INTROVISION / Ylourgne: Una Fosa Común Para un Solo Cadáver

 «Aquellos que arribaron aquí como muchos, Retornarán siendo uno.»

Palabras del nigromante Nathaire.

[«El Coloso de Ylourgne»: Clark Ashton Smith].

 Cada tumba exhala el orgullo necrológico de su individualidad, renuente a sacrificarla por la unidad ilusoria de una colectividad de la cual ellas no quieren participar: quieren permanecer en la singularidad desde cada una de las partes que son, no en la que promete el putrefacto todo que soy.

El río Isoile arrastra mi condena desde las colinas nórdicas coronadas por las ruinas del antiguo castillo de Ylourgne—donde sueñan habitar como hombres los lobos que embrujan el bosque con sus aullidos—, hasta los pantanos del sur, entre Les Hiboux y Ximes, los cuales se endurecieron cual losa sepulcral considerando que sería una blasfemia agregar la descomposición de mi carne a la que fermenta las entrañas de su tierra. Mil voces gritan en mi interior ambicionado sofocar la mía; maldiciéndome por el hecho de haberle interrumpido su sueño eterno, su pacífico descanso en el sepulcro. Antiguas vidas que han devenido en «Yoes», en demonios que han tomado posesión de mi alma, desde el momento que me apoderé con mi energía de cada uno de sus cuerpos.

Pude reunir los cadáveres, pero ahora me resulta imposible reunir sus tumbas, y aún menos, descansar en cualquiera de ellas. He deambulado por toda la geografía de Averoigne, en busca de un sepulcro desde donde ninguna nigromancia pueda levantarme como lo hice yo con los cadáveres frescos de cientos de jóvenes que acabaron sus días con una muerte violenta. Mi voz destelló en la oscuridad de sus conciencias como un relámpago de fuego y azufre. Irresistible a la fuerza nigromántica de mi invocación, peregrinaron hacia Ylourgne. Los brazos de los dolientes vivos se extendían implorantes hacia los muertos para que no los abandonaran por segunda vez.

Las tumbas de los cementerios de Moulins, La Frenaie, Vyones y Cordeliers en el norte, le prestaron las lúgubres palabras de sus epitafios al viento helado de la noche para que propagara su soledad: los búhos y murciélagos que descendieron a sus entrañas para consolarlas, contenían demasiado calor en sus cuerpos vivos como para paliar su añoranza por la quietud de la carne muerta. Algo parecido hicieron las de los cementerios de Ste. Zenobie y Perigon en el centro: las últimas palabras de los dolientes avanzaron a lomos de unos ecos resurrectos, que debieron haberse difuminado junto a las lágrimas que evaporaron los vientos que los transportaban. Los gusanos carroñeros de los sepulcros de las ciudades de Ximes, Touraine y Les Hiboux en el sur, cubrieron en vano sus cruces, esperando encontrar colgando de ellas el cuerpo de alguien dispuesto a morir en nombre de su necrofagia.

El deseo de sumergirme en el abismo de la tumba es irresistible. Recuerdo vagamente como me invadió, desactivando con ello un impulso destructor que hasta ese momento guiaba mis pasos por todo Averoigne. Pasos seguros y con una meta, un destino: la venganza. Muy diferentes de los que me hacen avanzar en estos momentos en un estado de sonambulismo sepulcral; aguijoneados por la voluntad de no ser de cientos de voces que ahogan la mía.

Fue mi antiguo discípulo Gaspard du Nord, quien desde lo alto de la catedral de Vyones puso fin al único impulso vital que me quedaba. Yo le había enseñado el secreto del polvo mágico para devolver los cadáveres a sus tumbas. ¡Qué poderosa es su magia!… Me ha obligado a mí a buscar el descanso eterno; al tres veces infame Nathaire: alquimista, astrólogo y nigromante. Yo, cuyo conocimiento de los secretos prohibidos del universo me elevaron desde un enanismo en vida hasta un gigantismo en la muerte: al coloso que soy ahora. Pero era el destino de Gaspard detener el ímpetu de mi demoniaca energía… Al menos por esta vez. Pues las palabras que le dije en Ylourgne no están constreñidas a las fronteras de una vida:

«He hecho otro pacto diferente a aquel con el cual los cobardes intentan comprar la buena voluntad y perdón del Tirano celestial. El infierno puede tomarme al final, si así lo desea; pero el infierno ha pagado, y aún lo seguirá haciendo, un jugoso y provechoso precio. He de morir pronto, es verdad, pues mi condena está escrita en las estrellas: pero en la muerte, por la gracia de Satanás, he de vivir nuevamente, y he de marchar dotado con los poderosos dones del Anakim, para llevar la venganza sobre el pueblo de Averoigne, el cual siempre me ha odiado por mi sabiduría nigromántica y me escarneció por mi condición de enano.»

Pero si ninguna de las tumbas individuales de los cadáveres que convoqué para forjar con su carne lívida el templo cavernoso de mi alma, puede abrir sus fauces para recibir el gigantesco cadáver que soy: «sólo tienen espacio para recibir al que se fue como uno, no al que viene siendo muchos», me gritan… Entonces, es necesario que cave una fosa común para el único cadáver que es al mismo tiempo muchos: el mío. Y lo haré en el mismo lugar donde la unión de la carne en la muerte se llevó a cabo: la ruinas del castillo de los antiguos barones de Ylourgne.

A sí, que extraña sensación será la de ser enterrado en un sepulcro para muchos siendo uno solo. ¿Qué clase de epitafio podría ser grabado sobre el pentagrama invertido que en ese pequeño infierno telúrico se alzará en sustitución de la cruz cristiana? No importa, pues una vez el hálito de la vida sea extraído por segunda ocasión de esta carne, mi alma gobernará todas las almas que aún están ligadas a sus antiguos cuerpos hasta que la putrefacción final y el regreso al polvo las libere del vínculo material con sus vidas pasadas. Y una vez tenga el control de ellas, lo tendré también sobre sus futuras reencarnaciones.

Así, desde la fosa común para un solo cadáver, brotarán muchas vidas guiadas por una alma madre única: la mía. En un futuro cercano, se pasearán por las ciudades y bosques encantados de Averoigne muchas cuerpos vivos, animados por una voluntad sepulcral. En verdad, constituirán un gran cadáver dividido en cada una de sus partes, que vivirán en espera de que la muerte los una nuevamente… Sepultados en muchas tumbas a pesar de ser un solo cadáver.

Cómo me gustaría que algunos de los miembros de este Blogzine de las cosas que no son pero que deberían ser, Zothique The Last Continent, fuera el sepulturero de El Coloso de Ylourgne. O al menos, uno de nuestros Hermanos Fanáticos, los cuales seguros estarán entre los diez aprendices de brujos y pupilos de Nathaire. Lo mejor es que nuestro Blogzine es la expresión virtual de la fosa común donde se sepultó a si mismo el nigromante de Averoigne. ¿Cuál sería su epitafio?, bueno, aquello que le informaremos a continuación.

El monje negro de la medieval Averoigne, Odilius Vlak, estará participando junto a Peter Domínguez en la charla: «Hacia una nueva literatura especulativa dominicana». La actividad tendrá lugar en el Pabellón de Talleres Literarios de la Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2014. La fecha: sábado 26 de abril a las 11: am.

Espero que aquellos que enarbolan el eslogan de «freakies por la imaginación» se den cita en el evento. Mientras tanto, les anunció que posiblemente las INTROVISIONES se publiquen de manera más regular, eso debido a un acuerdo creativo entre mi cadáver y el del sumo sacerdote Markus E. Goth. Se cuenta que Nathaire acalló las cientos de voces acusadoras que no le querían permitir descansar en paz en su fosa común, con estas palabras… El horizonte de los murciélagos es más lejano que el de las águilas.

Odilius Vlak

Jefe de Redacción.

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