TETRAMENTIS/ Los Velos de Medusa – Por Ariel Ortiz

Los seres inmaculados quedaron mudos de expectación ante la escena que coronaba todos los sacrificios. Yo era entonces Ben Adam, hijo de Elí —último de los maestros cabalistas que descifraron la plenitud de los Diez Sefiros—, dentro del pasillo contiguo a la Cámara del Rey a unos pasos del velo principal, en el umbral del séptimo milenio.

“Debes siempre sacrificar algo de igual valor a lo que esperas recibir” —recordé decir a mi padre. Todo lo edificado en torno a la Pirámide se cimentó, en cambio, sobre el principio opuesto. Tantas civilizaciones de barbarie o barro programadas por la matriz de Bereshit se justificaban en este último ciclo de Luna nueva o Yom Teruá.

Las divinas letras de la Torá fluyeron ese instante que renació en mí el gran misterio. Frente a mis ojos entreabiertos, el triángulo perfecto de la transgresión o círculo del no-retorno, auguraba que la verdadera prueba comenzaba.

“Sólo el hombre digno podrá conocer la sustancia que todo lo unifica y no morir en el intento” —dijo el maestro Maimónides. “Y no lo olvides, Ben Adam —recalcó mi padre a mi oído—: “tu mayor poder es tu mayor debilidad.”
Estas ideas metafísicas del mar de mi conciencia despertaron una paradoja no resuelta: ¿Cómo podía lo infinito coexistir con la eternidad? La respuesta se sugería evidente: No hay reglas sin excepción.

Estaba pues allí en la Pirámide, recluido y libre a la vez, marcados mis latidos por la rueda del destino, llamada entre los gentiles —con ingenua pasión o irónica indiferencia— de la fortuna. Los rusos (quizás inspirados por el néctar del vodka) comprendieron mucho mejor la metáfora del mito zodiacal.

Al final del conducto ascendente divisé el último de los velos. No pude creerlo, pero una corriente de temor me hizo vacilar en mi ascenso a rastras junto a la Cámara del Tormento. Un miedo del todo imaginario, pues el fuego inextinguible es la esencia misma de las almas dominadas por la angustia.

Al entrar en la Cámara de la Reina, pude percibir los restos calcificados de un millar de testigos mudos; incontables figuras con aspecto de sodomitas o pompeyanos disecados al sol extinto de la idolatría y la lujuria. Supe entonces que no era necesario ver la apariencia o mejor decir: que todo el engaño cabe en el descenso del velo o telón de lo contingente.

Aquel pensamiento trajo a mi mente los debates que consumieron siglo y medio de interminables disputas entre científicos y creyentes: Sobre el origen causal o casual del rompecabezas de la llamada Naturaleza Cósmica, multiplicado por el exponente de la Incertidumbre Cuántica, que puso en jaque los dogmas monolíticos del fundamentalismo religioso así como la pretensión cientificista de poseer la vía de conocimiento absoluto de la realidad.

Esa discusión no resuelta ni en la colonización de Marte, se diluyó en el dilema infantil de si éramos meras figuras hipotéticas del Creador Elohim, o, más bien, sintéticas ramas evolutivas de una célula común a todo el gran árbol de seres vivientes.

No atinaron en su miopía y separaron dos caras de una sola moneda, por lo que tampoco supieron conciliar —al tiempo de la Tercera Gran Guerra— que destrucción es lo mismo que el germen de la creación y que lo que Darwin asimiló como evolución de las especies por vía de selección natural no era más cierto, ni falso, que la génesis sostenida de la luz y el hálito divinos en el plano espiritual; como bien intuyeron los genios sofistas de Grecia, más adelante bautizados con el nombre de teólogos.

De pronto escuché una voz melodiosa que resonó entre las efigies cenizas, que dijo:

“Te esperé desde siempre, que vi en tus ojos velados poblarse mis venas del rocío”.
Sólo una persona en mi mente podía decir semejantes palabras pero, «¿Justo aquí? »… ¿Ahora?» —pensé.

La reina extendió, entonces, su mano desnuda hacia mí diciendo:
“Estás vivo para consumar el acto de suprema iniciación. Junta la palma de tu mano derecha con la mía”.

Vacilé un momento ante la extraña petición de la anfitriona, pero me sorprendí a mí mismo elevando mi diestra hasta cumplir con la orden de tan augusta voz.

Apenas rozar sus huellas dactilares, una intensa corriente de imágenes cobró forma en mi memoria. Al instante, me vi junto a ella estrechando sus dedos, igual de tibios, suaves y bellos, justo antes de ambos ser ejecutados en la fosa de un campo de concentración de la Alemania nazi. Recuerdo el eco de su nombre “Joanne” en mi voz, justo antes de diluirse mi aliento en el suyo.

Pasados noventa años, respiramos el mismo aire en otros cuerpos y el toque de sus manos me hace descubrir que nuestras sendas se cruzaron en varias vidas, en distintas generaciones, desde antes de nuestro peregrinar fuera de Israel.

Vino entonces a mi mente como relámpago la desolación de Jerusalén por las legiones romanas veinte siglos antes. Fuimos, incluso, almas gemelas durante el cautiverio babilónico así como en los días previos al Éxodo, cuando unimos nuestra herencia en amor secreto de su estirpe real egipcia con mi indigna condición de esclavo hebreo.

Completábamos, pues, nuestras sendas en el corazón de la Pirámide.
Entonces, ella declaró:

“Es necesario que traspasemos la cortina más angosta para salvar toda distancia con lo Eterno. En el instante que renunciemos a lo que más amamos, alcanzaremos el vértice de la Pirámide.”

Entonces comprendí que estábamos allí para traspasar el postrer eslabón de ignorancia.
De pronto escuchamos una voz desde la Cámara del Rey que dijo: “Hecho es”.

Al segundo siguiente me inundó la luz de la Shekiná escondida tras los párpados de mi amada. Su noble semblante de Aurora se transfiguró de súbito al de un ser hostil y desfigurado, con el pelo tornado en serpientes venenosas y rebeldes.

Al instante, el fulgor de sus pupilas inundó los rincones de mi visión más profunda: Vi los restos de incontables alquimistas petrificados en nuestro entorno, deformados por el horror de quien ha sido testigo del monstruo que despierta al espejo de sí mismo.

Miré, sin poder dejar de hacerlo —como se observan sobre un campo de batalla soldados mutilados sin sepultura tras una masacre brutal—, los restos de embriones y fetos flotar desmembrados sobre aguas inmundas de un pozo séptico, bajo el drenaje de una clínica de control natal.

Vi una hilera de escritores convertir en ficción la historia tragicómica que día y noche engendraron los diarios y noticieros sin una gota de Shalom o reposo.

Vi un imperio de drogadicción inundar las calles de naciones con más potencia que las aguas del Diluvio, elevando murallas de fanatismo eclesial, represión política y militar en nombre de una pretendida democracia de deberes sin derecho, con identidades postizas reducidas a códigos numéricos y valores monetarios.

Vi a multitudes de sonámbulos entrar y salir de sus labores, en sus casas y en centros de diversión sumidos en remotos y platónicos encuentros que fundieron en uno lo real e imaginario.

Traspasado por destellos del séptimo arte, pude escuchar el clamor de un padre impotente sobre las escaleras de un teatro, con el cuerpo marchito de su hija desangrado en sus brazos; entonces mi vista se deslumbró por una ráfaga de fuego que estalló en la cabeza de John F. Kennedy.

Vi, finalmente, las imágenes blanco y negro de un vagabundo llamado Chaplin, aferrado a un niño indigente con lágrimas de pena en sus ojos, sin saber cómo proteger su inocencia de un mundo de horrores incontables.

A punto de elevar la plegaria de merced al Eterno para que su luz nos consumiera y terminara toda aquella pesadilla, de pronto algo sin razón, medida o motivo aparente suprimió el dolor inefable que mató todos mis esquemas: El beso moribundo de mi amada Medusa, desintegró en infinitas cotas la fuerza de atracción de nuestros cuerpos, hasta que toda conciencia escapó de mi mente y quedó reducida a la forma de una hoja en blanco.

Así olvidado de todo, sentí formarse un velo de carne tejido sobre mis ojos y entonces se abrieron por sí solos: Tan sólo vi el rostro restaurado de mi amada, fundido en un aliento de vida con mi respirar.

Entre su mano y la mía, cubriendo nuestros sexos, reposaba una diminuta fruta en forma de corazón, sangrante.

Un viento sin prisa pero sostenido envolvió el ambiente del huerto, y una voz como de arpa dijo entre los árboles:

“Ben Adam, hijo mío: ¿dónde estás tú?”

Fin.

 

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