RUNES SANGUINIS / La Edad Oscura – Por Clark Ashton Smith

Trilling Wonder Stories ( detalle) - April 1938

  El laboratorio era como una ciudadela. Se alzaba sobre un empinado promontorio, ensombrecido sólo por las altas montañas, y de cara hacia innumerables valles poblados de abetos y cerros amontonados. La luz de la mañana lo  iluminaba salvando los picos de nieves eternas; y la puesta del sol ardía más allá de la extensa llanura, donde los vástagos del bosque habían invadido los contrafuertes de antaño, y salvajes vestidos con pieles pululaban entre las engastadas ruinas de ciudades sibaritas. Los que habían construido el laboratorio, en los años cuando la más alta civilización de la tierra estaba colapsando rápidamente, lo habían diseñado como una fortaleza para la ciencia, en la cual algo de la sabiduría y ciencia del hombre pudiera ser preservado a través del largo descenso hacia la noche de la barbarie.

  Las paredes estaban construidas con piedras cuadradas de la morrena de un glaciar; y el trabajo en madera estaba hecho con cedros de la montaña, poderosamente radiantes como los que se usaron en el templo de Salomón. Muy alto sobre el principal edificio se encumbraba una torre de observación, desde la cual tanto los cielos como las tierras de los alrededores podían ser vigilados con igual facilidad. La cima de la colina fue deforestada de pinos y abetos. Detrás del edificio se alzaban empinados riscos que evitaban cualquier aproximación; y alrededor de todo el lugar una zona de una fuerza repelente, que podría hacerse letalmente destructiva a voluntad, y que era mantenida por máquinas que almacenaban la radiación solar y la convertían en electricidad. Los habitantes del laboratorio se veían a sí mismos como los sacerdotes de una verdad sagrada. Se llamaban a sí mismos Los Custodios. Al principio ellos eran ocho parejas, hombres y mujeres de la más alta habilidad y méritos, especializados en todas las principales ramas de la ciencia, quienes se habían retirado a ese enclaustrado lugar desde un mundo asolado por una guerra universal, hambruna y enfermedades, donde todos los demás científicos y técnicos estaban condenados a perecer. La región alrededor del laboratorio estaba, en ese tiempo, despoblada; y el edificio, construido bajo el más absoluto secreto, escapó a la destrucción que desapareció ciudades enteras y cubrió grandes imperios con las nubes bajas de la muerte.

   Más tarde, los valles y colinas al pie del laboratorio fueron poblados por los miserables remanentes de los habitantes de las ciudades ubicadas en la planicie. Con estas personas, ya embrutecidas por los sufrimientos y trabajos, el puñado de científicos no tuvo ningún trato. En el curso de una generación, los Custodios, reproduciéndose entre ellos, disminuyeron en número por la esterilidad; mientras que los fugitivos del exterior se multiplicaban, retrocediendo más y más a un estado de barbarie, y conservando sólo como una confusa leyenda tribal la memoria de la civilización de la cual ellos habían involucionado. Viviendo en las cavernas de las montañas o en rudas cabañas, cazando los animales del bosque con lanzas y arcos hechos de manera rudimentaria, ellos perdieron todo vestigio del alto conocimiento y maestría sobre la naturaleza que poseían sus antepasados. Ya no comprendían las maquinarias que se oxidaban en las ciudades. A través de una especie de animismo atávico, comenzaron a adorar los elementos que sus padres habían dominado y controlado. Al principio ellos trataron de asaltar el laboratorio, impulsados por una lujuria salvaje por el pillaje y la sangre; pero, ahuyentados con grandes pérdidas por la zona de la fuerza mortal, pronto abandonaron su propósito. Con el tiempo, ellos llegaron a considerar a los Custodios como verdaderos semidioses, que dominaban fuerzas misteriosas y espantosas, que producían milagros incomprensibles. Pocos de ellos se aventuraban a acercarse a la jurisdicción del edificio, o seguir al oso y al ciervo salvaje dentro de los boscosos valles que le rodeaban.

  Por muchos años ninguno de los Custodios fue visto por el pueblo de la colina. Algunas veces, durante el día, emanaban extraños vapores que ascendían hasta las nubes sobre el observatorio; y por las noches las altas ventanas ardían como estrellas que descendieran por la colina. Los Custodios, así se creía, estaban forjando sus rayos en divino secreto. Entonces, desde la espantosa casa en lo alto descendió una mañana un Custodio. Él no portaba armas y llevaba sus brazos cargados de libros. Aproximándose a una pequeña villa de los tribales, levantó su mano derecha en el universal gesto de paz.

  Muchos de los más tímidos huyeron ante su presencia, escondiéndose dentro de las oscuras cabañas o entre el espeso bosque; y los demás habitantes de la villa lo recibieron con temerosa y supersticiosa sospecha. Hablando en un lenguaje que ellos apenas podían entender, les comunicó que había venido a vivir entre ellos. Su nombre esta Atullos. Poco a poco, él se ganó su confianza; y posteriormente buscó una pareja entre las mujeres de la tribu. Al igual que Prometeo, el dador del fuego a la antigua humanidad, él intentó iluminar los salvajes; y decidió reproducir para su beneficio algunas de las invenciones preservadas en el laboratorio. No les reveló nada de las razones que tuvo para abandonar a los otros Custodios, con los cuales no había tenido comunicación desde que se unió al pueblo de la colina.

  Atullos no había traído consigo ningún equipo excepto sus pocos libros. Debido a la carencia de incluso los materiales y herramientas más rudimentarias, sus labores científicas fueron realizadas con gran dificultad. Los salvajes, en su regresión, habían perdido hasta el conocimiento de los metales. Sus armas eran las de la Edad de Piedra; sus rejas de arado simples palos torcidos de madera endurecida con fuego. Atullos se vio obligado a pasar más tiempo extrayendo y fundiendo los minerales que necesitaba para sus máquinas; e incluso emprendió agotadores viajes para suplirse de algunos elementos que no se encontraban en la región. De unos de esos viajes él no regresó; y se creyó que había sido asesinado por los guerreros de una tribu hostil y brutal dentro de cuyo territorio él había penetrado en el curso de sus investigaciones. Dejó un hijo, el joven Torquane, cuya madre murió poco después de dar a luz. También, como legado a la tribu, dejó varias herramientas de hierro y cobre, en cuya forja había entrenado algunos de los hombres más inteligentes. Las máquinas en las que había trabajado con tesón y paciencia estaban a mitad de ser terminadas; y luego de su desaparición nadie era capaz de concluir el trabajo. Fueron diseñadas para generar energía eléctrica y para el uso y control de algunas radiaciones cósmicas. Pero los tribales que asistieron a Atullos no sabían nada de su propósito o de los principios involucrados.

  Atullos pretendía instruir a su hijo Torquane en toda la ciencia de los Custodios; para que de esa manera la antigua ciencia, conservada tan celosamente por unos pocos poderosos, volviera a ser una herencia de toda la humanidad. Torquane tenía cuatro años cuando Atullos desapareció; y no sabía más que el alfabeto y unas simples reglas de aritmética. Debido a la ausencia de la guía de su padre, este rudimentario conocimiento fue de poco provecho para él. Y a pesar de ser naturalmente precoz y brillante más allá de su edad, no podía continuar por sí mismo la educación que su padre había comenzado. No obstante en su alma, a medida que avanzaba hacia la adultez entre sus primitivos compañeros, ardió la llama de una aspiración incontenible; un hambre hereditaria por el conocimiento, que lo diferenciaba de los demás.

  Recordaba más sobre su padre que la mayoría de los niños que son privados de él a edad tan temprana; y supo de sus compañeros que Atullos había sido un Custodio, los cuales eran considerados por la tribu como seres dotados de poderes y atributos divinos. Era creencia común que los Custodios se habían desasido de Atullos por el deseo de este de iluminar y ayudar a su pueblo. Lentamente, mientras su mente maduraba, Torquane comprendió los fines altruistas de su padre, quien había soñado con revivir las viejas ciencias en un mundo oscuro. Torquane vivía la ruda vida de los hombres de la tribu, cazando el oso, el ciervo y la liebre y trepando los abismales riscos y las montañas. Excediendo en todos los deportes bárbaros, se volvió muy resistente y seguro de sí mismo. Externamente difería muy poco de los otros muchachos, excepto por su piel más blanca y rasgos más finos, y la pátina soñadora que en ocasiones cubría su ojos. Al acercarse a su tamaño definitivo devino en un líder para los jóvenes, y fue tratado con un profundo respeto como el hijo de ese Atullos que se había vuelto una especie de dios tutelar para los hombres de la colina después de su muerte.

  A menudo, el muchacho visitaba las profundas y resecas cuevas que su padre había usado como taller. Allí las herramientas, las máquinas a medio terminar, los químicos, los libros y manuscritos de Atullos, estaban guardados. Torquane los examinó todos con un deseo grande y creciente, en vano tratando de adivinar el secreto de las máquinas y deletreando trabajosamente, letra por letra, las palabras en los empastados volúmenes cuyo significado él no podía desentrañar. Como un hombre que habitara un lugar oscuro y anhelando ciegamente el sol, él se sentía en el umbral de un mundo iluminado; pero la luz le fue denegada y sus afanes finalizaban en una confusión más grande. A menudo, a medida que crecía, sus pensamientos se volvían al misterio de la alta y resguardada ciudadela de donde vino su padre para unirse a la tribu. Desde algunos lugares en las colinas más altas, él podía ver sus torres de vigilancia proyectándose oscuramente sobre la despejada eminencia. Sus compañeros, al igual que sus ancestros, evitaban los alrededores como un lugar de un peligro sobrenatural, donde los rayos de los Custodio pronto abatirían a cualquier intruso. Por muchos años nadie vio a los Custodios; sus voces, las cuales según se decía, habían hablado anteriormente como el trueno de la montaña, amenazando o advirtiendo por todo el campo, ya no se escuchaban. Pero ningún hombre soñó con penetrar su reclusión.

  Pese a ello, Torquane, conociendo su parentesco con los Custodios, se preguntaba mucho acerca de ellos. Una extraña curiosidad lo condujo más y más hacia las colinas al pie del laboratorio. No obstante, desde semejante punto de vista él no podía ver nada de sus ocupantes o sus actividades. Todo estaba quieto y en silencio, y la misma tranquilidad, gradualmente, hechizó al muchacho y lo atrajo más hacia el temido misterio. Usando toda la cautela de la vida del bosque, y caminando con el más sumo cuidado no vaya a ser que una hoja o rama se quebrara bajo él, un día ascendió la colina empinada y densamente poblada de árboles rumbo al edificio. Sin aliento a causa del pavor y el recelo, finalmente pudo observar desde detrás del tronco nudoso de un pino que se alzaba justo más allá de la jurisdicción del terreno del laboratorio. Siniestro, repelente y con aspecto de fortaleza, las rectilíneas paredes y torres cuadradas se alzaban ante él y sobre el fondo de un cielo de nubes ligeras. Las ventanas titilaban en el vacío, guardándose para sí todos sus secretos. Al frente del edificio había un portar abierto en forma de arco; más allá del cual, con destellos plateados, Torquane discernió los chorros de la fuente en medio de un patio iluminado.

  Los retoños de los abetos y los pinos habían comenzado a invadir el terreno nivelado y despejado; algunos de ellos ya alcanzaban la altura de los hombros, mientras que otros sólo se elevaban a la altura de la cintura o rodilla de un hombre, presentando poca obstrucción a la vista. Entre ese bosque en miniatura Torquane escuchó un zumbido que bien podría haber sido hecho por algún enjambre invisible de abejas. El sonido siempre mantenía la misma dirección, el mismo tono. Observando más detenidamente, él vio que había una línea de una yarda de ancho de suelo desnudo y yermo extendiéndose como un sendero entre las coníferas, y siguiendo el curso aparente del sonido. Esta línea, comprendió de repente, indicaba la barrera de fuerza más allá de la cual ningún hombre podía pasar; y el zumbido era el sonido producido por el poder repelente y letal. Gran parte del área entre los retoños y el laboratorio estaba poblada con líneas de vegetales y también había un pequeño jardín de flores. El lugar mostraba evidencia de un minucioso cuidado y había sido regado recientemente; pero nadie estaba a la vista por el momento. En el edificio mismo, mientras Torquane observaba y escuchaba, dio inicio una sonora pulsación metálica cuya causa, en su completa ignorancia de la maquinaria, él no podía imaginar. Alarmado por el bullicioso sonido, el cual parecía lleno de misteriosa amenaza, Torquane huyó de la ladera boscosa y no se atrevió a regresar en muchos días.

  La curiosidad y alguna emoción más profunda que esta, cuya naturaleza y origen él no podía definir, lo impulsaron a visitar nuevamente el lugar a pesar de los vagos y medios supersticiosos temores de algún peligro. Observando como la vez anterior desde el refugio de los pinos, vio por primera vez uno de los ocupantes del edificio. A una distancia de no más de veinte yardas de su escondite, una muchacha estaba inclinada sobre las violetas y pensamientos en el podado jardín de macetas. A Torquane le pareció que contemplaba a una diosa: pues entre todas las muchachas de la villa, no había una la mitad de graciosa y encantadora como este increíble ser. Ataviada con vestido de un verde claro de abril, sus cabellos caían en una nube de luminoso amarillo sobre sus hombros, ella parecía arrojar una brillantez sobre las flores mientras se movía. Arrastrado por una extraña fascinación como nunca antes había experimentado, el muchacho se adelantó desde detrás del refugio de los pinos, olvidado de sus temores, e inconsciente de que se estaba exponiendo a la vista. Sólo cuando la muchacha lo miró por casualidad, y profirió un grito ahogado y espantado cuando sus ojos encontraron los suyos, él comprendió la indiscreción que lo había traicionado.

  Torquane estaba dividido entre el impulso de huir y una poderosa e irracional atracción que lo indisponía a marcharse. Esa chica, lo sabía, era uno de los Custodios; y los Custodios eran semidioses que no querían tratos con los hombres. Aún así, a través de su padre él podía reclamar su parentesco con esos elevados seres. Y la muchacha era tan hermosa, y sus ojos, mirándolo por encima de las macetas de flores eran tan tiernos y gentiles a pesar de su asombro, que él dejó de temer la instantánea condena que su atrevimiento podría quizás haberle merecido. Seguramente, incluso si permaneciera y le hablara, ella no desataría sobre él el espantoso rayo de los Custodios. Levantando su mano en gesto apaciguador, avanzó entre los arbustos de coníferas, deteniéndose sólo cuando escuchó el siniestro zumbido de la barrera de fuerza. La muchacha lo observaba con evidente pavor, sus ojos dilatándose y su rostro palideciendo y luego enrojeciéndose mientras se hacía consciente de la belleza de Torquane y del ardor en sus ojos. Por un momento pareció que ella se volvería para abandonar el jardín. Entonces, como si hubiese conquistado su vacilación, se acercó a la barrera.

  —Debes marcharte —dijo con palabras  que de alguna manera diferían del dialecto familiar de Torquane. Pero él comprendió las palabras cuya extrañeza le resultaba divina. Sin hacer caso a la advertencia, él permaneció como el que está hechizado.

  —Márchate rápido —le advirtió la muchacha con un tono apremiante—. No se le permite a ningún bárbaro venir aquí.

  —Pero no soy un bárbaro —dijo Torquane orgullosamente—. Soy el hijo de Atullos, el Custodio. Mi nombre es Torquane. ¿No podemos ser amigo?

  La muchacha estaba claramente sorprendida y perturbada. A la mención del nombre de Atullos, una sombra oscureció sus ojos; y tras la sombra un oscuro terror parecía acechar.

  —No, no, —ella insistió—. Es imposible. No debes venir aquí nuevamente. Si mi padre supiera…

  En ese momento, el zumbido de la barrera se profundizó, alto y furioso, como el murmullo de un millón de avispas, y Torquane sintió en su carne una sensación eléctrica, como la había sentido durante una violenta tormenta de truenos. De repente el aire estaba invadido de chispas y violentos y brillantes filamentos, y fue barrido por una onda de ardiente calor. Ante los ojos de Torquane los pequeños pinos y abetos parecían retorcerse a gran velocidad, y algunos de ellos ardieron en llamas repentinamente.

  —¡Vete, vete! —él escuchó el grito de la muchacha, mientras retrocedía ante la barrera. Ella huyó hacia el laboratorio, mirando atrás sobre sus hombros mientras avanzaba. Torquane, medio enceguecido por el tejido de la red de fuego, vio que un hombre apareció en los portales, como si hubiese venido al encuentro de la muchacha. El hombre era viejo y de barba blanca; y su rostro era austero como si de alguna iracunda divinidad se tratara.

  Torquane sabía que este ser había percibido su presencia. Su suerte sería la misma de la de los retoños si permanecía por más tiempo. De nuevo un terror supersticioso se manifestó dentro de él, y corrió velozmente hacia el lúgubre refugio del antiguo bosque.

  Hasta ahora, Torquane sólo había conocido los anhelos sin objeto de la adolescencia. Él no le había prestado atención a ninguna de las salvajes si bien a menudo hermosas doncellas del pueblo de la colina. Sin dudas, iba a elegir una de ellas en su momento; pero, habiendo visto la rubia hija del Custodio, él pensaba sólo en ella, y su corazón se llenó de una tormentosa pasión que era más salvaje aún a causa de su arrogante audacia y aparente desesperanza. Orgulloso y reticente por naturaleza, él le ocultó su amor a sus compañeros, quienes de alguna manera se preguntaban acerca de su lóbrego estado de ánimo y los accesos de enfermedad que se alternaban con intensos trabajos y deportes.

  Algunas veces, él se sentaba por días enteros en profundo estudio, contemplando las máquinas y volúmenes de Atullos; algunas veces lideraba los hombres más jóvenes en la caza de algún peligroso animal, arriesgando su propia vida con un desprecio más demencial que antes. Y a menudo se ausentaba para emprender solitarias expediciones que nunca explicaba  a los otros. Estas expediciones eran siempre hacia la región alrededor del laboratorio. Para el coraje y ardor del joven Torquane, el peligro de tales visitas devino en un acicate más que en una disuasión. No obstante, se cuidó de permanecer fuera de la vista; y mantuvo una distancia respetuosa de la barrera zumbadora.

  A menudo veía a la muchacha mientras hacía sus labores de jardinería, regando las flores y los vegetales; él alimentaba su desesperado anhelo en tales escenas, soñando salvajemente con sacarla por la fuerza, o convertirse en el maestro del laboratorio. Sospechaba astutamente que los Custodios eran pocos en número, ya que sólo había visto a la muchacha y al viejo que probablemente era su padre. Pero en ningún momento se le ocurrió que ellos eran los únicos habitantes del laboratorio. A Torquane le pareció, meditando con la lógica del enamorado, que la muchacha no lo despreciaba. Ella le había advertido que huyera y lo había llamado un bárbaro. Sin embargo, sentía que ella no se había ofendido por su presunción en abordarla. Estaba seguro de que podía ganarse su amor si se le diera la oportunidad. Convirtiendo a una de las muchachas de los Custodios en su pareja, ganaría admisión a ese mundo de luz y conocimiento del que su padre había provenido; ese mundo que había perturbado sus sueños. Incansablemente había maquinado y hecho planes tratando de desarrollar una manera en la que pudiera atravesar la barrera de fuerza, o de comunicarse con la muchacha sin atraer hacia sí la ira de los Custodios. En una ocasión, bajo la luz de la luna, él trató de escalar los riscos tras el laboratorio, abriéndose camino trabajosamente de grieta a grieta. Abandonó su intento sólo cuando alcanzó un saliente de roca que era resbaladiza como metal bruñido. El día llegó en que Torquane, revisando el bosque ubicado muy cerca del jardín del laboratorio, notó un silencio inoportuno que colgaba pesadamente de todas las cosas. Por unos instantes él permaneció confundido, fracasando en sus intentos de comprender la causa. Entonces, se dio cuenta que el silencio era debido al cese del murmullo que indicaba la presencia de la barrera.

  El terreno estaba desierto, y por primera vez, las pesadas puertas del edificio habían sido cerradas. En ninguna parte se sentía ningún sonido o la presencia de alguien. Por un momento Torquane permaneció sospechoso, presintiendo una trampa con el instinto de una criatura salvaje. Desconociendo todo acerca de las máquinas, no se le ocurrió que la fuerza repelente había cesado a causa del agotamiento energético de sus generadores invisibles. Asombrado e intrigado, él esperó por horas con la esperanza de tener un vistazo de la muchacha. Pero el jardín permaneció vacío y nadie abrió las ceñudas puertas. Alerta y vigilante el muchacho continuó observando. Las sombras del bosque al atardecer comenzaron a alargarse, invadiendo los terrenos del laboratorio. Gritando grotescamente, un ave de montaña se precipitó desde el pino sobre Torquane, y voló sin daño alguno sobre el área cuyo acceso la letal pantalla anteriormente le había impedido a todas las criaturas vivientes. Una inquisidora ardilla corrió entre los retoños y más allá del yermo sendero de la barrera, y se agitó atrevidamente en una maceta de jóvenes maíces y granos. Incrédulo, Torquane supo que la barrera ya no estaba; pero aún su precaución permaneció, hasta que finalmente se marchó.

§

  —Varia, no podemos arreglar los generadores —le dijo el viejo Phabar a su hija—. El trabajo está más allá de mis fuerzas y las tuyas. También se necesitan metales que no podemos obtener en su estado natural, y que no pueden trabajar por más tiempo con los debilitados transformadores atómicos. Tarde o temprano los salvajes se darán cuenta de que la barrera de fuerza ha cesado de existir. Atacarán el laboratorio y encontrarán sólo un hombre viejo y su hija para combatirlos. El fin está cerca pues en todo caso ya no viviré mucho. ¡Ay, ¿si sólo hubiera un hombre joven para que me asista en mis labores y defienda el laboratorio; algún valioso y bien entrenado joven en cuyo cuidado pueda dejarte, así como a nuestra herencia científica? Pero soy el último de los Custodios, y muy pronto la oscuridad en la que la humanidad ha caído será total, y nadie recordará el conocimiento antiguo.

  —¿Qué de ese muchacho que dice ser el hijo de Atullos? —aventuró Varia tímidamente—. Estoy segura de que es inteligente; y aprenderá rápidamente si te decides a aceptarlo en el laboratorio.

  —¡Nunca! —gritó Phabar, su temblorosa voz sonó alta y profunda con una vieja furia—. Él es un simple salvaje como el resto de la humanidad; y aparte de eso, más bien recibiría una bestia salvaje y no el vástago del falso Atullos; ese Atullos al cual expulsé del laboratorio a causa de la malvada pasión hacia tu madre. Cualquiera pensaría que estás enamorada de ese lobo de los bosques. No te atrevas a hablar más de él.

  Él contempló sospechosamente a la muchacha, con el rencor de una inextinguible enemistad y celo hacia Atullos ardiendo en sus hundidos ojos, y luego se volvió con dedos temblorosos por la parálisis hacia los tubos de ensayo y retortas en los cuales él aún se permitía ocuparse en la elaboración de experimentos.

  Torquane, retornando al día siguiente, verificó su descubrimiento del fallo de la barrera. Ahora podía aproximarse al edificio si así lo quería, sin el peligro de ser borrado de la existencia al primer paso. Atrevidamente avanzó hacia el jardín siguiendo un pequeño sendero que conducía hacia los cerrados portales. Exponiéndose a plena vista de las ventanas, colocó sobre el suelo sus arcos y flechas como una señal de sus pacíficas intenciones. Cuando se acercó a los portales un hombre apareció en una de las altas torres y apuntó hacia abajo con un largo tubo de metal girando sobre un eje. Era el viejo que había visto anteriormente. De la boca del tubo emanó en rápida sucesión un número de pequeños disparos de una llama silenciosa que revolotearon alrededor de Torquane y chamuscaron el suelo y el lecho de flores dondequiera que los tocaron. La puntería de Phabar era incierta, debido a su vista envejecida y sus temblorosas manos, pues ninguna de las llamas alcanzó su blanco. Torquane retrocedió, concluyendo que su presencia aún era indeseada por los Custodios. Al penetrar en el bosque fue espantado por una silueta humana que se escabulló ligeramente en las sombras. Era la primera vez que había visto a alguien acechando en esa centenaria y prohibida localidad. En ese simple vistazo Torquane se dio cuenta de que el hombre era un extraño. No usaba ninguna vestimenta excepto por la piel de un lobo, y por arma portaba sólo una lanza rudimentaria con punta de pedernal. Sus rasgos eran brutales y degenerados, y su frente estaba marcada con franjas de tierra roja y amarilla, delatándolo como un miembro de esa tribu extremadamente degradada que se creía había asesinado su padre.

  Torquane llamó al hombre pero por respuesta sólo recibió el sonido de ramas quebrándose y de pasos que huían. Disparó una flecha hacia el intruso, pero lo perdió de vista entre los troncos de los árboles antes de que pudiera ajustar una segunda flecha a la cuerda del arco. Presintiendo que la presencia del hombre no presagiaba nada bueno para los Custodios o su propio pueblo, él lo siguió durante un rato, rastreando al extraño pero incapaz de darle alcance. Perturbado e inquieto, retornó a la villa. Después de eso, durante largas horas del día y algunas veces de la noche, él observó las colinas alrededor del laboratorio, viendo más de una vez al extraño tribal junto con otros claramente del mismo clan. Estos salvajes eran muy furtivos, y a pesar de toda su salvaje habilidad evitaban un encuentro directo con Torquane. Era evidente que el laboratorio era el centro de su interés, ya que siempre los encontró acechando en algún lugar de sus alrededores. Cada día su número crecía; y Torquane pronto concibió la idea de que ellos estaban planeando atacar el laboratorio. De ahí en adelante el tormento de su frustrado amor se mezcló con los temores por la seguridad de su amada.

  Él había mantenido su amor, sus viajes y vigilias en secreto. Entonces, reuniendo a los muchachos y hombres jóvenes que lo consideraban su líder, les comunicó todas sus experiencias y observaciones. Algunos, sabiendo que la barrera de fuerza estaba desactivada, propusieron un asalto inmediato al laboratorio, y le prometieron a Torquane su ayuda para capturar a la muchacha. No obstante, Torquane movió su cabeza diciendo:

  —Una acción como esa no sería digna del hijo de Atullos. No tomaré ninguna mujer en contra de su voluntad. Más bien quisiera su ayuda para proteger a los Custodios, quienes ahora son pocos y débiles, en contra de los merodeos de esta tribu forastera.

  Los seguidores de Torquane no estaban menos ansiosos de atacar la tribu que de asaltar el laboratorio. En verdad, los hombres del extraño clan eran considerados como enemigos naturales; y el asesinato de Atullos no había sido olvidado. Cuando se hizo de conocimiento general que ellos estaban acechando en los alrededores del laboratorio, muchos de los guerreros más viejos de la tribu ordenaron que se asistiera a Torquane para repelerlos; y el joven pronto se encontró siendo el líder de un pequeño ejército. Se enviaron exploradores para que observaran de cerca los movimientos de los forasteros, quienes se hicieron más atrevidos con el aumento diario de sus fuerzas. A media noche algunos de los exploradores reportaron que ellos estaban reuniéndose en la colina al pie del laboratorio. Su número exacto era difícil de determinar debido a la espesura del bosque. Algunos de ellos fueron vistos cortando las ramas de un pino caído con un hacha de piedra; por lo que era evidente que el ataque era inminente, y que el pino iba a ser usado como una especie de ariete para romper los portales.

  Torquane reunió inmediatamente toda su fuerza, que ascendía a unos cien hombres y muchachos. Estaban armados con cuchillos de cobre o lanzas de encinas centenarias o arcos de madera de cornejo, y aljabas llenas de flechas con punta de cobre. En adición a su propio arco y cuchillo, Torquane portaba con mucha precaución una pequeña jarra de barro llena de un polvo gris, que había tomado del taller de Atullos; años antes, durante su niñez, impulsado por un espíritu de pura experimentación, él había dejado caer una pizca del polvo sobre un lecho de carbones, quedando asombrado por la sonora explosión que tuvo lugar. Luego de eso, comprendiendo su completa ignorancia en tales materias, tuvo temor de experimentar más con los químicos preparados y almacenados por su padre. Pero recordando las propiedades del polvo, se le ocurrió que podía hacer un uso efectivo de él en la batalla en contra de los invasores. Marchando a toda velocidad, el pequeño ejército alcanzó en una hora la altura iluminada de estrellas sobre la cual se alzaba el oscuro laboratorio. La colina boscosa estaba aparentemente despejada de los salvajes forasteros quienes habían avanzado por ella en horas más tempranas de esa noche; y Torquane temió que ellos ya habían llevado a cabo el asalto y tomado el edificio. Sin embargo, cuando él y sus hombres emergieron del bosque a la orilla de los jardines, vieron que el ataque apenas había comenzado. El terreno estaba lleno de formas silenciosas y ligeras, discernibles de manera borrosa, quienes se movían con una concertada agitación hacia el quieto y oscuro edificio. Era como si un ejército de sombras hubiese sitiado una fortaleza fantasma. Entonces, el fantasmagórico silencio fue roto por un sonoro impacto seguido por una explosión de feroces aullidos emitidos por los salvajes.

  Torquane y sus seguidores, precipitándose hacia adelante, vieron que el centro de la oscura horda retrocedió un poco. Sabían que el ariete había fallado en romper los portales de cedro en su primer intento y estaba siendo retirado para un segundo impacto. Torquane, corriendo delante de sus hombres encendió, con una tea de resina de pino, la mezcla de yesca de fibra vegetal que había preparado en la jarra de barro. La mezcla ardió peligrosamente cercana al contenido de la jarra mientras él llegó a una distancia de tiro de la horda salvaje. Escuchó otro impacto aún más fuerte, seguido por salvajes gritos de triunfo, como si la puerta hubiese cedido. Entonces la jarra, arrojada con toda su fuerza, explotó con un gran destello que iluminó toda la escena, junto a una ensordecedora detonación como el trueno de una montaña. Torquane, que se había preparado para algún resultado violento, fue tumbado al suelo con una fuerza asombrosa; sus seguidores permanecieron pasmados, creyendo que ellos habían sido testigos de la caída de un furioso rayo lanzado por algún Custodio oculto. Una creencia similar, así parecía, se había impreso aún más poderosamente sobre las mentes de los sitiadores: pues ellos huyeron en todas direcciones con extremo desorden. Algunos fueron lanceados en la oscuridad por los hombres de Torquane, y el resto se dispersó entre los pinos con aullidos espantosos. De esa manera, por primera vez desde el comienzo de la edad oscura, la pólvora fue usada.

  Torquane, poniéndose de pie, descubrió que la batalla ya había terminado. Avanzó cautelosamente encontrándose con los cuerpos desmembrados de varios de los invasores, yaciendo esparcidos sobre un jardín de macetas que había sido quemado y profundamente hoyado por la explosión. Todos los otros al parecer, habían escapado o fueron asesinados por sus guerreros. Había poca probabilidad de que los salvajes repitieran su asalto sobre el laboratorio. A pesar de ello, por el resto de la noche, él y sus seguidores mantuvieron una vigilia sobre el edificio. Para que sus inquilinos no los confundieran con los enemigos, él fue más de una vez hacia los portales, que habían sido destrozados hacia adentro por el ariete de pino, gritando fuerte para declarar sus intenciones pacíficas. Esperaba alguna señal de la muchacha: pero en el patio más allá de la destrozada puerta no había nada excepto los fantasmagóricos chorros de agua de la fuente. Todas la ventanas permanecieron oscuras y un silencio como de tumba colgaba sobre el edificio.

  Al despuntar el alba, Torquane, acompañado por dos de sus guerreros se aventuró dentro del patio. En un ángulo en el lado opuesto, ellos llegaron a una puerta abierta que daba acceso a un largo corredor vacío y pobremente iluminado por un único globo de misteriosa luz azul. Ellos siguieron el corredor y Torquane gritaba mientras avanzaban pero sólo le respondían sus propios ecos, huecos y sonoros. Algo asombrado, y preguntándose si el silencio no significaba alguna habilidosa trampa, ellos alcanzaron el final del corredor deteniéndose en el umbral de un inmenso salón. El lugar estaba atiborrado de desconocidas e intrincadas maquinarias. Altos dínamos se elevaban hacia el techo iluminado por el cielo; y por todos lados, sobre bancos y escaparates de maderas y mesas con topes de piedra, habían enormes y extrañamente diseñadas vasijas, ampollas y tazones llenos de líquidos incoloros o coloreados. Destellando, silenciosos motores se apilaban en las esquinas. Aparatos de cientos de formas, cuyo uso el joven bárbaro no podía imaginar, se esparcían en desorden sobre el piso y se amontonaban en todos los rincones.

  En el medio de toda esta parafernalia, un viejo estaba sentado en una silla de madera de cedro ante una de las mesas atiborradas de frascos. La luz sin sol de la mañana, lívida y espectral, se mezclaba en sus decrépitos rasgos junto con la radiación azul de las lámparas. A su lado estaba parada la muchacha, confrontando a los intrusos con ojos asombrados.

  —Nos presentamos como amigos —gritó Torquane arrojando su arco sobre el piso.

  El viejo Custodio, irradiando una furia senil, no hizo ningún intento de levantarse de su silla, sino que se reclinó hacia atrás como si el esfuerzo estuviera más allá de sus posibilidades. Habló desmayadamente y gesticuló con débiles dedos hacia la muchacha, la cual, tomando de la mesa un vaso lleno de un líquido claro como el agua, lo sostuvo firmemente en sus labios. Bebió una porción del líquido y entonces, luego de un único estremecimiento convulso, descansó flojamente en la silla, su cabeza recostada sobre su pecho y su cuerpo al parecer encogiéndose y hundiéndose dentro de sus ropas. Por un instante, con ojos dilatados y rasgos pálidos, la muchacha se volvió nuevamente hacia Torquane. Parecía como si vacilara. Entonces, vaciando el resto del líquido del vaso en su mano, se desplomó sobre el piso como una estatua derribada.

  Torquane y sus compañeros, asombrados y confundidos, se adentraron en el salón. Algo dudoso de las extrañas máquinas que les rodeaban, se aventuraron a inspeccionar la chica caída y al anciano sentado. Estaba claro que ambos estaban muertos; y comprendieron que el líquido claro como el agua debía ser alguna clase de veneno más rápido y violento que cualquiera con lo que ellos estaban familiarizados: un veneno que era parte de la perdida ciencia de los Custodios. Torquane, observando el inescrutable y quieto rostro de Varia, fue invadido por una mezcla ciega de dolor y asombro. No era de esa manera como él había soñado entrar en la fortificada ciudadela y ganarse a la hija del Custodio. Jamás podría desentrañar la misteriosa ciencia de los Custodios o comprender las máquinas o leer los libros cifrados. No estaba destinado a terminar la labor prometeica de Atullos, e iluminar nuevamente el mudo oscuro con la ciencia. Todas estas cosas, con la muchacha Varia como esposa e instructora, lo hubiese podido hacer. Pero ahora, muchos siglos y ciclos pasarían antes de que finalizara la noche de la barbarie; y manos diferentes a las de Torquane o los hijos de Torquane, encenderían nuevamente la lámpara del conocimiento antiguo.

  Pero todavía, si bien él aún no lo sabía en su dolor y frustración, permanecían otras cosas: los suaves y dulces labios de una simple muchacha de la colina quien daría a luz a sus hijos; la salvaje y libre vida del hombre, guerreando en términos iguales con la naturaleza y manteniendo sus leyes obedientemente; el sol y las estrellas despejadas de los vapores de las industrias del hombre; y el aire sin contaminar por sus bullentes ciudades.

 –

Fin

  Traducido por Odilius Vlak

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  • Nota: La versión original de esta historia: «The Dark Age»; apareció en el # de abril de 1938 de la revista Thrilling Wonder Stories. También fue incluida en la antología «The Abominations of Yondo» [Arkham House, 1960].

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