RUNES SANGUINIS / Sadastor – Por Clark Ashton Smith

  Escucha, pues esta es la historia que le fue contada a una hermosa lamia por el demonio Charnadis mientras ellos estaban sentados juntos en la cima del Mophi, sobre las fuentes del Nilo, en esos años cuando la Esfinge aún era joven. Pero la lamia estaba molesta, pues su belleza había engendrado una maligna leyenda tanto en Tebas como en Elefantina; de manera que los hombres temieron sus labios y se cuidaron de su abrazo, por lo que ella no tuvo amantes por casi dos semanas. Ella azotaba su serpentina cola contra el suelo y suspiraba suavemente, y derramó esas míticas lágrimas que las serpientes suelen derramar. Y el demonio relató esta historia para confortarla:

  Hace mucho, mucho tiempo, en los rojos ciclos de mi juventud —dijo Charnadis—, yo era como todos los demonios jóvenes, y me veía impulsado a usar la agilidad de mis alas en vuelos fantásticos; para sobrevolar y posarme cual águila predadora sobre el Tártaro y los abismos de la Pitón; o para elevar la ancha negrura de mis alas sobre las órbitas de las estrellas. Había seguido la luna desde la borrosa luz del crepúsculo hasta la borrosa luz de la aurora; y había posado mis ojos sobre los secretos de ese rostro meduseo el cual ella aparta eternamente de la tierra. Yo había leído a través de las capas de hielo las runas fálicas sobre columnas que aún existían en sus desiertos; y conozco los jeroglíficos que solucionan los acertijos prohibidos, o insinúan las historias de los eones en las paredes de sus ciudades cubiertas por la nieve ineluctable. He volado a través del triple anillo de Saturno, y me he acoplado con encantadores basiliscos en islas que se alzan sobre estupendos océanos cual torres de una legua, en los que cada ola es como el surgimiento y caída de los himalayas. Desafié las nubes de Júpiter y los negros y helados abismos de Neptuno, los cuales están coronados por una eterna luz estelar; he navegado más allá de los soles inconmensurables, ante los cuales el sol que tú conoces no es más que un cirio moribundo dentro de una catacumba derruida. Allá, en tremendos planetas, desplegué mi vuelo sobre las terrazas de montañas, enormes como asteroides caídos, donde, con mil nombres y mil imágenes, el Mal no soñado es servido y adorado en formas inimaginables. O, colgando de los labios carmesís de columnas de flores, cuyo perfume era un éxtasis de sueños impronunciables, me mofé de los monstruos casados, y enamoré sus cónyuges, que cantaron y adularon al pie de mi lugar oculto.

  Así, en mi infatigable búsqueda entre las galaxias más remotas, un día arribé a ese olvidado y moribundo planeta, el cual en el lenguaje de su pueblo sin registrar era llamado Sadastor. Inmenso, melancólico y gris bajo un sol desvanecido; profundamente rasgado por enormes precipicios, y cubierto de polo a polo con las eternas mareas menguantes de un desierto de arena, colgaba del espacio sin luna o satélite, una abominación y augurio de condenas para mundos más jóvenes y hermosos. Reduciendo la velocidad de mi vuelo interestelar, seguí la línea de su ecuador, con alas quietas y niveladas, sobre los picos de terribles volcanes y los espantosos bordes yermos de colinas antiguas; y sobre desiertos pálidos con la fantasmagoría de la sal, que eran evidentemente los lechos de desaparecidos océanos.

  En el mismo centro de uno de estos lechos de océanos, más allá de la vista de las montañas que constituyeron su antigua y primordial línea costera, y leguas más abajo de su nivel, descubrí un valle vasto y serpenteante, que estaba sumergido incluso más profundo dentro de los abismo de este sombrío mundo. Estaba amurallado con riscos perpendiculares y contrafuertes y pináculos de una roca roja oxidada que adoptaban millones de formas siniestras y bizarras junto al hundimiento de los océanos ancestrales. Volé despacio entre estos riscos mientras ellos se torcían eternamente hacia abajo en tortuosas espirales a través de millas y millas de una total e irredimible desolación, y la luz devino más lúgubre sobre mí, mientras bordes tras bordes y almenas tras almenas de esa extraña piedra rojiza se interponían entre mis alas y los cielos. Entonces, cuando giré por una esquina repentina del precipicio, en el abismo más profundo donde los rayos del sol penetraban sólo por un momento al medio día, y las rocas eran púrpuras por la sempiterna sombra, encontré un pozo de aguas de un verde oscuro: el último remanente del antiguo océano, aún menguando entre insuperables y empinadas paredes. Y de este pozo gritó una voz, con acentos que eran sutilmente dulces como el vino mortal de la mandrágora, y desfallecientes como el murmullo de los caracoles de mar. Y la voz dijo:

  —Detente y escucha, te lo ruego, y dime quién eres tú, que de esa manera has llegado hasta la solitaria maldición en la cual muero.

  Entonces, posándome sobre la orilla del pozo, miré dentro de su abismo de sombra, y vi el pálido destello de una forma femenina que surgió desde el fondo de las aguas. Y la forma era la de una sirena, con una cabellera del color del alga del océano y ojos de berilio, y una cola igual que la de los delfines. Y le contesté:

  —Soy el demonio Charnadis. ¿Pero quién eres tú que así reposas en este pozo de abominación, en las profundidades de un planeta moribundo?

  Ella me contestó:

  —Soy una sirena, y mi nombre es Lyspial. De los océanos que vi y disfruté a placer hace muchos siglos, y cuyos galantes marineros descarrié hacia una muerte encantada sobre la orilla de mi desastrosa isla, sólo queda este pozo decadente. ¡Ay de mí!, pues el pozo disminuye diariamente, y cuando haya desaparecido totalmente, yo también habré de perecer.

  Ella comenzó a llorar, y sus salobres lágrimas se derramaron sobre las saladas aguas. Hice lo mejor que pude para consolarla, diciéndole:

  —No llores, pues te colocaré sobre mis alas y te llevaré a un mundo más joven, donde las aguas celestes de abundantes océanos sean esparcidas en intrincados diseños de las más pálidas espumas, sobre costas bajas, verdosas y áureas por una prístina primavera. Allá, quizás por ventura, tendrás tu morada, y donde galeras de pintados remos y grandes lanchas purpúreas, al navegar sean arrastradas hacia tus rocas en crepúsculos de rojiza luz techados por la tormenta, mezclando así sus destrozadas proas adornadas con la dulce hechicería de tu canto inmortal.

  Pero ella continuó llorando, y sin sentirse confortada gritó:

  —Eres bondadoso, pero esto no me será de provecho, pues he nacido en este mundo, y con sus aguas debo morir. ¡Ay de mí! De mis amados océanos, que se extendían como un zafiro inmaculado desde costas de perennes florecimientos a costas de eternas nieves. ¡Ay de mí! De los vientos oceánicos con sus mezclas de perfumes de sal y hierba, y esencias de flores del océano y flores de la tierra y de lejanos bálsamos exóticos. ¡Ay de mí! De las fanfarrias de guerra que finalizaban ciclos y las naves pesadamente cargadas con velas y cordajes de lino, que navegaban entre islas de bárbaros con su carga de topacio, y vinos del color del granate, e ídolos de jade y marfil, en los antiguos veranos que ahora son menos que una leyenda. ¡Ay de mí! De los capitanes muertos y los hermosos marinos muertos que fueron arrastrados por la marea baja hasta mis divanes de ambarinas semillas de la mar en mis cavernas bajo promontorios cubiertos de cedros. ¡Ay de mí! De los besos que posé sobre sus fríos y pálidos labios, y sobre sus marmóreos párpados cerrados.

  La pena y el dolor hicieron presa de mí al escuchar sus palabras, pues comprendí que ella dijo la lamentable verdad de que su condena yacía en las disminución de las amargas aguas. Así, luego de proferir muchas condolencias, no menos vagas que vanas, le dije un melancólico adiós y me alejé volando pesadamente entre los riscos en espiral por los cuales había descendido, y remonté los sombríos cielos hasta que el mundo de Sadastor fue sólo una oscura mancha  muy abajo en el espacio. Pero la trágica sombra del destino de la sirena y su pena, yació siniestramente sobre mí durante horas, y sólo con los besos de una hermosa y fiera vampiresa, en un mundo muy lejano, joven y exuberante, fui capaz de olvidarla. Y ahora te cuento la historia, para que puedas ser consolada por la contemplación de una desgracia que es infinitamente más dolorosa e irremediable que la tuya.

 –

Fin

  Traducido por Odilius Vlak

 –

  • Nota: La versión original de esta historia fue publicada en la revista Weird Tales en julio de 1930. También ha sido incluida en las siguientes antologías:
  1. 1.      Out of Space and Time, Arkham House [1942].
  2. 2.     Poems in Prose, Arkham House [1965].
  3. 3.     Out of Space and Time, Neville Spearman [1971].
  4. 4.     Xiccarph, Ballantine [1972].
  5. 5.     Sadastor, Roy A. Squires [1972].
  6. 6.     Out of Space and Time V2, Panther [1974].
  7. 7.     Out of Space and Time V2, Panther [1975].
  8. 8.    Kingdoms of Sorcery, Doubleday [1976].
  9. 9.     Ubbo Sathla, NéO [1985].

10.Out of Space and Time, University of Nebraska Press (Bison Inprint) [2006].

  1. 11.  The End of the Story, Collected Fantasies of Clark Ashton Smith V1, Night Shade Books [enero 2007].   

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