RUNES SANGUINIS / Una Ofrenda a la Luna – Por Clark Ashton Smith

Weird Tales - Sept 1953

  —Me parece —anunció Morley—, que los templos sin techos de Mu no estaban todos dedicados a la adoración solar, sino que muchos de ellos estaban consagrados a la luna. Y estoy seguro que este que ahora  hemos descubierto prueba mi punto.  No hay duda de que estos petroglifos son símbolos lunares.

  Thorway, su colega arqueólogo, miró a Morley con una sorpresa no del todo debida al atrevido pronunciamiento autoritario. Él fue impactado nuevamente por la peculiaridad de los tonos y expresiones de Morley. Las soñadoras y lampiñas características oliváceas, que parecía repetir algún tipo Ario aborigen, estaban transformadas por una mirada absorta en el éxtasis. El mismo Thorway no era ajeno al entusiasmo cuando la ocasión parecía exigirlo; pero este repentino ardor religioso era algo más allá de su comprensión. Se preguntó [no por primera vez] si la mentalidad de su compañero no era un poco… excéntrica.

  No obstante, murmuró una réplica deferente pero no comprometida. Morley no sólo había financiado la expedición sino que por más de dos años había estado pagando un sustancioso estipendio a Thorway. De manera que Thorway podía permitirse ser respetuoso, a pesar de que ya estaba un poco cansado de las extrañas y desautorizadas nociones de su empleador, y las series interminables de exploraciones que habían hecho en las Islas Melanesias. Desde las monstruosas y primordiales imágenes de piedra de las Islas Orientales hasta las truncadas columnas piramidales de Ladrones, ellos habían visitado todos los remanentes lejanos que aún quedaban como prueba de la antigua existencia de un gran continente a mitad del Pacífico. Ahora, en una de las Marquesas menores, hasta ahora inexplorada, ellos habían localizado las masivas paredes de un gran templo. Como es costumbre, había sido difícil encontrar guías; pues tales lugares eran universalmente temidos y prohibidos por los nativos, quienes lo creían embrujados por una muerte inmemorial, por lo que no podían emplearse para que los visitaran o incluso revelaran su ubicación. Fue Morley quien se había tropezado con el lugar, casi como si hubiese sido guiado por un instinto subconsciente.

  Verdaderamente, ellos habían hecho un descubrimiento significativo, como incluso Thorway estaba obligado a admitir. Excepto por unas pocas de las colosales piedras en la parte más alta, las cuales se habían caído o desmembrado, las paredes se encontraban en un estado de perfecta preservación. El lugar estaba rodeado por una maraña de palmas y pan de frutas así como por arbustos tropicales; pero de alguna manera, ninguno de ellos había echado raíces en las paredes. Porciones de suelo pavimentado aún estaban preservadas, en medio de centenarios montones de escombros. En el centro se encontraba un enorme bloque cuadrado, elevándose cuatro pies sobre el suelo, el cual bien pudo haber servido como un altar. Estaba esculpido con rudos símbolos que parecían representar la luna en todas sus fases, y estaba curiosamente estriado por todo el tope, desde la mitad hacia un lado con una especie de artesa que se profundizaba en la orilla. Al igual que las demás construcciones de esta clase, resultaba claro que el templo nunca soporto un techo.

  —Sí, los símbolos son indudablemente lunares —admitió Thorway.

  —También —continuó Morleyme parece que ritos de sacrificio humano eran celebrados en estos templos. Oblaciones de sangre eran derramadas no sólo al sol sino también a la luna.

  —La idea tiene base, por supuesto —replicó Thorway—. El sacrificio humano estuvo muy extendido en cierto punto de la evolución humana. Muy bien pudo haber sido practicado por el pueblo que construyó este edificio.

  Morley no percibió la seca formalidad en la opinión de su cofrade. Estaba mortificado por sentimientos e ideas, algunas de las cuales podían apenas haber sido el resultado natural de sus investigaciones. Al igual que en sus visitas a muchas otras de las ruinas antiguas, él había estado dominado por una agitación nerviosa, la cual era una mezcla de un pavor y terror irresistible; de una innombrable y hambrienta fascinación y expectativa. Aquí, entre estas poderosas paredes, el sentimiento  se hizo más poderoso que en cualquier otro  lugar, elevándose a una altura que era verdaderamente absorbente, semejante al perturbador despertar inherente en las ilusiones del delirio.

  Su idea, de que el templo fue un lugar de adoración lunar, lo había poseído casi con la autoridad de un recuerdo, más que como una cuidada conclusión racional. También estaba perturbado por impresiones sensoriales que rayaban en la alucinación. A pesar de que el día era típicamente caluroso, él percibía una frialdad extraña emanar de las paredes; una frialdad perteneciente a un ciclo desparecido. Y le parecía que las estrechas sombras forjadas por un sol meridiano eran personas con rostros invisibles. En más de una ocasión se vio obligado a restregarse los ojos, pues fantasmagóricas pantallas de colores, a manera de destellos de vestiduras amarillas y púrpuras, iban y venían en la más infinitesimal fracción de segundo. Si bien el aire estaba del todo estático, tenía la sensación de un movimiento perpetuo a su alrededor, del tránsito de aquí para allá de muchedumbres intangibles. Habían pasado muchos miles de años, con toda probabilidad, desde que pies humanos pisaron estos pavimentos; pero Morley pudo haber gritado en voz alta con la inminencia de las largas edades muertas. Durante un breve vislumbre, le pareció que toda su vida así como sus viajes y exploraciones a los mares del Sur, no habían sido sino un retorno hacia un estado anterior del ser; y que la recuperación de ese estado se encontraba a mano. Sin embargo, todo esto continuaba asombrándolo poderosamente: era como si hubiese sufrido la intrusión de una entidad alienígena. Se escuchó a sí mismo hablarle a Thorway, y las palabras le parecían ajenas y remotas, como si fueran pronunciadas por los labios de otro:

  —Ellos eran una raza alegre e infantil, esas personas de Mu —estaba diciendo—; pero no del todo alegre, no totalmente infantiles. Existía un lado oscuro… y una oscura adoración; el culto a la muerte y a la noche, personificado en la luna, cuyos labios helados, pálidos e implacables, sólo eran calmados por la cálida sangre que fluía sobre los altares.  Ellos recogían la sangre en copas mientras corría desde los canales de piedra… la elevaban… y las copas eran rápidamente vaciada en mitad del aire por  la distante diosa, como prueba de que el sacrificio había sido aceptado.

  —¿Pero cómo sabes todo eso? Thorway estaba bastante asombrado, tanto por el aire de su compañero como por las palabras en sí. Morley, pensó, estaba más alejado que nunca del americano moderno del día a día. Recordó, inconsecuentemente, como todos los nativos de las diferentes islas habían recibido a Morley con una extraña amistad, sin la sospecha y reserva que a menudo le manifestaban al hombre blanco. Ellos incluso le habían advertido a Morley sobre el guardián de los espíritus de las ruinas; algo sobre lo que nunca se tomaban la molestia en advertir a otros. Era como si ellos de alguna manera lo consideraran ser su semejante. Thorway reflexionó… a pesar de que él era esencialmente poco imaginativo.

  —Te digo que lo séMorley contestó mientras caminaba de arriba abajo al lado del altar—. Lo he visto… —su voz emanó en un susurro congelado, y pareció que cada uno de sus miembros se tensaron, parado inmóvil como si hubiese sido presa de una catalepsia momentánea. Su rostro palideció mortalmente, sus ojos estaban fijos y contemplativos. Entonces, de entre unos labios rígidos, él profirió las extrañas palabras: «Rhalu muvasa than», en un tono hierático y monótono, como en una especie de invocación.

  Morley no podía haber dicho lo que sintió y vio en ese momento. Pues había dejado de ser él mismo; y el hombre a su lado era un total extraño. Él no podía recordar nada después de eso; ni siquiera las extrañas vocales que había proferido cualquiera que hubiese sido su experiencia mental; era como un sueño que se desvanece en el instante del despertar. El momento pasó, y la extrema rigidez abandonó sus miembros y gesticulaciones. Su colega lo observaba asombrado, no sin su parte de cuestionamiento.

  —¿Te encuentras enfermo? El sol está muy caliente hoy. Debemos ser muy precavidos. Quizás lo mejor será retornar a la galera.

  Morley gesticuló un asentimiento mecánico y siguió a Thorway desde las ruinas hasta la orilla del mar, donde la galera que habían usado en su viaje estaba anclada en un pequeño puerto a menos de una milla de distancia. Su mente estaba llena de confusión y oscuridad. Había dejado de sentir las extrañas emociones que lo poseyeron ante el altar, tampoco podía recordarlas excepto de manera borrosa. Mientras tanto, él trataba de recordar algo que yacía debajo de la superficie de la memoria; algo muy apremiante, que él había olvidado hace mucho, mucho tiempo. Recostado sobre un cojín de cañas bajo un toldo en la cubierta de la galera, Morley se deslizó de regreso hacia su plano normal de conciencia. Estaba en disposición de aceptar la sugerencia de Thorway, de que él había padecido un calentamiento solar entre las ruinas. Sus fantasmagóricas sensaciones, la delirante aproximación a un estado de despertar que no tenía relación con su vida diaria, le parecían ahora improbables e irreales. En un esfuerzo por rechazarlas del todo, recreó en su mente toda la aventura investigativa que había emprendido, y los eventos en los años que la precedieron.

  Recordó sus batallas juveniles en contra de la pobreza, su deseo por esa riqueza y ocio, que son las únicas que hacen posible la búsqueda de toda quimera; y su lento pero constante progreso una vez que hubo adquirido un módico capital y había ingresado por sí mismo al mundo de los negocios como un importador de alfombras orientales. Entonces, recordó el comienzo casual de su entusiasmo arqueológico: la lectura de un artículo ilustrado que describía las antiguas ruinas de las Islas Orientales. La indisoluble extrañeza de esas pequeñas reliquias lo había asombrado profundamente, a pesar de que no sabía el porqué. De manera que se decidió a visitarlas algún día. La teoría de un continente perdido en el pacífico le atraía como si fuera un hechizo íntimo y un encanto imaginativo. Devino en su propia quimera personal, si bien no podía rastrear hasta sus orígenes psíquicos, los sentimientos tras este interés. Leyó todo lo disponible sobre el tema; y tan pronto como su ocio lo permitió, hizo un viaje a las Islas Orientales. Un año después, estaba en capacidad de dejar sus negocios en manos de un eficiente administrador. Contrató a Thorway, un arqueólogo profesional con una gran experiencia en Italia y Asia Menor, para que lo acompañara. Y comprando una vieja galera, tripulada por un capitán y tripulación suecos, se puso en marcha en su largo y tortuoso viaje entre las islas.

  Recreando todo esto con su pensamiento, Morley decidió que ya era tiempo de retornar a casa. Él había aprendido todo lo que era verificable en relación a las misteriosas ruinas. Su estudio lo había fascinado como ninguna otra cosa en su vida lo había hecho jamás; pero por alguna razón, su salud había comenzado a resentirse. Quizás se había dedicado con demasiado ardor a sus labores; las ruinas lo habían absorbido de una manera demasiado profunda. Debía escapar de ellas, para no arriesgarse a renovar  nuevamente las extrañas e ilusorias sensaciones  de su experiencia. Recordó las supersticiones de los nativos,  y se preguntaba si había después de todo algo de verdad en ellas; si abrumadoras influencias hubiesen sido impregnadas en esas piedras primordiales. ¿Retornaban los fantasmas o deambulaban desde un mundo que había estado sepultado bajo las aguas por edades desconocidas? ¡Maldición!, por momentos casi había sentido como si él mismo fuera una especie de espectro. Llamó a Thorway, que estaba parado al lado de las barandillas conversando con uno de los marineros nórdicos.

  —Thorway, pienso que hemos hecho mucho en un solo viaje —dijo—. Levaremos ancla en la mañana y retornaremos a San Francisco.

  Thorway hizo un pequeño esfuerzo para ocultar su alivio. Él no consideraba las islas polinesias un campo fructífero de investigación: las ruinas eran demasiado viejas y fragmentadas, el periodo al cual pertenecían demasiado conjetural, por lo que no estimulaba su interés muy profundamente.

  —Estoy de acuerdo —replicó—. También, y me perdonas por decirlo, no pienso que el clima del Mar del Sur sea de una salubridad ideal. He notado ocasionales indisposiciones de tu parte desde hace un tiempo.

  Morley asintió un agotado consentimiento. Hubiese sido imposible comunicarle a Thorway sus verdaderos pensamientos y emociones. El hombre era abismalmente falto de imaginación. Sólo esperaba que Thorway no lo considerara un poco loco; si bien después de todo, esto carecía totalmente de importancia.

  El día declinó, y la purpúrea y veloz oscuridad del anochecer estaba enmarcada por el ascenso de una luna llena, la cual inundaba el océano y la tierra con un plateado cálido y etéreo. Durante la cena, Morley estuvo absorto en una taciturna abstracción; Thorway fue discretamente voluble pero no hizo referencia al último descubrimiento arqueológico. Svensen, el capitán, quien comió con ellos, mantuvo una reticencia monosilábica, incluso cuando le fue comunicado el planeado retorno a San Francisco. Después de comer, Morley se excusó y regresó al cojín de cañas. De alguna manera, para su alivio, Thorway no lo acompañó. La luz lunar siempre había despertado en Morley una emoción vaga pero profunda.  De la misma manera en que lo hicieron las ruinas, removía entre las sombras de su mente un millón de fantasmagóricas insinuaciones; y la emoción que sentía por momentos, no era ajena a un críptico pavor e inquietud, semejante, quizás, al temor primordial de la oscuridad misma.

  Ahora, mientras observaba el plenilunio tropical, concibió la idea repentina y obsesiva de que el orbe era de alguna manera más grande, y su luz más brillante que lo usual; incluso como ellos debieron haberlo sido durante edades cuando la luna y la tierra eran más jóvenes. Entonces, fue poseído un una duda perturbadora, por una sensación inenarrable de desubicación, y por una vaguedad semejante a un sueño que se adhirió al mundo a su alrededor. Una ola de terror lo cubrió, y sintió que estaba alejándose irremediablemente de todas las cosas familiares. Entonces, el terror menguó; aquello que había perdido hace mucho tiempo era distante e increíble. Y un mundo de circunstancias olvidado desde hacía tiempo, estaba asumiendo o reasumiendo, un tinte de familiaridad.

  ¿Qué, se preguntaba, estaba él haciendo en esta extraña nave? Era la noche del sacrificio a Rhalu, la diosa selenita; y él, Matla, iba a jugar un papel esencial en la ceremonia. Él debía llegar al templo antes de que la luna se elevara al cenit sobre la piedra de estrella. Y sólo faltaba una hora para el momento señalado. Se levantó y observó los alrededores con una mirada inquisitiva. La cubierta estaba despejada, pues era innecesario mantener guardia en ese puerto tranquilo. Svensen y su compañera sin dudas se encontraban bebiendo hasta caer dormidos como era su costumbre; los marineros, jugando su eterno juego de naipes; y Thorway estaba en su cabina, probablemente escribiendo un interminable monograma sobre tumbas etruscas. Era sólo a través de la más remota y exigua manera que Morley recordaba su existencia.

  De alguna manera se las arregló para recordar que había un bote el cual él y Thorway habían usado para transportarse a la isla; y que ese bote estaba atracado a un lado de la galera. Con un paso tan ágil y flexible como los de un nativo, cruzó la barandilla y avanzó silenciosamente hacia la orilla. A unas cien yardas, o quizás más, él se detuvo sobre la arena bañada de luz lunar. Ascendió por la colina cubierta de palmas sobre la orilla, encaminándose hacia el templo. El aire estaba sofocado con un calor primordial y caviloso, cargado con la esencia de flores y helechos colosales, desconocidos para los botánicos modernos. Podía verlos alzándose a orillas del camino con sus espesos y arcaicos pétalos y hojas a pesar de que tales cosas no se habían mostrado a la luna en eones. Alcanzando la cresta de la colina, la cual había dominado la pequeña isla y había contemplado el océano por ambos lados, él vio a la luz suave, los lejanos e ilimitados dominios de una planicie que se extendía suavemente, rodeada por todas partes de horizontes libres, que destellaban con los fuegos dorados de las ciudades. Y él sabía los nombres de esas ciudades mientras recordaba la opulenta vida de Mu, cuya prosperidad había sido, en los últimos años, amenazada por los terremotos atlantes y erupciones volcánicas. Estos, era la creencia, se debían a la furia de Rhalu, la diosa que controlaba las fuerzas planetarias; por lo que sangre humana había sido derramada en todos sus templos para apaciguar la misteriosa deidad.

  Morley [o Matla] pudo haber recordado un millón de cosas; él pudo haber convocado en su mente los simples pero extraños eventos de toda su preexistencia en Mu, así como la historia y sabiduría del continente sumergido desde hacia largo tiempo. Pero había poco espacio en su conciencia para cualquier cosa excepto el destinado drama de la noche. Hace tiempo [cuanto exactamente no estaba seguro] él había sido elegido por su pueblo para un terrible honor; pero su corazón le falló cuando la hora señalada había llegado, así que huyó. Sin embargo, esta noche, él no escaparía. Un solemne rapto religioso, no sin su pizca de temor, guió sus pasos hacia el templo de la diosa. Mientras avanzaba, notó sus vestiduras, y estaba confundido. ¿Por qué estaba él usando estas horribles y desproporcionadas vestimentas? Comenzó a quitárselas y arrojarlas a un lado una por una. La desnudez era ordenada por las leyes sacerdotales para el papel que él iba a jugar. Escuchó el suave murmullo de voces a su alrededor, y vio las túnicas multicolores y la brillante carne ambarina de formas que avanzaban velozmente entre las plantas arcaicas. Los sacerdotes y adoradores también estaban camino al templo.

  Su excitación aumentó, se hizo más mística y más rapsódica mientras más se acercaba a su destino. Su ser fue inundado con el pavor supersticioso de un hombre primitivo; por la espantosa reverencia debida a las desconocidas fuerzas de la naturaleza. Observó la luna con una solemne inquietud mientras se elevaba más alta en los cielos, y vio en su orbe redondeado el rostro de una divinidad maligna y benévola a la vez. Ya contemplaba el templo, alzándose blanquecino sobre los topes de frondas titánicas. Las paredes ya no estaban en ruinas, los bloque caídos estaban totalmente restaurados. Su visita al lugar con Thorway era borrosa como la fantasía de la fiebre; pero otras visitas durante su vida como Matla y los ceremoniales de los sacerdotes de Rhalu, de los cuales él había sido testigo, estaban claros y cercanos en su memoria. Conocía los rostros que vería, y el ritual en el cual participaría. Pensaba mayormente en imágenes; pero las palabras de un extraño vocabulario estaban listas para que las recordara; las frases se escabullían dentro de su mente con una facilidad inconsciente; frases que hubiesen parecido tonterías incomprensibles una hora antes.

  Matla era consciente de la observación concentrada de varios cientos de ojos mientras penetraba en el ancho templo sin techo. El lugar estaba abarrotado de personas, cuyas redondeadas facciones respondían un tipo pre-Ario; muchos de los rostros le eran familiares. Pero en ese momento, todos estaban marcados por un horror místico, y lucían espantosos y oscuro como la noche. Nada era claro ante él, excepto una apertura en la muchedumbre, la cual conducía al altar de piedra alrededor del cual los sacerdotes de Rhalu se encontraban reunidos, y sobre el cual Rhalu misma miraba con un esplendor helado y temerario desde una altura casi vertical. Él avanzó con pasos firmes. Los sacerdotes, los cuales estaban ataviados de púrpura lunar y amarillo, lo recibieron con un impasible silencio. Contándolos, descubrió que eran seis en vez de los usuales siete. Había uno entre ellos que sostenía una copa de plata, grande y hueca; pero el séptimo, cuyas manos alzarían el cuchillo largo y curvo, hecho de algún metal cobrizo, aún no había llegado.

  Thorway le había resultado curiosamente difícil dedicarse  al monográfico a medio escribir sobre tumbas etruscas. Una oscura y exasperante inquietud finalmente lo obligó a abandonar su insistencia a la musa de la arqueología. En un estado de continua y ascendente irritación, deseando que el aburrido e inútil viaje terminara, él salió a la cubierta. La luz lunar lo maravilló con su brillo sobrenatural, y por un momento no percibió que el cojín de cañas estaba vacío. Cuando se dio cuenta de que Morley estaba ausente experimentó una mezcla peculiar de alarma e irritación. Estaba seguro de que Morley no había retornado a su cabina. Dirigiéndose al lado de la galera de cara a la costa, notó con pequeña sorpresa la ausencia del bore atracado. Morley seguro marchó a la orilla para una visita nocturna al templo; y Thorway frunció pesadamente su ceño ante esta nueva evidencia de la excentricidad y aberración de su empleador. Una responsabilidad impuesta, profunda y solemne, lo sacudió. Le pareció escuchar un mandato interno, una voz medio familiar, apremiándolo para que cuide de Morley. Ese interés innatural y exorbitante sobre un pasado más que problemático debía ser descartado o al menos supervisado.

  Muy pronto se decidió acerca de lo que debía hacer. Dirigiéndose abajo, llamó a dos de los marineros suecos, interrumpiendo su juego de naipes, e hizo que lo llevaran en bote hacia la orilla. Al acercarse a la playa el bote usado por Morley era plenamente visible bajo la sombra de un grupo de palmas inclinadas sobre el océano. Thorway, sin ofrecer ninguna explicación de su viaje a tierra,  ordenó a los marineros retornar a la galera. Entonces, siguiendo el desgastado camino hacia el templo, comenzó el ascenso de la cuesta de la isla.

  Paso a paso, mientras ascendía, notó una extraña diferencia en la vegetación. ¿Qué eran esos monstruosos helechos y esas flores de aspecto primordial a su alrededor? Seguramente era algún truco fantasmagórico de la luz lunar, que distorsionaba las palmas y arbustos familiares. No había visto nada parecido en sus visitas diurnas, y en todo caso, tales formas eran imposibles. Entonces, gradualmente, él fue sitiado por una duda y asombro terribles. Le vino la inefable sensación de estar pasando más allá de su propio ser, más allá de todo lo que conocía como legítimo y verificable. Pensamientos fantásticos e impronunciables; extrañas y anormales intuiciones se precipitaron sobre él desde el hechicero destello de la luna refulgente. Tembló ante memorias repelentes pero insistentes que no eran suyas, y ante la fantasmagórica confusión de un mandato increíble. ¿Qué lo estaba poseyendo? ¿Acaso se estaba volviendo loco como Morley? La isla bañada de luz lunar era como algún abismo sin fondo de pesadillezca fantasía, dentro del cual él se sumergía con un terror espantoso.

  Buscó recobrar su sólida sanidad materialista, su creencia en la sana literalidad de las cosas. Entonces, repentinamente y sin ninguna sorpresa, él ya no era Thorway. Supo el verdadero propósito por lo cual había venido a la isla: el rito solemne en el cual él iba a jugar un siniestro pero espantoso papel. La hora señalada estaba cerca. Los adoradores, la ofrenda de sacrificio y los seis colegas sacerdotes esperaban su llegada en el inmemorial altar de Rhalu.

  Sin la asistencia de ninguno de los sacerdotes, Matla se había tendido sobre el frío altar. Cuánto tiempo él había estado esperando allí, no lo podía decir. Pero al fin, por el inquieto movimiento y murmullo de la muchedumbre, supo que el séptimo sacerdote había llegado.

  Todo temor lo había abandonado, como si ya estuviera más allá del dolor y sufrimiento de la tierra. Pero sabía con una exactitud tan real como una sensación o visión física el uso que se le daría al cuchillo de cobre y a la copa de plata. Yacía contemplando los distantes cielos, y vio borrosamente, con ojos enfocados en lo lejano, el rostro delgado del séptimo sacerdote. El rostro era doblemente familiar… Pero él había olvidado algo. No intentó recordar. Ya le parecía que la blanca luna se acercaba, inclinándose de su posición estelar para beber el esperado sacrificio. Su luz lo cegó con un fulgor extraterrestre; pero vio oscuramente el destello del cuchillo en descenso penetrar su corazón. Hubo un instante de desgarrador dolor que se sumergió más y más a través de su cuerpo, como si sus tejidos fueran un profundo abismo. Entonces, una oscuridad repentina se apoderó de los cielos y borró el rostro de Rhalu. Y todas las cosas, incluso el dolor, fueron erradicados de Matla por la negra neblina de una Nada eterna.

  En la mañana, Svensen y sus marineros esperaron pacientemente el retorno de Morley y Thorway de la isla. Cuando la tarde arribó, y los dos aún estaban ausentes, Svensen decidió que era tiempo de investigar. Había recibido órdenes de levar anclas hacia San Francisco ese día; pero ciertamente no podía partir sin Thorway y Morley. Con uno de su tripulación, navegó hacia la costa y ascendió la colina hasta las ruinas. El templo sin techo estaba vacío excepto por las raíces que habían crecido entre las grietas de su pavimento. Svensen y el marino, buscando a los arqueólogos por los alrededores, quedaron con su frialdad horrorizada por las manchas secas de sangre fresca que se alineaban en la gran hendidura del bloque del altar hasta su orilla.

  Ellos convocaron al resto de la tripulación. No obstante, la búsqueda de todo un día por toda la isla no dio ningún resultado. Los nativos no sabían nada del paradero de Thorway y Morlay, y estaban extrañamente reticente incluso para reconocer su ignorancia. No había lugar en el cual los dos hombres pudieron haberse escondido, reconociendo que ellos hubieran tenido alguna razón para proceder de manera tan peculiar. Svensen y sus hombres finalmente se dieron por vencidos. Si ellos hubiesen sido imaginativos, les hubiese parecido que los arqueólogos se desvanecieron en el pasado.

 –

Fin

  Traducido por Odilius Vlak

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Nota: La versión original de esta historia, titulada: «An Offering to the Moon», se publicó por primera vez en el # de septiembre de 1953 de la revista Weird Tales. También se incluyó en las siguientes antologías:

  1. 1.      Poseidonis, Ballantine (1973).
  2. 2.     The Ancient Mysteries Reader, Doubleday (1975).
  3. 3.     The Ancient Mysteries Reader, V. Gollancz (1976)
  1. 4.     Other Dimensions, V2. Panther (1977).
  2. 5.     The Ancient Mysteries Reader: Book 2, Sphere (1978)
  3. 6.     Poseidonis, Moewig (1985).
  4. 7.     The Emperor of Dreams, Gollancz (2002).
  5. 8.    The Door to Saturn: The Collected Fantasies of Clark Ashton Smith V2, Night Shade Books (6 de junio del 2007).

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