RUNES SANGUINIS / Vuelo Hacia el Súper Tiempo – Por Clark Ashton Smith

Wonder Stories - August (1932)

  Algunos de los que lean esta narración sin dudas recordarán la desaparición del excéntrico millonario Dominitian Malgraff y su sirviente chino Li Wong, la cual proveyó a los periódicos de 1940 con flamantes encabezados y muchas columnas de rumor y especulación. Se escribió un montón sobre este caso; pero, desnudado de todo su embellecimiento periodístico, apenas puede decirse que constituya una historia. No había motivos verificables ni circunstancias aclaratorias, tampoco pistas o rastros de ninguna clase. Los dos hombres habían pasado de todo conocimiento humano, de una hora a la otra, como si se hubiesen evaporado como lo hacen algunos de los extraños químicos volátiles con los cuales Malgraff había estado experimentando en su laboratorio. Nadie sabía el uso de esos químicos; y nadie sabía que le había pasado a Malgraff y a Li Wong.

  Probablemente son muy pocos los que considerarían que cualquier solución confiable de este problema pueda ser ahora proveída con la publicación de un manuscrito recibido por Sylvia Talbot hace un año, en el otoño de 1941. La señorita Talbot había estado anteriormente comprometida con Malgraff, pero había terminado el compromiso tres años antes de su desaparición. Ella se sentía atraída por él; pero su disposición soñadora y sus conocimientos nada prácticos habían formado una barrera definitiva con su punto de vista. El joven parecía haber tomado su rechazo ligeramente para luego sumergirse en investigaciones científicas cuya naturaleza y objeto él no se lo había revelado a nadie. Pero ni entonces ni en ningún otro tiempo él había mostrado la más leve inclinación de incremental con su propio esfuerzo la gran fortuna heredada de su padre.

  En lo que respecta a su desaparición, la señorita Talbot se encontraba en la misma ignorancia que los otros. Luego de la ruptura del compromiso ella había escuchado de él de tanto en tanto; pero sus cartas llegaron con menos frecuencia debido a su absorción en innombrables estudios y labores. Ella estaba sorprendida e impactada por la noticia de su desaparición. Una búsqueda a escala mundial fue puesta en marcha por su abogado y familiares; pero sin resultado. Entonces, hacia finales del verano de 1941, la extraña nave conteniendo el mencionado manuscrito fue descubierta por un recolector de perlas holandés flotando en el mar de Banda, entre la isla Célebes y las Islas Molucas.

  La nave era una esfera de alguna desconocida sustancia cristalina, con sus extremos achatados. Tenía dieciocho pulgadas de diámetro y poseía un mecanismo interior de pequeños dínamos y cables de inducción, todos del mismo material transparente, junto con un aparato parecido a un reloj de arena medio lleno de un polvo gris. Varias protuberancias se veían sobre la superficie exterior. En el mismo centro, en un pequeño compartimiento cilíndrico, se encontraba un rollo grueso de un papel gris y amarillento sobre el cual el nombre y dirección de la señorita Talbot se leía claramente a través de la gruesa capa cristalina de la esfera. El texto fue redactado con alguna clase de brocha o con una pluma extremadamente pesada, con un pigmento de un raro matiz púrpura. Dos meses más tarde, la cosa llegó a manos de la señorita Talbot, quien estaba asombrada y sorprendida cuando reconoció que la letra era la de Domitian Malgraff.

  Luego de muchos experimentos, manipulando algunas de las protuberancias externas, la nave fue abierta; separándose en dos secciones hemisférica. La señorita Talbot descubrió que el rollo de papel contenía una voluminosa carta de Malgraff, escrita en hojas de papel de una yarda de largo. Esa carta, con la omisión de unos cuantos párrafos y oraciones de carácter íntimo, es ahora ofrecida al público en obediencia al deseo del escritor. Por supuesto, la increíble historia de Malgraff,  puede ser fácilmente explicada sobre la base de una invención imaginativa. Algo que, en opinión de algunos de sus conocidos, no está muy lejos de su verdadero carácter. En su estilo propio, fantástico y caprichoso, se considera que fue una especia de broma. Una nueva búsqueda se inició, bajo la suposición de que él podría estar viviendo en laguna parte de oriente; de manera que todas las islas adyacentes al Océano Banda, fueron cuidadosamente registradas. Sin embargo, algunos detalles colaterales resultan misteriosos y confusos. El material y mecanismo de la esfera son desconocidos por los científicos, y aún esperan ser explicados; y el material donde se escribió la carta, así como el pigmento usado, ha desafiado hasta el momento todos los análisis. El papel, en su composición química, parece presentar afinidades tanto con el papiro como con el pergamino; en cuanto al pigmento, no posee analogías terrestres.

LA CARTA

  Querida Sylvia:

  Siempre me has considerado un soñador sin remedio; y soy la última persona que se enfrascará o incluso deseará disputar tu opinión. Debe ser agregado que soy uno de esos soñadores que no han sido capaces de conformarse con sueños. Tales personas, como regla general, son desafortunados e infelices, ya que pocos de ellos son capaces de realizar, o incluso acercarse, a sus concepciones visionarias. En mi caso, el intento de realización condujo hacia un resultado singular: estoy escribiendo esta carta en un mundo muy lejos del laberinto de doble capa del tiempo y el espacio. Un mundo distante por muchos millones de años de aquel donde vives; aquel de donde soy nativo.

  Como sabes, nunca le he dado importancia a las cosas materiales de la tierra. Siempre me he sentido fastidiado por el mundo contemporáneo, siempre he estado devorado por una especie de nostalgia por otros lugares y edades. Esto ha parecido tan extraño y caprichosamente arbitrario que yo deba estar aquí y no en otro lugar, en la infinita y eterna cabalgata del ser; y siempre me he preguntado si no sería posible tomar control de las leyes que determinan nuestra situación cósmica o temporal, y así transitar a voluntad de un mundo a otro, de un ciclo a otro.  Fue luego de que me abandonarás que mis especulaciones en este sentido comenzaron a tomar un cariz práctico. Me habías dicho que mis sueños eran al mismo tiempo inútiles e impracticables. Posiblemente, entre otras cosas, deseaba probar que ellos no eran del todo imposibles. Su utilidad o inutilidad no era un problema que me concernía, tampoco nada que cualquier hombre pudiera decidir.

  No te abrumaré con un recuento detallado de mis investigaciones y labores. Busqué diseñar una máquina con la cual viajar a través del tiempo, que pudiera penetrar el pasado y el futuro. Mi primera teoría fue que el movimiento a través del tiempo podía ser controlado, acelerado y revertido por la acción de una fuerza especial. Gracias a tal regulación, uno sería capaz de moverse atrás y adelante a lo largo de los eones. Sólo debo decir que tuve éxito en aislar la fuerza temporal de mi teoría, pero sin saber nada cerca de su verdadera naturaleza y origen. Es una energía que lo permea todo, con una onda más corta que la de los rayos cósmicos. Entonces, inventé un componente de metal, perfectamente transparente y de gran dureza, que se ajustaba peculiarmente a la tarea de conducir y concentrar la fuerza. De este metal construí mi máquina, con dínamos con los cuales poder desarrollar un poder casi ilimitable. El reverso de la fuerza, que generaba un movimiento en retroceso del tiempo, podía ser creado pasando la corriente a través de ciertos químicos extraños y volátiles contenidos en un dispositivo especial que se asemejaba a un gran reloj de arena.

  Luego de muchos meses de arduo trabajo el mecanismo yacía listo en el piso de mi laboratorio de Chicago. Su forma exterior era más o menos esférica, con extremos achatados como los de las naranjas chinas. Estaba capacitado para mantenerse herméticamente cerrado, conteniendo un aparato para suplir oxigeno. Dentro había espacio suficiente para tres personas entre las enormes dínamos tubulares, la fila de marcadores cronométricos y el panel de palancas de control e interruptores. Como todas las piezas estaban hechas del mismo material, eran transparentes como el vidrio. A pesar de que nunca había sido un amante de las máquinas la contemplé con orgullo. Había una ironía exquisita en el hecho de que usando este dispositivo súper mecánico, podía escapar de la era automatizada en la cual había nacido.

  Mi intención inicial era explorar el futuro. Viajando lo suficientemente lejos en el tiempo venidero, esperaba encontrar unas de dos cosas: o los hombres habrían aprendido a desechar sus complicadas máquinas difíciles de manejar, o habrían sido destruidos por ellas, abriendo el camino para una nueva especie más sensible en el curso de la evolución terrestre. Sin embargo, si los humanos fracasaran en engatusarme en una de sus fases, podía revertir el efecto de la fuerza temporal y marchar hacia atrás durante eones anteriores a mi propia época. En estos, a menos que la historia y la fábula hayan mentido, las condiciones de la vida congeniarían más con mis gustos. Pero mi preocupación más urgente concernía a los desconocidos y problemáticos años de las edades que han de venir.

  Todo mi trabajo fue llevado a cabo en privado, sin ninguna otra ayuda que la de Li Wong, mi cocinero chino, casero y valet. Al principio no le confié el propósito de la máquina ni siquiera a Li Wong, a pesar de que lo conocía como el mortal más discreto e inteligente. Las personas generalmente se hubiesen burlado de haber sabido qué estaba tratando de hacer. También había primos y otros familiares envidiosos y vigilantes de mi fortuna heredada… Y un país lleno de abogados, psiquiatras y asilos mentales. Siempre he tenido una reputación de excéntrico; por lo que no elegí brindarles a mis queridos familiares una oportunidad que podría haber sido considerada legalmente suficiente para el bien conocido proceso de enajenamiento mental.

  Tenía la intención de hacer el viaje en el tiempo solo. Pero cuando acabé de construir la máquina y todo estaba listo para partir, me di cuenta que sería imposible hacerlo sin mi factorum, Li Wong. Aparte de su utilidad y confiabilidad, el pequeño chino era buena compañía. Era una especie de intelectual en su propia lengua, y no pertenecía a la casta de los culis. A pesar de que su dominio del inglés aún era imperfecto y mi conocimiento del chino rudimentario, a menudo habíamos discutido la poesía y filosofía de su tierra, así como algunos temas menos eruditos. Li Wong recibió la noticia del planeado viaje con la misma naturalidad y aplomo que si le hubiese dicho que íbamos a viajar al estado vecino.

  —Me iré a empacar —dijo—. ¿Quieres suficientes camisas?

  Nuestras preparaciones pronto estuvieron terminadas. Aparte del cambio en la vestimenta sugerida por Li Wong, nos suplimos de provisiones por diez días, un botiquín médico y una botella de brandy, los cuales estaban todos guardados en compartimentos que construí con ese fin. Sin ningún conocimiento de lo que podríamos encontrar o de lo que podría pasar en el camino, era sabio estar preparados para las emergencias. Ahora todo estaba listo. Me encerré junto a Li Wong dentro de la esfera del tiempo, sentado ante el panel de instrumentos en el cual funcionaban las palancas de control. Sentí la emoción de ser un nuevo Colón o Magallanes, a punto de navegar hacia continentes desconocidos. Comparadas con esto, todas las anteriores exploraciones humanas serían como el reptar de pigmeos recién nacidos. Incluso en la exaltación del momento, y a pesar de que todo fue calculado con precisión matemática, y trabajado a un nivel algebraico, estaba consciente del elemento de peligro y la incertidumbre. Ninguno de nosotros podría sobrevivir al proceso de aceleración a través del cual lustros, décadas y siglos serían reducidos a meros segundos. Le comenté esto a Li Wong. «Quizás debas quedarte aquí después de todo», le sugerí. Él negó vigorosamente con la cabeza. «Si tú vas, yo voy», dijo con sonrisa imperturbable.

  Elaborando una nota mental sobre el día, la hora y el minuto de nuestra partida, halé la palanca y encendí la fuerza de aceleración. Apenas había sabido qué anticipar en cuanto a las sensaciones y reacciones físicas. Entre otras eventualidades, se me había incluso ocurrido que podría perder la conciencia parcial o totalmente; por lo que me aferré al asiento para evitar caer en caso de que esto ocurriera. No obstante, el verdadero efecto fue extraño e imprevisto. Mi primera sensación fue la de una repentina ligereza corporal e inmaterialidad. Al mismo tiempo, la nave parecía haberse expandido, sus paredes, dínamos y otras partes estaban borrosas y bajo unas penumbras brillosas, y parecían repetirse a sí mismas en una secesión infinita de imágenes instantáneas. Mi propia persona, y la de Li Wong, se multiplicaron de la misma manera. Estaba increíblemente consciente de mí mismo como una simple sombra palpitante, desde la cual se proyectaban una serie de otras sombras. Traté de hablar, pero las palabras devinieron en un indefinible eco repetido. Por un breve instante la esfera parecía flotar sobre un océano de luz. Entonces, sin explicación aparente, comenzó a oscurecerse. Una gran negrura se cernía sobre ella desde el exterior; pero los contornos de cada cosa dentro de la esfera aún eran visibles gracias a una especie de luminosidad que se adhería a ellos como una débil fosforescencia. Estaba confundido por estos fenómenos, en especial por la oscuridad exterior, de la cual no podía dar ninguna respuesta. Teóricamente, los días y noches a través de los cuales estábamos pasando a semejante velocidad suprema se fusionarían en una especie de gris.

  Siglos, eones, karpas de tiempo pasaron en la extraña noche. Entonces, misteriosa como la noche, destelló una repentina luz enceguecedora, más intensa que cualquier otra cosa que hasta el momento había conocido, la cual penetraba la esfera para morir como el reflejo de un relámpago. Fue seguida a continuación por dos destellos más cortos, muy cercas el uno del otro; entonces, la lobreguez externa retornó nuevamente. Extendí una mano que devino en cien manos, y de alguna manera tuve éxito en encender la luz que colgaba sobre mi panel de instrumentos y marcadores cronométricos.  Uno de estos marcadores estaba diseñado para registrar mi movimiento hacia delante en el tiempo. Era difícil distinguir las manecillas reales y figuras en la fantasmagórica penumbra; pero de alguna manera, luego de mucho rebuscar, descubrí que había viajado hacia el futuro no menos de veinte mil años.

  Seguro esto sería suficiente, al menos, para la primera etapa de mi viaje. Manipulé las palancas y apagué el poder de aceleración. Al instante mis sensaciones visuales fueron la de un ser normal de tres dimensiones, en un espacio-tiempo normal. A pesar de que la sensación de ligereza e inmaterialidad aún persistían. Me parecía que podía flotar en el aire como una pluma, de no haber sido por los agarres de metal que me mantenían en el asiento. Escuché la voz de Li Wong, a quien había prácticamente olvidado por el momento. La voz vino desde arriba. ¡Asombrado!, vi que el chino, con sus anchas mangas aleteando, había flotado hacia arriba y estaba meneándose en el aire, tratando en vano de recobrar su equilibrio y poner pie nuevamente en el piso.

  —Yo estar volando como gaviota de mar —dijo con risa nerviosa, pareciendo estar gozoso y no asustado de su novedoso apuro.

  ¿Qué pudo haber pasado? ¿La fuerza de gravedad no existía en este mundo futuro? Observé el exterior a través de las paredes cristalinas, tratando de determinar las características geográficas de la tierra en la cual habíamos aterrizado. Debía ser de noche, pensé, pues todo estaba en tinieblas, agujereada con un millón de penetrantes y frías estrellas. Pero, ¿por qué estaban las estrellas sobre nosotros y también a nuestro alrededor? Incluso si estuviésemos sobre la cima de una montaña, deberíamos estar rodeados por las masas vagas de los remotos horizontes nocturnos. Pero no había horizonte en ningún lado; sólo la bullente luz de constelaciones irreconocibles. Con asombro creciente, miré el piso de cristal, y debajo de mí, como en algún espantoso abismo, ¡llameaban los helados fuegos de desconocidas galaxias!, vi, con un terrible impacto mental, que estábamos suspendidos a mitad del espacio. Mi primer pensamiento era que la tierra y el Sistema Solar habían sido aniquilados. En algún momento, durante los últimos veinte mil años, hubo un cataclismo cósmico; y Li Wong y yo, moviéndonos a una velocidad inconcebible en la abstracta dimensión del tiempo, de alguna forma escapamos a él.

Un Mundo Extraño

 

  Entonces, con la velocidad del relámpago, llegó la comprensión de la verdad. La esfera sólo se había movido en el tiempo, pero en el ínterin, la tierra y el sol habían estado alejándose de nosotros en el espacio, en el sentido que todos los cuerpos estelares y planetarios están supuestos a viajar.  Nunca imaginé una eventualidad semejante en todos mis cálculos, pensando que la ley de la gravedad nos mantendría en la misma posición relativa a la tierra desde la cual partimos. Pero evidentemente estas leyes no eran efectivas en la dimensión ultraespacial conocida como el tiempo. Nos habíamos mantenido estático en relación al espacio ordinario,  y ahora estábamos separados de la tierra por una brecha cósmica de veinte mil años. Considerado como una máquina del tiempo, mi invento era un vehículo muy adecuado para el viaje interestelar.

  Decir que estaba estupefacto sólo probaría la ineficiencia del lenguaje humano. El sentimiento que me recorrió era el del pánico más horrible y abominable que jamás había experimentado. La sensación de un explorador perdido sin un compás en medio del eterno hielo sin horizonte de algún desierto ártico habría sido infantil y moderada en comparación. Nunca antes había comprendido el verdadero horror de la profundidad intersideral y la distancia del abismo donde no existe ni límite ni dirección. Parecía dar vueltas cual mota perdida entre los vientos del caos ilimitable, en un vértigo tanto del cuerpo como del espíritu. Tomé control nuevamente de la palanca que revertiría la energía temporal y enviaría la esfera hacia atrás a su punto de partida. Pero en medio de todo mi pánico, terror y confusión patas arriba, me sentí renuente a regresar. Incluso en el abismo helado que bostezaba insalvable entre las estrellas, no me sentí atraído por el pensamiento del estable lugar común que había abandonado.

  Así que comencé a recuperar algo de la estabilidad y equilibrio mental. Recordé los brillantes destellos que me confundieron. Ellos, me di cuenta, marcaron el paso de un sol alienígena y su sistema planetario.  Coincidiendo en su órbita con la antigua posición de la tierra en el espacio. Si continuaba viajando en el tiempo abstracto, sin dudas otros cuerpos ocuparían su lugar en la eterna deriva del universo. Reduciendo la velocidad de la esfera podría ser posible aterrizar en uno de ellos. Es evidente que para ti la total estupidez y locura de tal proyecto sería más que obvio. En verdad, debía estar un poco loco, debido al agotamiento físico y psíquico de mi incomparable experiencia. De otra manera las dificultades del aterrizaje que tan fríamente me propuse a mí mismo —y los peligros— hubiesen sido luminosamente manifiestos. Retomé el viaje en el tiempo a una velocidad reducida a la mitad.  De esa manera, calculé, sería capaz de avistar el siguiente orbe al aproximarse con antelación para hacer los preparativos del aterrizaje. La oscuridad alrededor de nosotros era constante por intervalos de muchos años. Me parecía que la eternidad misma se había deslizado dentro del vacío privado de luz, desde donde un brillante destello anunció la cercanía de un sol. Pasó muy cerca, ocupando la mitad de los cielos por un instante.  Aparentemente no había planetas, o al menos, ninguno estaba a la vista.

  Avanzamos continuamente en el tiempo; hasta que dejé de ver el marcador borroso y lleno de cifras. Vivía sólo en un sueño de una duración irreal y espectral. Pero de alguna manera, luego de un tiempo, supe que la esfera había viajado durante más de un millón de años. Entonces, repentinamente, otro orbe solar se precipitó sobre nosotros. Debimos haber pasado a través de él pues la esfera fue rodeada por un momento por una llamarada incandescente, que pareció que nos iba aniquilar con su intolerable radiación.  Pero  lo rebasamos para encontrarnos nuevamente en el negro espacio; en el cual un cuerpo brillante y más pequeño avanzaba hacia nosotros. Sabía que era un planeta. Reduje la velocidad de la esfera a un nivel que me permitiera examinarla. El orbe se alzó sobre nosotros; giraba debajo de nosotros con un caos de imágenes materiales. Me pareció distinguir océanos y continentes, islas y montañas. Se acercó aún más y parecía rodearnos con formas enmarañadas que sugerían enormes formas de vida vegetal. Mi mano manipuló rápidamente la palanca que terminaría nuestro viaje. Mientras nos vapuleábamos aturdidos entre el vertiginoso bosque, detuve la máquina totalmente, arriesgándome sin dudas a una destrucción instantánea. Escuché un violento impacto, y la nave se meció y tambaleó delirantemente. Luego se estabilizó y se quedó inmóvil. La mitad estaba inclinada hacia un lado, y estuve a punto de ser arrancado de mi asiento mientras Li Wong yacía despatarrado sobre el piso en una posición vergonzosa. A pesar de ello, habíamos aterrizado.

  Aún con la cabeza dándome vueltas, y tratando de recuperar mi equilibrio, mi mirada cayó a través de las paredes cristalinas sobre una asombrosa y exuberante maraña de formas vegetales. La máquina del tiempo estaba ubicada entre los troncos abultados de algunas de estas plantas, y colgaba cuatro o cinco pies en el aire sobre un suelo rosado y cenagoso desde el que se alzaban cual siniestros cuernos las puntas marrón-púrpura de desconocidas plantas. Sobre nosotros colgaban enormes hojas pálidas y blandas con venas violáceas en las cuales se detectaba la palpitación arterial  de un pulso aletargado. Las hojas caían desde el tope de los bulbos de cada planta, cual si fueran un círculo de brazos achatados en un torso sin cabeza. Había otras formas vegetales, todas agrupadas y proyectándose grotescamente en el verdoso aire vaporoso, cuya densidad era tal que casi daba la apariencia de un jardín submarino a la extraña escena. De cada lado recibía la impresión de mimbres serpentinos, de exageradas hojas de helechos y palmas de matices coralinos, y los retoños blancos y bermellones de hongos tan grandes como toneles. Por encima de la jungla brillaba en la espesa atmósfera una luminosidad dorada olivácea, anunciando los rayos meridianos de un sol empañado.

  Mis primeras sensaciones fueron de asombro, la escena ante mí era una fuente de vértigo para mis ojos y mi cerebro. Entonces, a medida que comenzaba a distinguir más detalles en la mescolanza de formas extraterrestres y descomunales, experimenté una sobrecargada emoción de horror y verdadero disgusto. A intervalos se veían ciertas flores grandes y con forma de tazón, soportadas por poderosos tallos cubiertos de cerdas y en forma de trípode, y matizadas con los fantasmagóricos verdes y púrpuras de la carne putrefacta.  En estas flores, las formas achatadas de enormes insectos —o más bien como los consideré en el momento— estaban agachadas con una maligna inmovilidad; con extrañas antenas y otros órganos y miembros colgando sobre los bordes de las flores. Estos monstruos parecían mofarse del color cadavérico de las flores.  Eran inexpresivamente horribles y no me enfrascaré en la tarea de describir su anatomía con lujo de detalles. No obstante, mencionaré los tres cuernos serpentinos, finalizando en ojos rojos como rubíes, que se alzaban sobre sus cuerpos y vigilaban la jungla a su alrededor con una concentración escalofriante. Alrededor de la base de cada tallo en forma de trípode, percibí la carroña de pintorescos animales, yaciendo en círculo y en variadas fases de descomposición. De muchas de estas carroñas, nuevas plantas del tipo de las flores en forma de tazón estaban brotando, con oscuros y grotescos botones que aún no se habían abierto.

  Mientras estudiaba las plantas y sus guardianes con creciente repulsión, una criatura de seis piernas, una especie de mezcla entre iguana y jabalí, emergió desde la jungla y trotó a uno doce pies de la esfera. Se aproximó a una de las flores en forma de tazón, husmeó uno de los tallos peludos con un hocico de hormiga. Entonces, para mi horror, la forma agachada en el tazón saltó con la rapidez del rayo y cayó sobre el espinazo del desventurado animal. Vi el destello de un aguijó como un cuchillo que se enterró en el deformado cuerpo. La víctima luchó débilmente para luego yacer inmóvil, mientras su asaltante comenzó a hacer uso de un órgano que se asemejaba al que usan las mocas para poner huevos. Todo esto era altamente repugnante; e incluso más nauseabundo fue mi descubrimiento de que el insecto era en verdad parte de la flor sobre la cual estaba reposando. Estaba adherido a una cuerda pálida, larga y serpentina, una especie de cordón umbilical, que se proyectaba desde el centro de la flor ladeada; luego que la espantosa criatura finalizó con su víctima, la cuerda comenzó a acortarse, llevando al monstruo de regreso a su lugar de acecho. Allí se acuclilló como antes,  vigilando por nuevas presas frescas con sus ojos de rubíes. Era condenadamente obvio que la plata pertenecía a una especie semivegetal que tenía el hábito de depositar sus semillas o huevos en los cuerpos de animales. Me volví hacia Li Wong, quien estaba observando la escena con sus ojos de almendra y manifiesta desaprobación.

  —No me gusta esto —dijo moviendo su cabeza gravemente.

  —Tampoco puedo decir que me importe mucho —le respondí—. Considerado como un lugar de aterrizaje, este planeta en particular deja mucho que desear. Me temo que tendremos que avanzar por unos cuantos millones o trillones años más, y probar suerte en otra parte.

  Observé los alrededores una vez más preguntándome si los demás tipos de plantas estaban todas poseídas de algún carácter o habilidad desagradable y agresiva, de la misma manera que las flores. No me sentí confortado cuando vi que algunos de los mimbres serpentinos estaban arrastrándose lentamente hacia la esfera del tiempo y que una de ellas ya la había alcanzado y trepaba sobre sus paredes con pequeños tallitos tentaculares que terminaban en huecos succionadores. Entonces, de entre las espirales de vapor y aglomeración de plantas, un extraño ser apareció y corrió hacia la máquina del tiempo, apenas evitando uno de los suspendidos monstruos trepadores cuando éste se lanzó desde lo alto de una flor. La planta cayó apenas una pulgada o dos de su presa, se balanceó horriblemente a mitad del aire como un péndulo antes de ser alada por una larga y elástica enredadera.

  La mencionada criatura tenía la altura promedio de un hombre. Era bípedo, pero tenía cuatro brazos, dos de los cuales emanaban a ambos lados de su alargado cuello de columna, y los otros dos desde una posición a mitad de camino de su tórax con cintura de avispa. Su fisonomía facial era de una delicadeza élfica, y una larga y aflautada cresta de marfil se alzaba desde su ancha coronilla carente de cabellos. Su nariz, o lo que parecía ser tal, estaba equipada con tentáculos movibles que colgaban a los lados de su pequeña boca cual bigote oriental, sus orejas redondas y disonantes estaban dotada de vibrantes y diáfanas membranas parecidas a banderolas, finas como tiras de pergaminos, las cuales estaban marcadas con curiosos jeroglíficos. Sus pequeños ojos de zafiro estaban ubicados muy alejados debajo de negros arcos que parecían haber sido dibujados con pigmentos sobre su perlada piel. Una capa corta, fabricada de alguna fibra sedosa y roja cubría la parte superior de su cuerpo; pero aparte de esto, no había nada que uno pudiera denominar una vestimenta artificial.

  Evitando varías más de las plantas monstruos, las cuales atacaban viciosamente, él se acercó a la máquina del tiempo. Evidentemente nos había visto; y me parecía que sus ojos de zafiro imploraban socorro y refugio. Presioné el botón que servía para abrir la puerta de la esfera. Al abrirse la puerta, Li Wong y yo fuimos asaltados por muchos aromas extraterrestres, muchos de los cuales estaban muy lejos de ser placenteros. Respiramos el torrente de un aire cargado de oxigeno y mezclados con los vapores de desconocidos elementos químicos. Con un largo salto la extraña entidad alcanzó el umbral de cristal de la entrada abierta, tomé la flexible mano de tres dedos de uno de sus brazos inferiores y lo arrastré dentro. Entonces cerré la puerta justo en el momento en que uno de los monstruos colgantes se lanzó contra ella, rompiendo su agudo aguijón de aspecto acerado; manchando el limpio metal con un chorro de venenoso líquido amarillento.

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Wonder Stories - Interior - August 1932

Bienvenido, extraño —le dije.

  Nuestro invitado estaba respirando pesadamente, y sus tentáculos faciales temblaban y se mecían gracias a las palpitaciones de su fina nariz membranosa. Aparentemente él estaba demasiado falto de aliento como para hablar; pero hizo una seria y profunda inclinación con su cabeza encrestada, y movió sus tenues dedos con gestos agitados que de alguna manera expresaban gratitud y agradecimiento. Cuando recobró su aliento y se repuso un poco, comenzó a hablar con una voz de un tono extraterrestre, con agudas cadencias y  entonaciones que se elevaban lentamente la cual puedo comparar sólo con las notas de ciertas aves tropicales. Por supuesto, Li Wong y yo sólo podíamos suponer su significado, ya que las palabras, por más distintivas que fueran, eran totalmente diferentes de cualquiera de las lenguas o dialectos humanos. Sin embargo, dedujimos que él nos estaba agradeciendo y que también nos estaba ofreciendo una explicación de los peligros de los cuales lo habíamos rescatado. Parecía estar contándonos una historia muy larga acompañada de gestos dramáticos de una clase extraña pero elocuente. Gracias a estos comprendimos que su presencia en es maligna jungla era involuntaria; que había sido abandonado allí por enemigos, con la esperanza de que nunca escapara de ese reino de plantas monstruosa. Por señas nos dijo que la jungla era de una gran extensión y que estaba llena de plantas aún más espantosa que las flores en forma de tazón.

  Más adelante, cuando habíamos aprendido a comprender la lengua de ese pintoresco ser, descubrimos que nuestras suposiciones habían sido correctas; pero la narración, en su totalidad, era todavía más extraña y fantástica de lo que habíamos imaginado. Mientras escuchaba a nuestro invitado, y observaba los rápidos y sutiles movimientos de sus cuatro manos, noté que una sombra había caído sobre nosotros, interceptando la luz verdosa y húmeda de los brumosos cielos. Mirando hacia arriba vi que una pequeña nave aérea en forma de disco, rodeada de ruedas girantes y alas puntiagudas, que zumbaban como las astas de un molino, descendía hacia nosotros, sobrevolando la máquina del tiempo. Nuestro invitado también la percibió e interrumpió abruptamente su relato. Noté que estaba muy alarmado y agitado. Inferí que la nave aérea pertenecía a sus enemigos; a los mismos seres que lo habían abandonado a esa cruel suerte en ese horrendo lugar. Sin dudas habían retornado para asegurarse de que estaba muerto; o quizás su atención había sido atraída por la apariencia de la esfera del tiempo.

  La nave alienígena ya estaba a la altura del follaje de las plantas gigantescas entre cuyos troncos la esfera había quedado atascada en su descenso. A través del plateado girar de sus alas y ruedas, percibí los rostros de varias entidades que guardaban una gran semejanza con  nuestro invitado, perteneciendo claramente al mismo tipo racial. Uno de estos seres portaba un instrumento de varios orificios muy parecido a un arma de fuego Gatling, y la apuntaba hacia la máquina del tiempo. Nuestro pasajero profirió un grito penetrante y se aferró a mi brazo con dos de sus manos mientras apuntaba hacia arriba con las otras. No necesitaba ni de intérprete ni de mayor razonamiento, para comprender que estábamos en gran peligro debido a la nave intrusa y sus ocupantes. Inmediatamente tomé control del panel de instrumentos y manipulé la palanca que nos enviaría más adelante en el tiempo a la mayor velocidad de que la máquina era capaz.

El Vuelo a Través del Tiempo

 

En el mismo instante en que halé la palanca, surgió de la nave un destello de luz fría y violeta que envolvió la esfera del tiempo. Entonces, todas las cosas en el mundo exterior giraron en un revoltoso vuelo de imágenes informes y evanescente, y todo alrededor de nosotros una vez más, luego de un breve intervalo, era la pura oscuridad del espacio interestelar. Nuevamente la nave fue llenada con momentáneos fantasmas repetitivos, a los cuales se agregaron los de nuestro curioso invitado. Una vez más, los marcadores, las palancas y las dínamos se multiplicaron en una penumbrosa y fosforescente luminosidad. Luego me enteré que nuestro vuelo hacia eones más adelantados nos había salvado de una total aniquilación sólo por la fracción de un segundo. La fuerza emitida por el arma de muchos orificios de la nave aérea, habría convertido la esfera en un vapor evanescente si lo hubiésemos soportado por más tiempo. De alguna manera me las arreglé para aferrarme al asiento una vez más, y ver la delirante multiplicación de manecillas y números que registraban nuestro progreso en el universo del tiempo. Cincuenta mil años, cien mil, un millón, y aún flotábamos solitarios en el abismo de la eterna noche cósmica. Si algún sol o planeta se aproximó en el ínterin, entonces lo hicieron a una distancia imposible de ser avistados.

  Li Wong y el nuevo pasajero se habían aferrado a las manivelas de los compartimentos que guardaban nuestras provisiones para evitar ir a la deriva de un lado a otro a mitad del aire. Escuché los balbuceos de sus voces, en la que cada tono y sílaba eran divididas en un millón de ecos. Experimenté un desvanecimiento peculiar; una sensación soñolienta de lo irreal e irracional se adhirió a todas mis impresiones e ideas. Parecía que había ido más allá de todo lo que era concebible o comprensible, de haber rebasado las mismas fronteras de la creación. El negro caos en el que vagaba estaba infinitamente perdido de toda dirección u orientación; estaba más allá de la vida misma, o del recuerdo de la vida; y mi consciencia parecía encenderse y apagarse y hundirse en la oscura multitud de un abismo ilimitado.

  Y aún continuábamos avanzando a lo largo de las edades. De la lejana tierra en retroceso, así como también de otros planetas cuyas civilizaciones habían evolucionado, caducado y caído en el olvido; muchas épocas históricas y eras geológicas habían pasado. Lunas, mundos e incluso grandes soles habían sido destruidos. Girando alrededor de su eterna órbita, todas las constelaciones habían cambiado su posición en el infinito. Estos eran pensamientos inconcebibles, y mi cerebro se sentía abrumado por en simple esfuerzo de tratar de comprender su asombroso significado. Más extraño que todos los demás era el pensamiento de que el mundo que había conocido estaba perdido no sólo en la inmensidad sideral, sino en la oscura noche de una remota antigüedad.

  Con mucho del anhelo de un marinero abandonado, derivando en mares desconocidos, desee sentir bajo mis pies una vez más el suelo estable de la tierra firme; sin importar dónde o cómo. Ya habíamos aterrizado en el vertiginoso laberinto del tiempo y el espacio; y en algún lugar, de alguna manera, entre los eones que estábamos atravesando, otro cuerpo cósmico podría ofrecerse, interceptando con su posición espacial la nuestra en el tiempo abstracto. Nuevamente, como en nuestro aterrizaje inicial, reduje nuestra velocidad a un nivel que nos permitiera inspeccionar cualquier sol o mundo al que nos pudiéramos aproximar. Hubo un largo e inquietante intervalo de espera,  durante el cual pareció que todo el universo, con todos sus sistemas y galaxias, debieron habernos rebasado, abandonándonos solitarios en el vacío que yace más allá de la materia organizada. Entonces percibí la presencia de una luz; y, reduciendo la velocidad de la máquina del tiempo aún más, vi que un planeta se acercaba a nosotros. Y más allá del planeta se veían dos enormes cuerpos ardientes que tomé por un sistema binario.

  Ahora era nuestra oportunidad, y estaba decidido a aprovecharla. El nuevo planeta giraba debajo de nosotros, rodó nuevamente sobre nosotros, como si aún nos moviéramos en el tiempo a una velocidad en la cual los días eran reducidos a minutos. Un momento más, y se alzó desde el golfo como una gigantesca burbuja hinchándose, rodeándonos con un laberinto de imágenes media conocidas. Sobrevolamos las cimas de montañas ciclópeas, y océanos y desiertos nivelados en medio de fragmentados bancos de nubes. Por un instante pasamos a través de edificaciones, o lo que asumí eran tales; entonces, fuimos lanzados hacia delante a un ancho espacio abierto. Percibí un confuso palpitar de muchas luces y de formas no identificables y aglomeradas, en el momento en que detuve la esfera repentinamente. Como ya dije antes, era un acto peligroso detener de esa manera el tiempo acelerado sobre un planeta en movimiento. Podría haber una colisión que destruyera la máquina; o bien hubiésemos podido encontrarnos sepultados debajo de enormes cantidades de tierra y piedras. En verdad,  había un gran número de posibilidades indeseadas; y la verdadera maravilla fue que salimos ilesos.

  Nos detuvimos a mitad del aire, a unos quince o veinte pies sobre el suelo. Por supuesto, fuimos alados inmediatamente por la fuerza gravitacional del nuevo planeta. Mientras mis impresiones se aclaraban por el cese del viaje en el tiempo, caímos con un terrible y ensordecedor impacto y la esfera rebotó y rodó, moviéndose de costado de manera incontrolable. Fui disparado de mi asiento por el impacto, y Li Wong y el pasajero fueron lanzados hacia el piso junto a mí. El extraño, y yo también, si bien magullados y zarandeados, nos mantuvimos consciente; pero Li Wong perdió las consciencia con la caída. Aturdido, con miembros ondeantes y sentidos confundidos, traté de pararme y de alguna manera tuve éxito. Mi primer pensamiento fue para Li Wong, quien yacía inerte sobre las dínamos volteadas. Un examen rápido me mostró que no estaba herido. Mi segundo pensamiento fue para la máquina, cuyo duro metal no mostró daño alguno. Entonces, de manera inevitable, el mundo al que habíamos llegado reclamó mi atención. Habíamos caído en el mismo centro de lo que parecía ser un campo de batalla. A todo nuestro alrededor había un formidable despliegue de vehículos parecidos a carrozas, con ruedas y estructuras altas, tirados por extraños monstruos que me recordaron los dragones de las heráldicas, y conducidos por seres que eran pocos más que pigmeos.

  Había también muchos soldados de a pie, y todos portaban armas de una clase como nunca se ha usado en la historia humana. Había lanzas que finalizaban en curvadas navajas dentadas; y espadas cuya empuñadura estaba en el centro; y bolas punteadas al final de largas ondas de piel. Que eran lanzadas hacia el enemigo y traídas de regreso por sus propietarios. También, cada una de las carrozas estaba equipada con una catapulta desde las cuales bolas similares eran lanzadas. Los combatientes pausaron a mitad de lo que sin dudas era una feroz batalla, sólo para contemplar la máquina del tiempo. Algunos se habían quedado aplastados debajo de la pesada esfera, cuando esta descendió sobre ellos. Otros retrocedieron y nos miraban dudosamente. Al tiempo que observaba esa bizarra escena con un asombro que no permitía más que una parcial comprensión de sus impactantes detalles, el interrumpido combate inició de nuevo. Los monstruos que tiraban de las carrozas marchaban atrás y adelante, y el aire estaba inundado de misiles voladores, alguno de los cuales se estrellaron en contra de la esfera. Parecía, quizás, que nuestra presencia tuvo un efecto en la moral de estos fantásticos guerreros. Muchos de lo que estaban cerca de la esfera comenzaron a retirarse, mientras otros avanzaban; al mismo tiempo, fui capaz de distinguir por primera vez los miembros de la facciones, los cuales obviamente pertenecían a razas diferentes.

  Los de un lado, quienes eran los soldados de a pie armados con lanzas y espadas, pertenecían a un tipo racial rudo y bárbaro. Ellos sobrepasaban en número a los otros enormemente. Sus espantosos y feos rostros eran la máscara de la furia y la malignidad; y peleaban con una desesperación salvaje. Sus oponentes, constituidos por los conductores de las carrozas así como de un pequeño cuerpo de soldados de a pie, eran más delicados y civilizados en apariencia, con anatomías y miembros más ligeros.  Hacían un habilidoso uso de sus catapultas; y la marea de la batalla parecía estar tornándose a su favor. Cuando me di cuenta que esos que habían sido aplastados por la máquina del tiempo pertenecía al tipo más primitivo, deduje que nuestra aparición había sido tanto benéfica para un bando como lo fue perjudicial para el otro. Los controladores de las catapultas recobraron su coraje; y los portadores de lanzas y espadas se estaban desmoralizando.

  El combate se convirtió en una creciente fuga. Los cuerpos de las carrozas se apelotonaron alrededor de la esfera del tiempo e hicieron retroceder rápidamente al enemigo, mientras que en el calor del conflicto una muralla de armas singulares continuó asaltando nuestras paredes transparentes. A pesar de su apariencia feroz, los dragones no tomaban ninguna parte en la batalla, siendo evidentemente meras bestias para tirar y cargar. Aún así, la matanza era terrible; y los cuerpos aplastados y pisoteados estaban tirados por todos lados. El papel de deus ex machina que al parecer yo estaba interpretando en esta batalla no era uno que hubiese elegido por propia voluntad; por lo que pronto decidí de que sería mejor avanzar aún más lejos en el universo del tiempo. Halé la palanca de inicio; pero para mi confusión y consternación, no hubo resultado. De alguna manera el mecanismo había sido dañado o desconectado por la violencia de nuestra caída, si bien en el momento no podía identificar con precisión el defecto. Luego supe que la conexión entre los instrumentos del panel y las dínamos había sido rota, dejando inoperante la fuerza.

  Para entonces Li Wong había recuperado el conocimiento. Masajeándose su cabeza se sentó y parecía estar reflexionando acerca de nuestra asombrosa situación con la gravedad de un filósofo de oriente. Nuestro pasajero estaba mirando hacia afuera con su brillantes ojos de zafiro, hacia ese mundo en el cual él no era menos alienígena que Li Wong y yo. Parecía estar observando los extraños guerreros y su equipo de dragones con un frío interés científico. El bando más civilizado ya estaba expulsando al enemigo desde el campo de batalla con una creciente carnicería. Nuestras paredes a prueba de sonido evitaban que escucháramos el choque y el estruendo de las ruedas de las carrozas, el repique de las armas al golpearse, y los gritos que sin dudas estaban siendo proferidos por los guerreros. Como nada se podía hacer por el momento para reparar la maquinaria, me resigné no sin cierta incomodidad, a una estadía indefinida en el mundo donde habíamos caído por casualidad.

  Aproximadamente en unos diez minutos el fragor de la batalla había terminado, los remanentes vivos de los salvajes estaban en plena huida, y los conquistadores, los cuales se había desbordado a nuestro alrededor con un torrente irresistible, estaban retornando y reuniéndose alrededor de la esfera a cierta distancia. Algunos, que me parecieron oficiales al mando, descendieron de sus carros y se acercaron a nosotros. Se postraron ante la máquina en la postura universal de reverencia. Por primera vez fui capaz de formarme una idea clara de la apariencia de esos seres. El más alto de ellos era apenas cuatro pies y sus miembros, los cuales eran de un número normal de acuerdo al estándar humano, eran delgados como los de los elfos o duendes. Sus movimientos eran muy ligeros y elegantes, auxiliados por un par de pequeñas alas y membranas direccionales adheridas a sus hombros inclinados. Sus rostros estaban marcados por el desarrollo más elaborado de narices y ojos; y las orejas y la boca no eran por contraste otra cosa que simples vestigios. El órgano nasal era retorcido como el de algunos murciélagos, con orificios móviles ordenados en rosetones, y un apéndice inferior que recordaba a los pétalos de una orquídea mariposa. Los ojos eran desproporcionadamente grandes y ubicados oblicuamente. Poseían párpados verticales y una capacidad de rotación semicircular, así como de un movimiento de avance y retroceso en sus profundas órbitas. Esta capacidad, me enteré más adelante, les servía para magnificar y reducir cualquier imagen a voluntad, así como para alterar e invertir la perspectiva en la cual se encontraba. Esos peculiares seres estaban equipados con armaduras de metal rojo, adornadas con escamas ovoides. Sus brazos y piernas de un marrón claro estaban desnudos. Su aspecto en general era muy gentil y pacífico. Me maravillé por la eficiencia y bravura que mostraron en la última parte de la batalla.

  Ellos continuaron sus reverencias ante la máquina del tiempo, alzándose y postrándose una y otra vez, con la alternación de un ritual establecido que incluía gestos y genuflexiones de una significación hierática. Me pareció que ellos consideraban la máquina como una especie de ser consciente, inteligente y quizás sobrenatural; y nosotros los ocupantes, si éramos percibido en absoluto, como partes internas e integrales del mecanismo. Li Wong y yo comenzamos a discutir la posibilidad de abrir las puertas y presentarnos a estos fantásticos devotos. Desafortunadamente, cometí el error de no dotar la esfera con algún dispositivo que pudiera determinar la composición química de las atmósferas de otros mundos; y no estaba seguro de que el aire exterior probaría ser conveniente para la respiración del ser humano. Fue esa consideración, y no cualquier tipo de temor de los delicados y extraños guerreros, lo que me hizo vacilar.

  Decidí posponer nuestra epifanía; ya estaba a punto de reasumir el examen de los daños de la máquina, cuando noté una ebullición en las filas amontonadas de soldados que se encontraban a nuestro alrededor a cierta distancia. Las filas se separaron con un movimiento rápido y fluido, abriendo un gran espacio a través del cual un sorprendente vehículo avanzó. Era una especie de plataforma abierta montado sobre ruedas bajas y achaparradas, y tirado por una docena de las criaturas dragones, ordenados en grupos de cuatro. La plataforma era rectangular y las pequeñas ruedas como castores servían para elevarla poco más de un pie sobre el suelo. No pude determinar su material que tenía un color parecido al cobre, y sugería una pesada piedra metálica más que un metal puro y fundido. No estaba equipada con ningún tipo de superestructura, aparte de un parapeto bajo en el frente, tras el cual estaban parados tres conductores, cada uno sosteniendo la rienda separada de un grupo de monstruos.  En la parte posterior, se elevaba muy alto en el aire el extraño brazo curvado de una grúa, de un material negro y lustroso, que terminaba en un grueso disco.  Una de las criaturas élficas se paraba al lado de la grúa.

  Con una habilidad exquisita y admirable, los conductores dirigieron su aparatoso transporte hacia adelante formando un arco a lo largo del espacio vacío entre la máquina del tiempo y el numeroso ejército. Los adoradores de la esfera, quienes debían ser oficiales de alto rango, se hicieron a un lado; y el vehículo tirado por monstruos, pasando cerca de nosotros fue manipulado diestramente y llevado hasta que se detuvo con su parte trasera opuesta a la esfera y la grúa negra inclinándose sobre nuestras mismas cabezas con su pesado disco horizontal. La criatura parada al lado de la grúa comenzó a manipular una palanca de control extrañamente diseñada ubicada sobre su oscura superficie. Observándolo con curiosidad, fui consciente de un repentino y creciente destello de luz sobre nosotros; al mirar hacia arriba, vi que una cubierta a manera de párpado se estaba abriendo en el disco al final de la grúa, revelando una sustancia, brillante como el fuego, que enceguecía los ojos.

  Casi al instante sentí una sensación de liviandad corporal, de una creciente falta de peso. Me tambalee del vértigo y busqué alcanzar la pared en un esfuerzo de sostenerme; me elevé flotando y me deslicé a mitad del aire. Noté que Li Wong y el extraño iban dando espeluznantes tropezones de un lado a otro de la máquina. Asombrado como estaba por este fenómeno de anulación de la gravedad no me di cuenta al principio que la esfera misma estaba flotando. Entonces, mientras me volví en mi tambaleo aéreo vi que la esfera se había separado del suelo y estaba al mismo nivel del extraño vehículo. Comprendí que una desconocida fuerza magnética se estaba proyectando sobre nosotros desde el disco encima de nuestras cabezas. No bien había concebido esta idea cuando la curvada grúa exterior comenzó a rotar, meciéndose hacia atrás sobre el vehículo del que formaba parte; y la máquina del tiempo, como si estuviera suspendida por invisibles cadenas, se meció con ella, manteniendo una posición vertical debajo del disco en movimiento. En cuestión de segundos fue depositada sobre la plataforma. Entonces, como si se hubiese apagado una luz, el disco brillante fue cubierto una vez más por su oscuro párpado, al tiempo que las propiedades del peso normal retornaron a mis compañeros y a mí.

La Gran Batalla

  Todo el proceso de cargar la esfera sobre la plataforma había sido completado con asombrosa celeridad y eficiencia. Tan pronto estuvo hecho, los tres conductores, en perfecta sincronía, arrearon los animales hasta que formaron un largo semicírculo; y se encaminaron por el mismo camino que habían llegado. Marchando a una velocidad considerable, rodamos fácilmente a lo largo del ancho trecho que fue abierto a través de la extraña armada. Las carrozas y soldados de a pie cerraron filas tras de nosotros; y al mirar atrás, los vi girar y reformarse con las carrozas en la vanguardia. Rebasando las filas de avanzada tomamos la delantera, y todo el ejército nos siguió en orden marcial a lo largo de la planicie. Estaba anonadado por la aparente discrepancia entre el control sobre humano de la gravitación que poseía este curioso pueblo y sus formas primitivas de hacer la guerra y transportarse. Juzgándolo, como lo hice, con los estándares terrestres, no podía reconciliar esas cosas; y la verdadera explicación era demasiado bizarra y asombrosa como para que yo la pudiera imaginar de antemano.

  Continuamos hacia nuestro desconocido destino con los dragones trotando a paso lento que no obstante cubría más distancia de la que  uno podría esperar. Comencé a observar el paisaje de alrededor y a notar muchas cosas que se me habían escapado. La llanura, me di cuenta, carecía de árboles, con bajas protuberancias e intervalos de altas colinas, cubierta en su totalidad por una vegetación de líquenes cortos que formaban una especie de césped amarillo-verdoso. Uno de los dos soles estaba en el meridiano; y el otro estaba levantándose o poniéndose, pues colgaba sobre un lejano horizonte de colinas de un pálido verde amarillento. El cielo estaba teñido de un verde profundo y deduje que era debido a la combinación de la luz de los dos soles, uno de los cuales era azul celeste y el otro tirando al ámbar.

  Luego de haber recorrido varias millas y haber pasado muchas protuberancias, vi una extraña ciudad en la distancia, con domos en forma de hongos y peristilos de gruesos pilares que brillaban como mármol rosado en el atardecer entre terrenos de vegetación anaranjada, índigo y violeta. Esta ciudad resultó ser nuestro objetivo. Estaba atiborrada de personas entre las cuales pasamos sobre la plataforma tirada por dragones, que nos mostraba como trofeos de guerra. Los edificios poseían amplias habitaciones, caracterizados por profundos pórticos y anchas y bulbosas columnas. Más tarde supimos que el material usado para su construcción era una especie de madera petrificada, que pertenecía a un tipo de árboles prehistóricos gigantes que habían sido cortados en bloques enormes. Luego de atravesar muchas calles nos acercamos a lo que parecía ser el centro de la ciudad: un enorme edificio circular. Consistía en un solo domo sostenido sobre colosales filas de pilares abiertos, con una entrada lo suficientemente ancha y alta para permitir el acceso del vehículo en el cual era transportada la máquina del tiempo. Avanzamos ligeramente a través del portal y sobre el nivelado pavimento debajo del vasto domo. El lugar estaba iluminado por los rayos horizontales del amarillento sol poniente, que caían sobre el piso rojizo en anchas estrías a través de los anchos pilares. Recibí la impresión de un inmenso espacio vacío y de un aire y luz de un dorado rosáceo. Entonces, en el centro, a medida que avanzábamos, se presentó una especie de estrado sobre el cual yacía una extraordinaria máquina o artefacto de varios metales coloreados, alzándose solitaria como el ídolo de algún templo pagano.

  El estrado, al igual que los edificios, era circular, elevándose cuatro o cinco pies sobre el pavimento principal. Tenía quizás uno sesenta pies de diámetro con varios escalones que permitían el acceso a la medida del tamaño de los pigmeos. Alrededor de la plataforma, ordenadas en semicírculo en el pavimento, había muchas mesas separadas por amplios espacios, soportadas sobre cubos tallados y bancos a su alrededor, todos del mismo material del edificio. Sobre las mesas había colocadas numerosas macetas negras, profundas, llanas y multiformes, dentro de las cuales crecían flores de un naranja opulento, junto a otras de un blanco delicado o un rosado frágil y verde grisáceo.  Percibí estos detalles rápida y confusamente mientras nuestro vehículo se movía  hacia la plataforma central sin tocar ninguna de las mesas. Una muchedumbre de personas que daban la impresión de ser servidores, se apresuraban alrededor del lugar, trayendo nuevas macetas de flores o reordenando algunas que ya habían sido dispuestas. Muchos de los guerreros élficos se desmontaron de sus carruajes y nos siguieron a través de los anchos portales.

  El vehículo se acercó finalmente al estrado. La grúa negra fue manipulada y la esfera fue depositada sobre él no muy lejos del alto artefacto de metales multicolores. Luego, dándole la vuelta al estrado el vehículo se retiró con su equipo de dragones y desapareció a través de la entrada abierta. Ya sea que el lugar era un templo o algún salón público no lo podía decir. Era como la fantasmagoría de algún sueño anormal, y el misterio de todo eso no fue resuelto cuando vi que cientos de las criaturas élficas se estaban sentando en las mesas e inclinándose hacia las flores con una contracción regular de sus anchas narices, como si estuviesen inhalando deliciosos perfumes. Para complicar mi confusión aún más, no podía distinguir nada sobre las mesas que se asemejara a comida, alimento o incluso bebida, como la que estos heroicos guerreros se esperaría que necesiten luego de una ardua batalla.

  Dejando a un lado por el momento el desafiante enigma, volví mi atención al peculiar mecanismo que ocupaba el estrado junto a la esfera del tiempo. Allí también me encontré perdido, pues no podía ni siquiera suponer su naturaleza o propósito. No había visto nunca nada parecido entre las más perniciosas, ingeniosas y grotescas invenciones de la mecánica terrestre. La cosa era gigantesca, con una serie de espantosas, pulidas, erizadas y apiñadas palancas y pistones. Tenía largas bandas en espiral y abruptos rebordes angulares detrás de los cuales atisbé los contornos medios escondidos de un cuerpo cilíndrico achatado, montado sobre no menos de siete u ochos piernas poderosas que terminaban en enormes almohadillas como los pies de un hipopótamo. Por encima de la complicada masa se elevaba una especie de cabeza triple, o súper estructura de tres globos, uno encima del otro a lo largo de un estirado cuello de metal. Las cabezas estaban equipadas con líneas de ojos angulares, fríos y brillantes como diamantes, y poseían numerosas antenas y extraños y numerosos apéndices, algunos muy grandes. El aparato en su conjunto tenía el aspecto de alguna entidad viviente: una súper máquina dotada de conciencia e intelecto; y las tres cabezas en fila, con sus escalofriantes ojos parecían vigilarnos malignamente, inescrutables cual si de un Argos metálico se tratara. La cosa era un milagro de ingeniería, y destellaba matices de oro y acero, cobre y malaquita, plateados, azules y cinabrios. Cada vez más estaba impresionado por su aura de malignidad intencionada, siniestra y adversa. La monstruosidad era estática pero inteligente. Entonces, mientras continuaba con mi inspección, percibí un movimiento en las piernas delanteras, y me di cuanta que la máquina estaba avanzando rígidamente sobre sus masivas patas hacia la nave del tiempo.

  Se detuvo a una distancia de cinco o seis pies, y proyectó hacia afuera desde la masa de apéndices que adornaba su cabeza superior, un largo tentáculo delgado, flexible y de muchas articulaciones. Con este tentáculo, cual si fuera un látigo, golpeó varias veces las curvadas paredes de la esfera. No podía menos que sentirme de alguna manera alarmado y confundido; ya que la acción era evidentemente hostil. Los golpes del tentáculo eran una especie de desafío; el equivalente, por así decirlo, de una bofetada en el rostro. Y el movimiento cauteloso con el que la máquina retrocedió y nos encaró, luego del ataque, era curiosamente como el movimiento de un luchador cuadrándose para el combate. La cosa parecía casi inclinarse sobre sus patas elefantinas y sus almohadillas; y había un aire de amenaza en acecho en cada uno de sus series de mortíferas partes y apéndices.

  En ese momento ocurrió una singular interrupción con toda la apariencia de ser un aplazamiento de nuestra muerte y la destrucción de la esfera del tiempo. Un grupo de cuatro de las criaturas élficas, ascendieron las escaleras del estrado y se acercaron a nosotros, portando con ellos una gran vasija, como una especie de urna abierta y llana o pozuelo hondo, llena hasta los bordes con un líquido incoloro y espeso, que al instante sugería alguna clase de aceite mineral. Detrás de este grupo venía otro portando otra vasija llena del mismo fluido aceitoso. Las dos delegaciones, avanzando en perfecta sincronía, depositaron su carga al mismo instante y con las mismas genuflexiones extrañas, colocando una de las vasijas delante de la esfera del tiempo, y la otra al pie de la beligerante maquinaria alienígena. Luego de eso se retiraron tan discretos como habían venido. Todo el acto tuvo la apariencia de un ritual religioso: una ofrenda de sacrificio con el propósito de aplacar dudosas deidades furiosas.

  Divertido, me pregunté qué uso se suponía que la esfera del tiempo haría del líquido aceitoso. Parecía que a la máquina y a nosotros nos consideraban un solo mecanismo, activo e inteligente, y quizás similar al curioso robot que encontramos sobre el estrado. Sin embargo, esta última estaba bastante familiarizada con la ofrenda; pues, sin reconocimiento ni ceremonias, procedió a inclinarse y sumergir algunos de las probóscides metálicas en el aceite. Noté que estos miembros eran huecos en las puntas, como las trompas de los elefantes; también noté que el líquido de la vasija estaba disminuyendo rápidamente como si estuviera siendo chupado. Cuando la vasija estaba por la mitad, la máquina retiró sus probóscides; entonces, con el uso simultáneo de estos miembros, volviéndose y retorciéndose con gran ligereza en diferentes direcciones, comenzó a aceitarse las innumerables articulaciones y flancos de su complicada maquinaria. Varias veces suspendió este asombroso proceso, observando la esfera del tiempo con animadversión, como en espera de algún movimiento hostil. Toda la escena era inconcebiblemente grotesca, ridícula y siniestra.

  El principal piso del enorme salón de columnas estaba repleto con los guerreros pigmeos, quienes estaban sentados en las mesas adornadas de flores. Todos ellos parecían estar inhalando el aroma de estas flores, de una forma que se parecía mucho a la verdadera degustación; se me ocurrió la idea de que ellos estaban regalándose con un banquete de perfumes suficiente para su nutrición. Desviando mi mirada de este extraño espectáculo, al cual sólo le había dado un vistazo furtivo, me di cuenta de que el monstruo de metal había concluido de engrasar su compleja maquinaria y nuevamente estaba adoptando una pose de batalla. Se escuchó un sonido metálico de ruedas dentadas medias ocultas, de un amortiguado murmullo de pistones bien engrasados, cuando el mecanismo se giró hacia nosotros; algunos de sus tentáculos estaban posicionados como armas apuntando.

  No estoy del todo seguro de lo que habría sucedido a continuación, en el curso normal de los eventos; pero las posibilidades eran que nos hubieran borrado de la existencia muy rápida, eficiente y sumariamente. Nuevamente, gracias a una singular intervención, la máquina del tiempo fue salvada de la rabia de su extraño antagonista. Sin ninguna advertencia, destelló una llama brillante y enceguecedora, como si un relámpago hubiese surgido a mitad del aire entre la plataforma y el domo. Se escuchó un sonido chocante y vibrante, que penetró y estremeció nuestras paredes virtualmente a prueba de sonidos; y todo a nuestro alrededor parecía mecerse con las convulsiones de un terremoto. El impacto nos lanzó hacia atrás sobre las dínamos; y pensé por un momento que la esfera sería arrojada fuera del estrado. Recobrándome, vi que una tercera máquina se había materializado sobre éste, opuesta a la esfera del tiempo y su oponente.

  Esta máquina difería tanto del robot hostil como éste a su vez lo hacia de la esfera. Era una especie de inmenso poliedro, con una innumerable distribución de paneles alternativamente opacos y transparentes. A través de esos paneles, más claros que el cristal, vi con horror y asombro una muchedumbre de rostros de entidades similares, o quizás idénticas, a los seres que nos amenazaron desde la nave aérea en ese lejano mundo donde habíamos recogido nuestro inusual pasajero. Sólo podía haber una explicación: habíamos sido perseguidos a través del continuum cósmico por estas vengativas y perniciosas criaturas, quienes evidentemente habían empleado una máquina del tiempo propia. Debían de poseer instrumentos especiales de increíble alcance y delicadeza con los cuales detectar y seguir nuestra ruta en el laberinto de abismos y edades estelares. Volviéndome hacia mi pasajero me di cuenta por sus frenéticos gestos y aire de preocupación, que él también había reconocido a los perseguidores. Como no había sido capaz de reparar la máquina, nuestra situación era un serio dilema. No teníamos armas de ninguna clase,  ya que no se me había ocurrido traer un revolver. Había comenzado a desear que hubiese equipado la máquina del tiempo con un arsenal de cohetes americanos.

  No obstante, había poco tiempo para lamentarse o preocuparse. El curso de los eventos estaba ahora tomando un giro imprevisto e incalculable. El formidable robot, interrumpido por los recién llegados en el momento de aplicar todo su potencial guerrero sobre nosotros, se volvió inmediatamente para enfrentar al poliedro con sus miembros metálicos sacudiéndose en un una evidente gesto de amenaza. En cambio los ocupantes del poliedro parecían obviar al robot. Algunos de los paneles opacos comenzaron a retroceder a manera de compuertas, rebelando las bostezantes bocas de armas tubulares, todas apuntando hacia la máquina del tiempo. Al parecer el único interés de estos seres era destruirnos después de habernos seguido con una fantástica precisión a través de los eones. El robot por lo visto interpretó las aperturas de las compuertas como un acto de amenaza para él mismo.  O quizás no estaba en el ánimo de ceder su presa, la esfera del tiempo, a un mecanismo forastero. En cualquier caso, se lanzó hacia delante, con sus tentáculos y probóscide ondeando en el aire, pisando pesadamente sobre la plataforma con sus miríadas de almohadillas, hasta que estuvo dentro de una distancia de ataque del poliedro.

  Volutas de vapor gris comenzaron a surgir desde las válvulas de su cuerpo cilíndrico y cuello en forma de tubo; y alzando uno de sus probóscides huecas, escupió una repentina llamarada rojiza; una breve lengua flamígera que golpeó el panel superior del poliedro, provocando que se derritiera y colapsara hacia dentro. Los ocupantes de la máquina del tiempo intrusa giraron sus armas tubulares y apuntaron al robot. Un violento fuego se disparó de uno de ellos, se expandió como un abanico y cortó limpiamente uno de los tentáculos alzados del monstruo. Ante esto, el furioso mecanismo pareció enloquecer, y saltó sobre el poliedro como un enorme pulpo de metal. Llamaradas de un fuego escarlata se disparaban desde varios de sus órganos en forma de trompa, abriendo grandes grietas en los paneles del poliedro debido a su incesante ataque. Sin que esto los desanimara, los controladores de las armas tubulares concentraron sus violentos rayos sobre el robot, infringiéndole un gran daño. El tope de la más alta de las tres cabezas globulares fue desprendido, de cuyo interior de proyectaron filamentos de metal como los de un cerebro hecho trizas. El apiñado conjunto de miembros en movimiento fue impactado, y se desprendieron como las ramas de un bosque asolado por las llamas. Alambres, pistones, ruedas dentadas y otras partes cayeron sobre el piso de la plataforma como en una lluvia de metal fundido. Dos de las piernas delanteras colapsaron en una ruina informe. Pero aún el monstruo combatió, y el poliedro devino en una ruina retorcida ante el asedio del fuego rojizo.

  Muy pronto varios de los rayos violetas se extinguieron, y sus controladores se disolvieron en vapor y cenizas. Pero otros aún se mantenían en acción; uno de ellos golpeó el centro del cilindro del robot, luego de demoler la maquinaria externa, y penetró en su interior insistentemente como una antorcha de acetileno. El rayo debió penetrar partes vitales, pues de repente, ardió una tremenda llamarada expansiva que culminó en una estruendosa explosión. El inmenso domo pareció mecerse sobre sus temblorosos pilares, y el estrado se sacudió como un océano bajo una tormenta. Luego se desprendieron desde una oscura nube de vapor, una lluvia de fragmentos metálicos que rodaron sobre nuestros cristalinos costados y se esparcieron sobre el estrado y el piso principal a una gran distancia. La explosión del monstruo envolvió la máquina del tiempo intrusa, la cual estaba totalmente hecha pedazos; por lo que nada quedó de nuestros perseguidores excepto unas cuantas brazas ennegrecidas.

  Aparte de esa altamente providencial destrucción mutua de los belicosos mecanismos, ningún daño serio se había hecho; ya que el salón principal, una vez lo pude observar, estaba desierto; los pigmeos abandonaron su banquete de aromas y se habían retirado discretamente, quizás en el inicio mismo de la batalla. La esfera del tiempo, como no tomó parte en el combate, quedó por una fortuita ironía, en la absoluta posesión del campo. Me convencí de que la fortuna, habiendo sido tan favorable a nosotros, podría ser tentada aún más sin impunidad. Así que abrí la puerta de la nave y descubrí que la atmósfera del mundo exterior era completamente respirable, si bien cargada con una extraña mezcla de vapores metálicos productos de la explosión y las exuberantes fragancias frutales emanadas de las macetas de flores.

El Mundo de Mohaun Los

  Li Wong y el pasajero emergieron a la plataforma. El sol amarillo se había puesto y el lugar estaba invadido por la religiosa luz azul de su ascendente binaria. Estábamos examinando las ruinas esparcidas de las extrañas máquinas cuando una gran delegación de los guerreros élficos se presentó y se aproximó a nosotros. No podíamos adivinar sus pensamientos y emociones; pero me pareció que sus genuflexiones expresaban una reverencia aún más profunda que la gratitud con la que la máquina del tiempo fue saludada luego de la derrota del ejército de bárbaros. Recibí casi una impresión telepática de que ellos nos estaban agradeciendo por un supuesto acto de liberación del cual nosotros habíamos sido simplemente observadores. A su debido tiempo, esta impresión se iba a confirmar. Al parecer el monstruo de metal originalmente había venido, como nosotros, del universo exterior y se estableció entre este pueblo de comedores de aromas. Ellos lo habían tratado con todo respeto, lo habían albergado en su salón para las asambleas públicas, y le suplieron liberalmente con un lubricante mineral que requería. Por su parte, la máquina decidió instruirlos con algunos secretos mecánicos y científicos concernientes al manejo de la fuerza de gravedad usando una fuerza magnética reversible; pero las criaturas, siendo de una naturaleza no inclinada a la invención o a la mecánica, habían hecho poco uso del conocimiento impartido por el robot.

  Con el tiempo el robot se volvió desagradablemente excitable y tiránico; y aún más, se había negado rotundamente ha ayudar a los pigmeos en su guerra en contra de otro pueblo cuando la necesidad se presentó. Por lo tanto estaban alegres de haberse librado de él. Ellos parecían dar por sentado que nosotros eliminamos tanto al monstruo como a la máquina del tiempo intrusa.  Hasta ahora, no he considerado apropiado sacarlos de su error. No menos de siete meses terrestre han pasado desde el aterrizaje de la esfera del tiempo. Mis compañeros y yo aún estamos viviendo entre este pueblo comedor de aromas; y no tenemos razón de quejarnos de nuestra situación, ni causa para añorar los mundos que hemos dejado tan atrás de nosotros en el espacio y el tiempo. Mientras tanto hemos aprendido muchas cosas, y ya somos capaces de sostener conversaciones con nuestros anfitriones, habiéndonos familiarizado poco a poco con la peculiar fonética de su idioma. El nombre del mundo, traducido de la mejor forma posible en el lenguaje humano, es Mohaun Los. Estando sometido al tirón gravitacional de dos soles, traza una órbita anual algo excéntrica y prolongada. Pese a ello, el clima es equilibrado y saludable; si bien marcado por un fenómeno meteórico de una clase extraterrestre.

  Las personas entre las cuales estamos viviendo se llaman los Psounas. Ellos son una raza fina y admirable si bien bizarra desde el punto de vista humano como cualquiera de las tribus míticas descritas por Herodoto. Ellos son la raza líder del planeta y son inconcebiblemente más avanzados en muchos aspectos de lo que sus rudos armamentos y métodos de guerra nos harían suponer. En especial la astronomía y las matemáticas han sido desarrolladas por ellos hasta un punto mucho más sofisticado que el alcanzado por los sabios terrestre. Su alimento consiste en nada más grosero que el perfume; y al principio no fue fácil convencerlos que nosotros necesitábamos un alimento más material. No obstante, una vez que comprendieron la idea nos proporcionaron en abundancia de las carnosas frutas que abundan en Mohaun Los; y no parecían estar escandalizados o impactados por nuestro voraz apetito; a pesar de que las frutas y otras materias no atomizadas es el alimento sólo de los animales y las razas más aborígenes del planeta. En verdad, los Psounas han mostrado hacia nosotros en todo momento un espíritu de urbanidad y liberalidad.

  Ellos son una raza pacífica, y durante toda su historia pasada no tuvieron ninguna necesidad de apelar a las artes bélicas. Pero el reciente desarrollo evolutivo de una tribu medio animalizada, los Gholpos, quienes ya han aprendido a organizarse y fabricar armas, y como consecuencia se han vuelto muy agresivos, han obligado a los Psounas a tomar las armas en defensa propia. El descenso de la máquina del tiempo sobre sus enemigos en la batalla crucial, fue un suceso de lo más afortunado; pues esos salvajes ignorantes, los Gholpos, la consideraron como una manifestación de un poder demoniaco o divino en asociación con los Psounas, y desde ese momento se acobardaron y desanimaron. Al parecer los Psounas fueron desde el principio más inclinados a una explicación más materialista en relación a la naturaleza y origen de la esfera del tiempo. Su larga familiaridad con el extraño robot ultra-estelar pudo haberlos ayudado a descartar cualquier noción sobrenatural en una simple máquina. No he tenido dificultad en explicarles el mecanismo de nuestra nave y el viaje que hemos hecho a través de los eones. Sin embargo, mis esfuerzos para explicarles algo de mi propio mundo, de sus pobladores y sus costumbres, se han topado hasta ahora con una cortes incredulidad o pura incomprensión. Dicen que nuca se ha escuchado de un mundo semejante; y si ellos no hubiesen sido tan diplomáticos, me hubiesen dicho que algo así no pudiera ser ni siquiera imaginado por seres racionales.

  Li Wong, lo Psounas y yo, hemos aprendido a comunicarnos con la singular entidad que rescaté de las diabólicas flores vivientes en un mundo a mitad de camino entre la tierra y Mohaun Los. Este ser se llama Tuoquan, y es un sabio de gran erudición. Sus ideas y descubrimientos, siendo de alguna manera diferentes de las nociones de las que han prevalecido en su propio mundo, le granjearon la sospecha y el odio de sus colegas; y hasta donde pude entender, fue abandonado por ellos después del debido proceso legal, a una suerte cruel en la jungla. La máquina del tiempo en la que ellos nos siguieron hasta Muhaun Los, era, según él lo creía, la única nave de esa clase que ha sido inventada hasta ahora por su pueblo.  Su celosa y fanática devoción a la legalidad y la aplicación de la ley, los hubiera obligado a perseguirnos más allá de las fronteras del continuum universal. Afortunadamente, existe poca probabilidad de que ellos hubiesen enviado otra máquina del tiempo a perseguirnos. Pues las rezagadas vibraciones etéreas que les permitieron seguirnos, como los perros siguen el olor de su presa, habrían desaparecido antes de que ellos pudiesen construir un duplicado del poliedro perdido.

  Con la ayuda de los Psounas, quienes me han suplido del necesario elemento metálico, he reparado la conexión rota de la esfera del tiempo. También he hecho un duplicado en miniatura de ella, dentro del cual tengo planeado depositar esta carta y enviarla de regreso en el tiempo, con la esperanza aparentemente fantástica y traída por los pelos de que de alguna manera llegue a la tierra y sea recibida por ti. Los astrónomos de los Psounas me han ayudado a hacer los cálculos necesarios y ajustes, los cuales, en honor a la verdad, estaban más allá de mis propias habilidades o el conocimiento matemático de cualquier ser humano. Gracias a la combinación de esos cálculos con los registros cronométricos de los marcadores de la esfera del tiempo y las efemérides de Mohaun Los en los últimos siete meses, y tomando en cuenta las pausas y cambios de velocidad que hicimos durante nuestro viaje, ha sido posible trazar el increíble y complicado curso que el mecanismo debió seguir en el tiempo y el espacio.

  Si los cálculos son correctos hasta el grado más infinitesimal, y el movimiento del mecanismo es perfectamente sincronizado, la cosa tendría que detenerse en el mismo instante y el mismo lugar desde los cuales abandonamos la tierra en nuestro tiempo retrogrado. Pero por supuesto, sería un milagro si alcanza la tierra en absoluto. Los Psounas me han mostrado una estrella de novena magnitud los cuales ellos creen que es el orbe solar del sistema en el cual nací. Si la carta alguna vez llega a tus manos, no tengo ningún motivo para pensar que creerás mi historia. A pesar de ello, te pediré que la publiques; aún si el mundo la considerase como la fantasía de un demente o una broma. Ella complace una oscura sensación de ironía en mi estado mental, saber que la verdad será escuchada entre aquellos entre los cuales pasará por una fantástica mentira. Pero quizás tal eventualidad, estará muy lejos de no tener precedente.

  Como he dicho antes, estoy muy contento con la vida en Muhaun Los. Incluso la muerte, se me ha dicho, es una experiencia placentera aquí en este mundo, pues cuando los Psounas envejecen y debilitan, ellos se marchan a un valle oculto en el cual son abrumados hasta la muerte por los letales y voluptuosos perfumes de las flores narcóticas. Sin embargo, es posible que la nostalgia de nuevas edades y nuevos planetas se apodere de mí nuevamente, y me vea impelido a continuar mi viaje entre los ciclos futuros. Li Wong, huelga decirlo, me acompañará en cualquiera de tales aventuras: si bien él se siente bastante feliz al momento presente traduciendo las Odas de Confucio y otros clásicos chinos para el beneficio del pueblo de Muhaun Los. Debo agregar que esta poesía ha tenido una mejor recepción que mis historias relacionadas con la civilización occidental.

  Touquan, quien está enseñando a los Psounas a fabricar las armas espantosamente destructivas de su propio mundo, tiene la libertad de ir con nosotros; pues él está lleno de curiosidad intelectual. Quizá debamos seguir el gran círculo del tiempo, hasta que los años y los eones sin nombre retornen sobre sí mismo una vez más, y el pasado se convierta en una secuela del futuro.

  Tuyo siempre:

  DOMITIAN MALGRAFF.

NOTA DEL EDITOR: Dando por sentado la veracidad de la narración de Domitian Malgraff, y admitiendo que su carta fue enviada desde un mundo en el tiempo futuro, aún existen algunos problemas que desafían la razón. Nadie sabe cuánto tiempo el mecanismo que contenía la carta había estado flotando en el Océano Banda antes de que fuera recogido: pero en orden de alcanzar la tierra en absoluto, en el inimaginable y complicado laberinto del movimiento del espacio-tiempo, debió haber caído en ella no mucho tiempo después de la partida de la máquina del tiempo desde el laboratorio de Malgraff. Pues como Malgraff mismo indicó, si el cálculo fue absolutamente perfecto, el mecanismo habría descendido en su laboratorio en el mismo momento en que él y Li Wong iniciaron su viaje.

Fin.

Traducido por Odilius Vlak

  • NOTA: La versión original de esta historia se publicó por primera vez en el número de agosto de 1932 de la revista Wonder Stories. También ha sido incluida en las siguientes antologías:
  1. 1.      Lost Worlds, Arkham House [1944].
  2. 2.     Lost Worlds, Neville Spearman [1971].
  3. 3.     Lost Worlds V1, Panther [1974].
  4. 4.     Lost Worlds V1, Panther [1975].
  5. 5.     La Gorgone, Néo [1986].
  6. 6.     Star Changes: The Dark Fiction of Clark Ashton Smith, Darkside Press [2005].
  7. 7.     Lost Worlds, University of Nebraska Press [2006].
  8. 8.    The Door to Saturn: The Collected Fantasies of Clark Ashton Smith V2, Night Shade Books [6 de junio del 2007].

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2 comentarios en “RUNES SANGUINIS / Vuelo Hacia el Súper Tiempo – Por Clark Ashton Smith

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