RUNES SANGUINIS / La Consumación de la Muerte – Por Clark Ashton Smith

The Abominations of Yondo, Arkham House (1960)

Me resultó peculiarmente difícil expresar la naturaleza exacta del sentimiento que Tomeron siempre había despertado en mí. Sin embargo, estoy seguro de que el sentimiento nunca formó parte, en ningún momento, de lo que ordinariamente se conoce como amistad. Era una combinación de inusuales elementos estéticos e intelectuales, y de alguna manera estaba aliado de manera muy cercana en mis pensamientos con la fascinación que siempre, desde mi infancia, me había arrastrado hacia todas las cosas lejanas en el espacio y el tiempo, o que poseían alrededor de ellas el insondable misterio de la antigüedad. Extrañamente, Tomeron nunca parecía pertenecer al presente; por el contrario, uno podía inmediatamente imaginárselo viviendo en alguna edad pasada. Nada a su alrededor ostentaba las características de nuestra época; y él incluso llegó hasta el extremo de adoptar en su forma de vestir un estilo a la usanza de hace siglos atrás. Su fisonomía era extremadamente pálida y cadavérica, y era muy aficionado al estudio de tomos y mapas antiguos.  Siempre caminaba con el paso paciente y meditativo de aquel que habita entre lejanas memorias y ensueños; y a menudo hablaba de personas, ideas y eventos olvidados desde hacia tiempo. La mayor parte del tiempo él aparentaba estar ajeno a las cosas del presente. Yo sentía que para él la gran ciudad de Ptolemides, en la cual ambos vivíamos, con todos sus clamores y tumultos, era poco más que un laberinto de vapores pintados. Existía la misma vaguedad de parte de las demás personas hacia Tomeron; y si bien él siempre había sido aceptado sin cuestionamientos como un representante de la noble y por lo demás extinta familia de la cual decía descender, nada parecía saberse de su verdadero antecedente y nacimiento. Vivía en la mansión semi-arruinada de sus ancestros con dos sirvientes muy viejos y sordomudos, y que al igual que él usaban vestimentas de edades antiguas. Se decía que allí no había vivido ninguna de su familia por generaciones. En ese lugar se dedicaba a los recónditos y ocultos estudios que eran tan afines  a su mente; y allí, en ciertos momentos, yo solía visitarlo.

  No puedo recordar la fecha precisa y las circunstancias del inicio de mi relación con Tomeron. Si bien soy descendiente de un duro linaje reconocido por la sanidad de su constitución, mis facultades fueron espantosamente quebrantadas por el horror de los sucesos con los cuales esa relación finalizó. Mi memoria no es lo que era y existen ciertas lagunas por las cuales mis lectores me deben perdonar. La única maravilla es que mi capacidad de recordar ha sobrevivido bajo el siniestro peso que ha tenido que soportar; pues, en más que un sentido metafórico, yo he estado como uno condenado a cargar junto con él, en todo lugar y tiempo, el abominable íncubo de cosas hace tiempo muertas y corrompidas. No obstante, puedo recordar fácilmente los estudios a los cuales Tomeron se había dedicado: los perdidos y demoniacos volúmenes de Hiperbórea, Mu y Atlantis que llenaban los estantes de su biblioteca hasta el techo; y los extraños mapas que no registraban ninguna tierra sobre la superficie del planeta, los cuales él estudiaba bajo la llama perpetua de una vela.

  No hablaré de esos estudios, pues ellos parecerían demasiado fantásticos y macabros como para creerlos; y aquello que tengo que relatar es lo suficientemente increíble en sí mismo. A pesar de ello, hablaré de algunas ideas extrañas que habían preocupado demasiado a Tomeron, y sobre las cuales él a menudo me hablaba con su voz profunda, gutural y monótona, la cual tenía la reverberación de una caverna insondable en sus tonos y cadencias. Él sostenía que la vida y la muerte no eran las condiciones fijas que las personas comúnmente creían que eran; que los dos reinos estaban a menudo interconectados en formas que no eran discernibles fácilmente, poseyendo penumbrosas líneas fronterizas; que el muerto no era siempre el muerto ni el vivo el vivo, tal como tales términos eran a menudo entendidos. La manera en la cual él hablaba de esas ideas era extremadamente confusa y general; y nunca pude inducirlo a especificar su significado o proferir alguna ilustración concreta que pudiera traducirlo de una manera más inteligible a una mentalidad como la mía, desacostumbrada a lidiar entre las redes de lo abstracto. Tras sus palabras gravitaba, o parecía gravitar, una legión de imágenes oscuras y amorfas que nunca pude formulármelas o describírmelas en ninguna manera, no hasta el descenso final a las catacumbas de Ptolemides.

  Ya he dicho que mi sentimiento hacia Tomeron no era nada que se pudiera calificar como amistad. Pero incluso desde el comienzo me di cuenta de que él tenía una curiosa afición por mí: una afición cuya naturaleza no podía comprender, y con la cual apenas podía simpatizar. Si bien él me atraía en todo momento, había ocasiones en las cuales mi interés no carecía de una verdadera sensación de repulsión. En ocasiones, su palidez era demasiado cadavérica, demasiado evocativa de hongos que habían crecido en la oscuridad o de leprosos huesos bajo la luz de la luna; y la inclinación de sus hombros le sugería a mi cerebro la idea de que ellos habían soportado el peso de siglos a través de los cuales ningún hombre podría vivir. Siempre despertó un cierto espanto en mí, y dicho espanto siempre estaba entremezclado con cierto temor. No recuerdo por cuanto tiempo continuó nuestra relación, pero recuerdo que él hablaba con creciente frecuencia, hacia el final, de aquellas bizarras ideas a las que me he referido. Presentía que algo lo perturbaba, pues a menudo me observaba con una mirada lóbrega en sus ahuecados ojos; y otras veces hablaba con una peculiar intensidad sobre la alta consideración en la que me tenía.

  Una noche me dijo: «Theolus, se acerca el tiempo en el que tú debes conocer la verdad; en el que debes conocerme tal como soy, y no como he aparentado ser. Hay un término para todas las cosas, y todas las cosas deben obedecer leyes inexorables. Me gustaría que fuera de otra manera, pero ni yo ni ningún otro hombre ya sea entre los vivos o los muertos, puede alargar a voluntad el tiempo de cualquier condición del ser». Quizás fue bueno que no le comprendiera y que fuera incapaz de darle demasiada importancia a sus palabras o a la singular intensidad que portaban mientras la profirió. Por unos pocos días más me fue ocultado el conocimiento que ahora atesoro. Entonces, una tarde Tomeron habló de esta manera:

  —Me veo obligado a pedirte un extraño favor, el cual espero que tú me concedas en nombre de nuestra larga amistad. El favor es que me acompañes esta misma noche a las criptas de mi familia que yacen en las catacumbas de Ptolemides.

  A pesar de estar muy sorprendido por el requerimiento y no del todo complacido, no fui capaz de negárselo. No podía imaginar el propósito de una visita semejante a la que propuso; pero, como era mi costumbre, me cohibí de interrogarlo y simplemente le dije que lo acompañaría a las catacumbas si tal era su deseo.

  —Estoy agradecido Theolus por esta prueba de amistad —me respondió inmediatamente—. Créeme, me apena pedírtelo; pero ha habido cierta decepción, un extraño malentendido que no puede continuar por más tiempo.  Esta noche conocerás la verdad.

  Portando antorchas, abandonamos la mansión de Tomeron en busca de las antiguas catacumbas de Ptolemides, que yacían bajo las paredes y las cuales no se habían usado desde hacía tiempo, pues ahora había una sofisticada necrópolis en el corazón de la ciudad.  La luna había descendido tras el desierto que invadía las catacumbas, por lo que nos vimos forzados a encender nuestras antorchas mucho antes de arribar a las cámaras subterráneas; ya que los rayos de Marte y Júpiter, en un cielo fúnebre y encapotado, no eran suficientes para iluminar el peligroso sendero por el cual avanzábamos entre montículos, obeliscos caídos y tumbas destruidas. Finalmente descubrimos la entrada a las catacumbas, oscura e invadida por la cizaña. A partir de ahí Tomeron guió el camino con una destreza y seguridad en su paso que revelaba una larga familiaridad con el lugar.

  Al entrar nos encontramos en un pasillo arruinado donde los huesos de esqueletos dilapidados se encontraban esparcidos entre los escombros que habían caído desde el techo y las paredes. Un impactante hedor de aire estancado y larga podredumbre me hizo detener por un momento; pero Tomeron apenas parecía percibirlo, ya que caminó hacia adelante alzando su antorcha al tiempo que me indicaba que lo siguiera. Atravesamos muchas catacumbas en las cuales huesos mohosos y sarcófagos carcomidos por el verdín estaban apilados sobre las paredes o tirados donde ladrones profanos los habían dejado en años ya olvidados. El aire se hacia cada vez más húmedo, frío y miasmático; y sombras mefíticas se agachaban o ensanchaban ante nuestras antorchas en cada nicho y rincón. También, mientras avanzábamos, las paredes se hacían más ruinosas y los huesos que vimos en cada mano estaban más verde por el moho del tiempo. Finalmente giramos repentinamente en un ángulo de la baja caverna en la que estábamos. Allí nos adentramos en catacumbas que evidentemente pertenecían a una noble familia. Pues eran bastante espaciosas y no había sino un solo sarcófago en cada nicho.

  —Aquí yacen mis ancestros y familiares —anunció Tomeron.

  Alcanzamos el final de la caverna donde fuimos detenidos por una pared en la cual se abría el último nicho, dentro del cual un sarcófago vacío permanecía abierto. El sarcófago estaba forjado con el bronce más fino y ostentaba ricos tallados. Tomeron se detuvo ante el nicho y se volvió hacia mí. Bajo la luz incierta y parpadeante, me pareció que percibí una perturbación extraña e insondable en su rostro.

  —Debo pedirte que te retires por un momento —dijo con una voz baja y adolorida—. Luego puedes regresar.

  Sorprendido y confundido, obedecí su petición y retrocedí lentamente a lo largo del pasillo por un largo trecho. Luego retorné al lugar donde lo había dejado. Mi sorpresa se incrementó al descubrir que su antorcha se había extinguido, arrojándola en el umbral de la última catacumba. Y el mismo Tomeron no era visible en ningún lugar. Penetré en el nicho, ya que no parecía haber otro lugar en el cual él pudiera haberse escondido. Lo busqué pero el espacio estaba vacío. Al menos lo consideré vacío hasta que miré nuevamente sobre el ricamente adornado sarcófago y vi que estaba entonces ocupado, pues un cadáver yacía en él, envuelto en un ligero sudario de una clase que no ha sido usado en siglos en Ptolemides.  Me acerqué al sarcófago, y observando el rostro del cadáver, vi que guardaba una espantosa y extraña semejanza con el rostro de Tomeron, a pesar de estar hinchado por efecto de la muerte y púrpura con las sombras de la decadencia. Entonces, observando más detenidamente descubrí que se trataba en verdad de Tomeron.

  Pude haber gritado a todo pulmón debido al horror que se apoderó de mí; pero mis labios estaban entumecidos y helados, y apenas pude susurrar el nombre de Tomeron. Pero al tiempo que lo susurré, los labios del cadáver se dividieron y la punta de su lengua avanzó entre ellos. Y me pareció que la punta tembló, como si Tomeron estuviera a punto de hablar y responderme. Pero observando aún de cerca, me di cuenta que el temblor era solo el movimiento de gusanos mientras se retorcían arriba y abajo y de aquí para allá buscando abrirse paso a través de la lengua de Tomeron.

 –

Fin

  Traducido por Odilius Vlak

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  • Nota: La versión original de esta historia, titulada «The Epiphany of Dead», se publicó en 1934. También fue incluida en las siguientes antologías:

 

  1. 1.      The Abominations of Yondo, Arkham House (1960).
  2. 2.     De Kolos Van Ylourgne, A.W. Bruna (1971).
  3. 3.     The Abominations of Yondo, Neville Spearman (1972).
  4. 4.     Poseidonis, Ballantine (1973).
  5. 5.     The Abominations of Yondo, Panther (1974).
  6. 6.     The Abominations of Yondo, Panther (Dec 1974).
  7. 7.     Poséidonis, Librairie des Champs-Elysees (1981).
  8. 8.    Poseidonis, Moewig (1985).
  9. 9.     Les Abominations de Yondo, NéO (1988).

10.100 Tiny Tales of Terror, Barnes & Noble Books (1996).

  1. 11.  The End of the Story: The Collected Fantasies Of Clark Ashton Smith V1, Night Shade Books (Jan 2007).

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