parecido con la armadura de un gliptodonte, brillaba con un destello como de oro blanco húmedo. La cabeza sin ojos, alerta pero soñolienta, se alzaba sobre un cuello que se arqueaba obscenamente. Una docena o más de piernas cortas, con pies en formas de copa, emergían inclinados desde debajo del colgante caparazón. Las dos probóscides de una yarda de longitud, y finalizando en forma de copa, se alzaban desde las comisuras de una boca cruelmente delineada, ondulando lentamente en el aire hacia los terrícolas.

  La cosa parecía ser tan vieja como ese planeta agonizante, una desconocida forma de vida primordial que había habitado siempre en las aguas cavernosas. Ante ella, las facultades de los terrícolas estaban bajo el efecto de un sopor maligno, tal como el que habían sentido ante el ídolo. Estaban parados con sus antorchas iluminando por entero el Terror. Y ellos no pudieron moverse ni gritar cuando de repente se alzó erecto, revelando su estómago anillado, y la extraña cola doble que crujía y arrastraba metálicamente sobre la roca. Sus numerosos pies, contemplados desde esta postura, eran huecos como cálices, rezumando una humedad mefítica. Sin dudas servían como succionadores, capacitándolo para caminar sobre una superficie perpendicular.

  Inconcebiblemente rápido y seguro en todos sus movimientos, con pasos cortos de sus piernas traseras, y equilibrado por la cola, el monstruo se abalanzó sobre los indefensos hombres. Las dos probóscides se curvaron infaliblemente, y sus puntas se posaron sobre los ojos de Chivers mientras permanecía con su rostro levantado. Descansaron allí, cubriendo por entero sus ojos, pero sólo por un momento. Entonces, se escuchó un grito agonizante, cuando las huecas puntas fueron retiradas con un movimiento rápido, ágil y vigoroso, como el azote de serpientes. Chivers se balanceó lentamente, inclinando su cabeza y retorciéndose con un dolor medio anestesiado. Maspic, parado a su lado, vio de una manera soñolienta y borrosa las huecas órbitas de donde los ojos habían sido extirpados. Fue la última cosa que jamás vio. En ese momento el monstruo le dio la espada a Chivers, y las terribles copas, goteando sangre y hedor, descendieron sobre los propios ojos de Maspic.

  Bellman, que se había detenido muy cerca detrás de los otros, comprendió lo que estaba ocurriendo como uno que contemplara las abominaciones de una pesadilla pero fuera incapaz de intervenir o huir. Vio los movimientos de los miembros ahuecados; escuchó el único grito atroz que fue exprimido por Chivers, y el rápidamente proferido de Maspic. Entonces, sobre las cabezas de sus compañeros, los cuales aún sostenían las inútiles antorchas con dedos rígidos, las probóscides se dirigieron hacia él…

  Con sangre corriendo copiosamente sobre sus rostros; con la somnolienta, implacable y vigilante Forma sin ojos pisando sus talones, conduciéndolos cual manada, deteniéndolos cuando se tambaleaban hacia la orilla, los tres comenzaron su segundo descenso sobre el camino que se abismaba por siempre hacia ese Averno ceñido de oscuridad.

  Traducido por Odilius Vlak

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  • Nota: Esta historia se publicó por primera vez en su versión original en Wonder Stories V4 #10, Stellar Publishing [marzo de 1933]. También en las siguientes antologías:
  1. 1.      Las Abominaciones de Yondo, Arkham House, [1960].
  2. 2.     Xiccarph, Ballantine, [1972].
  3. 3.     Las Abominaciones de Yondo, Neville Spearman, [1972].
  4. 4.     Las Abominaciones de Yondo, Panther, [1974].
  5. 5.     Las Abominaciones de Yondo, Panther, [diciembre de 1974].
  6. 6.     El Habitante del Abismo, Necronimicon Press, [1987].
  7. 7.     Una Cita en Averoigne, Arkham House, [1988].
  8. 8.    El Habitante del Abismo, Necronomicon Press, [1988].
  9. 9.     Les Abominations de Yondo, NéO, [1988].

           10.El Habitante del Abismo, The Dweller in the Gulf, [1993]

           11.  Una Cita en Averoigne, Arkham House, [2003].

           12. Star Changes, The Science Fiction of Clark Ashton Smith, Dark Side Press, [2005].

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