INTROVISION/ Achernar: La Estrella Polar de Zothique

No era aconsejable arribar a las costas de cadavéricas arenas plateadas de Zothique. Pero algunos marinos intrépidos, cuyo vacío existencial de ser los únicos seres vivos en una tierra muerta era más poderoso que el terror intemporal que exudan las leyendas; miembros del último reducto de vida humana en el único planeta del Sistema Solar que aún orbitaba el lecho de muerte del sol, se atrevían a hacerlo; navegando desde las islas diseminadas a lo largo del mítico Mar Indaskiano. Islas afortunadas que no fueron en su mayoría golpeadas por la última expresión energética que avanzó llena de vida por los roídos desiertos de Zothique: La Muerte Plateada.

Desde Cyntrom, Sotar, Tosk, el archipiélago de Yumatot, e incluso desde la distante Ornava, que pendía sobre la cuerda floja del horizonte, peregrinaban cada solsticio de invierno hacia la costa sur del continente miles de fieles, sólo para tener el placer sagrado de caminar una vez más sobre la tierra de sus mayores. Sólo de Uccastrog, maldecida por la Muerte Plateada a manera de despedida, no desplegaban las velas de ningún barco. Marchaban guiados por la Estrella Polar del Hemisferio Austral de Zothique: Achernar. La misma que hacía eones había soplado ese aliento de muerte estelar sobre el Último Continente.

Eran impulsados por la embriaguez de una sensación mística necrológica; como si la pálida luminiscencia que derramaba sobre ellos Achernar —mientras los guiaba a través de una noche donde ella era el único astro encendido en un firmamento cuyas estrellas se habían alejado en pos de otras galaxias— fuera una especie de posesión demoniaca. A medida que sus naves cortaban la serenidad sepulcral del mar, los peregrinos liberaban su imaginación fuera del círculo mágico de su razón; dejando que sus sueños y meditaciones en estado de vigilia se fueran tras ella en un viaje hacia el pasado de su amado continente. Albergaban muchas clases de anhelos en su interior; anhelos que se intensificaban más a medida que el brillo plateado de las arenas de la costa se unía en una especie de oscura hierogamia con aquel que descendía desde Achernar. Se preguntaban si aún quedaban sobrevivientes en las tierras continentales. Sabían muy bien que no era así, que sólo Thasaidon y su corte de demonios habitaban en él, junto a los demás dioses del infernal panteón de sus antepasados. Pero experimentaban una especie de placer morboso en la especulación. También se preguntaban si de las islas del oeste: Naat e Iribos, así como de la antigua tierra de Yondo al noroeste, peregrinaban descendientes de sus célebres nigromantes y sacerdotes del culto de Ong.

Eran presas del fuerte deseo de internarse en lo profundo del reino de Yoros. Caminar por las ciudades costeras de Umbri y Psiom; marchar al norte, rumbo a Siloar y Silpon; y, por supuesto, a su capital Faraad, donde su fantasía los hacía creer que todavía se levantaba el palacio del último rey, Fulbra, hijo de Altath, y donde esperaban tropezarse, como lo testificaban las leyendas, con el cuerpo del viejo hechicero y astrólogo Vemdeez. Dichas leyendas registraron que después que la Muerte Plateada asoló a Zothique, los cuerpos de las víctimas no se pudrieron, sino que se han mantenido intactos, con sus carnes ataviadas de la misma palidez metálica con que la revistió el soplo mortal del espacio exterior. Y que allí estaban, cual joyas que brillaban con la misma eternidad de la muerte, adornando el momificado paisaje zothiqueano. Algunos incluso se habían planteado la posibilidad de peregrinar a la isla de los torturadores, Usccatrog, donde deliraban con encontrar el anillo mágico fabricado «del extraño metal rojo, más oscuro que el oro rojizo y el cobre, y engastado con una gema negra y oblonga, desconocida para los joyeros terrestres, y del cual emanaba eternamente un poderoso perfume aromático», que Vemdeez forjó para proteger a Fulbra de la Muerte Plateada; y que por causa de insondables hados, fue a parar en el dedo medio del Rey Ildrac, al final de la horrorosa aventura aquel vivió luego de abandonar Yoros. La crónica de dicho suceso, fue escrita para una posteridad anterior al continente de Zothique mismo, por el más avezado de sus sumos sacerdotes, Clark Ashton Smith, en sus visiones del oscuro futuro que nos aguarda. Se decían que no era poca cosa contemplar, y quizás tocar, el cadáver de la última víctima en la tierra de la Muerte Plateada: el Rey Ildrac, quien, como lo plasmó Smith con una prosa inspirada por los susurros del abismo «… fue golpeado por la Muerte Plateada; y su paz descendió sobre él donde yació con sus túnicas de sanguinolenta púrpura brillante, con sus facciones brillando pálidamente bajo el sol despejado de nubes. Y el olvido reclamó la Isla de Uccastrog; y los Torturadores fueron uno con los torturados».

Pero esos sueños siempre eran interrumpidos por el anuncio de la llegada al continente. Los peregrinos no se decepcionaban por la imposibilidad de hacerlos realidad; de aprisionarlos en sus redes físicas. Y era que el espectáculo que coronaba su devoción cada solsticio de invierno, recompensaba con creces la prohibición de disfrutar de sus otras ilusiones. La llamaban Aurialis Australis.

En una extraña conjunción entre la luz de Achernar y los residuos radiantes que quedaron reptando sobre los cadáveres de sus antiguas víctimas, el horizonte circular de una plateada aurora nocturna se definía sobre el hemisferio que precedía. El punto luminoso se elevaba sigiloso, cual si fuera un fuego fatuo escabulléndose fuera de una tumba de hielo. De repente, la aurora se desintegraba en miríadas de chispas que se esparcían por todo el continente en buscas de sus respectivos cadáveres: eran sus almas. Luego los abandonaban nuevamente, emprendiendo un viaje en pos de su estrella anfitriona con el fin de calentarse por el resto de la noche en el plasma helado de su núcleo: el mismo de donde surgiría, luego de un ciclo sideral, la Muerte Plateada. Los peregrinos contemplaban con envidia el fenómeno: esa unión mágica entre las almas y la muerte que en algún momento las liberó de sus cuerpos físicos. Y más aún, el privilegio de tiritar en el seno de Achernar, ese astro que, aún para los espíritus, continuaba siendo una estrella polar; una guía en las dimensiones superiores.

La Muerte Plateada una vez descendió sobre los habitante de Zothique, ahora, cada solsticio de invierno, eran sus almas las que ascendían en pos de ella. De esa manera, el círculo se cerraba con una perfección sólo igualada por la palidez metálica que por el resto de la eternidad, continuaría brillando sobre los cadáveres que adornaban cual joyas su momificado paisaje.

Sí, Zothique… Nuestro amado continente. Huelga decir que cada uno de los miembros de este Blogzine de las cosas que no son pero que deberían ser, Zothique The Last Continent, participaremos de esa peregrinación futura hacia las tierras continentales; o mejor aún… Seremos víctimas de la Muerte Plateada. Al menos, gracias a la revelación de esta INTROVISION, ya sabemos la gloria que le espera a nuestras almas en el núcleo de plasma helada de Achernar. Y es bueno que así sea, para que nuestros Hermanos Fanáticos no sientan que la ausencia en el presente también se repita en el futuro. Sí, ya lo sabemos, varios meses separan este editorial del último de cuya fecha quien escribe estas líneas, el monje negro de la medieval Averoigne, Odilius Vlak, no se quiere acordar. Pero no olvidemos que este Blogzine no es sólo un sepulcro en el ciberespacio donde de cuando en cuando exhumamos las visiones inmortales de nuestro dios tutelar, Clark Ashton Smith. Este Blogzine es toda una visión de la vida, la muerte y la inmortalidad… Es un estado del alma… Es nuestra idea arquetípica creativamente hablando. De manera que el tiempo no importa cuando la eternidad es lo que mece la cuna y sella el sepulcro. Ahora, veamos que fulgor plateado nos tiene reservado Achernar para esta improvisada edición.

Un solo destello, pálido y metálico, alumbrará la sección literaria de TETRAMENTIS en la página del próximo jueves 13 de marzo. Será una primicia. En ella se publicará la historia de Odilius Vlak «Georitmo a la velocidad de la luz», la primera dada a conocer de su ciclo de fantasía histórica «Crónicas Historiológicas». Nuestro monje hace un ejercicio de sincronización entre el pasado y el futuro de República Dominicana, utilizando como intermediarios para tal prestidigitación espacio-temporal, los mitos, el folklore y los eventos históricos del país. En este caso, la materia prima para su delirante imaginación, fue el terremoto del sábado 7 de mayo de 1842 que sacudió toda la fisonomía geográfica de la isla, así como una extraña secta virtual de carácter católico del Siglo XXII, cuyos rituales mágicos en vez de demonios, invocan visiones de devotos y santos católicos.

Llegamos al final de este editorial, pero no al final de nuestras fantasías. Como de costumbre, nos despedimos del sumo sacerdote de este Templo Virtual, Markus E. Goth, aquel que siempre le traza la agenda a la Muerte Plateada, tanto en el ciberespacio como en el futuro zothiqueano. Como se imaginaran, la Aurialis Australis es la única aurora que tiene derecho a destellar sobre nuestra oscuridad… ¿Por qué?, pues porque… El horizonte de los murciélagos es más lejano que el de las águilas.

Odilius Vlak

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2 comentarios en “INTROVISION/ Achernar: La Estrella Polar de Zothique

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