IMAGINARIAM R.I.Z / Destellos de Medusa: una mirada detrás de los velos – Por Ariel Ortiz

Ariel

El nombre de este ensayo es una paráfrasis que encierra el título del cuento Los velos de medusa, publicado en la entrega anterior de Zothique. En calidad de autor del mismo estimamos que la carga simbólica, poética y metafórica presente en su contenido merece un comentario directo de su artífice original, que arroje luz sobre las figuras mitológicas griega, egipcia y hebrea que lo motivan.

El título de la narración sintetiza la esencia misma del contenido de sus páginas: el misterio que encierra la existencia humana en los derroteros de su evolución.

Antes de entrar de lleno al corazón de Los velos de medusa conviene reflexionar un poco sobre la actual sociedad global, que sirve de contexto sociológico o punto de partida de la exégesis literaria que haremos al cuento. Veamos:

Vivimos una época sin precedentes de difusión de información y conocimientos en el marco de un mundo globalizado, habitado por más de siete mil millones de personas. Representación de multitud de seres humanos cuya forma de vida refleja las épocas, culturas y escalas evolutivas que han gestado los modelos de cada sociedad: desde la etapa nómada-tribal de cazadores y recolectores hasta el mundo virtual del ciberespacio.

El escritor José Saramago tradujo al formato de la novela este fenómeno inédito en la Historia. Su Ensayo sobre la ceguera es una parábola sobre la condición humana en la época postmoderna.

Según expresó Saramago en una entrevista tras publicar su novela, la naturaleza de la ceguera que observó el portugués no es motivada por la ignorancia en sí de las personas, por falta de conocimientos o información de la gente (como llegó a suceder durante los siglos de oscurantismo de la Europa Medieval). Más bien es lo contrario: la escena que retrata Saramago es la de una sociedad que alcanza tal grado de madurez en términos de civilización o auge de la metrópolis que queda sumida en una crisis existencial. Una población cautiva y envanecida por un deslumbramiento de la razón que utiliza más para ejercer violencia y manipular a sus semejantes que para construir relaciones positivas, basadas en confianza y respeto de derechos y deberes fundamentales e inalienables de la Humanidad.

A partir de esa metáfora de «ceguera blanca» escogida por Saramago, el autor de estas líneas recordó uno de los mitos griegos que más despertaron interés en su infancia: El duelo contra una diosa-serpiente del héroe Perseo, en parte divino y humano, quien logra con su inteligencia y valor vencer la vista implacable del monstruo de Medusa.

A pesar de abrevar en un mito tan antiguo como estudiado, quisimos explorar con el recurso del cuento la misteriosa naturaleza de la luz emitida por los ojos coléricos de una quimera: ¿Cuál podía ser la imagen terrorífica en el semblante de Medusa, que congelaba de pavor a los guerreros que pretendían decapitarla?

La insaciable cuestión que teje los hilos de sueños y que desgarra los cielos de nuestras pesadillas parece estar cifrada en la respuesta que demos a otra pregunta más cercana a nuestro interés: ¿Qué es este estado cósmico que llamamos vida y muerte?

  • El signo de la Pirámide

 Los velos de medusa invita a cada lector a navegar en el mar surrealista de su propio inconsciente mental e imaginación. Mirar a través del prisma del personaje Ben Adam –un “hijo de la Tierra” literalmente— que experimenta junto a nosotros un recorrido al interior del templo de Uno mismo (la «Gran Pirámide»): Profundizamos en la lucha interior que libramos con las fuerzas del miedo y la ambición en nuestro ser. El pulso de vida y muerte (como expresara el sicoanalista Freud) que recorre las venas de toda criatura, subyuga los cinco sentidos corporales como dos polos magnéticos que pugnan por someter todo cuanto vemos, sentimos, palpamos o escuchamos. Sólo la chispa del verbo o el hálito divino da forma a una lengua que ordena el caos con los ecos del infinito o «Diez Sefiros».

  • Las Cámaras de la Pirámide

 Las tres habitaciones o cámaras iniciáticas son, en sentido metafísico, el trio de misterios que desafían o amenazan y a la vez dan forma y sentido a nuestra existencia. Simbolizan, en suma, una metáfora de tres espejos de nuestro ser (físico, mental y espiritual), que despiertan la conciencia de la condena o locura que supone la soledad del individuo en la «Cámara del Tormento»; de la necesidad de escuchar y ser guiados por una voz superior o Alter Ego desde la «Cámara del Rey» que contrarresta los deseos ilusorios de nuestro Ego. Un tercer eslabón, finalmente, nos permite salvar la distancia entre una y otra condición antagónica, en el punto intermedio de la Identidad o fidelidad con uno mismo, comprendido en la «Cámara de la Reina».

El iniciado en los misterios debe superar una prueba de fuego, que separe la escoria de lo aparente respecto del oro o la pureza de su ser interior. Es aquí donde surge en escena una voz incógnita en el nudo del relato, que luego se identifica con «la Reina egipcia», cuya familiaridad de trato con Ben Adam permite que este descubra el último velo que debe traspasar para conocer, como nunca antes, la sabiduría encarnada en una sola mujer: Joanne (que había sido su compañera de viaje durante sus estadios previos de evolución espiritual en milenios precedentes). Este descubre, al estrechar los dedos de su amada, que llegaron a ser «almas gemelas» hasta el momento final en la Pirámide donde se consumaría el amor entre ambos.

  • El misterio de la Medusa

La mayor sorpresa para Ben Adam —y para el lector por supuesto— es ver convertida a la hermosa reina en la encarnación misma de Medusa. Cobran sentido en un instante las «millares de efigies cenizas» en torno a ellos que, en realidad, fueron los alquimistas buscadores de la «sustancia que todo lo unifica».

La boda ritual con la gloria o «vértice de la Pirámide» implica el sacrificio de cada postulante, puesto que ninguno es capaz de soportar el impacto de la visión de la «Shekirá» o esplendor visible de la presencia divina: “No puede el hombre ver a Dios y vivir”, dice taxativamente el Éxodo. Por igual reza uno de los Evangelios “A Dios nunca nadie le vio jamás”.

El destino del hombre, así como la arcilla en manos del alfarero, es pasar por el horno de la vida y terminar convertido en polvo cristalizado en los ciclos de ensayo y error de su realización. El «triángulo perfecto de la trasgresión» apunta a esta realidad: Cuando el género humano alcanza o conquista su madurez por la experiencia del bien y del mal es el momento que pasa “de las tinieblas a la luz”. Pero si no es apto para ver o utilizar esta luz en su provecho, está condenado a perecer.

Un solo acto puede salvar nuestra razón del abismo o condena de la auto-destrucción: la entrega voluntaria sin reservas al ser amado, que nos hace olvidar los límites de nuestra existencia y neutraliza toda condena o recompensa que divide nuestra mente entre dos reinos inconciliables.

Abrimos, así, nuestra vista regenerada a un nuevo amanecer. Cubiertos otra vez con velos de apariencia. Conectados con todo ser que respira y en sintonía con el pulso universal.

Podemos, en suma, ver una realidad simple pero poderosa: que ser y no ser, el equilibrio entre vida y muerte que nos crea y destruye a la vez “generatio est negatio” en palabras de Baruch Spinoza es el Principio cardinal que hace posible el arcoíris del verbo amar. Tal vez sea esta la respuesta propicia a la pregunta final del cuento: “Ben Adam, hijo mío: ¿Dónde estás tú?”.

Fin.

 

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