ESPECIAL HALLOWEEN 2013 / Occasus Sanguinis – Por Peter Domínguez

En la tierra de espadas y coronas, el alquimista es rey. Los decretos del monarca se pierden, consumidos con el más leve susurro del tiempo. Buenos conjuros destruyen reinos, y maleficios perduran hasta la extinción misma del ser humano. Un verdadero mago se inmortaliza con palabras que hacen estallar cordilleras. Esta noche, escucharán mi voz”.


Kaevan Yhorsgaal, el libro de Behnn H’rksal, tomo III, párrafo cuarenta y cinco.

   Con sus últimas fuerzas, la hechicera trazó la línea final de las runas. Cuando cayó, las abrazó en el suelo, escupiendo sangre dentro del círculo mágico. Mil años encerrada en el calabozo, las venas perforadas por los extractores que succionaban de ella la inmortalidad para potenciar los reactores que enviaron a la gran ciudad fuera del medievalismo.


Occasus Sanguinis —murmuraba en voz baja mientras aquellas runas absorbían la sangre con un destello rojizo que iluminó la cara torturada y vieja, los dientes de serpiente, y sus ojos… negros como la oscuridad maldita de cien sacerdotes al servicio del mismísimo Ghalak Mohkhjal. Su canto se repetía como rezo profano, sacudiendo las paredes del laboratorio con fuerza maligna; la sangre salpicaba el pavimento marcado mientras escupía su conjuro. Los dioses del abismo decidieron escucharle. Escurrían como sombras, filtrándose a través de los huecos entre cada ladrillo, derramándose al final en una sola esencia que cubrió toda la sala y transportando a la hechicera hacia la dimensión prohibida. Los ojos del silencio la observaban, penetrando con su mirada cada tejido de su ser, viajando por su mente como un vehículo recorre una autopista, libro abierto cuyas páginas el viento arrastra con fluidez. La vieja sintió una frigidez inexplicable; sus miembros ardían como si se incendiara por dentro, sin embargo temblaba de pies a cabeza. Los labios se movieron, pero las palabras no se formaron; pronto descubrió que le entendían a pesar de su afonía.


—Conocemos tu leal servicio. Los ojos ven sin límite; desnudan cada blindaje, navegan las corrientes del tiempo. Nos llamaste; desde el otro lado tus plegarias resonaron como el martillo que cae en la espada repetidas veces: el lamento del acero que clama por ser usado. Pero no estamos complacidos. ¿Qué puedes ofrecernos a cambio de cumplir tus deseos? Eres un acero viejo y oxidado. No tienes nada. Has perdido la llama infinita, y el señor de los ojos ya no está en deuda con tu sangre.


—Mi vida es suya —pensó la abatida hechicera—. Separen mis moléculas y hagan con ellas como les plazca: adornen con mi esencia las estrellas, o fabriquen lodo; pero concédanme venganza, por el honor de mi padre y nuestra buena servidumbre.


—Nos pagas con aquello que nos pertenece. Tu trabajo para con nosotros no fue sin su recompensa. Ofrece algo más, y Ghalak Mohkhjal escuchará.


—Mil millones de almas —pensó como respuesta, sonriendo internamente sin poder abrir sus labios.


—Es un buen tributo, no hemos de negarlo, pero en tu estado no podrás canalizar a los ojos. Tu magia es poderosa, hechicera, aunque no lo suficiente. Desgraciarías tu sangre, servirías para siempre en el abismo como una esclava, y perderías para siempre tu señorío. ¿Dices estar dispuesta a tal sacrificio?


—El señor de los ojos ha visto dentro de mí. Estoy Lista.

   Hace mucho tiempo, los humanos vivían en diferentes ciudades; luchaban espada contra espada, estudiaban las artes ocultas y hablaban diferentes lenguas. En un milenio desaparecieron las barreras. La ciudad del Ocaso, como la llamaban por los hermosos atardeceres que bañaban los edificios, había conquistado cada espacio del globo. La unificación fue absoluta. El acta de prohibición de la magia, y el control de las armas la habían convertido en una utopía de modernidad: descubrieron el uso de la electricidad, el teléfono, construyeron autos, rascacielos, computadoras, llegaron al espacio, y avanzaron la medicina a tal nivel que era posible erradicar cualquier enfermedad.

   Los magos y hechiceras que fueron capturados durante el inicio de la expansión, fueron sentenciados a muerte públicamente, en una falsa ejecución dramática para encubrir el verdadero propósito de su captura: el rey utilizó su poder extrayendo de ellos la energía necesaria para encantar espadas y armaduras; eventualmente se convirtieron en reactores que potenciaron la ciudad, baterías humanas; vivos artificialmente para extender su uso. El progreso experimentado en el presente por los habitantes del Ocaso se pagaba con el sufrimiento de los magicae natus.

     Ese día, el atardecer fue más rojo que nunca.

FIN.

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