RUNES SANGUINIS / El Simposio de la Gorgona – Por Clark Ashton Smith

Fantastic Universe - Octubre 1958

 No recuerdo dónde o con quién había iniciado la noche. Ni tampoco puedo traer a la memoria qué clase de vendimias, cervezas o destilaciones yo había mezclado en el camino. En esas noches de alcohólica y llameante juventud yo  era proclive a comenzar en cualquier parte, beber cualquier cosa y finalizar en cualquier otro lugar lejos del puerto de embarcación. Por consiguiente, fue con interés pero con poca sorpresa que me encontré entre los invitados al simposio en el salón de la Gorgona. No me preguntes cómo llegué allá: yo mismo aún estoy confundido sobre el hecho. Sería inútil decirte, incluso si pudiera, a menos que seas tú unos de los pocos elegidos para semejantes aventuras. Y si eres unos de ellos, el relato sería innecesario.

  El Licor le provoca el olvido a la mayoría; pero a algunos otros, el otorgamiento del tiempo y el espacio, la consciencia del Tao y de todo lo que es, ha sido o será. Por Licor me refiero, por supuesto, a la verdadera esencia derramada de la Dive Bouteille. Pero, en ciertas ocasiones, cualquier botella puede ser divina. El porqué, en ese momento particular, luego de lo que debió haber sido una ronda en los salones de bares mundanos, yo debí haber entrado en el mitológico palacio de Medusa, es un asunto apenas aparente pero determinado, sin dudas, por la arcana e inflexible lógica del alcohol. La noche había sido neblinosa por no decir húmeda; y en tales noches uno es propenso a penetrar en los más improbables lugares. No fue la primera vez que yo había conseguido poner patas arriba el continuum de Einstein.

  Habiendo leído a Bullfinch y otros mitólogos, tuve poca dificultad para orientarme en mi nueva situación. Al momento de mi entrada en el espacioso salón griego, fui detenido por una joven esclava ataviada sólo con tres guirnaldas de rosas dispuestas para mostrar y mejorar sus encantos. Esta muchacha me entregó un espejo de plata deslumbrante y pulido, cuyas orillas y mango estaban entrelazados apropiadamente con serpientes. También me obsequió una espaciosa copa para vino de barro rústico. Con una voz baja, del más puro griego anterior a los dramas de Eurípides, ella me comunicó el propósito del espejo. La copa la podía llenar tan a menudo como quisiera o fuera capaz de una fuente de vino amarillo en el patio delantero, que fluía de la boca abierta de una ninfa del océano hecha de mármol que se alzaba desde su burbujeante superficie.

  Advertido de esa manera, mantuve mis ojos en el espejo el cual reflejaba el salón delante de mí con admirable claridad. Vi que mis compañeros invitados —al menos los que tenían manos— también habían sido consideradamente equipados con espejos, en los cuales ellos podían mirar sin correr peligro a su anfitriona siempre y cuando la cortesía lo requiriera. Medusa estaba sentada sobre una alta silla de brazos en el centro del salón, derramando lágrimas contantemente que no podían empañar el brillo de sus ojos. Su cabellera de serpientes retorcidas se encogía y  estiraba incesantemente. Sobre cada brazo de la silla se posaba un ave de cabeza y pecho de mujer que reconocí como una Harpía. En otras sillas las dos hermanas de Medusa estaban sentadas inmóviles y cabizbajas. Las tres se mantenían vaciando constantemente las copas servidas con ojos precavidos por las muchachas esclavas, pero sin la menor sombra de intoxicación.

  Parecía haber un montón de estatuas alrededor del lugar: hombres, mujeres, perros, cabras y otros animales así como también aves. Estos, la primera esclava susurró mientras pasaba a mi lado, consistían en las varias víctimas negligentes convertidas en piedras por la mirada de la Gorgona. En un susurro aún más bajo, ella agregó que la fatal visita de Perseo, con el propósito de decapitar a Medusa, se esperaba en cualquier momento.

  Sentí que era el momento de un trago, así que me moví hasta la orilla del estanque de vino. Un número de patos y cisnes, pululando agitadamente alrededor con sus plumas empapadas de vino, hundían sus picos en el fluido e inclinaban hacia atrás sus cabezas con obvio placer. Me silbaron a coro mientras yo penetré entre ellos. Resbalé sobre la superficie húmeda y me zambullí dentro del estanque, pero reteniendo aún la copa, el espejo y también mi equilibrio. El estanque no era profundo. Entre los sonoros graznidos de las espantadas aves y las risitas de varias sirenas de dorados cabellos trenzados y nereidas de cabellera rosácea —quienes se sentaban sobre la orilla más lejana, haciendo que el estanque deviniera en luminosas ondulaciones con el movimiento de sus colas de bacalao—, avancé chapoteando a la altura de mis rodillas, hacia la marmórea muchacha del océano y levanté mi copa hacia la corriente amarilla que emanaba de su sonriente boca. La copa se llenó instantáneamente hasta rebosarse, mojando la parte delantera de mi camisa. La vacié de un solo trago. El vino era fuerte y de buena calidad, a pesar de su intenso sabor a resina, como el de muchas otras vendimias antiguas.

  Antes de que pudiera levantar la copa para una segunda ronda, pareció que el destello de un rayo junto a al soplido violento del viento, avanzó horizontalmente a lo largo del salón desde la entrada. Mi rostro fue abanicado como por el paso de un dios. Olvidando el peligro, alcé mis ojos hacia Medusa, sobre la cual el rayo se suspendía balanceándose hacia atrás con el movimiento de un arma a punto de golpear.

  Recordé mis conocimientos mitológicos. En verdad era la espada de Perseo, quien usaba las sandalias aladas de mercurio y el casco prestado por Hades que lo hacía invisible. El porqué sólo la espada pudo ser percibida por el ojo es algo que ningún hacedor de mitos ha explicado. La espada cayó y la cabeza de Medusa saltó de su cuerpo sentado, rodando por el piso sobre un charco de sangre hasta sumergirse en el estanque dentro del cual yo permanecía petrificado. Fue un momento pandemoniaco. Los patos y cisnes se dispersaron, graznando y pitando demencialmente, y las sirenas y nereidas huyeron espantadas. Dejaron caer sus espejos mientras escapaban. La cabeza se hundió con un gran chapuzón para luego elevarse nuevamente a la superficie. Capté de soslayo el parpadeo de un espantoso ojo agonizante —el izquierdo— mientras la cabeza daba vueltas al remontarse de las profundidades; con sus serpentinas guedejas cogidas por el invisible apretón armado del semidiós cazador. Entonces, Perseo y su víctima desaparecieron con un último destello de la espada, a través de la entrada por donde las ninfas huyeron.

  Escalé fuera del rojizo estanque, demasiado maravillado como para preguntarme por qué aún retenía el poder del movimiento luego de mirar el ojo de la Gorgona. Las muchachas esclavas habían desaparecido. El cuerpo de Medusa se había desplomado de su silla, sobre la cual aún se posaban las harpías. Al lado de Medusa estaba parado un hermoso caballo blanco alado, chapoteando con sus pesuñas y crin con la sangre que aún se derramaba desde el cuello del monstruo caído. Sabía que debía ser Pegaso, nacido de la decapitación según el mito. Pegaso cabrioló ligeramente hacia mí, relinchando en excelente griego:

  —Debemos marcharnos. El decreto de los dioses ha sido cumplido. Veo que eres un extraño venido de otro espacio tiempo. Te llevaré hacia cualquier sitio que quieras ir, o tan cerca como sea posible.

  Pegaso se arrodilló y lo monté al pelo, pues él había nacido sin silla o riendas.

  —Aférrate fuerte a mi crin. No te haré caer —él prometió —. Sin importar la velocidad o la altitud de nuestro viaje.

  Trotó a través de la entrada, expandió sus deslumbrantes alas ante un amanecer oriental, y voló hacia las nubes enrojecidas. Poco después volví mi cabeza. Un océano yacía debajo de nosotros, muy lejos, con furiosas olas convertidas en simples ondulaciones por la distancia. Las tierras del oriente brillaban ante nosotros.

  —¿Hacia qué periodo de tiempo y qué región? —preguntó Pegaso sobre el rítmico tamboreo de sus alas.

  —Vine de un país llamado América en el siglo XX —repliqué, alzando mi voz para poder alcanzar sus oídos a través del trueno. Pegaso disminuyó de repente y casi se detuvo a mitad del aire.

  —Mi visión profética me prohíbe que te obligue. Pero no puedo visitar el siglo y en particular el país que tú has mencionado. Cualquier poeta que nazca allá debe arreglárselas sin mí; debe elevarse a la inspiración con su propio impulso y no con el caballo de las Musas. Si me aventuro a aterrizar allá, seré maniatado inmediatamente y mis alas serán cortadas. Luego me venderán como carne de caballo.

  —Tú menosprecias su perspicacia comercial —le dije—. Ellos te colocarán en algún show y cobraran una tarifa fija de entrada. En todo caso, eres bien conocido. Tu nombre e imagen se observan en muchos letreros de estaciones de gasolina. Como sinónimo de velocidad y nada más. En cualquier caso, hay poco incentivo para mí de retornar. He tratado de evadirme de ese periodo con la bebida por años y décadas. ¿Por qué finalizar, como lo haré tarde o temprano, en la altamente costosa misericordia de los doctores, hospitales y sepultureros?

  —Eres ciertamente sensible, ¿indicarías un lugar y periodo más acorde con tu naturaleza?

  Mientras tanto medité, revisando todo lo que podía recordar tanto de historia como de geografía.

  —Bien —finalmente me decidí—, algunas islas del Mar del Sur podrían funcionar, antes de su descubrimiento por el Capitán Cook.

  Pegaso comenzó a acelerar su vuelo. El día y la oscuridad se sucedían, el sol, la luna y las estrellas se alineaban en lo alto, y las regiones de abajo eran borradas por una velocidad inconcebible, de manera que no podía distinguir lo fértil de lo desierto, la tierra del agua. Debimos circundar la tierra innumerables veces a través del nacimiento y muerte de milenios. Gradualmente, la velocidad del caballo alado desaceleró. Un sol despejado de nubes devino fino sobre nosotros. Un balsámico océano subtropical, lleno de grandes islas, se extendía suavemente en todas direcciones hacia el horizonte. Pegaso hizo un aterrizaje suave sobre la isla más cercana, y me deslicé aturdido de su lomo.

  —Buena suerte —exclamó. Entonces, extendiendo sus alas una vez más, se elevó hacia los cielos y desapareció con la velocidad de una máquina del tiempo.

  Sintiendo que Pegaso me había abandonado demasiado rápido, escudriñé los alrededores. A primera vista yo había sido dejado en una isla desierta, en un arrecife de coral alineado con grama sin pisar y cercado con árboles frutales y pandanus. Repentinamente el follaje se estremeció y varios nativos emergieron. Ellos estaban tatuados de manera compleja y armados con garrotes de madera tachonados con dientes de tiburón. A juzgar por sus gestos de temor y maravilla, ellos nunca habían visto a un hombre blanco o un caballo de ningún color, con alas o sin ellas.  Arrojaron sus garrotes mientras se acercaban y apuntaban dedos interrogantes y temblorosos hacia el punto del cielo por donde Pegaso desapareció.

  —No piensen en ello —les dije con mi tomo más suave y confortante. Recordando una vaga crianza religiosa, hice el signo de la bendición. Los salvajes sonrieron tímidamente, mostrando una fila de dientes apenas menos formidables que los molares e incisivos de tiburones que decoraban sus garrotes. Evidentemente ellos estaban perdiendo su temor y dándome la bienvenida a la isla. Sus ojos me apreciaban con una suavidad inescrutable como la de esos niños inocentes que esperan que alguien los alimente.

  Escribo esta historia en una pequeña libreta de notas hallada en uno de mis bolsillos. Tres semanas han pasado desde que Pegaso me dejó entre los caníbales. Ellos me han tratado bien y me han engordado con toda la abundancia que la isla provee. Con malanga y cerdo frito, pan de fruta, cocos, guayabas y muchos vegetales desconocidos y deliciosos; me sentía como un pavo para el día de acción de gracias. ¿Cómo sé que son caníbales? Por huesos humanos, cabellos y pieles; apilados o regados por los alrededores como los remanentes de animales lo están en las cercanías de un matadero. Aparentemente, ellos mudan su lugar de banqueteo sólo cuando la pila de huesos aumenta demasiado. Huesos de hombres, mujeres y niños, mezclados con los de aves, cerdos y pequeñas criatura de cuatro patas. Un área desordenada incluso para antropófagos.

  La isla es de pequeña dimensiones, quizás no más que una milla de ancho por dos de largo. No he aprendido su nombre y no estoy seguro a cual de los muchos y lejanos archipiélagos pertenece.  Pero he aprendido unas cuantas palabras del suave lenguaje de muchas vocales; principalmente los nombres de frutas.

  Ellos me han domiciliado en una choza bastante limpia, en la cual vivo solo. Ninguna de las mujeres, que son bastante bien parecidas y amigables, se ha ofrecido a compartirla conmigo. Posiblemente esto sea por razones terapéuticas; quizás teman que pueda perder peso si me enfrasco en relaciones amorosas. En cualquier caso estoy tranquilo. Todas las mujeres son caníbales incluso si ellas no desgarran literalmente la carne de los huesos de uno. Ellas devoran tiempo, dinero, atención y pagan con traición. Desde hace mucho tiempo he aprendido a evitarlas. Hace mucho tiempo mi devoción a la bebida reclamó la atención exclusiva de mi corazón. El licor al menos me ha sido fiel. No requiere elocuencia, alabanzas o endulzamientos. Al menos a mí no me hace falsas promesas.  Desearía que Pegaso retornara y me sacara de aquí. En verdad hice una elección disparatada al seleccionar una de las islas del Mar del Sur. Estoy desarmado; no nado muy bien. Los nativos podrían alcanzarme rápidamente si me aventuro a robar una de sus veloces canoas. Nunca fui muy bueno navegando incluso en mis tiempos de colegio. A no ser por un milagro, estoy destinado a engrosar las mollejas de estos salvajes.

  En los últimos días ellos me han permitido beber todo el vino de palma que pueda soportar. Quizás ellos crean que mejorará el sabor. Lo bebo constantemente y me recuesto sobre mi espalda para contemplar el brillante cielo azul el cual sólo las cotorras y las aves marinas sobrevuelan. Nunca me emborracho ni deliro lo suficiente como para imaginarme que alguna de ellas es el caballo alado. Y las maldigo en cinco lenguas: inglés, griego, francés, español y latín; porque ellas no pueden ser confundidas con Pegaso. Quizás, si tuviera buen escocés y bourbon en abundancia, podría escaparme de este particular plexo-temporal hacia algo bastante diferente… Como lo hice del New York moderno hacia el antiguo palacio de Medusa.

  Otra entrada, la cual apenas creía poder escribir: no sé cual es el día, el mes, el año o el siglo. Pero de acuerdo a estos despistados isleños —y a mí— es el día de la olla. Ellos sacaron la olla a mitad de mañana: un enorme envase de bronce ennegrecido y abollado inscrito a los lados con caracteres chinos. Debió haber venido aquí en algún junco chino desviado que naufragó a causa de una lejana tormenta. No quiero conjeturar el destino de la tripulación, si alguno sobrevivió y alcanzó la orilla. Ser hervido en su propia olla de cocinar debió haber sido una curiosa ironía. De regreso a mi historia. Los nativos habían envasado una gran cantidad de vino de palma en rústicas vasijas de barro, y ellos y yo estábamos perdiendo la cabeza tan rápido como podíamos. Quería participar en el banquete funeral, incluso si estuviera demasiado borracho como para resistirme lo más mínimo.

  De repente hubo un montón de gritos confusos y gesticulaciones. El jefe, un enorme y áspero rufián, estaba dando órdenes. Un grupo de nativos se escabulló dentro del bosque y retornaron con vasijas llenas de agua de manantial la cual vaciaron dentro de la olla, mientras los otros apilaron yerba seca y leña alrededor de su base. Se encendió un fuego con pedernal y un viejo pedazo de metal que lucia como la punta quebrada de una espada china. Probablemente era una reliquia del mismo junco chino que proporcionó la olla.

  Me gustaría pensar que su dueño la rompió luego de haber eliminado una larga fila de caníbales. En un  esfuerzo inútil por levantar mi ánimo comencé a cantar la Marsellesa, seguido de la Lulo y otras baladas. Para entonces el agua estaba hirviendo y los cocineros tornaron hacia mí su atención. Ellos me agarraron, desgarraron mis harapientas ropas y me ataron hábilmente, con las rodillas sobre mi pecho y los brazos doblados hacia los lados con alguna clase de fibra vegetal resistente. Entonces, cantando lo que sin dudas era un cántico caníbal, ellos me levantaron y me arrojaron dentro de la olla donde aterricé con un chapuzón colocándome más o menos erguido, en una posición sentada.

  Al menos pensé que ellos me golpearían en la cabeza de antemano en vez de hervirme como una langosta viva. En mi estado natural de confusión y espanto me tomó algún momento darme cuenta que el agua, que parecía estar ardiendo, no era en realidad más caliente para la epidermis que la de mi usual baño mañanero. De hecho era bastante agradable. A juzgar por la violencia con la cual burbujeaba bajo mi barbilla, no parecía probable que se calentara más. Esta sensación anormal me intrigaba poderosamente. Por todas las apariencias debería estar agonizando. Entonces, como el destello de un rayo, recordé el parpadeo del ojo izquierdo de Medusa y la aparente carencia de efecto en el momento. Su mirada en ningún caso me petrificó, pero de alguna extraña manera debió endurecer mi piel, la cual era ahora inmune al efecto normal del calor; y quizás también a otros fenómenos. Posiblemente, para causar la mítica petrificación, era necesario ser mirado por los dos ojos de la Gorgona.

  Estas cosas son un misterio. En cualquier caso, era como si me hubiese sido otorgado el cuero flexible de los asbestos. Pero curiosamente, la agudeza de mi tacto  no fue afectada. A través del espeso humo vi que los cocineros estaban de regreso cargados con cestas de vegetales. Todos ellos estaban más borrachos; y el jefe era el que más borracho se encontraba. Él se tambaleaba alrededor meciendo su garrote de guerra mientras los otros vaciaron sus cestas dentro de la olla. Solo entonces ellos notaron que las cosas no habían marchado de acuerdo a las reglas culinarias. Sus ojos se redondearon y gritaron con sorpresa al verme emerger desde el humeante y bullente contenido. Uno de los cocineros lanzó una cuchillada a mi garganta con su cuchillo de piedra y este se partió por la mitad. Entonces, el jefe se adelantó gritando furiosamente levantando su dentado garrote de guerra.

  Me sumergí dentro del agua retirándome a un lado. El garrote descendió con un gran chapuzón y no me alcanzó. A juzgar por los gritos, algunos de los cocineros debieron haber sido quemados por el agua que salpicó. Al jefe le fue peor. Perdiendo el equilibrio gracias al poderoso golpe, se estrelló sobre la olla, la cual se movía sin control, y derramó gran parte de su contenido. Usando mi peso repetidamente sobre uno de los lados, me las arreglé para voltear la olla, rodando fuera de ella junto a un torrente de agua, humo y vegetales. El jefe, aullando por lo que debían ser quemaduras del tercer grado, trataba de liberarse de los trozos de carbones sobre los cuales había caído. Cojeando se puso de pie, luego de varios intentos fallidos, y se tambaleó fuera del brasero. Los otros cocineros y los expectantes comensales ya se habían desbandado. Yo tenía todo el campo para mí.

  Mirando por los alrededores descubrí la espada rota que había sido usada para encender el fuego y me encaminé hacia a ella. Agarrándola torpemente me dediqué rozar los amarres de mis muñecas en contra de su filo. La hoja aún estaba bastante afilada y pronto logré liberar mis manos. Luego de eso no fue problema desatar mis piernas. El vino se había acabado pero aún quedaban muchas vasijas  sin vaciar en el lugar. Recogí dos o tres y puse algunos de los vegetales derramados a asarse sobre los carbones ardientes. Entonces, esperando cómodamente por el retorno de los caníbales, comencé a reír.

  Me encontraba ayudando a digerir con el vino de la segunda vasija una bien asada raíz de malanga, cuando el primero de ellos se arrastró fuera del bosque y cayó postrado a mis pies. Más tarde aprendí que ellos estaban apaciguando mi enojo y sentían mucho no haberme reconocido como un dios. Ellos me han bautizado en su propia lengua: El que no puede ser cocinado.

  Desearía que Pegaso retornara.

 –

Fin

  Traducido por Odilius Vlak

 –

  • Nota: La versión original de esta historia, titulada: «Symposium of the Gorgon», se publicó en el número de octubre de 1958 de la revista. También en las siguientes antologías:
  1. 1.      Historias de Ciencia y Brujería, Arkham House [1964].
  2. 2.     Poseidonis, ballantin [1973].
  3. 3.     Historias de Ciencia y Brujería, Panther [1976].
  4. 4.     Poseidonis, Moewig [1985].
  5. 5.     Morthylla, NéO [1989].
  6. 6.     The Emperor of Dreams, Gollancz [2002].

 

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