RUNES SANGUINIS / La Gorgona – Por Clark Ashton Smith

Weird Tales - April - 1932

La Gorgone - NéO [1986] - Clark Ashton Smith

«Y aún así, es menos el horror que la gracia lo que convierte el espíritu de quien contempla en piedra.»

Shelley.

 –

No tengo ninguna expectativa de que alguien crea mi historia. Si fuera la historia de otro, probablemente yo mismo no debería sentirme inclinado a darle credibilidad. La cuento aquí, con la esperanza de que el mero acto de la narración, la simple modelación en palabras de esta macabra y pesadillezca aventura diurna, servirá en alguna ligera medida para aliviar mi mente de su peso execrable. Han habido momentos en los que sólo el grosor de un cabello me ha separado del bullente y endemoniado mundo de la locura; pues el espantoso conocimiento, las memorias ennegrecidas por el horror que he guardado por tanto tiempo, nunca fueron concebidas para ser soportadas por el intelecto humano.

  Una confesión singular, sin ninguna duda, para alguien que siempre ha sido un experto en horrores. Las cosas mortales, malignas y espantosas que acechan en el laberinto de la existencia han ejercido una fascinación sobre mí a la vez profana y poderosa. Las he buscado y mirado como alguien que contempla los fatales ojos del Basilisco en un espejo; o como un sabio quien maneja venenos corrosivos en su laboratorio con máscaras y guantes. Ellas nunca me habían mostrado la más leve insinuación de amenaza personal, ya que las veía con el desprendimiento más impersonal. He investigado muchas pistas de lo espectral, lo fantasmagórico, lo bizarro y muchos laberintos de terror de los cuales otros hubiesen retrocedido con precaución o trepidación… Pero ahora me gustaría desear que hubiese habido una atracción que no hubiera podido seguir, un laberinto que mi curiosidad no hubiese explorado…

  Quizás, más increíble que todo lo demás, es el mismo hecho de que la cosa ocurrió en el Londres del Siglo XX. El puro anacronismo y fabulosidad del suceso me ha hecho dudar de la veracidad del tiempo y el espacio; y desde ese momento siempre he estado como  el que va a la deriva en océanos de confusión carentes de estrellas, o vagando a través de dimensiones desconocidas. Nunca he sido lo bastante capaz de reorientarme, de estar del todo seguro de que no me extravié en otras centurias, en otras tierras que aquellas registradas por la cronología y geografía del presente. Tengo una continua necesidad de muchedumbres modernas, de luces brillantez, de risas, bullicios y tumulto para sentirme seguro; y siempre estoy temeroso de que tales cosas son sólo una barrera insustancial; que tras ellas yace el reino del antiguo horror e inmemorial malignidad del cual tuve este abominable vistazo. Y siempre me parece que el velo se disolverá en cualquier momento, dejándome cara a cara con el último temor.

  No hay necesidad de detallar los eventos que me trajeron a Londres. Debe ser suficiente con decir que he padecido un gran dolor, la muerte de la única mujer que he amado. He viajado como otros lo han hecho para olvidar, para buscar distracción entre las novedades de escenarios extranjeros; y he permanecido mucho tiempo en Londres porque su vastedad gris y cubierta de niebla, sus muchedumbres siempre variantes, y el inagotable laberinto de calles, callejones y casas, eran de alguna manera similares al olvido mismo, y le ofrecieron más refugio a mi pena que ciudades más luminosas. No puedo decir cuantas semanas o meses estuve en Londres. El Tiempo significaba poco para mí, excepto como una prueba penosa a ser padecida. Y no le presté atención a su curso. Es difícil recordar lo que hice o a donde fui; pues todas las cosas fueron borradas en una monotonía negligente.

  No obstante, mi encuentro con el anciano es tan claro como cualquier impresión presente; o quizás más claro. Entre las débiles memorias de ese periodo, está grabado como con algún ácido negro. No puedo recordar el nombre de la calle en donde lo vi; pero no estaba muy lejos de la Strand, y se encontraba llena de gente al cerrar la tarde, debajo de un cielo de elevada niebla a través de la cual el sol no había penetrado en semanas. Yo caminaba sin objetivo, entre rostros apresurados y que no significaban más para mí que los cielos informes y o las monótonas tiendas. Mis pensamientos eran vacíos, inmateriales, ociosos; y en esos días [ya que había sido traído cara a cara con el último horror] había retomado mi búsqueda por los misterios más oscuros de la existencia. Me encontraba sin ninguna expectativa, sin ninguna anticipación de nada excepto la diaria monotonía de las calles y personas de Londres. Entonces, de esa anónima masa de humanidad el hombre se me presentó con el repentino terror de una aparición; y no hubiese podido jurar de qué dirección había venido.

  No era inusual en complexión o estatura, aparte por la derechura con la que se mantenía a pesar de su extrema y manifiesta edad. Tampoco su vestimenta era fuera de lo común, excepto por el hecho de que ella también era excesivamente vieja, y parecía exhalar un aire de una antigüedad más grande de lo que dejaba suponer tanto su diseño como su fabricación. No fueron estas, sino la fisonomía del hombre, lo que electrificó todas mis soñolientas facultades en una atención sumida en el asombro. Con la palidez mortal de su profundamente arrugadas facciones, cual marfil grabado, con sus barbas y cabellos largos y rizados, blancos como el vapor tocado por la luz lunar, con sus ojos que brillaban en su hundidas cuencas cual carbones de fuegos demoniacos en cavernas subterráneas, él hubiese servido como un modelo viviente de Caronte, el barquero que transporta a los muertos hacia el Hades a lo largo de la silenciosa Estigia. Parecía haber venido de una edad y tierra de la mitología clásica al atiborrado tumulto de las calles de Londres; y la extraña impresión que me dejó no fue en nada modificada por su traje. Presté tan poca atención a este que no podía recordar sus detalles posteriormente; si bien me parece que el color predominante era un negro que había comenzado asumir el gris del tiempo, y sugería el plumaje de algún ave siniestra. Mi estupor ante la aparición de ese singular anciano fue incrementado cuando me di cuenta de que nadie más entre la muchedumbre parecía notar nada inusual o peculiar acerca de él; sino que todos continuaban su camino apresuradamente sin otra cosa, como máximo, que el breve escrutinio que cualquiera daría a algún viejo méndigo.

  En cuanto a mí, había detenido mi caminata, petrificado por una fascinación instantánea, por un inmediato terror que no podía analizar o definir. El anciano también se había detenido; y vi que ambos estábamos un poco separados del trayecto de la multitud, que avanzaba obviamente pendiente de sus propios temores y atracciones. Comprendiendo evidentemente que había llamado mi atención, y percibiendo el efecto que había ejercido sobre mí, el anciano se acercó, sonriendo con una insinuación de horrible malevolencia, de algún mal antiguo e innombrable. Hubiese podido retroceder; pero estaba privado del poder de movimiento. Parado justo a mi lado, y observándome con la mirada de sus orbes semejantes a carbones, me dijo en un tono bajo, que no podía ser escuchado por ningún transeúnte:

  —Puedo ver que tienes un gusto por el horror. El oscuro y espantoso secreto de la muerte, los igualmente siniestros misterios de la vida, atraen tu interés. Si no te importa venir conmigo, te mostraré algo que es la quintaesencia del horror. Habrás de contemplar la cabeza de Medusa con sus guedejas de serpientes: la misma cabeza que fue cortada por la espada de Perseo.

  Mi asombro no conoció límites debido a las extrañas palabras, proferidas con acentos que parecían ser escuchados por la mente y no por el oído. De alguna manera —por increíble que pueda parecer— nunca estuve bastante seguro sobre el idioma en que habló: pudo haber sido inglés, o pudo haber sido griego, el cual comprendo perfectamente. Las palabras penetraron mi entendimiento sin dejar ningún sentido definitivo de su verdadero sonido o naturaleza lingüística. Y sobre la voz misma, sólo sé que fue de tal manera como podría haber emanado de los labios de Caronte. Era gutural, profunda, maligna, con un eco de golfos profundos y grutas impenetrables por el sol. Por supuesto, mi razón luchó por descartar los inenarrables sentimientos e ideas que se apoderaron de mí. Me dije a mí mismo que era todo fruto de la imaginación; que el hombre era alguna clase de demente extraño, o sino un simple embaucador, o un extravagante que adoptó este método para llamar la atención. Pero su aspecto y sus palabras eran de una rareza nigromántica; ellas parecían prometer en grado superlativo las rarezas y bizarrías que había buscado en otros tiempos, y de las cuales, hasta ahora, había hallado muy pocas sugerencias en Londres. Así que le respondí bastante serio:

  —En verdad, debería querer ver la cabeza de Medusa. Pero siempre he entendido que sería mortal mirarla; que aquellos que la contemplaron fueron convertidos inmediatamente en piedra.

  —Eso puede ser evitado —retornó mi interlocutor—. Te proporcionaré un espejo: y si eres verdaderamente cuidadoso, y logras refrenar tu curiosidad, las podrás ver incluso como la vio Perseo. Pero tendrás que ser muy circunspecto. Y ella es tan fascinante que pocos han sido capaces de evitar mirarla directamente. Sí, debes ser cuidadoso. ¡Ja, ja, ja! —Su risa era aún más horrible que su sonrisa, y mientras reía, comenzó a tirar de mi manga, con una mano nudosa muy semejante a su rostro, la cual pudo muy bien haber sostenido a través de incontables edades los oscuros remos de la barca estigia.

  —Ven conmigo, no es muy lejos —dijo—. Tú nunca tendrás una segunda oportunidad. Soy el propietario de la Cabeza; y no suelo mostrarla mucho. Pero puedo ver que eres uno de los pocos que pueden apreciarla.

  Me resulta inexplicable el hecho de que pudiera aceptar su invitación. La personalidad del hombre era del todo aberrante, el sentimiento que me provocaba era una mezcla de irresistible temor y repugnancia. Con toda probabilidad era un lunático; quizás un maniático peligroso; o si no, totalmente loco, estaba concibiendo algún designio maligno, algún nefasto propósito al cual me prestaba por el hecho de acompañarlo. Era una locura ir con él, era una estupidez incluso prestar atención a sus palabras; y por supuesto, su descabellada declaración concerniente a su propiedad de la fabulosa cabeza de la Gorgona, era demasiado ridícula incluso para la formalidad de la incredulidad. Si tal cosa ha existido alguna vez, aún en la Grecia mítica, ciertamente no iba a ser encontrada en  el Londres del presente en las manos de un anciano de aspecto dudoso. Todo el asunto era más delirante que un sueño… pero aún así, fui con él. Estaba bajo un hechizo; el hechizo del misterio desconocido, del terror y lo absurdo; no pude negarme más a su oferta de lo que un hombre muerto podía negarse al transporte de Caronte hacia el reino de Hades.

  «Mi casa no es muy lejos», me aseguró varias veces, repetidamente, mientras abandonábamos las calles atiborradas y nos zambullíamos en un callejón estrello y oscuro. Quizás él tenía razón; si bien no tenía idea precisa de la distancia que recorrimos. Las callejuelas y avenidas a través de las cuales me guió eran de una naturaleza que apenas podía creer posible en esa parte de Londres; por lo que me encontré confundido y extraviado más allá de toda esperanza en menos de un minuto. Las casas eran domicilios espantosos, obviamente muy antiguas, intercaladas con algunas mansiones decadentes que sin dudas eran mucho más viejas, como remanentes de alguna ciudad más temprana. Me sorprendió el hecho de que no nos topamos con nadie, aparte de raros y furtivos rezagados que parecían evitarnos. El aire se había vuelto extremadamente frío, y estaba cargado con olores repelentes que de alguna manera servían para reforzar la sensación de frialdad y total vejez. Sobre nosotros se encontraba un cielo muerto e incambiable, con su catafalco de un gris opresivo y omnipresente. No pude recordar las calles que pasamos, a pesar de que estoy seguro de que debí haber recorrido esa sección de la ciudad anteriormente en mis andanzas; y un extraño asombro se mezclaba con mi sentimiento de desaliento y confusión. Me parecía que el anciano me estaba guiando a un insoluble laberinto de irrealidad, de decepción y duda, donde nada era normal, familiar o legítimo.

  El aire se oscureció un poco, como con el primer avance del crepúsculo, a pesar de que aún faltaba una hora de sol. Bajo este  precipitado atardecer, el cual no se intensificaba, sino que permanecía estacionado en su grado de sombra, a través del cual todas las cosas eran distorsionadas y asumían proporciones ilusorias, arribamos a la casa de nuestro destino. Era una de las mansiones dilapidadas que pertenecía a un periodo que era incapaz de nombrar a pesar de mis amplios conocimientos de arquitectura. Se alzaba un poco retirada de los demás domicilios; y mucha de la penumbra del crepúsculo prematuro parecía adherirse a sus oscuras paredes y ventanas sin iluminación. Me impresionó con un sentido de vastedad; si bien nunca he estado lo bastante seguro acerca de sus verdaderas dimensiones: tampoco puedo recordar los detalles de su fachada aparte de la pesada y alta puerta a la cabeza de una escalera extrañamente degastada por el caminar de incontables generaciones.

  La puerta se abrió sin sonido alguno bajo los dedos nudosos del anciano, que me hizo un gesto a que lo precediera. Me encontré en un pasillo alto, iluminado por lámparas de plata de un tipo antiguo de la que no había visto nunca en uso. Me pareció que había antiguas cortinas y vasijas; así como un piso de mosaico; pero las lámparas son las únicas cosas que recuerdo claramente. Ardían con unas llamas blancas que estaban perpetuamente quietas y frías; y pensé que ellas siempre habían ardido de esa manera, sin estremecerse, sin ser alimentadas, a través de una helada eternidad cuyos días no eran diferentes de sus noches. Al final del pasillo, penetramos en un salón iluminado de manera semejante, y cuyos muebles recordaban más el periodo clásico. En el lado opuesto había una puerta abierta, que conducía a un segundo salón, que parecía estar atiborrado con estatuas; pues podía ver las siluetas de figuras estáticas que eran delineadas o parcialmente iluminadas por lámparas ocultas.

  —Siéntate —me dijo mi anfitrión indicándome un lujoso mueble—. Te mostraré la cabeza en unos minutos; pero la prisa es innecesaria, cuando uno está a punto de estar ante la misma cabeza de la Medusa.

  Obedecí, pero mi anfitrión permaneció parado. Se veía más pálido, viejo y erecto que nunca bajo la fría luz de la lámpara; y percibí un poderoso vigor antinatural, una diabólica vitalidad, la cual era terriblemente incongruente con su extrema edad. Temblé por algo más que el frío del aire de la noche y la humedad de la mansión. Por supuesto, aún sentía que la invitación del anciano era una especie de truco o broma exagerada. Pero las circunstancias en la que me encontraba eran anormales e inexplicables. Sin embargo, reuní el suficiente coraje como para hacer algunas preguntas:

  —Estoy naturalmente sorprendido —dije—, de descubrir que la cabeza de la Gorgona ha sobrevivido hasta los tiempos modernos. A menos que la curiosidad sea una impertinencia, ¿no me revelarías cómo la llegaste a poseer?

    —¡Ja, ja! —rio el anciano con una espantosa mueca—. Eso es fácil de responder: le gané la cabeza a Perseo en un juego de dados ya estando en la chochez de la vejez.

  —Pero cómo es eso posible —exclamé—. Perseo vivió hace varios miles de años.

  —Sí, acorde con tu concepto. Pero el tiempo no es simplemente la simple materia que tú crees que es. Existen atajos entre las edades, existen desviaciones y saltos entre las épocas, de los cuales no tienes idea… También, puedo ver que te sorprende el hecho de que la cabeza esté en Londres… Pero Londres después de todo es sólo un nombre; y existen cambios, abreviaciones e intercambios de espacio así como de tiempo.

  Estaba estupefacto por su razonamiento, si bien me vi forzado a admitir internamente que no carecía de cierta lógica.

  —Veo tu punto —admití—… Y ahora, por supuesto, ¿me mostrarás la cabeza de la Gorgona?

  En un momento. Pero debo advertirte nuevamente tener gran cuidado; y también, debes estar preparado para su excesiva y abrumadora belleza no menos que para su horror. El peligro yace, como bien podrías imaginar, en la calidad de lo primero.

  Abandonó el salón pero retornó pronto, sosteniendo entre sus manos un espejo de metal de la misma clase del de las lámparas. Su superficie era muy pulida y reflectante. Muy semejante al cristal; pero el respaldo y la agarradera, con sus extraños tallados de figuras iguales a Laoconte, retorciéndose en una agonía congelada e innombrable, eran negras con el empañamiento de siglos pasados. Bien podría ser el mismo espejo empleado por Perseo. El anciano lo colocó en mis manos.

  —Sígueme —dijo, y se volvió hacia la puerta abierta a través de la cual vi el grupo de estatuas—. Mantén tus ojos en el espejo —agregó— y no mires más allá de él. Te encontrarás en gran peligro tan pronto penetres en esta habitación.

  Él me precedió, desviando su rostro del portar, y mirando hacia atrás sobre sus hombros con vigilantes orbes de fuego maligno. Con mis ojos fijos en el espejo, lo seguí. La habitación era inesperadamente grande; y estaba alumbrada por muchas lámparas que colgaban de cadenas forjadas de plata. A primera vista, cuando había cruzado el umbral, pensé que estaba totalmente llena de estatuas de piedra, algunas de ellas paradas con posturas de doloroso rigor, y otras yaciendo sobre el piso en eternas contorsiones de agonía. Entonces, moviendo el espejo un poco, vi que había un espacio despejado por donde se podía caminar, y un espacio vacío aún más vasto en el lado opuesto de la habitación, que contenía una especie de altar. No podía ver el altar en su totalidad, pues el anciano se encontraba en ese momento obstruyendo la visión del espejo. Pero las figuras a mi lado, a las cuales me atreví a mirar sin la mediación del espejo, eran suficientes para absorber mi atención por el momento.

  Todas ellas eran de tamaño natural y ofrecían la mezcla más singular de periodos históricos. Y aún así, pareciera como si todas ellas, por la semejanza de su oscuro material, una especie de mármol negro, y el uniforme realismo y la verosimilitud de su técnica,  hubiesen sido esculpidas por las mismas manos. Había muchachos y hombres barbados de vestidos a la usanza de Grecia, monjes medievales y caballeros en armaduras, había soldados, académicos y grandes damas del Renacimiento y de la Restauración. Había personas de los siglos dieciocho, diecinueve y veinte. Y en cada músculo, en cada lineamiento de cada una, estaba estampado un increíble sufrimiento, un inenarrable temor. Y más y más, mientras las estudiaba, una fantasmagórica y espantosa conjetura se formulaba en mi mente. El anciano se colocó a mi lado, contemplándome el rostro con una malicia demoniaca.

  —Estás admirando mi colección de estatuas —dijo—. Y puedo ver que te encuentras impresionado por su realismo… Pero quizás ya has adivinado que las estatuas son idénticas a sus modelos. Estas fueron las desafortunadas personas que no se sintieron conformes con ver a Medusa sólo en el espejo… Les advertí… de la misma manera que te he advertido a ti… Pero la tentación fue demasiado para ellos.

  No pude decir nada. Mis pensamientos eran presas del terror, la consternación y el asombro. ¿Me había dicho el anciano la verdad?, ¿poseía realmente alguna cosa tan imposible como la cabeza de la Gorgona? Esas estatuas se asemejaban demasiado a la vida, demasiado verídicas en todas sus características, en sus poses que conservaban un temor letal, con sus rostros marcados por un mortal tormento subyacente. Ningún escultor humano las pudo esculpir, o pudo haber reproducido las fisonomías y las vestimentas con una fidelidad tan consumada y atroz.

  —Ahora —dijo mi anfitrión—, habiendo visto a esos que fueron vencidos por la belleza de Medusa, es tu turno de contemplar a la Gorgona misma.

  Él se apartó mirándome fijamente, y vi en el espejo de metal la totalidad de ese extraño altar que su cuerpo me había ocultado parcialmente. Estaba cubierto con alguna tela negra y fúnebre; y a ambos lados había lámparas ardiendo con sus altas y heladas llamas; en el centro, sobre una ancha bandeja de plata o electrum, se encontraba la misma Cabeza, incluso como la habían descrito los mitos antiguos, con serpientes arrastrándose y alzándose entre sus pobladas guedejas.

  ¿Cómo poder delinear o incluso sugerir lo que está más allá del alcance de las sensaciones o imaginación humana? Vi en el espejo un rostro de una inexplicable y radiante palidez; un rostro muerto desde donde se derramaba la luminosa y ciega gloria de la corrupción celeste, de un súperhumano fardo y sufrimiento. Con unos ojos intolerables carentes de párpados, con labios divididos en una sonrisa agonizante, era encantadora, siniestra, más allá de cualquier visión jamás concedida a un místico o artista, y la luz que emanaba de sus facciones era la luz de mundos que yacían demasiado profundos o elevados para la percepción mortal. De ella era el espanto que convertía la médula en hielo, y la angustia que mataba como descargas de rayos.

  Por largo tiempo miré el espejo, con el asombro tembloroso del que contempla el semblante desvelado del último misterio. Estaba impactado, anonadado;  fascinado hasta centro de mi ser; pues eso que veía era la muerte final, la belleza final. Desee, a pesar de que no me atreví, volverme y alzar mis ojos a la realidad cuyo mero reflejo era un fatal esplendor. El anciano se acercó; miraba al espejo al tiempo que me echaba ojeadas furtivas.

  —¿No es hermosa? —susurró—. ¿No podrías pasarte toda una eternidad contemplándola?¿No deseas mirarla sin la mediación del espejo, que apenas le hace justicia?

  Me estremecí por sus palabras y lo que estaba insinuado tras ellas.

  —¡No!, ¡no! —grité vehementemente—. Reconozco todo lo que dices, pero ya no observaré más; no estoy lo suficientemente loco como para dejar convertirme en una estatua de piedra.

  Arrojé el espejo en sus manos mientras hablaba y me volví para marcharme, impulsado por un acceso de abrumador temor. Temía el encanto de Medusa; y abominé de ese antiguo mal con una repugnancia que rebasaba los límites o la expresión. El espejo se estrelló contra el suelo, pues el anciano lo dejó caer al tiempo que saltó sobre mí con una agilidad felina. Me aferró con sus manos nudosas, y si bien percibí su vigor sobrenatural, no estaba preparado para la fuerza demoniaca con la cual él me dio una vuelta y me arrojó sobre el altar.

  «¡Mira, mira!», chilló, y su voz era como la de un demonio que urgiera a un condenado hacia algún abismo más profundo de perdición. Instintivamente había cerrado mis ojos, pero incluso a través de mis párpados, sentía la ardiente radiación. Sabía, creía implícitamente en la suerte que correría si me atrevía a mirar cara a cara a Medusa. Luché loca pero impotentemente contra el agarre que me sostenía; y concentre toda mi voluntad en evitar que mis párpados se abrieran aun al grosor de una pestaña.

  De repente mis brazos fueron liberados y sentí los diabólicos dedos en mi frente, moviéndose con presteza para encontrar mis ojos.  Sabía cual era su propósito, y sabía también que el anciano debió haber cerrado sus propios ojos para evitar la condena que diseñó para mí. Me deshice de él, me volví, luché con él; y peleamos demencialmente, frenéticamente, mientras intentó darme la vuelta con un brazo y desgarrar mis párpados cerrados con su otra mano. Joven como yo era, y musculoso, no era contrincante para él, y me deslicé lentamente hacia el altar con mi cabeza inclinada hacia atrás hasta que mi cuello estuvo a punto de romperse, en un vano esfuerzo por evitar el tanteo de sus dedos de hierro. Un momento más y él habría triunfado; pero el espacio en el cual luchábamos era estrecho, y él me había empujado en contra de una fila de figuras de piedra, algunas de las cuales estaban tiradas en el piso. Él debió haber tropezado con una de estas, ya que cayó abruptamente con un grito salvaje y desesperado, liberándome mientras lo hacía. Lo escuché golpear el piso con un impacto que era singularmente pesado; un impacto como de algo más duro, masivo y pesado que el cuerpo humano.

  Esperé parado con mis ojos aún cerrados; pero ningún sonido o movimiento vino de parte del anciano. Inclinándome hacia el piso, me atreví a mirar con los párpados medios abiertos. Él yacía a mis pies, junto a la figura con la cual tropezó; no necesité una segunda mirada para reconocer en todos sus miembros, en todos sus contornos, la misma rigidez y el mismo horror que caracterizaba las otras estatuas. Como ellas, él había sido convertido instantáneamente en una figura de piedra oscura. Al caer, había vista el rostro mismo de Medusa, de la misma forma que sus víctimas lo habían visto.

  De alguna manera, sin echar una mirada atrás, huí de la habitación y encontré el camino de salida de esa horrible mansión, busqué perderla de la vista y la memoria a través de misteriosos callejones medio desiertos, que no se encontraban en una parte legítima de Londres. El frío antiguo de la muerte estaba sobre mí; colgaba de las redes de crepúsculos intemporales a lo largo de esos irreconocibles caminos, alrededor de esas casas innominables; me siguió mientras avanzaba. Pero al fin, a causa de un milagro que desconozco, salí a una calle familiar, donde las personas se apretujaban bajo la luz del atardecer, y no había frialdad en el aire a excepción de la niebla que descendía.

 

Fin

  Traducido por Odilius Vlak

 –

  • NOTA: La versión original de esta historia, titulada «The Gorgon», fue publicada por primera vez en el número de abril de 1932 de la revista Weird Tales; también ha sido incluida en las siguientes antologías:
  • 1.    Lost Worlds, Arkham House [1944].
  • 2.   Lost Worlds, Neville Spearman [1971].
  • 3.   Lost Worlds V2, Panther [1974].
  • 4.   Christopher Lee’s “X” Certificate #1, W. H. Allen [1975].
  • 5.   From the Archives of Evil, Warner Books [1976].
  • 6.   The Monster of the Prophecy, Timescape [1983].
  • 7.    La Gorgone, NéO [1986].
  • 8.   Outoja Tarinoita 1, Jalava [1990].
  • 9.   100 Fiendish Little Frightmares, Barnes & Noble Books [1997].
  • 10.The Emperor of Dreams, Gollancz [2002].
  • 11. Lost Worlds, University of Nebraska Press [Bison Imprint, 2006].
  • 12. The Door to Saturn: The Collected Fantasies Of Clark Ashton Smith V2, Night Shade Books, [6 de junio del 2007].

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