TETRAMENTIS/ Georitmo a la Velocidad de la Luz/ Por Odilius Vlak

«… Y entonces, como si el temblor de mi cuerpo hubiese levantado un velo, se me apareció la Santísima Virgen de la Altagracia, pero no como la vi en la primera visión —rodeada solamente de su esplendor—, sino a lomos de una gran bola de fuego; sobre la cual Nuestra Señora cabalgaba apresuradamente como si estuviera huyendo de un fuego aún más terrible. Y esa bola de fuego se acercó a mí rodando sobre la noche. Sin desmontarse, la Santísima Virgen me dijo: “Hija mía, dentro de trescientos años ve a mi capilla y ora; y luego avísale al mundo el advenimiento de un gran castigo. Que haga penitencia, o si no rodará por los cielos como esta bola de fuego… pero cubierto sólo de cenizas…”.»

[Del texto apócrifo de José María Serra «El segundo mensaje de la paloma de fuego», registro # d.c.02010405, de los Expedientes Alejandrinos de la República Dominicana]

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I

Me presenté al domicilio de la señora Ana María Galbes muy temprano en la mañana del 16 de julio de 1845, como lo habíamos acordado. La calle de los Plateros, donde está ubicada, se encontraba desierta, excepto por un leve manto de bruma que cubría el polvo; tejida por el rocío que insistía en desafiar ese caluroso verano. Me encontraba presa de un temblor que estremecía todo mi cuerpo, casi diría de un rapto religioso, debido a la expectativa reveladora de nuestra reunión. Por un momento pensé que el barro de mi cuerpo se convertiría en un instante en polvo a causa de un terremoto en mi carne semejante al que tres años antes había destruido la isla. En la entrada de su casa me esperaba Elías Polanco, su hijo. Frente a nosotros, la legendaria casa de «Los Tres Altos» proyectaba con orgullo su añejada ruina: mucho más antigua que el grito del 27 de Febrero; que la Declaración de Independencia de Núñez de Cáceres del 1 de diciembre de 1821 y los 22 años de oscurantismo haitiano que sobrevinieron dos meses después; más antigua que la España Boba y el gesto de devoción infantil que la engendró con la hazaña de Palo Hincado en 1808. Pues decía la leyenda que sus habitantes emigraron a Cuba en 1795 a raíz del tratado de Basilea.

El interior de la planta baja que la señora Galbes habitaba era de una lobreguez yerma e incluso modesta, pues hasta eso limitaba la miserable condición de su existencia. En un rincón de la sala, se encontraba arrumbado el cajón montado en cuatro ruedas sobre el cual antes del milagro, su muchachonzuelo la arrastraba a modo de carretilla de mano por la ciudad para que pidiera limosna. Pero eso fue antes de la visión del viernes 6 de mayo de 1842, un día antes del terremoto, pues ese día, estando en oración, se le presentó la Santísima Virgen y le ordenó que fuera a su Capilla y que hiciese oración, luego de lo cual la señora Galbes se recobró por milagro de la paraplejia que la había tenido postrada por más de ocho años. Su hijo se había presentado a principios de julio en el local de la redacción del periódico El Dominicano, fundado recientemente por Félix María del Monte, Manuel María Valencia, Pedro Antonio Bobea y yo. Ella quería que publicara en el periódico una segunda visión que había tenido con la Virgen de la Altagracia, en la que le anunció una segunda desgracia. Su sentido común le decía que el medio impreso sería más efectivo que su voz para pregonar esta vez la revelación. Así me lo hizo saber:

—Soy una mujer enferma señor José María Serra. Ya no me es dado ir a la carrera por las calles de la ciudad gritando «¡pidan misericordia y hagan penitencia, que viene un castigo muy grande!», como lo hice en 1842. En ese momento, la gracia de Dios me animaba, y el público tenía la evidencia del milagro de mi recuperación de la parálisis, que al fin hizo más para convencerlos que la cantaleta de mal augurio. Además, recuerde la señal de fuego en el cielo.

Este discurso ciertamente me impresionó por lo certero de su lógica. Luego de brindarme un humeante café, la señora Galbes inició la relación de su experiencia visionaria. A medida que avanzaba sentía mi sangre devenir en una especie de bruma negra como la pez; bruma que me amortajó desde mi interior con el horror propio de una visión de los profetas bíblicos. Me di cuenta que sería imposible publicar los detalles de esa visión en El Dominicano, no por el espanto de que era heraldo, sino por lo incomprensible de su manifestación. La señora Galbes utilizaba frases enigmáticas como: «El estremecimiento divino de la tierra se manifestará en partículas y ondas»; o, «Bailará un carabiné al compás de la luz». Más adelante: «Y mis ojos fueron bañados con las aguas del mar mientras este alzaba el vuelo, libre ya de la fuerza de gravedad, más allá del cielo en pos de la noche sideral»; «Esta vez Josué no detendrá el sol en su marcha, sino que lo aguijoneará hasta hacerlo desbocar». Al término de su discurso, fui consciente de que apretaba fuerte con mi puño derecho la estampa de Jesús que mi padre me había regalado la noche del 27 de febrero de 1844, poco antes de salir junto a mi hermano hacia el encuentro con el destino.

Al momento de despedirme, poco después del medio día, sentía como si mi mente estuviera sitiada por un regimiento de gendarmería integrado por demonios. La visión no era coherente. Líbreme Dios de hacer falso testimonio, pero la visión que la señora Galbes acababa de describirme no se ajustaba a los usos de la Providencia con sus elegidos para tales revelaciones. Aún así, decidí en todo caso redactarla aunque no tuviera la intención de publicarla. Definitivamente era una visión tenebrosa; expresada con palabras extrañas que confusamente podía en ciertos ejemplos asociar a conceptos científicos. La visión en sí era como una de las frases con la cual me la describió: «Una carroza fúnebre que conducía el cadáver de la tierra hacia el sepulcro de un hoyo negro a mitad del universo». Si no fuera por la devoción que la señora Galbes manifiesta de manera evidente por nuestro señor Jesucristo, diría que más que una visión de la Virgen de la Altagracia, su experiencia fue la de estar poseída por alguna deidad oscura perteneciente al panteón del vudú haitiano.

Necesitaba dar un paseo antes de llegar a mi casa. Era la mejor válvula de seguridad para darle escape al exceso de vapor que la máquina de mi mente estaba produciendo arrojando al horno tantos pensamientos confusos. No se me escapaba el hecho de que el día era especial, pues fue un 16 de julio, hacía ya siete años, que nueve «filorios» con el insigne Juan Pablo Duarte a la cabeza, nos reunimos en la casa del señor Juan Isidro Pérez para fundar la sociedad la Trinitaria. Era día de Nuestra Señora del Carmen. Recuerdo que a la plaza de la iglesia afluyó mucha gente, facilitándonos por ello pasar desapercibidos. Así que no me sorprendió toparme durante mi paseo con la misma procesión en honor a la Virgen, lo que al principio me hizo bien. El alboroto general, en el que se confabulaban la música, la explosión de cohetes, el repique de campanas, las cortinas que adornaban las paredes de las casas así como las banderas que ondeaban en sus puertas… los ramos que enmarcaban las calles y las flores que pavimentaban el suelo, hizo que por un momento la segunda visión de la señora Galbes no fuera más que un simple fervor religioso fuera de control.

El capricho femenino reinaba en los vestidos que ostentaban. Su exquisita elegancia se revolvía alrededor de mí como un mar de muselina de coloridas olas, coronadas con la espuma de pintorescas borlas y flequillos. Los corpiños de terciopelo más que ceñir la esbeltez de sus cuerpos parecían estar absortos en su escultural tallado. Sus calzados bordados en seda así como sus medias adornadas con lágrimas doradas se presentaban a mi fantasía como una litera real sobre la que era transportada la negra cabellera trenzada, cual fértil tierra sembrada de flores y surcada con peinetas de vivos colores. Mis oídos también eran asaltados a cada momento por el alboroto más que bienvenido —tomando en cuenta mi estado de ánimo— de los negros y la clase baja; vestidos con desgastadas casacas y entregados a sus danzas y gritos, bajo la divinidad tutelar del poderoso sonido del balsié y el bambulá y las calabazas rayadas que chillaban con el frote constante del hueso de jabalí. Todo ello fue un bálsamo para el estado de inusual melancolía en el que había quedado mi espíritu.

Pero muy pronto el exceso de energía de la celebración me oprimió; al fin y al cabo, la Virgen del Carmen me hacía recordar a la Virgen de la Altagracia y por lo mismo la visión de la que quería huir. Además, se me ocurrió que podía tropezarme más tarde con la señora Galbes peregrinando en la procesión, cuyos pies andando serían la prueba de que si la primera visión se hizo realidad, la segunda también sería un hecho. De manera que decidí encaminarme hacia la Plaza de la Misericordia —antigua plazuela de San Gil— y a través de esa vía salir a extramuros.

Cuando llegué eran alrededor de las dos de la tarde. Frente a la pequeña ermita de madera que le dio su nombre a la plaza, la Iglesia de la Misericordia, estaba reunida una gran concurrencia de personas rezando el Santísimo Rosario. Era increíble que esta pequeña iglesia, centro de una devoción presente tan esperanzadora y llena de vida, también fuera el fruto de la realización de la primera visión de la señora Galbes. La construyó el Vicario General Dr. Portes a raíz del estado postrado en el que todos los templos quedaron luego del terremoto del 7 de mayo de 1842. La coincidencia heló mi sangre. Un nuevo símbolo físico que me obligaba a encarar la experiencia espiritual de la señora Galbes y la misión sagrada que me encomendó llevar a cabo.

Un extraño impulso me hizo entrar en la pequeña ermita. Simplemente quería pasar un momento ante el altar mayor. Nada tenía que ver con un deseo espontáneo de ponerme en oración. Algún instinto dentro de mí, sin dudas de una naturaleza irreverente, quería regodearse en el hecho de que el altar mayor, por una coincidencia no del todo ajena a la influencia de la Providencia, fue elevado en el mismo lugar en el que en tiempos de la colonia se ejecutaban con la horca los sentenciados a muerte. Sobre los ecos fantasmales de antiguas agonías y la exhalación forzada del último aliento, ascendían ahora los cánticos alegres y las oraciones devotas de los creyentes. En vez de unirme desde mi soledad al rezo del Santísimo Rosario, comencé a recitar en mi mente el soneto que don Manuel Joaquín Delmonte compuso en ocasión de esta coincidencia para todos redentora:

«Este que veis ahora altar sagrado

Temis un tiempo lo elevó severa;

Aquí la Parca vigilaba fiera

Para escarmiento sólo del malvado.

Sangre de corderillo ejecutado

Por ministro profano se vertiera;

Y hoy santo ministro consumiera

La sangre del cordero inmaculado.

El pie, devoto caminante, para,

Y contemplando en tan divino arcano,

Grato celebra religión tan pura:

Do cruda muerte al hombre se prepara

Allí mismo ¡oh portento! halla el cristiano

Almo consuelo y eternal ventura.»

De repente, sentí que los versos del soneto se unieron para formar una visión: la de un condenado a muerte. Bañado en su sangre por los golpes y famélico por la hambruna a la que lo habían sometido sus torturadores. Casi exclamo ecce homo, pero mi temor sagrado me impidió darle voz a esa blasfemia. Lo cierto es que el criminal, con sus cabellos largos y empapados de sudor y sangre, así como por su delgadez, bien podría haberle inspirado la figura de Cristo a cualquiera de los pintores del Renacimiento. Pero no estaba montado sobre una cruz, sino sobre un cadalso; en vez de una corona de espina, una soga ceñía su cuello. La soga se tensó y los huesos del condenado se estremecieron. En el mismo instante, una paloma de fuego descendió sobre él. Penetró dentro de su cuerpo por la parte superior de su cráneo. Al instante, la carne y los huesos que hasta ese momento se estremecían, se desplomaron ante mis ojos como un montón de tierra y roca sobre un lecho de estrellas. ¡He ahí nuevamente la segunda visión —me dije—; he ahí el segundo mensaje de la paloma de fuego!

Ya fuera de la ermita, me di cuenta de que había pasado más tiempo del que pensé ante el altar mayor, pues ya estaba anocheciendo. Extraño, en verdad me pareció que la visión sólo había durado unos minutos. ¿Cómo podía ser posible algo semejante? Decidí suspender mi paseo por extramuros y encaminarme a mi casa. Al pasar por la plaza de las armas, fui invadido por el ritmo de mangulina de nuestro primer canto patriótico escrito por mi colega Félix María del Monte con música del coronel Juan Bautista Alfonseca. Esto me regaló un momento de saludable júbilo, pues recordé al instante el momento sagrado en que mi amigo improvisó su himno en el campo de batalla. Esos mismos versos que escuché proferir a garganta pelada de su boca el año pasado, me llegaban en ese momento ataviado de la viveza única de la mangulina de pies ternarios. Grité a todo pulmón estos versos del himno: «Sepa el mundo que a nombres odiosos/ acreedores jamás nos hicimos/, y que siempre que gloria quisimos/ nuestro carro la gloria arrastró». Como por una gracia divina, estos versos de mi amigo soplaron un brío dentro de mi ánimo, que a manera individual era equivalente al que alentaba en la colectividad entusiasmada por la reciente independencia del yugo haitiano. Así que decidí escribir esa misma noche la segunda visión de la señora Ana María Galbes. Por un extraño capricho, la titulé: «El segundo mensaje de la paloma de fuego». Pues en el fondo de mi espíritu, sabía que la paloma de fuego era una manifestación de la Virgen de la Altagracia, cuyo primer mensaje fue el 6 de mayo del año 1842. La última palabra la escribí al amanecer del 17 de julio, presidida por el canto de los gallos.

II

El luminoso diseño del Rosetón Mágicose difuminó poco a poco, como si cada uno de los micro-espejos que lo formaban—ubicados justo debajo de la lámina cristalina del piso, y cuyos movimientos a ritmo de microsegundos fragmentaban cual prisma la luz artificial o la natural que penetraba a través de la claraboya del techo— dibujaran la línea unidimensional de un horizonte que por el efecto de la misma atmósfera mágica del momento, se extendiera bidimensionalmente sobre el plano de una lápida, para finalmente cavar la profundidad tridimensional de una tumba dentro de la cual se sumergiría la luz por el resto de la eternidad.

El rosetón elegido para el ritual fue el de la fachada norte de la Catedral de Chartres. El cuerpo del oficiante Damián Cornelius Jiménez estaba sentado en posición fetal en su centro, rodeado por una proyección holográfica de la Virgen María con el niño Jesús en su brazo izquierdo y una estrella plateada simbolizando a Sirius en su mano derecha. La proyección desapareció lentamente, como si los fotones que la componían estuvieran bajo el efecto de algún fenómeno electromagnético equivalente al opio. Lo mismo sucedió con las proyecciones de las imágenes de los tres círculos concéntricos que rodeaban la rosa central: las cuatro palomas y los ocho ángeles del más cercano; luego los doce reyes del Antiguo Testamento sobre los tronos cúbicos que se proyectaban tridimensionalmente; y por último, los doce profetas menores del círculo protector exterior. Estas proyecciones se disparaban como fuegos artificiales justo antes de desaparecer del todo, formando con fantasmagóricos matices fosforescentes los signos astrológicos asignados a cada una de ellas según una estudiada correspondencia simbólica entre los textos bíblicos y los grimorios más representativos de la tradición mágica occidental.

Damián permaneció estático incluso mucho después de que el Rosetón Mágico se extinguiera; dejando que la penumbra circundante estimulara sus pensamientos. A través del cristal de la claraboya se insinuaba un cielo despejado, cuyas estrellas estaban distribuidas en tal orden que a Damián le parecieron los cadáveres de una batalla cósmica entre el Bien y el Mal. «El cielo es un campo de batalla entre dos fuerzas opuestas… —pensó— ¿Por qué no ha de serlo la tierra?».

La luz exterior penetraba a través de los vitrales que adornaban las paredes de su casa, cuyo diseño arquitectónico —con un techo en forma de bóveda de crucería— se prestaba a la perfección para el atavismo medieval de carácter mágico sobre el cual estaba sustentada su devoción católica. Le hubiese gustado que su casa fuera la única que ostentara esa arquitectura sagrada, pero tenía que reprimir la frustración de tener que compartirla con miles de viviendas de igual diseño que se extendían a ambos lados del Río Ozama en los terrenos que antiguamente eran ocupados por los barrios marginales de esa periferia. La estructura de ese complejo habitacional era como el de una colmena, donde cada bóveda de crucería correspondía a una casa individual cuyo espacio interior era el resultado de un minimalismo fanático y un pragmatismo paranoico, para el cual la densidad demográfica no estaba lamentablemente entre sus enemigos imaginarios. La bóveda de crucería constituía una solución práctica, por sus múltiples caras, para la distribución de las celdas solares y para el sistema hidrodinámico de recolección y distribución de agua de lluvia. El principal principio tecnológico que se aplicó en esas «catacumbas de cristal y material sintético» —como eran llamadas peyorativamente por la clase privilegiada— fue el de la biomímesis. La Mitotecnocracia utilizó el proyecto de las catacumbas para experimentar con todo tipo de tecnología fruto de la imitación de la naturaleza.

Los vitrales emitían un patrón de luz fluorescente. A Damián le gustaba el aspecto que las historias bíblicas relatadas por las imágenes adoptaban durante la noche, bajo el efecto alucinante del neón. Pero sus vitrales recreaban una historia mágica de los evangelios. En ella, cada milagro y episodio de la vida de Cristo estaba precedido por un verdadero ceremonial mágico que combinaba un contexto épico-fantástico como telón de fondo con el simbolismo católico de una naturaleza más doctrinal pero igualmente mágico. Esta aproximación mágica que desde pequeño lo atrajo hacia la tradición católica y que se estampó como la marca de Caín en su problemática vida religiosa, fue lo que le provocó problemas a Damián mientras estudiaba teología con los Dominicos. Pues quería rescatar tanto el trasfondo mágico que se dejaba entrever en los textos bíblicos así como la fuerza espiritual de carácter maniqueo que durante la Edad Media le dio un sentido de finalidad al mundo occidental; sentido del que carecía ahora. Para él era vergonzoso que sólo en las marginales ciencias ocultas ese trasfondo mágico del catolicismo se haya preservado. Admiraba a Eliphas Lévi y a Aleister Crowley por haber reconocido en sus tratados la verdad de que la tradición litúrgica católica era la más alta expresión del ritual mágico dramatizado. Así que él, junto a unos compañeros, inició un movimiento que buscaba oficializar una orden monástica dedicada exclusivamente al desarrollo y práctica de un sistema mágico inspirado en la tradición católica. El proyecto fue rechazado. En cuanto a Damián, abandonó la carrera eclesiástica.

Fracasados sus intentos de materializar su sueño en el plano físico, se unió al grupo católico virtual denominado Las Tres Invocaciones, en alusión a la Santa Trinidad. Este grupo nunca logró el reconocimiento jurídico por parte del Vaticano, a pesar de sus argumentos acerca de empresas análogas dentro de la misma tradición católica, como el caso del Opus Dei, que para los miembros de Las Tres Invocaciones era un ejemplo magistral de la fusión de un sistema espiritual alternativo con la espiritualidad católica; en ese caso con nociones del llamado Cuarto Camino de Georges Ivanovich Gurdjieff. Pese a ser calificado por extremistas ortodoxos como «una herejía virtual», el grupo no era molestado debido a que su interpretación literal de los milagros de Cristo como actos de magia, encajaba muy bien con los principios de la Mitotecnocracia y sus postulados del Realismo Fantástico; también porque sus cultivadores eran frutos de la Post-Singularidad tecnológica.

Damián se levantó. Se sentía satisfecho, pues esta vez pudo conectarse nuevamente con la visión deseada. Uno de los principales rituales del grupo Las Tres Invocaciones, era recrear las visiones que la tradición católica le atribuía a los santos y devotos que han poblado toda su historia. Ellos lo llamaban «magnetizar la visión»: expresión que sintetizaba su creencia de que esas visiones en verdad fueron expresiones energéticas y como tal no se han desintegrado sino que han quedado archivadas en la cuarta dimensión temporal; de donde la descargaban valiéndose de las oraciones tradicionales a modo de conjuro mágico. Pero aquellos entre los miembros a los que se les permitía practicar el ritual, tenían que estar dotados de una cualidad innata equivalente al talento de los estigmatizados para reproducir las heridas de Cristo. En otras palabras, tenían que ser elegidos, pues la práctica requería de una gran energía mental e imaginación de parte del mago, así como capacidades mediúmnicas. Se trataba de invocar visiones, no demonios u otras entidades.

Una vez de pie emitió un comando vocal que activó el decorado virtual acorde a su ánimo: el crucero sur de la Catedral de Chartres. El escenario incluía la misteriosa piedra sobre la que cada 21 de junio al medio día caía un rayo de sol que penetraba por una grieta en el primer vitral del muro oeste de ese crucero, el de Saint Apollinaire, que correspondía al vitral que en la habitación de Damián describía la resurrección realizada por un ritual mágico ejecutado por ángeles. Se detuvo frente a una pequeña ilustración que representaba al Papa Silvestre II en compañía del diablo. Era uno de sus papas favoritos, tanto por su amor a la ciencia como por aquel no menos fervoroso que profesó hacia las artes mágicas. La contempló durante un buen rato, como si a través de su mera concentración pudiera magnetizar algunas de las visiones que Silvestre II ciertamente tuvo sin importar que hayan sido alentadas por la fe católica o por alguna fuente espiritual fuera de la gracia.

Pero sabía que eso le estaba prohibido. Como miembro de la orden Las Tres Invocaciones originario de República Dominicana, su función era magnetizar las visiones que la historia de la iglesia universal en la isla ha registrado. Ese aspecto de los protocolos sagrados de la orden fue diseñado en acuerdo a los parámetros de la Mitotecnocracia mundial, que como parte de su patrocinio y protección a la organización, no podía dejar de exigirles un nivel didáctico dentro de su liturgia que se ajustara a los principios que la motivaban: explotar los mitos locales de cada país así como los elementos fantásticos de su historia donde quiera que estos se encontrasen. Así, cada miembro de Las Tres Invocaciones estaba obligado a limitar sus rituales de invocación a la experiencia local del catolicismo; contribuyendo de esa manera a construir el mito de su país desde la tradición católica. Sólo en fechas especiales del santoral católico podían todos los miembros de la orden invocar las visiones que su energía tuviera el poder de magnetizar, incluyendo las de los profetas del Antiguo Testamento.

Damián ya había tenido éxito magnetizando la visión de la Batalla del Santo Cerro de marzo de 1495, pero no realizó el número suficiente de rituales como para darle una forma acabada a la visión. Sin un motivo aparente, decidió saltar en el tiempo y tratar de invocar la visión que la señora Ana María Galbes tuvo de la aparición de la Virgen de la Altagracia el viernes 6 de mayo de 1842. Esa experiencia estaba bien registrada por los cronistas de la época, lo mismo que los desastrosos efectos de su cumplimiento. El éxito en magnetizar una visión no tenía que ver nada con la época de su manifestación, pues sabía muy bien que en la cuarta dimensión la realidad del tiempo no era lineal como lo era en la tercera dimensión, como resultado del movimiento de esta a través del espacio. Por lo tanto, la lejanía en el tiempo no hacía una visión más fácil de invocar que otra, sino su poder y trascendencia, así como las lúgubres connotaciones que su mensaje auguraba para el futuro.

   Para Damián, la visión de la señora Galbes era más poderosa que la aparición de la Virgen de las Mercedes sobre la cruz de níspero en esa distante noche en los albores de la colonización. Y en cuanto a su razón de ser, también le resultaba muy claro: un grupo de indios taínos muertos por sus propias flechas mientras eran devueltas por obra del poder de la Virgen—cuya aparición tenía como misión salvar a los españoles— no era una consecuencia tan espantosa como la que causó la visión de mayo de 1842: un terremoto que literalmente le cambió la fisonomía geográfica a la isla. Pero cosas extrañas habían comenzado a sucederle a Damián en sus secciones de invocación. Muchas de las imágenes que se insertaron en el despliegue de las últimas visiones no se correspondían ni con la visión en sí de la señora Galbes, cuya forma final estaba seguro de haber modelado cual si de una vasija de barro se tratara, ni con las del terremoto. En cuanto a este último, y hasta donde podía testificar por la fidelidad de su visión, reproducía hasta la más pequeña grieta que abrió en el suelo el de 1842, según lo documentaron varios testigos de la época, incluyendo Carlos Nouel y José María Serra; además de las poetizaciones hechas por Manuel Joaquín Delmonte y el poeta venezolano Juan José Illas, quien recreó los horrores en una poderosa elegía.

Decidió «ascender al Primer Cielo», el ciberespacio exclusivo de la orden, y compartir sus experiencias con sus hermanos en la fe. Tenía que descubrir el origen de esa visión intrusa, que parasitaba la visión original, inspirada por la verdadera gracia. Las imágenes invasoras lo estremecían, a pesar de que se ajustaban muy bien a su personalidad apocalíptica, que era la de esa clase de profetas para los que no hay una mejor experiencia religiosa que la de anunciar el final de los tiempos: Damián era un fanático.

Movió el dedo medio de su mano derecha con un patrón controlado y preciso, como si estuviera trazando la figura de un jeroglífico. Este movimiento activó, a través de una extensión nerviosa, la diminuta interfaz que él, al igual que todos los miembros de Las Tres Invocaciones, tenía incrustada en el neocórtex; específicamente en el lóbulo occipital. Este implemento nanotecnológico no sólo ejercía la función de conectarlo inalámbricamente al Primer Cielo, sino que era una especie de Simulador Semántico Tridimensional en miniatura; diseñado exclusivamente para los miembros de la orden. Su función era transformar y registrar en imágenes mentales la explosión luminosa que en sí era la visión sagrada en su expresión fundamental. Dicha luminosidad era el resultado de la lectura que la interfaz hacia de los patrones alterados en las descargas eléctricas de las sinapsis, debido a la excitación que experimentaba el mago católico en el trance del ritual. Era el equivalente interno de la mecánica cerebral para asimilar la radiación visible del espectro luminoso y la reflejada por los objetos del mundo exterior. De esa manera, la visión magnetizada, la cual era visualizada en un estado de conciencia despierta, podía ser compartida posteriormente por el mago con los demás miembros de la orden.

Al principio la tecnología era ilegal, pues semejante poder no podía estar en manos de una secta de fanáticos según algunos ortodoxos de la Iglesia Católica. Además, también se planteaba el problema de la vulnerabilidad del Primer Cielo; pues las visiones solían ser parasitadas por los Jinelipticox que las modificaban a su antojo. Esto se resolvió otorgándole al Primer Cielo el estatus de inteligencia artificial: un ciberespacio vivo, a través del cual se movían como bacterias las identidades virtuales de los fieles. También se le concedió a los miembros de Las Tres Invocaciones el derecho exclusivo de portar los nano-simuladores semánticos tridimensionales.

Una capa de membrana sintética cubrió sus ojos: la extensión exterior de su interfaz. Ante las puertas del Primer Cielo, aparecieron dos ángeles sosteniendo amenazadoramente sus espadas flamígeras que preguntaron al unísono: «¿Quo vadis?». Damián activó su símbolo de acceso, un crismón conteniendo su secuencia genética, dentro de los cincos segundos reglamentarios antes de que los ángeles procedieran a enceguecerlo con su luz divina: es decir, desactivarlo. Accedió a su capilla personal e inmediatamente se desplegaron sobre las paredes los símbolos de cada uno de los miembros de la orden que se encontraban en el Primer Cielo: incluyendo la de aquellos que ataviados con un avatar inspirado en algún místico visionario u otro personaje de la tradición católica, estaban sumergidos en la realidad virtual de algún juego litúrgico o interactuado en alguna comunidad de socialización celestial. Damián activó el Escudo del Emperador Constantino, que era la señal que anunciaba la proyección inmediata de una visión. La presencia de ese símbolo era universal en todo el Primer Cielo.

El escudo se dividió en sus cuatro cuartos verde olivo divididos por una cruz roja; dándole paso a las imágenes de la visión con un aparataje iconográfico y musical de magnitud épica. Eso incluía la información histórica de la visión en sí: quién la vio; cuándo; dónde; la entidad divina que se presentó; la naturaleza de su profecía así como su cumplimiento final. De pronto, sin dar lugar al surgimiento de la más mínima especulación por adelantado, la visión se derramó sobre el Primer Cielo como si hubiese sido el contenido de algún sello apocalíptico… Roto por un ángel hambriento de cualquier entretenimiento que le disipara su tedio de eternidad.

Cada uno de los cuerpos virtuales sintió un estremecimiento; que no era más que una simulación de la convulsión que experimentaba la carne de los testigos originales de las visiones antes de su manifestación. De manera que por un momento fueron poseídos por el estado de éxtasis religioso que inundó a la señora Ana María Galbes el viernes 6 de mayo de 1842. Luego se apareció la Virgen de la Altagracia ocupando el eje de unas hélices de luz que giraban de derecha a izquierda. Les parecía que la tela de su vestido estaba tejida con hilos de un fuego de muchos colores. La escucharon hablar, pero en un lenguaje que sólo comprendían a través de las aceleradas vibraciones de los códigos matemáticos que fungían como sus moléculas. Bebieron hasta la última gota la vivencia de la gracia de la presencia de la Virgen y el horror de lo que anunciaba, que ya se presentaba en sus imaginaciones de la misma forma en que debió hacerlo en la de la señora Galbes. Por último, sintieron como si los espíritus de sus cuerpos físicos, hasta ese momento postrados en la parálisis del mundo material, se levantaran y salieran de la dimensión de la carne en pos de anunciarle al mundo el mensaje de la virgen, como lo hizo el cuerpo físico de la señora Galbes en esa hora sagrada de hace 300 años.

Luego se manifestaron en rápida sucesión algunas de las señales físicas que precedieron el terremoto del sábado 7 de mayo de 1842: el arco blanquecino que se extendió de Norte a Sur durante media hora; la enloquecida cabalgata de las olas en ese extraño mar de leva que avanzó de Oriente a Occidente, acompañado de unos ruidos que bien podrían haber sido los espantosos estornudos de sirenas y tritones; el meteoro que justo al medio día del sábado 7 sobrevoló cual ave de mal agüero la ciudad de Santo Domingo, dejando como rastro, aún mucho después de haberse perdido en el horizonte, una cola de fuego que a todos les pareció ser la sombra proyectada del Leviatán. La realidad virtual del Primer Cielo se sacudió cuando la visión llegó al momento crucial de las cinco y veinticinco de la tarde, hora en que el terremoto no hizo esperar más a las señales sobrenaturales y milagros que lo anunciaron. Vieron la tierra agitarse como si fuera un campo de trigo azotado por el viento. Las campanas de las iglesias tocaron un lúgubre réquiem, mientras eran agitadas al ritmo oscilatorio de la tierra. El río Ozama se encogió para luego elevarse a más de seis pies, al tiempo que furiosas columnas de fuego y vapores azufrados se abrieron paso entre sus aguas provenientes de las hendiduras que rasgaron su lecho. El mar invadió las costas. En la tierra se abrieron grietas que parecían estigmas; heridas dentro de las cuales cayeron para ser engullidos hombres y mujeres.

La visión de los efectos del terremoto marchaba según lo registrado por los cronistas de la época. Pero de repente, justo en el momento en que las escenas de destrucción de ciudades como Santiago de los Caballeros, La Vega, Port-Au-Prince y Gonaïves iban a desplegarse ante la vista interna de los «magos de los rituales canónicos»… Otra visión, totalmente diferente, irrumpió en el Primer Cielo. Una visión tan alucinantemente fuera de lugar, que nadie puso en duda de que era apócrifa. La visión no se desplegó en su totalidad, pues ello sólo hubiese sido posible durante el ritual de magnetización. Sólo destellos fragmentados impactaron el teatro craneal en el que se estaba escenificando el drama sobrenatural. Pero los pocos fragmentos que pudieron ver por separado de la visión intrusa, les dio una horrorosa idea de su conjunto. En uno de ellos, vieron a la tierra desprenderse de la jurisdicción gravitacional del sol; la vieron ascender la empinada colina que el peso de este formaba sobre el tejido del espacio-tiempo y girar como una esfera demente más allá del Sistema Solar, en una astronómica parodia de la carrera que la señora Ana María Galbes dio por las calles de esa lejana ciudad de Santo Domingo del siglo XIX. ¡La velocidad de su rotación era alucinante! La tierra avanzó como una bola de fuego prendiendo a su paso el campo sembrado de cuerpos celeste del universo; hasta que rebasó las galaxias más lejanas, literalmente saltando fuera de la expansión del universo hacia lo cada uno de los fieles sólo podía suponer que era el escenario de un nuevo Génesis… o Big Bang.

La visión resultó ser insoportable para los magos. Alrededor de todo el mundo real, los dedos medios de la mano derecha de miles de ellos comenzaron a dibujar el signo de la santísima cruz con el propósito de desactivar el nano-simulador semántico tridimensional y al mismo tiempo descender del Primer Cielo. La topografía virtual del ciberespacio celeste adoptó un semblante estático por la deserción masiva de sus habitantes. Pero unos cuantos se mantuvieron en pie, y sostuvieron el pesado fardo de la visión apócrifa. Entre ellos obviamente Damián, que fue el médium a través del cual se canalizó. En cuanto a la visión, se difuminó con la misma mecánica abstracta con la que había aparecido. Inmediatamente, cientos de mensajes cubrieron las paredes de su capilla virtual. Mensajes que simplemente preguntaban: «¿Qué clase de visión fue esa?».

Damián sabía tanto como ellos sobre la visión, a pesar de haber estado expuesto anteriormente a similares destellos fragmentados. Por lo tanto, no tenía mucho que decir, excepto que era una visión apócrifa, posiblemente de la misma señora Galbes. Su cuerpo vibraba con una energía nueva en su experiencia, o más bien, con una energía anhelada; cuya fuente era una vieja fantasía de su devoción católica y que justo en ese instante acababa de tomar la forma de una idea clara y ajustada a un plan forjado de último momento. Para ello tenía que hacer ciertas averiguaciones en el mundo físico. Pero antes, era necesario darse una vuelta por la jurisdicción virtual de la orden de Los Inquizoidez: el grupo más radical del Primer Cielo. Se acercó a una de las paredes de su capilla, manipuló un panel holográfico que simulaba las llaves de San Pedro con el fin de cambiar su identidad virtual: la opción de tener un avatar diferente para cada una de sus subculturas era legal en el Primer Cielo. No todos se aprovechaban de ese derecho, pero igualmente, no a todos les gustaba exhibirse como un miembro de Los Inquizoidez. Damián abrió un portal en la pared con un movimiento de su brazo; lo atravesó sólo para encontrarse dentro de la jurisdicción virtual del temido tribunal.

III

La torre de Transmisión Ionográfica Tridimensional proyectaba su imponente presencia sobre las ensoñaciones estivales y aspiraciones de los dominicanos; indistinguibles del cielo azul turquesa que arrullaba a Santo Domingo. Hacía una mañana hermosa. A Damián le pareció que a medida que su transporte marino se acercaba desde el Este a la sede de la Academia de Historiología, la torre adoptaba la identidad del faro de la antigua ciudad de Alejandría y él la de un buscador de conocimiento en peregrinación a su famosa biblioteca. La analogía poética que elaboraba su estado de ánimo no era del todo descabellada, pues casualmente se dirigía hacia ese templo del saber moderno para ver uno de sus Expedientes Alejandrinos, como eran denominados los documentos apócrifos atesorados por la Academia. El archivo en cuestión llevaba por título «El segundo mensaje de la paloma de fuego» de la autoría de José María Serra. Al igual que todos los expedientes alejandrinos de la Academia de Historiología que han sido debidamente estudiados para certificar su autenticidad, su original se encontraba expuesto en la biblioteca de la institución.

Luego de pasar el examen de identidad genética así como el de la analogía entre su cerebro biológico y el modelo tridimensional del mismo que la Academia de Historiología poseía, a Damián le fue permitido el acceso a la biblioteca. Allí estaba el expediente, expuesto a la usanza antigua dentro de un cubo de cristal. Damián se acercó al panel de control junto al cubo y conectó a la capa de membrana sintética de sus ojos la interfaz que le permitiría explorar el libro como si fuera un modelo tridimensional con un menú de interacción semejante al de los juegos de realidad virtual. A medida que se adentraba en los decimonónicos pasillos y oscuros salones del documento, formados por las páginas que diseñaban la estructura arquitectónica elegida por el investigador —Damián se inclinó por el laberinto de la catedral de Chartres— su entusiasmo crecía, pues cada palabra, línea y párrafo del documento le confirmaba que los fragmentos de visiones intrusas que invadieron su invocación de la visión oficial de la señora Ana María Galbes, pertenecían a una segunda visión apócrifa. Visión que ahora veía desplegarse en su totalidad gracias al registro que hizo de ella José María Serra. El Sumo Sacerdote de Los Inquizoides no se equivocó al revelarle la existencia de ese documento y la visión registrada en él como la misma que estaba magnetizando inconscientemente en sus rituales. Esto sin dudas era una señal divina y al mismo tiempo un llamado de la Providencia a que cumpla una misión. La Virgen anunció que dentro de trescientos años —en el año en curso del 2145— ocurriría una nueva desgracia no sólo en República Dominicana sino en el mundo. Y por los fragmentos que se deslizaron dentro de su ritual, así como por las escenas descritas en el documento… tal desgracia era digna de ser revelada al mundo por un verdadero profeta… Alguien como él. Lo mejor era que no tenía que tratar de magnetizar la visión completa en un ritual, pues ya la tenía grabada en su nano-simulador semántico tridimensional.

IV

Damián abandonó la catedral virtual del Primer Cielo a mitad de la Plegaria eucarística. Sentía como si una tormenta eléctrica azotara en los dominios de dos dimensiones tanto a su cuerpo físico como a su identidad virtual. Ni siquiera el hechizo del cántico del Sanctus liderado por una versión digital del Cardenal Gabriel Alejandro Trujillo tuvo el poder suficiente de mantenerlo clavado en el rincón del banco que ocupaba. Lo último que escuchó mientras se dirigía a su capilla personal decidido a cumplir con la llamada de la Providencia, fueron las palabras de la plegaria: «Sanctus, sanctus, sanctus Dominus Deus sabaoth. Pleni sunt caeli et terrae gloria tua. Hossana in excelsis. Benedictus qui venit in nomine Domini. Hossana in excelsis». La última línea ciertamente lo exaltó: Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en el cielo. Rio para sí al reflexionar sobre esta parte mientras saltaba con paso apresurado el último peldaño de la entrada a la gigantesca catedral virtual; al tiempo que ya se imaginaba a sí mismo en medio de su Rosetón Mágico… haciendo realidad en la dimensión de su cuerpo físico el sueño de su alma.

República Dominicana estaba sumergida en la conmemoración de su fiesta de independencia. Las celebraciones no ostentaban el fasto del año anterior, 2144, que conmemoró el 300 aniversario de dicho evento épico, en el que sólo el número de transmisiones ionográficas fueron alucinantes incluyendo la de la Batalla del 19 de Marzo que causó un revuelo por su carácter revelador. Aún así, los festejos para el mes de febrero del 2145 fueron lo suficientemente excesivos como para cobrarse algunas vidas y enloquecer otras. También se proyectaron, como era costumbre, algunas transmisiones ionográficas que mostraban los resultados de las recientes investigaciones mitológicas y paranormales del Centro de Estudios Psicliónico de la Academia de Historiología. Este escenario era la coyuntura perfecta para Damián, pues no sólo le brindaba una audiencia externa a la del Primer Cielo sino que el principio tecnológico detrás de las transmisiones ionográficas era vulnerable; al menos para alguien como él que poseía un nano-simulador semántico tridimensional que al igual que el que estaba ubicado en la Academia de Historiología, podía suministrarle información a la Torre de Transmisión Ionográfica Tridimensional. Esto luego de ciertos ajustes en el satélite personal de la orden Las Tres Invocacionesque fungiría como el medio a través del cual su propia visión suplantaría la transmisión oficial. Tanto él como sus misteriosos cómplices de Los Inquizoides sabían que eso era ilegal y peor aún, que podía poner en riesgo la independencia de la Orden así como la protección que la Mitotecnocracia le otorgaba. Pero desde la óptica de su devoción, ellos estaban cumpliendo la obra de Dios y por lo mismo entendían que le hacían un bien a la humanidad. Lo único que lamentaban era que no podían inundar el mundo entero con «el segundo mensaje de la paloma de fuego».

Cada rincón de la ciudad de Santo Domingo palpitaba con el espíritu de la celebración independentista. En algunos puntos este «baile de San Vito a ritmo de merengue» encarnaba la representación de las obras de teatro del repertorio español e italiano que los Trinitarios hicieron suyas para trabajar subliminalmente la consciencia de libertad entre los dominicanos: en el Parque Independencia se ponía en escena «Bruto» de Alfieri; en la antigua Plaza de la Bandera «La Viuda de Padilla» de Francisco Martínez de la Rosa; y en la Plaza de Cristal, dentro de la nueva extensión del Malecón, las tablas se estremecían con «Un día del año 23 en Cádiz» de Ochoa. En el gigantesco parque temático, Mitos Mecánicos, ubicado en la Zona Oriental de Santo Domingo, en los antiguos dominios del desaparecido barrio de Los Minas, el programa lúdico hacía las delicias de los niños y adolescentes con una oferta que literalmente lo convertía en un vertiginoso juego de role en tiempo real. En cuando a la Academia de Historiología, se unió a la celebración transmitiendo una serie de fragmentos ionográficos que se proyectaban por varios minutos. Eran cápsulas de información visual que contenían un episodio al azar de cualquier evento relacionado con el proceso de independencia. Como la que recreaba el dialogo de una de las obras de teatro escenificada por los Trinitarios en que un personaje dice: «Me quiere llevar el diablo cada vez que me piden pan y me lo piden en francés».

Inesperadamente, una gran proyección ionográfica invadió toda la geografía de la ciudad de Santo Domingo, así como la del resto del país a través de los proyectores satélites instalados en cada ciudad del interior. La escena que se posaba cual sudario virtual sobre la isla de Quisqueya era extraña y totalmente ajena —tanto temáticamente como en su atmósfera— a las festividades de independencia. Eso incluía la música que acompañaba el ionograma intruso: una especie de canto gregoriano de estilo responsorial que parecía como si fuera un diálogo entre Satanás y los ángeles caídos; de una lobreguez que en nada se asemejaba a los ritmos alegres que hasta hace un momento eran la única oferta sonora para los oídos de los millones de celebrantes. Pero muy pronto la primera impresión de los testigos de esa milagrosa anomalía cambió a una de reverente estupor. Pues desde el fondo del ionograma avanzó una bola de fuego con una ardiente cola que azotaba como si fuera una serpiente herida. «¡Un cometa!», exclamaron al unísono todas las voces. El asombro desbordó la capacidad de impresión de los testigos cuando el cometa se acercó abarcando la totalidad de la proyección. Vieron que sobre él cabalgaba la Virgen de la Altagracia. Irradiaba un aura de bondad a su alrededor que no disipó la sospecha que la escena imprimió en las mentes de las personas de que ella bien podría ser un quinto jinete apocalíptico.

Por un instante la Virgen se mantuvo petrificada en una quietud hierática, entonces anunció su profecía: «Hija mía, dentro de trescientos años ve a mi capilla y ora; y luego avísale al mundo el advenimiento de un gran castigo. Que haga penitencia, o si no rodará por los cielos como esta bola de fuego… pero cubierto sólo de cenizas… Contempla, ¡oh tú, que estás prometida al polvo!, aquello que ha de venir».

  –

V

Muchas versiones se registraron de la visión que tuvo lugar a continuación, sin dudas cada una de ellas nacidas del modo en que el terror sagrado que se apoderó de los que la presenciaron la interpretó. Pero la versión oficial, publicada por la Academia de Historiología, fue la siguiente:

Sobre el tapiz de un oscuro vacío sideral estriado con una ardiente radiación escarlata, el planeta tierra se estremecía como si estuviera padeciendo violentos espasmos. La imagen cambió a una en la que se podía ver un enfoque de su superficie; en ella se distinguían las masas acuáticas de sus océanos y mares así como sus continentes con una nitidez extraordinaria, como si en vez del planeta real estuvieran mirando dentro de un modelo tridimensional de él a manera de maqueta. Los billones de seres humanos que lo poblaban, así como sus diferentes especies animales, se encontraban en la posición en la que una siniestra expectativa los había paralizado: esperaban el advenimiento de un acontecimiento de naturaleza definitivamente trágica. Eso lo sabían de manera intuitiva, pues cada uno de ellos se había fundido con el Georitmo de la tierra. Los latidos de sus corazones palpitaban al unísono con cada uno de los movimientos de esta: desde el ritmo de las mareas hasta el profundo y áspero murmullo de los movimientos de las capas tectónicas.

Entonces, la conciencia biológica animal percibió algo extraño. El horizonte terrestre parecía moverse por sí mismo. Del lado del ocaso podía percibirse al sol estático mientras la línea del horizonte cambiaba de una masa de agua a una cordillera de montañas. La comprensión cayó sobre las petrificadas masas de seres vivos como un balde de agua fría que las sacó de su letargo: el movimiento de rotación de la tierra se había acelerado y continuaba haciéndolo. En ese mismo instante, fue el caos el llanto y el crujir de dientes; pues contrario al esquema normal del funcionamiento del movimiento de rotación de la tierra, en el cual el ser humano pese a moverse a su misma velocidad no lo percibía gracias a la fuerza de gravedad y la atmósfera… con esa ruptura de la armonía celeste cada uno de ellos se hizo consciente de la sincronía entre su masa corporal y la vertiginosa carrera de la rotación terrestre. Velocidad que ya en su estado normal de 1. 700 kilómetros por hora o 465 metros por segundo en el ecuador, se encontraba más allá de la capacidad de asimilación tanto del ser humano como del resto de los animales que compartían con él las bondades del Tercer Planeta. Este estado de cosas les pareció que duró una eternidad a los que veían, golpeados por el estupor, la transmisión del ionograma, sin saber si era sólo una broma pesada de la Academia de Historiología o de los dioses.

 De repente, cada una de las unidades biológicas sintió como si sus cuerpos hubiesen sido succionados por una presión descomunal que los adhirió a la tierra. Sólo sentían esa infernal presión cuyo efecto de inmovilidad se sumaba al impuesto sobre ellos por la espantosa expectativa. Significaba que la tierra había acelerado con furia la velocidad de su rotación: ahora, el día y la noche se pisaban los talones en su vertiginosa sucesión cíclica. A partir de ahí, la visión de la Virgen devino en una verdadera escena dantesca y lo peor era que la Virgen de la Altagracia misma no aparecía en ningún lado de la visión, al menos para constituirse en un símbolo de esperanza. Para ese momento, los espectadores habían comprendido con un lúgubre estremecimiento que la transmisión ionográfica era una visión del futuro cercano… la visión de una desgracia. Vieron en una rápida sucesión de imágenes, como desde las colonias terrícolas de Marte y la Luna, brigadas científicas y de socorro se pusieron en marcha con la orden de aterrizar en los polos por ser la velocidad de rotación nula en ambos extremos de la tierra. Pero ya era tarde: el hielo de los polos estaba derritiéndose con una rapidez vertiginosa debido a una rotación que por un lado disparó la temperatura terrestre y por el otro los estaba degastando. De hecho, el aumento de la velocidad de rotación creó una especie de onda de choque de naturaleza electromagnética que no sólo pulverizó a las naves a mitad de camino sino que sus efectos ya eran sentidos en todos los planetas interiores.

Muy alto en los cielos, todas las capas atmosféricas terrestres ardieron como si sus moléculas y gases fueran la resina de una gigantesca antorcha. En cuanto a las unidades biológicas, la imagen que mostró la visión de su literal desaparición fue un diagrama virtual en el que, debido a la poderosa succión, su estructura atómica se descompuso en lo que pareció un destello multicolor. Este flotó por un momento como un gas indeciso sobre qué forma adoptar antes de extinguirse en el caos general. La última escena que sus ojos registraron de la tierra antes de morir —al menos para las unidades biológicas racionales como los humanos— fue una mancha borrosa compuesta por la mezcla de los colores y figuras de todo el paisaje terrestre a su alrededor y el claroscuro del día y la noche, como si hubiesen sido mezclados en la paleta de colores de un demonio sin talento para el arte. Lo siguiente que mostró la visión fue como en otro impulso de aceleración, la tierra devino en un pedazo de roca ardiente en cuya superficie se evaporaron los últimos rastros de todo aquello que alguna vez hizo de ella el planeta azul.

El drama de la tragedia humana había quedado atrás. Los fascinados y temerosos ojos de todos los que contemplaban el ionograma ahora sólo prestaban atención al drama de la tragedia de la tierra misma. La escena cambió nuevamente a un enfoque del orbe terrestre desde el espacio. Este era sólo una esfera ardiente que giraba cada vez más rápido, convirtiéndose en una masa licuada de material geológico que se mantenía unida sin derramase sobre el vacío estelar gracias a un efecto de sentido centrípeto ejercido por el mismo fenómeno que la llevó hasta ese punto: la velocidad de su rotación. Velocidad que sin dudas ya se acercaba a la de la luz. En un caso atípico para una visión religiosa de carácter profético, se pudo ver la topografía del espacio-tiempo desplegada como si la hubiesen radiografiado con rayos X. Era un diagrama que componía un diseño geométrico perfecto y armonioso, en el cual el único punto disonante era la esfera terrestre que, debido a su velocidad, literalmente avanzaba dejando una zanja como huella sobre la curvatura provocada por el peso de la masa del sol. La bola de luz en que la tierra se había convertido salió de los dominios del sol y su campo de atracción, y se dispuso a emprender su viaje más allá del Sistema Solar arrastrando con todo a su paso, con el propósito de rebasar las galaxias más lejanas; dejando sin aliento a la misma Energía Oscura que dirigía con fría lógica la sinfonía de la expansión del universo… Tal como Damián y los demás miembros de Las Tres Invocaciones la vieron hacerlo, cuando esa escena de la segunda visión de la señora Ana María Galbes irrumpió en la proyección de la primera.

Pero algo inesperado y asombroso sucedió. Incluso el mismo Damián desde su trance quedó impactado y de paso entendió que la visión que magnetizó en su invocación era sólo una de las tantas versiones que podía tener de sí misma cual si fuera una realidad multidimensional. Tampoco fue la versión en la visión original de la señora Ana María Galbes, registrada por José María Serra en el documento apócrifo, «El segundo mensaje de la paloma de fuego». En ambas versiones, la tierra, convertida en una bola de pura luz, rebasa la expansión del universo hacia lo que hipotéticamente sería un nuevo Big Bang. Pero en la que su nano-simulador semántico tridimensional proyectaba, la Virgen de la Altagracia intervino en la visión nuevamente cuando la tierra se acercaba a los límites de la Heliosfera, a unos 21 billones de kilómetros, en los suburbios del Sistema Solar. La Virgen de la Altagracia se interpuso a lomos de su cometa en el trayecto de la tierra, alzó su mano envuelta en un aura de luz más intensa que la tierra misma, y al instante esta de detuvo como por arte de magia. Luego la Virgen hizo el signo de la cruz finalizándolo en un gesto como si empujara a la tierra. La bola de luz retrocedió con el mismo ímpetu que la había impulsado más allá del Sistema Solar. Y como si hubiese saltado, pareció que recorrió el camino de regreso en sólo un minuto y no en las diez horas reglamentarias que le hubiese tomado recorrer el Sistema Solar a la velocidad de la luz, para finalmente hundirse en la masa ardiente del sol. La visión desapareció a medida que el sol mismo se apagaba, dejando la proyección ionográfica mostrando sólo la intensa oscuridad del espacio sideral.

En cuanto a la reacción de la población dominicana ante tan inesperada proyección ionográfica, la misma versión oficial de la Academia de Historiología nos dice que fue variada. Algunos la tomaron como una sorpresa no del todo de buen gusto por parte de los organizadores de las festividades de la Independencia. El efecto más peligroso fue sobre la minoría de verdaderos devotos católicos, algunos de los cuales se reporta haber experimentado las mismas sensaciones que las entidades biológicas racionales de la visión. Hubo uno que otro desmayo y crisis nerviosas, pero nada que pudiera lamentarse. Una vez descubierto el origen de la proyección intrusa todo se aclaró, haciéndose del dominio público los pormenores de toda la historia detrás de ella. Omitiéndose por razones de seguridad cualquier implicación directa de la orden Los Inquizoides. Tampoco se hizo mención del principio tecnológico tras los nano-simuladores semánticos tridimensionales. A Damián Cornelius Jiménez se le acusó de: «Blasfemia en primer grado: con los cargos de desmitificación del mito oficial y trastorno del proceso de mitificación lúdica de la conciencia, por su interrupción de la parafernalia mitológica durante la celebración del 301 aniversario del nacimiento de la República Dominicana como entidad política independiente».

Se le condenó a pasar cinco años sin salir de la realidad física hacia ningún punto del ciberespacio, haciendo penitencia en un monasterio cuya ubicación no se reveló, pero que para muchos se alzaba en alguna escarpadura lunar o marciana. Esto sólo era un protocolo, pues en el fondo la acción motivada por su celo religioso se convirtió en una de las mejores campañas publicitarias para la Iglesia Católica en el contexto de la religiosidad oficial; así como para la orden Las Tres Invocaciones en el contexto de la religiosidad extra-oficial de carácter mágico. Ambas ganaron prosélitos alrededor del mundo una vez la visión proyectada por Damián recorrió sus cuatro esquina. Para la Mitotecnocracia, la proyección fue un éxito bienvenido desde el punto de vista político, económico y social. Sus principales responsables a nivel local, incluyendo a su dirigente a perpetuidad, el clon del Dr. Joaquín Balaguer, así como miembros de la Academia de Historiología de la talla de Luís Eduardo Moquete, se golpearon la cabeza por no habérsele ocurrido explotar el Expediente Alejandrino de «La segunda visión de la paloma de fuego» con anterioridad. Se resolvió hacer un juego de realidad virtual que conjugara las dos visiones de la señora Ana María Galbes y sus respectivas consecuencias. Real en la primera, con el terremoto de 1842; y aún ficticia en la segunda, con un desastre que ni siquiera Juan en su trance apocalíptico de la isla de Patmos, pudo haberlo visualizado mejor.

Fin.

 

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