RUNES SANGUINIS / El Dardo de Rasasfa – Por Clark Ashton Smith

«Crypt of Cthulhu» #27 [Nov - 01-1984] - Untold Tales - Clark Ashton Smith

Strange Shadows - Clark Ashton Smith

Jon Montrose y su esposa, Mildred, estaban pasando Belarán, un sol oscurecido para los astrónomos de la tierra por una pequeña y densa nebulosa a muchas decenas de millones de millas más allá de Alfa Centauri. Su existencia había sido descubierta nueve años antes por una expedición que había emprendido la exploración de objetivos espaciales más remotos. Jon y Mildred eran la única tripulación de la nave espacial Dedalus, en la cual habían abandonado la tierra dos años antes, y avanzaban a una velocidad máxima de varios años luz por semana gracias a la energía nuclear. En sus reflectores, Belarán, un sol blanco similar al nuestro, mostraba un sistema con varios planetas. El matiz era inusual; la mayoría de soles cercanos a nebulosas eran azules o rojos. Ellos se encontraban cerca del cuarto mundo cuando el problema comenzó: un repentino y violento viraje hacia el planeta, el cual se ubicaba hacia estribor. La rápida inspección de Jon mostró que el mecanismo del timón estaba en orden. Alguna oscura fuerza magnética, sin clasificar por los instrumentos, los estaba arrastrando hacia el desconocido planeta que muy pronto reveló debajo de ellos una conformación de planicies y montañas. Las planicies se ensancharon y las montañas se elevaron con cimas y pendientes que asumieron colores y contornos definidos.

  –¡Dios, nos vamos a estrellar! –exclamó Jon. Él y Mildred veían indefensos como la nave se inclinaba al pasar sobre los picos sin ninguna nieve visible pero con una vegetación de helechos púrpuras. Cayeron en picada dentro de una profunda y empinada hondonada con rastros de agua o algún otro líquido en su fondo, entonces aterrizaron sobre una especie de saliente rocoso, con su proa sumergida dentro de arena y rocas lo suficientemente profundas como para evitar que la nave continuara deslizándose.

  Asombrados por el impacto, los viajeros pronto recobraron el sentido. Ellos se habían aferrado instintivamente al asiento del timón, pero sangraban y estaban magullados. La maquinaria se apagó. La brisa soplando sobre sus rostros llamó su atención sobre la compuerta de la pared torcida. Había sido forzada a medio abrir, por lo que la atmósfera interior estaba temperada por una brisa fría y fresca que penetraba desde el exterior que parecía no tener efectos negativos sino que poseía un nivel de oxígenos mayor al que ellos estaban acostumbrados. Jon examinó el sistema de energía atómica. Había sido desactivado automáticamente por una rotura en la varilla que lo conectaba con el engranaje del timón. La varilla estaba hecha de carborundum y zeronium, siendo este último un elemento encontrado en la luna y otros planetas. ¿Cómo había sido roto era un misterio?: la aleación era más dura que el diamante. A menos que la rotura sea reparada ellos no tendrían oportunidad de continuar el viaje.

  Jon maldijo entre dientes, recordando que ellos habían cometido la negligencia de no traer piezas de repuestos, al tiempo que se preguntaba si la geología local podría proporcional los materiales requeridos. De ser así, ellos contaban con un horno para derretir y fusionar en donde se podría reparar la varilla, aunque fuera de manera remendada. Le explicó el problema a Mildred, agregando: «No hay nada que podamos hacer excepto salir afuera y cazar. De otra manera nos quedaremos varados aquí hasta la Segunda Venida».

  Él empacó una mochila con alimentos y termos de café, y la entregó a Mildred. Entonces colgó de sus hombros un pico, una pala y un complicado y novedoso instrumento para detectar toda clase de minerales y elementos conocidos ubicados a una profundidad de diez o más pies. Empujó la compuerta de la entrada lo suficiente para salir fuera y descendió el saliente rocoso sobre una escalera disparatadamente doblada. Su mujer lo siguió luego de colocar la mochila alrededor de su cuello. Podía distinguir mucho de la planicie de los alrededores. Muy lejos, en la distancia del país llano en la parte inferior, brillaban las torres de altas edificaciones. A sus pies, una serie de toscas protuberancias de la roca les facilitó su descenso hasta el lecho del riachuelo donde fuentes líquidas y cascadas burbujeaban entre empinadas paredes cubiertas en parte por helechos u otra clase de vegetación más difícil de clasificar.

  Ellos se adelantaron hasta el lecho del riachuelo, probando cuidadosamente cada uno de los salientes antes de confiarle todo el peso de sus cuerpos. El líquido de las fuentes no se diferenciaba del agua común a primera vista, pero podría contener elementos venenosos. No se detuvieron a probarlo sino que atravesaron el riachuelo y comenzaron a ascender el lado opuesto, deteniéndose en muchas ocasiones para probar su instrumento, el cual detectaba sólo elementos y metales de clase ordinario, incluyendo rastro de oro, plata, hierro y mercurio. Gradualmente ellos trazaron una ruta diagonal a través de la planicie, cruzando varias escarpaduras y riachuelos, siendo uno de los últimos una catarata que tuvieron salvar laboriosamente. Finalmente, al descender por una ladera, descubrieron rastro de carborundum; y no muy lejos, pequeños depósitos de zeronium. Jon comenzó a cavar. Había descendido unos cinco pies cuando golpeó el carborundum con Mildred mirando sobre sus hombros cuando ocurrió una interrupción. Una pesada red de algún material adhesivo cayó sobre sus cabezas y las apretó. Más allá de la malla, un grupo de seres increíbles, con cabezas reptiloides pero verticales, de color azulado, con dos manos y pies, se encontraban parados sobre ellos sosteniendo la larga empuñadura de la red. Uno de estos seres portaba una lanza de afilada punta con la cual los tocaba por turnos, atravesando sus ropas a través de los intersticios de la red. El sueño pronto siguió al entumecimiento provocado por el toque de la lanza.

  Mildred despertó en un recinto techado parecido a un calabozo, iluminado escasamente por pequeños globos en las paredes los cuales tenían el aspecto de vigilantes ojos color violeta. Ella yacía sobre un pequeño colchón de un material suave e incoloro. A su lado y en el piso había un tazón abultado conteniendo, ella especuló, alguna clase de alimento. Aún aturdida y enferma, ella no se animó a probarlo. En cualquier caso, el aroma no era apetitoso: daba la impresión de pescado rancio. Se incorporó trabajosamente. El piso parecía retroceder, y las luces en las paredes danzar. En una de las esquinas, al ritmo del movimiento aparente de la habitación, caminaban tres de los seres azulados de cabezas reptiloides. Uno de ellos colocó un aparado semejante a un electrodo en su frente y pegó el otro extremo en la suya. Ella notó por primera vez que sus manos tenían sólo cuatro dedos. Escuchó en su cerebro un extraño zumbido que comenzó a tomar la forma de sonidos que ella no podía reconocer como palabras hasta después de un intervalo. Al momento comprendió que los sonidos eran un intento telepático de traducción al inglés desde una lengua radicalmente diferente, en el cual muchas letras eran silbadas y no habladas, pero en palabras que eran impronunciables por la estructura bucal humana. Mildred entendió: «Debes ir al templo donde espera Rasasfa… Otra persona, no tu misma para ser sacrificada. Resultará para nosotros mucho beneficio… mucho conocimiento».

  Los sonidos cambiaron, haciéndose más rápidos y menos inteligibles, con un tono de rudo mandamiento. Quizás una sugestión hipnótica estaba siendo administrada. De todos modos ella no podía recordar su naturaleza o importancia para el momento en el que el ser se retiró. Sus captores la levantaron. Su toque húmedo la hacía estremecer. Sus brazos fueron sostenidos mientras una máscara blanquecina más bien que azulada fue colocada en su rostro. Por primera vez se dio cuenta de que estaba totalmente desnuda, cuando un vestido corto y pálido fue colocado sobre su cuerpo. Entonces, la condujeron desde el calabozo a través de una puerta abierta, de una escalera de caracol y a lo largo de interminables corredores en penumbras.

  En algún momento, el mango ennegrecido y manchado de un cuchillo de curvada punta fue colocado en su mano, y sus dedos fueron apretados a su alrededor por la fría presión de un reptil. Ella no pudo recordar por qué o para qué propósito tenía que usarlo. Pero una fuerte sensación de predestinación se cernía sobre ella, y un sentimiento que la iluminaría a su debido tiempo. La luz surgió ante ella. Fue conducida a través de un ancho portal hasta un vasto edificio donde un ser reptil, más alto que todos los que había visto hasta ese momento, estaba parado ante una alcoba abierta de la que emanaba un destello dorado. La entrada a la alcoba lucía como un enorme y ancho ojo de cerradura. El ser sostenía en sus manos un dardo con mango en forma de hoz. Las paredes de la alcoba detrás de él tenían incrustados mosaicos amarillos y oblongos alineados oblicuamente, y el piso estaba parcialmente cubierto de objetos irreconocibles.

  Mildred fue medio empujada y medio levantada, y se la colocó sobre un pedestal dentado a mano derecha de la entidad armada. Vio ante ella una silenciosa y reverente congregación de reptiles en la nave, la cual parecía estar iluminada por la luz del sol que penetraba a través de los pilares a su espalda. Aún medio aturdida, percibió que un hombre había entrado por la izquierda y se detuvo enfrente del portador del dardo. Por un momento ella no pudo reconocer que el hombre era Jon: sus facciones parecía estar fusionadas con las de otros hombres que había conocido, que le habían agradado y desagradado en tiempos pasados. Un impulso de odio repentino la hizo levantar el cuchillo negro, y estuvo a punto de arrojárselo.

  Ella nunca supo que la detuvo. Quizás el comando hipnótico implantado en su mente se había revertido repentinamente. Hizo una pausa, mientras el portador del dardo levantó su arma y la lanzó violentamente hacia Jon, penetrando su camisa en un lado mientras él se agachaba ágilmente con músculos entrenados por una multitud de tareas. Algo [quizás el residuo del efecto de la hipnosis] le reveló que el portador del dardo era Rasasfa, sacerdote de una secta ultraplanetaria. Ella saltó del pedestal y lo apuñaló en el costado. Casi simultáneamente, mientras se contorsionaba de dolor, él ser le rasguñó el pecho con la punta del dardo antes de soltarlo.

  Tanto Jon como Mildred padecieron una extraña alucinación, idéntica en todos los detalles, la cual ellos nunca pudieron olvidar. Tuvieron la sensación de estar cayendo, zambulléndose a través de desconocidas e ilimitadas profundidades y dimensiones; de colgar sin ninguna seguridad al borde de un infierno alienígena, desde el cual llamas puntiagudas y obscenos monstruos reptantes, criaturas semejantes a dragones con varias cabezas y cuerpos, intentaban agarrar sus pies y en algunas ocasiones se elevaban sobre ellos, respirando un hedor fétido sobre sus rostros. No era el menor de sus horrores la figura de Rasasfa parado muy cerca al alcance de la mano, y penetrando con su dardo los monstruos. Y ellos a su vez parecían asaltarlo con una especial y venenosa amenaza, elevándose muy alto y alargándose fantásticamente hacia una bóveda sin cielo. Él no les prestó atención a los humanos, aparente olvidado de su presencia ya sea como aliados o enemigos.

  Finalmente un seductivo destello, como las cenizas de carbones, brilló en las profundidades. Las figuras se hicieron vaporosas, y se deshicieron como nubes arrastradas por el viento, difuminándolas y confundiéndolas hasta disolverse. Jon y Mildred quedaron solos en el precipicio, el cual se estremeció y se deshizo a su vez. Ellos se despertaron en el salón. La muchedumbre se había desvanecido. El reptil ya no tenía su dardo pero aún se retorcía. Apuñalado en una parte vital por el cuchillo de Mildred, estaba muriendo lentamente, como lo hace una serpiente. Ellos encontraron la salida del edificio sin tropezarse con nadie. Jon había tomado el dardo y lo llevaba consigo. El sol había abandonado el cielo dejando una multitud de estrellas. Usando un pequeño compás de bolsillo, del cual no lo privaron sus captores, ellos abandonaron la ciudad. El lugar estaba totalmente en oscuridad y en silencio, como si  sus habitantes lo hubiesen desertado; y atravesando sus calles estrechas y tortuosas, retornaron a las montañas. Dedujeron que el asesinato de Rasasfa había despertado un profundo terror. Sin dudas los habitantes lo consideraban un ser sobrenatural e inmortal.

  Por dos días ellos viajaron a través de una tierra semidesierta. El sol se inclinaba sobre ellos caluroso hasta la llegada de la noche. Ellos siguieron el compás hacia un polo magnético con la esperanza de que fuera el norte. Por las noches el aire era muy frío, durmiendo unas pocas horas apoyados el uno del otro. Temiendo ser perseguidos, ellos a menudo miraban en dirección a la ciudad, la cual se hundía gradualmente en el horizonte. Muy pronto hallaron las huellas de los seres reptiles encaminándose hacia la ciudad desde las montañas, profundamente imprimidas debido al peso de los humanos inconsciente que cargaban. Sin dudas había otras ciudades en este mundo; pero Jon y Mildred estaban satisfechos de no sentir ninguna curiosidad sobre ellas. Su única experiencia era suficiente para varias vidas.

  Hacia el final de la segunda tarde sus pasos los guiaron al hoyo donde Jon había estado cavando al  momento de ser capturado con la red. Sus herramientas, sacos y termos estaban donde ellos los habían dejado; sus captores evidentemente no le dieron importancia. El café aún estaba caliente en los termos. Ellos tomaron con ansias una buena cantidad de él. Entonces, Jon reasumió su trabajo de cavado mientras Mildred sobre el cerro vigilaba la remota ciudad, que parecía ondular y palpitar como un espejismo. Jon había llenado uno de los sacos con carborundum crudo y se prestaba a desenterrar el zeronium, cuando escuchó a Mildred dar un grito de alarma. Apresuradamente ascendió el cerro a su lado, llevando consigo el dardo y una pistola tomada de su mochila. Media docena de hombres reptiles, ascendiendo silenciosamente el cerro, estaba casi sobre ellos.  Todos estaban armados con dardos. Hicieron un alto al ver a Jon sosteniendo en alto el arma de Rasasfa, como si reconocieran su poder sobrenatural y superioridad sobre los suyos. Entonces iniciaron nuevamente su marcha. Jon abatió dos de ellos con su pistola que era una especie de lanza llamas de corto alcance. Los demás retrocedieron y se ocultaron tras los peñascos. Estimando cuidadosamente el alcance del lanza llamas.

  –Hazte cargo mientras consigo el zeronium –indicó Jon, entregándole a Mildred la pistola. Ella obedeció mientras Jon finalizó de excavar la cantidad necesaria del elemento y llenó parcialmente el otro saco. Él amarró las herramientas y los sacos a la correa de sus hombros, y diciéndole a Mildred que lo siga comenzó su escalada hacia la nave espacial. Era una distancia corta. Escuchó el silbido y chasquido de la pistola y el grito de triunfo de Mildred cuando al menos uno de los perseguidores fue abatido. Ya había ascendido la escalera de la nave y empujado su carga a través de la compuerta. Colgando de un lado, se aseguró de que Mildred lo precediera, tomando la pistola de sus manos mientras ella penetraba en la nave. Uno de los hombres reptiles había iniciado el ascenso de la escalera, pero cayó dentro de la hondonada cuando Jon disparó. Jon entró en la nave y aseguró las compuertas del exterior y la del interior.

  Ellos trabajaron en la reparación durante gran parte de la noche, mientras escuchaban los frustrados gritos de los reptiles y los fútiles rasguños de sus armas en contra del casco y las ventanas de la nave. Los hornos habían hecho la fusión, y la varilla fue soldada y dejada a que se enfríe. Al amanecer ellos despegaron retomando el espacio exterior.

Fin.

Traducido por Odilius Vlak

  • INFORMACIÓN SOBRE EL TEXTO: «El Dardo de Rasasfa» fue la última historia de Smith, terminada el 21 de julio de 1961, unas tres semanas antes de su muerte. La historia había sido escrita inspirada en una portada de George Barr para un número venidero de la revista «Fantastic Stories of Imagination», cuyo editor, Cele Goldsmith, comisionó a Smith para que produjera la historia. Luego de examinar la historia la revista decidió no aceptarla. La ilustración fue eventualmente usada en el número de abril de 1962 de la revista «Fantastic Stories», pero de alguna manera difiere de la descripción que hizo Smith de ella, y su interpretación de los eventos ilustrado en ella es cuestionable. Considerando la historia más bien como literatura chatarra, con sabor a la Era Gernsback, Carol Jones Smith ha escrito: «Sabía que su intención era irónica. RAH [Rah Hoffman] cuestionó el nombre de “Muriel” para la heroína. Supongo que él estaba tan cansado de la “mierdización” americana, como lo llamamos por años, que la última historia refleja su disgusto; que no pareció una ironía en una revista pulp. [Tomado de una memoria en manuscrito, guardado en la Biblioteca John Hay de la Universidad de  Brown. “Mierdización” era el término despectivo de Smith para “civilización”. Nótese que en el manuscrito sobreviviente de «El Dardo de Rasasfa», el nombre de la heroína es Mildred].
  • NOTA: La versión original de esta historia, titulada «The Dart of Rasasfa», fue publicada por primera vez en el . También fue incluida en la antología «Strange Shadows: The Uncollected Fiction and Essays of Clark Ashton Smith», Greenwood Press [1989]. 

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