RUNES SANGUINIS / El Gran Dios Awto – Por Clark Ashton Smith

Conferencia dada por el honorable Erru Saggus, Profesor de Arqueología Hemurriquanea en la Universidad Mundial de Toshtush, a los 365 días del año 5998.

Damas, caballeros, andróginos y neutros de la clase de arqueología, ustedes han aprendido, a través de mis anteriores conferencias, todo lo que es conocido o inferido en relación a la literatura y el arte crudamente realista de los antiguos hamurriquanos. Con alguna dificultad, debido a la naturaleza fragmentaria de los remanentes en existencia, he reconstruido para ustedes sus odiosas y bizarras edificaciones y sus rudos mecanismos. También, ya se encuentran familiarizados con los inconcebiblemente torpes e ineficientes sistemas legales y económicos que prevalecieron entre ellos, junto con la confusión de grosera superstición  e insuficiente conocimiento que ostentaban los secretos nombres de las ciencias. Han escuchado, y no sin diversión, mi narración de sus ridículas costumbres amorosas y sociales, y también con horror, sobre la inenarrable historia acerca de su adicción a toda clase de crímenes violentos. Hoy he de hablar acerca de un asunto que realza aún más el bajo nivel de barbarismo, el evidente salvajismo, de este pueblo sangriento y embrutecido. Huelga decir que mi conferencia tendrá como tema el universalmente propagado culto de sacrificio humano y autoinmolación al dios Awto.

  Un culto que muchos de mis cofrades han tratado de asociar con la adoración a la deidad heendouana, Yokkurnudd o Jukkernot. En este culto el salvaje fanatismo religioso de los hamurriquanos, junto a la sed de sangre general por la cual ellos eran notorios, halló su expresión más congénita y extendida. Si aceptamos la relación más que controversial entre Awto y Yokkurnudd, nos resulta claro que el último dios era una variación extremadamente refinada de Awto, adorado por un pueblo más avanzado y gentil. Los ritos en honor a Yokkurnudd eran localizados y ocasionales, mientras que los sacrificios requeridos por Awto tenían lugar a todas horas y en cada calle y avenida.

  No obstante, ante ciertas autoridades respetadas, me veo inclinado a dudar las afinidades de ambas religiones. Ciertamente nada fuera del uso ritual de las aplastantes ruedas de pesados vehículos terrestres, como los que ustedes han visto en nuestros museos entre las exhumadas reliquias del pasado. Me entusiasma la esperanza de que eventualmente pueda hallar evidencia que confirme mi duda, y de esa manera vindicar a los heendouanos de la negra acusación que la leyenda y la arqueología hacen pesar sobre ellos. Así haré una valiosa contribución a la ciencia, si puedo mostrar que ellos se encontraban entre los pocos pueblos antiguos que no fueron tentados por el diabólico culto de Awto, originado en Hamurriqua.

  Debido al carácter tan bárbaro de tal religión, en ocasiones ha sido argumentado que la cultura hamurriquana —si podemos llamarla así— debió haber florecido en un periodo más temprano del desarrollo del hombre que la heendouana. Sin embargo, cuando tratamos con el reino de la investigación que bordea la prehistoria, cronologías tan relativas deben ser dejadas a los teóricos. Exceptuando, por supuesto, a nuestra moderna y superior civilización, el progreso humano ha sido lento e incierto, con muchas Edades Oscuras de por medio; y muchas regresiones a un salvajismo total o parcial. Creo que la época hamurriquana, ya sea que fuera anterior a la heendouana o su contemporánea, puede ser clasificada como una de esas Edades Oscuras.

  Para retornar a mi tema principal, el culto de Awto, es sin dudas bien conocido de ustedes que en años recientes ciertos irresponsables, que se hacen llamar arqueólogos, descarriados por un deseo de crear sensación a expensa de la verdad, han apadrinado la fantástica tesis de que nunca existió tal cosa como el dios Awto. Ellos creen, o profesan creer, que los vehículos inmoladores de los antiguos, y la gran destrucción de vida y miembros causados por su uso, no poseían significado religioso. Una premisa tan absurda sólo puede ser sustentada por hombres dementes o charlatanes. La menciono solamente para demostrar que la refuto y rechazo con todo el desprecio que se merece.

  Por supuesto, no puedo negar el carácter dudoso de algunas de nuestras deducciones arqueológicas. Grandes dificultades han obstaculizado nuestras investigaciones en los desiertos continentales de Hamurriqua, donde todo alimento y agua deben ser transportados a través de miles de millas. Las edificaciones y escrituras de los antiguos, a menudo fabricados con los materiales más efímeros, yacen debajo de arenas en perpetuo movimiento sobre las que ningún ser humano ha pisado en milenios. Por lo tanto, no es de extrañar que las especulaciones deban en ocasiones llenar el vacío del conocimiento preciso. Aún así, puedo decir con seguridad que muy pocas de nuestras deducciones están tan completamente probadas, tan sólidamente basadas, como aquellas relacionadas al culto de Awto. Así que la evidencia, si bien ampliamente circunstancial, es abrumadora.

  Como la mayoría de las religiones, se verá que este culto tuvo un origen oscuro y sombrío. Tanto la leyenda como la historia han olvidado los nombres de los que lo promulgaron. Los primeros carros de inmolación eran lentos y torpes, y el rito del sacrificio era quizás practicado raramente y de manera furtiva en sus comienzos. Tampoco hay dudas de que las víctimas elegidas a menudo escapaban. Awto, en el principio, pudo a penas haber inspirado el temor universal y la reverencia de épocas posteriores. Ciertos fragmentos de escrituras hamurriquana, preservadas milagrosamente en bóvedas herméticas y descifradas antes de que pudieran colapsar, nos proporcionaron el nombre de dos profetas de Awto de la primera época: Anriford y Dhodzh. Ellos amasaron fortunas de la credulidad de sus ingenuos seguidores. Fue bajo la influencia de estos profetas que la oscura y espantosa religión se propagó a grandes saltos, hasta que ninguna calle o avenida hamurriquana estuvo a salvo de las relampagueantes ruedas en marcha de los autos sacrificadores.

  Es dudoso que Awto, como la mayoría de las otras deidades salvajes y primordiales, fuera alguna vez representado por imágenes grabadas. Al menos, ninguna imagen de tal naturaleza ha sido registrada en nuestras investigaciones. Sin embargo, los oxidados despojos de los templos construidos con hierro de Awto, llamados Grahges, han sido exhumado en todas partes y en grandes cantidades. Extraños recipientes e implementos de metal de un misterioso uso hierático, han sido descubiertos en Grahges, junto al rastro de aceites con los cuales eran ungidos los vehículos sagrados, y los vehículos mismos yacían enterrados en colosales y extendidas chatarrerías. A pesar de que todo esto ha arrojado poca luz sobre la deidad misma.

  Es probable que Awto, algunas veces llamado Mhotawr, fuera simplemente un principio abstracto de muerte y destrucción, y era creencia de que se manifestaba a través de la furia y velocidad homicida de las fatales máquinas. Sus dementes devotos se arrojaban ante estos vehículos como si fueran las encarnaciones del dios. El poder y la influencia del sacerdocio de Awto, así como su número, debió haber sido universal más allá de cualquier estimación. El sacerdocio, por lo que parece, estaba dividido en al menos tres órdenes: los Mekniks, o mantenedores de los Grahges. Los Shophurs, quienes conducían los vehículos sagrados. Y una orden —cuyo nombre especial ha sido olvidado— que servían como guardianes de innumerables altares de caminos. Era en estos altares donde el líquido mineral llamado Ghas, usado como combustible para los vehículos, era dispensado desde burdos y curiosos mecanismos bombeadores.

  Varias momias bien preservadas de Mekniks, con sus vestiduras sacerdotales ennegrecidas por los aceites sagrados, han sido recuperadas de los Grahges en los desiertos hamurriquanos del centro, donde ellos fueron aparentemente sepultados por las tormentas de arena. Análisis químicos de las grasosas vestimentas han fracasado hasta ahora en confirmar cierta creencia legendaria aún presente entre los degenerados hombres de los arbustos, que constituyen el escaso remanente de las miríadas de hamurriquanos. Me refiero a una creencia de que los aceites usados para ungir esos carros antiguos eran a menudo mezclados con materias grasosas obtenidas de los cuerpos de las víctimas.

  Pero un uso tan bárbaro estaría en conformidad con los principios del espantoso culto. Posteriores investigaciones establecerán la veracidad de la vieja leyenda. De la evidencia que hemos desenterrado, está claro que el culto obtuvo gran poder y un alcance mundial en sólo unas cuantas décadas desde su comienzo. El aterrador pináculo fue alcanzado en pocos más de un siglo. En mi opinión, no es coincidencia que todo el periodo del culto a Awto correspondió de forma muy cercana con la declinación de Hamurriqua y su definitiva caída.

  Algunos considerarán mis declaraciones demasiado definitivas, y preguntarán por la evidencia de lo mencionado más arriba. Como respuesta, yo sólo necesito señalar la condición de los miles de esqueletos exhumados de tumbas y catacumbas fechadas según la cronología hamurriquana. A través de todo el periodo de tiempo que le hemos asignado al culto de Awto, existe una continua y creciente aceleración de fractura de huesos, muchas veces de la más horrorosa y complicada naturaleza. Hacia el final, cuando el terrible culto estaba en su apogeo, se encuentran pocos esqueletos que no muestren al menos una o dos roturas ya sean menores o mayores. La condición dispersada de estos esqueletos, a menudo decapitados o totalmente desarticulados, está más allá de lo creíble.

  Los oxidados remanentes de los antiguos vehículos portan señales similares. Construidos con la meta de mayor velocidad y mortandad, terminaron adoptando formas que muestran el fantasmagórico crecimiento y progreso del culto. Los últimos modelos, encontrados en cantidades prodigiosas, siempre están más o menos abollados, rotos y desmoronados —siendo a menudos simples fragmentos de una indescriptible ruina enmarañada. Hacia el final, pareciera que virtualmente toda la población debió pertenecer a la sangrienta casta sacerdotal. Continuando diariamente con los rituales de Awto, ellos debieron atropellarse los unos a los otros, lanzándose al mismo tiempo con la violencia de los proyectiles. Una universal manía por la velocidad se daba la mano con la manía por el homicidio y el suicidio.

  Imagínense, si pueden, el horror siempre rampante de todo esto. La general locura nacional por la inmolación. Los sangrientos carnavales de los días festivos. ¡Las avenidas marcadas de costa a costa con sacrificios aplastados y desmembrados! ¿Les maravilla que este antiguo pueblo, con sus ciudadanos reducidos, con su mentalidad idiotizada y bestializada por una horrenda superstición, haya tenido que declinar tan rápidamente? Dejemos que la historia y la arqueología corran la cortina. La moral es clara. Pero afortunadamente, en nuestro estado presente de elevada iluminación, tenemos poca necesidad de temer el surgimiento de cualquier error salvaje como el que inspiró la adoración de Awto.

OBITUARIO:

Noticia transmitida desde Toshtush el primer día del año 5999:

  Nos apenas informar sobre la muerte repentina del Profesor Erru Saggus, quien acaba de dar la última de su serie de conferencias sobre Arqueología Hamurriquana en la universidad de Toshtush.

  Retornando la misma tarde a su cada en el Himalaya, el Profesor Saggus fue la víctima de un accidente más que desafortunado. Su nave estratosférica, uno de los modelos más nuevos y rápidos, colisionó a unas pocas leguas de su destino con una nave conducida por un tal Jar Ghoshtar, un estudiante de química del gran Colegio de Ustraleendia. Ambas naves fueron aniquiladas por el impacto, descendiendo a tierra como una sola masa meteórica flameante, la cual calcinó y destruyó toda una villa del Himalaya. Tales accidentes son demasiado frecuentes hoy en día, debido a la congestionada condición del tráfico en la estratósfera. Debemos deplorar la temeridad de los navegadores que exceden el límite de velocidad de 950 millas. Todos los que fueron testigos del reciente accidente, declaran que tanto Erru Saggus como Jar Ghoshtar conducían a una velocidad que sobrepasaba con mucho las 1000 millas por hora.

  A la vez que lamentamos la manía presente por la simple velocidad, no podemos estar de acuerdo con ciertos malintencionados satíricos, quienes han tratado de establecer un paralelismo entre las fatalidades del tráfico moderno y los antiguos ritos de inmolación al gran dios Awto. La superstición es una cosa, la ciencia es otra. Arqueólogos como el Profesor Saggus nos han demostrado que los adoradores de Awto fueron las víctimas de un oscuro y siniestro error. Es impensable que una tal superstición pueda prevalecer nuevamente. Con orgullo por nuestros logros y con una total confianza en el futuro, podemos contar el más que honorable Profesor Erru Saggus entre los mártires de la ciencia.

  Traducido por Odilius Vlak

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  • Nota: La versión original de esta historia, titulada: «The Great God Awto», se publicó por primera vez en la revista Thrilling Wonder Stories [febrero de 1940]. También en las siguientes antologías:
  1. 1.      Tales of Science and Sorcery, Arkham House, [1964].
  2. 2.     Tales of Science and Sorcery, Panther [1976].
  3. 3.     Morthylla, NéO, [1989].
  4. 4.     100 Astounding Little Alien Stories, Barnes & Noble, [septiembre de 1996].

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