INTROVISION / Azathoth: Un Macho Cabrío en el Centro del Infinito

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«Ahora todas mis historias están basadas en la premisa fundamental de que las comunes leyes humanas, sus intereses y emociones, no poseen ninguna validez o significado en el vasto cosmos en su totalidad. Para mí no hay nada sino puerilidad en una historia en la cual la forma humana y las locales pasiones humanas, condiciones y estándares son descritas como propias de otros mundos u otros universos. Para lograr la esencia de la real externalidad, ya sea del tiempo, el espacio o dimensional, debemos olvidar que cosas tales como la vida orgánica, el bien y el mal, y todos los iguales atributos locales de una negligente y temporal raza llamada humanidad, existen en absoluto.»

[H. P. Lovecraft, en carta el editor de «Weird Tales», Farnsworth Wright, 1927]

 

  Existe un aquelarre cuyos oficiantes le marcan el ritmo a la eternidad con cada uno de sus pasos; un aquelarre que gira alrededor del eje del caos que bulle en el centro del infinito, dentro del caldero de un vacío que sustenta el trono de Azathoth, el definitivo caos nuclear, siempre respirando jadeante los átomos de nuevos universos. En uno de esos universos, ubicado en los suburbios de la imaginación del Sultán Azathoth —muy lejos del centro magnético que moviliza su eterno reptar— una simple organización biológica de características antropoides y de nombre H. P. Lovecraft, escuchó en sus sueños la abismal música del aquelarre en el centro del infinito: «El ciego dios idiotizado —se le escuchó gritar en sueños—… el Señor de Todas las Cosas. Rodeado por su horda de danzantes amorfos y carentes de mente, y arrullado por la fina y monótona melodía de una demoniaca flauta sostenida por garras innombrables». Pero según Randolph Carter, la experiencia de Lovecraft no fue la de una entidad tridimensional habitante de uno de los millones de universos que invaden la realidad con cada Big Bang de Azathoth, sino que fue simplemente la transcripción de lo que uno de sus arquetipos dimensionales más elevado le susurró, mientras participaba de ese aquelarre arquetípico; mientras danzaba y tocaba demencialmente la flauta alrededor de ese macho cabrío en el centro del infinito. Sí, el maestro también estaba ahí en ese momento… y es seguro que aún continua y continuará danzando y tocando la demencial melodía alrededor de Azathoth, en el caótico bosque donde toman forma todas las eternidades.

  Aquí en a tierra, y desde un lugar e instante poderoso, Shub-Niggurath, esa negra cabra de los bosques, prepara las drogas y entona los cánticos bajo cuyas influencias sus mil crías se conectaran con sus arquetipos dimensionales ubicados en el centro del infinito y que al igual que el arquetipo de Lovecraft, giran una y otra vez cual satélites embriagados alrededor de Azathoth. La luna exhala con una intensidad desacostumbrada sus helados fuegos plateados sobre la Noche de Walpurgis, invadida por las mil brujas que desde sus antros respondieron al llamado de su dios telúrico Shub-Niggurath: ellas son sus mil crías, que vuelan a lomos de sus escobas de madera de beleño a una velocidad enloquecida, como si pretendieran rebasar la velocidad de la luz o romper las barreras dimensionales, para asistir en cuerpo físico al aquelarre sin principio ni fin en el centro del infinito.

  Los fuegos de madera de ciprés ya proyectan desde el centro del claro del bosque, la sombra de la imponente figura de Shub-Niggurath. Las mil brujas de su rebaño ya están demasiado extasiadas como para hacer alguna diferencia entre ella y el antiguo dios Pan de los griegos o el familiar Macho Cabrío de la tradición cristiana. Sólo sienten un impulso frenético por girar alrededor de este macho cabrío terrestre con el mismo júbilo demencial con el cual sus arquetipos giran alrededor de ese otro macho cabrío en el centro del infinito, Azathoth. Shub-Niggurath exhala una especie de gas multicolor que parece más bien como si una nebulosa oriunda de otro universo se estuviera escurriendo por su boca. Y de hecho lo es. Es una droga de carácter mimético que una vez sea inhalada por sus mil crías le permitirán visualizar el modelo original, primera parada cósmica en la ruta hacia Azathoth. Mientras sus brujas respiran hondo los gases narcóticos de la nebulosa alienígena, la Cabra Negra comienza a tocar una flauta, cuyo sonido es tan fuera de este mundo que al instante sus mil crías sintieron como si ascendieran por una escalera dimensional hacia sus arquetipos superiores. Les parecía que su ascenso dimensional se manifestaba como una especia de expansión y contracción del infinito mismo. Veían a Yog-Sothoth expandir cual si fuera una resina gomosa todos los universos y sus respectivos ciclos temporales, y al mismo tiempo, veían a Azathoth contraer a todos esos universos y sus ciclos temporales hacia sí. Para unirse con sus arquetipos —en orden de participar del aquelarre en el centro del infinito—, las mil brujas, o la expresión energética que habría de poseer cual espíritus los médiums de sus arquetipos superiores, tenían que superar el dilema que les planteaba tal dialéctica: o la expansión de Yog-Sothoth, o la contracción de Azathoth. Por suerte, la melodía de Shub-Niggurath sonó nuevamente para guiarlas hacia su destino. Y así, siguiendo el rastro luminoso que tal melodía le trazaba a través de las inmensas vastedades de los miles de espacios-tiempos que las separaba de Azathoth, las mil crías de Shub-Niggurath finalmente se sincronizaron con sus arquetipos superiores. Los poseyeron cual demonios de esferas inferiores. Por una eternidad, que aquí en la tierra tendría como analogía sólo la Noche de Walpurgis, las mil brujas terrícolas, esas mil organizaciones biológicas de carácter antropoide, devinieron en uno de los tantos danzantes, amorfos y carentes de mente, que giran hechizados al son de la monótona melodía de una flauta demoniaca alrededor de ese macho cabrío en el centro del infinito… nuestro señor Azathoth. Junto a ellas, también danza el arquetipo superior del maestro H. P. Lovecraft, libre al fin de las limitaciones físicas de la simple organización biológica que una vez fue. Pues no está muerto lo que puede danzar eternamente… alrededor de ese macho cabrío en el centro del infinito.

  Y debemos agregar que en un aquelarre que se celebra a través de extraños eones incluso la muerte podría participar. Y nosotros también por supuesto, cada uno de los miembros de este Blogzine de las cosas que no son pero que deberían ser, Zothique The Last Continent, así como cada uno de nuestros Hermanos Fanáticos, de los que podemos estar seguros que ya algunos se han sincronizado con sus arquetipos superiores, por lo que en este preciso momento se encuentran danzando alrededor de Azathoth. Obviamente, nuestro mejor aquelarre será una danza no alrededor de Azathoth, sino de la misma memoria del maestro H. P. Lovecraft, aquel que tuvo el privilegio de escuchar por primera vez en este plano físico la monótona melodía de su flauta demoniaca. Y eso porque el próximo 15 de marzo se celebra un aniversario más de su muerte, o más bien, del inicio de su inmortalidad hace 76 años, en 1937. El Dossier acostumbrado en su honor no será tan glamuroso como el del 2012 por razones de tiempo, pero aún así, jamás nos permitiríamos dejar pasar una fecha tan sagrada como esta sin rendirle sus debidas pleitesías. De manera que he aquí el aquelarre que les tenemos para la edición de este mes de marzo.

  Iniciamos el ritual con la exposición de nuestra galería mensual de Neosapiens, a celebrarse el próximo lunes 11 de marzo. Arribamos al final de nuestra Primera Temporada dedicada a los clásicos, temporada que por una feliz coincidencia estuvo consagrada a los principales genios de la Edad de Oro de la Ilustración. Concluimos con un artista que al igual que sus colegas Arthur Rackham y Edmund Dulac saboreó el éxito de ver sus ilustraciones adornando las páginas de muchos de los mejores libros en edición de lujo en las primera dos décadas del Siglo XX. Nos referimos al ilustrador danés Kay Nielsen [1886-1957]. Este periodo de las artes visuales fue una combinación de la creatividad de estos artistas con la tecnología de punta que en el área de la impresión facilitó la reproducción de las ilustraciones con una facilidad y nitidez proverbial. Obviamente,  debido quizás a los misterios de la ley de las analogías, era una regla que el tema literario que todos estos artistas ilustraban en su mayoría eran los cuentos de hadas. A pesar de que todos ellos, como lo hizo el mismo Nielsen, explotaron su arte en otras áreas; en su caso incluso en la industria del cine con los estudios Walt Disney y posteriormente pintando murales para algunas escuelas e iglesias. Markus E. Goth promete ahogar nuestros sentidos en el lago de aguas profundas de las ilustraciones de este artista, con un artículo que lleva por título: «Kay Nielsen: Trazos de un Exotismo Mágico».

  Este mes la sección Runes Sanguinis, de la página del miércoles, tendrá dos entregas. Así, el miércoles 13 publicaremos un artículo inédito en español que retoma un tema que todos los fanáticos de Lovecraft saben pero al que debemos volver de vez en cuando en orden de que las masas de normales lo tengan en cuenta. Y es el de H. P. Lovecraft como precursor de la historia alternativa y el concepto de los humanos como fruto de la ingeniería genética de entidades extraterrestres desde su ficción especulativa. Es por ello que el autor Jason Colavito elabora en este artículo una comparación entre lo registrado en los textos de Lovecraft y en los libros de autores como Erich von Däniken, Robert Temple o Graham Hancock. Ahora que el genio cinematográfico Ridley Scott ha lanzado al mundo su opus «Prometeus» que aborda uno de los conceptos mencionados más arriba, del cual él mismo confesó en más de una entrevista que se inspiró en los trabajos de Däniken, es bueno recordar que ya el maestro había hecho de tal revelación una de las principales características de su mitos. El título del artículo es obvio: «Cthulhu Comparaciones».

  El miércoles 20 le reservamos otra explosión alucinógena. Se trata de un artículo del autor John Beal, en el que explora los ejemplos de estructuras fractales en la literatura sobrenatural. Los fractales o formas cuyas estructuras se repiten infinitamente y que algunos científicos en conexión con la Teoría del Caos los definen como «las huellas del caos», fueron integrados de manera visionaria en algunos de los trabajos más representativos de autores como Clark Ashton Smith, Algernon Blackwood y obviamente, H. P. Lovecraft. Historias de estos autores son analizadas por Beal en orden de validar su tesis. El título del artículo es: «Fractales en la Literatura Sobrenatural».

  Es hora de despedirnos, o más bien danzar alrededor del macho cabrío ubicado en el centro de cada edición de nuestro Blogzine, nos referimos a nuestro sumo sacerdote, Markus E. Goth, editor y director de este Templo Virtual. Creo que nos sabemos de memoria la melodía de su flauta, melodía que acompaña la oración sagrada que los amorfos danzantes alrededor de Azathoth, incluyendo el arquetipo superior de H. P. Lovecraft, recitan mientras giran una y otra vez en ese aquelarre en el centro del infinito… El horizonte de los murciélagos es más lejano que el de las águilas.

Odilius Vlak

Jefe de Redacción.

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