TETRAMENTIS 0.1 /


Las Lluvias Sobre Calisto

Por Arcadio Encarnación.  -25012010-

Ingrávida, distante, ardiente y encumbrada

Me consumo en el vacío, en la nada.

Y es lo desconocido lo que frente a mí se sienta;

Formando parte de mi corazón.

Lo profundo de su mirar.

Son pues invisibles mis cadenas

Y son dos mis hermanas las dueñas…

Las dueñas de mi libertad.

Mi tortura es su presencia.

Y sus abrazos, látigos que abren mis entrañas

Son de fuego los sueños que me consumen.

Y el deseo, el flagelo que deja marcas en mi piel.

Y al tratar de escapar me estremezco;

Dejando en mi semblante: la desolación…

Mi alma no es oscura, pero mis pensamientos…

Mis pensamientos ya lo son;

Queda mi recuerdo del otro lado del sol.

Y grande es la esperanza, que es para mí poder recordar;

En el sin fin de la danza de mi sufrimiento.

Y grito y grito mi nombre al arcano proceloso;

Y grito y grito hasta desfallecer.

Siendo febril mi delirio, mi delirio…

Ahogado en un llanto de azufre, yodo y sal.

Se acerca por fin mi descanso;

En el momento único del final.

Don de las estrellas, cantan más alto,

Don de solitario, que da la soledad.

Mi eco responde… Me responde.

Retumba en el techo sideral.

Pero soy agredida por feroces llantos;

Al desprenderse pedazos del firmamento;

Que arden sobre mi piel rocosa

Como una lluvia de fuego.

Míra ahora como bailan las flamas.

Gravitando entre las rocas.

Como cristales con vida.

Con intensos colores; con peligroso resplandor.

Elevándose hasta perderse en la oscuridad.

Es este mi existir,

No te confundas en pensamientos.

Te prometo que siempre será así.

Ven entonces, ven… Y consúmete junto conmigo…

Fin.

Oráculos de la Sangre

Por Morgan Vicconius Zariah.  -21012010-

Pasó ya la masacre, y Casius, se pasea entre cuerpos mutilados. Huyeron los verdugos invisibles, dejando la desolación y el olor a muerte viajando en los vientos de la confusión. Pero Casius, el siempre valeroso, siente miedo hoy, al ver a un pueblo de cadáveres y con su suelo vertido en  sangre. Los clamores de los niños al haber solicitado ayuda, dejó dibujado el dolor en los rostros de los pequeños. Las lenguas ensangrentadas de los ancianos colgaban de los cordeles de secar la ropa. Casius camina con la duda extraña corroyendo su cerebro por no saber  que ha pasado. Llego al pueblo después de la masacre y sólo halló muertos.

 Tomó rápido el camino que lleva al templo de los oráculos, entre blancas y gigantescas columnas de mármol. El templo de las siete puertas, donde se encierra en cada una los más grandes arcanos adivinatorios existentes. Al llegar al templo, enterró su espada en el centro de un círculo cabalístico, portador de los sellos celestiales. Al hacerlo, las siete puertas abrieron sus fauces herméticas. Como trueno estrepitoso se escuchaban al abrirse; relámpago cegador era ver la luz que desprendía cada una. Después que abrieron todas las puertas, Casius tomó una blanca vestimenta llamada oracular, y vistió con ella su fuerte y valiente  cuerpo pero aún mortal. Soltó su larga y negra cabellera, para bañar su cara en la fuente de la pureza, que se encontraba frente al templo y delante del círculo cabalístico. Secó su cara y caminó hacia el sacro y terrible misterio de las adivinaciones, para encontrar respuestas sobre la terrible masacre y los siniestros asesinos. Entró primero a una extraña y oscura puerta llamada la puerta del ágora, donde un sombrío pasillo conducía a un altar triangular de color negro, que llevaba gravado en su centro tres bocas talladas en oro que emitían una luz igual al fuego de los cirios que hacían a Casius tomar el color dorado por todo su cuerpo. Casius, parado al frente del siniestro altar, invocó ferviente los nombres de los espíritus de la lengua adivinatoria de la pirámide, y no se escuchó palabra alguna. Llamó otra tres veces y las agoreras voces no se hicieron sentir. Las bocas de la negra pirámide apretaron sus labios dorados ocultando su voz, y Casius decepcionado salió sin respuestas de aquel portal. Al salir se adentró por el camino de las pitonisas. Caminó entre jardines y delicias y aromas de resinas y hierbas aromáticas; entre grandiosos y hermosos paisajes, para buscar respuestas en este otro portal. Fue como si viajara en otra dimensión. En un pestañar, nuestro pobre e ingenuo héroe se encuentra con las siete pitonisas, que le deberían revelar el enigma. Él les pregunta: ¡En nombre de los buenos dioses! Busco respuestas de sus labios hechiceros. ¿Qué ha pasado en el pueblo cuando yo no me encontraba? ¿Quiénes fueron los misteriosos asesinos? Y cómo en un trance diabólico, las pitonisas no responden a sus preguntas; sus rostros parecen borrarse, sus bocas y sus ojos se encuentran sellados con oscuridad. Las siete adivinas se encuentran de rodillas como si cumplieran un castigo, él no las toca, ¡prohibido tocar lo sagrado! Casius, hijo de la desilusión, sale de aquel oráculo como un rayo de luz guiado por extraños designios.

 Ahora Casius escudriñará los misterios de Morfeo. Se encamina valiente al altar del dios del sueño. Y después de haber atravesado su portal, evoca el nombre misterioso del ser sonámbulo; y al poco tiempo, una nube de recuerdos de sueños antiguos invadió  la cabeza de Casius, el hijo de los gigantes. Morfeo se dejó ver en la mente del adormecido Casius, pero nunca habló, ni hablaría jamás.

 Así paso el tiempo y los oráculos no profirieron palabras. Casius, cansado de silencios, se dirigió a los principales pórticos que romperían la discreción de los dioses. Se dirigió al portal de Apolonio, ¡Oh Apolonio de Tiana! ¡Quién como tú! Divino Ser, mago de magos y maestro de sabios alquimistas. Casius llega al gran altar del oráculo de Apolonio, y con sus labios puros, invoca devoto: ¡Oh tú gran maestro! Hacedor de la magia, concede a este, tu hijo, las respuestas que necesito de tu boca santa. La estatua de piedra de Apolonio, pareció cobrar vida, levantó su mano derecha y señaló la última puerta. Casius entendió. Y callado se dirigió hacia allá.

 Hasta aquí hemos llegado, es cuando los arcanos se interpretarán de misteriosas maneras. Casius, cruzó la última puerta y encontró una iglesia;  desconocida a su pagana fe. Era una catedral gótica,  el último oráculo del templo. Aquí se veían vírgenes y santos iluminados por velas que se consumían con ese olor a cera y chisporreteaban ante una gran imagen. Todas estas figuras adornaban el lugar; pero esto no importaba. Él tenía que encontrar respuestas. Nuestro héroe solitario caminó por un pasillo, sobre  una alfombra roja que conducía al salón de oraciones. Un Cristo crucificado de gran tamaño, colgaba en la pared: último oráculo. Casius intuía que este le daría respuestas, pues Apolonio había señalado hasta este portal. Casius, cansado de que enmudecieran los dioses, se echó de rodillas en el altar y miró a Jesús en el madero del martirio; con aquellos afilados clavos que traspasaban su alma; a través de sus manos de divinidad humana que lo hacían unir al madero con la sangre que vertía su cuerpo. Sin preámbulos, el héroe clama al cristo martirizado diciendo: ¡Oh señor! Dios que no conozco, con amor te pido respuestas. Por favor, no ocultes tu voz a los miserables oídos de tu adorador, no escondas tus señales a mis mortales ojos.

 En este instante, la imagen abrió los ojos.

Casius se alegra al ver la primera señal y después pregunta: ¡Señor que te dignas en escucharme! Dime: ¿quién mató a los hombres de mi pueblo cuando yo no me encontraba?

 La imagen empezó a sangrar. Y de sus ojos brotaron lágrimas de sangre, que corrían por todo su cuerpo y caían al suelo, dando respuestas con palabras escritas. Responde el oráculo escribiendo en el piso:

 —Demonios liberados del Averno sombrío mataron y devoraron a los hombres de tu pueblo.

 —¿Y por qué?  No existe razón en estos actos…

 Un relámpago espanta la calma de Casius. Y el oráculo derrama más sangre con la cual contesta en palabras escritas.

 —En ellos no existe razón, las fierezas de sus actos les da fuerza, y atacaron para robar el alma de los hombres y apoderarse del pueblo al que convertirán en reino de sombras… Por eso enmudecieron los otros oráculos; sellados por su oscuridad, que hasta aquí no ha llegado por que soy un Dios desconocido a tu culto.

 Después se hace un corto silencio y un frió de ultratumba invade el rostro del hijo de los gigantes. Y pregunta Casius: ¿Qué puedo hacer para remediar todo lo dañado?

 Nada —dice el oráculo—, no conoces aún los secretos de la guerra contra las legiones del umbral. No creo que tú, hijo de los gigantes, puedas huir; aún con todas tus fuerzas no lograras combatirlos.

 ¿Y cómo puedo librarme del enemigo nefasto?

 Con la muerte, antes que toquen tu cuerpo mortal—. Respondió el oráculo. —Sólo así te librarás de las garras de los depredadores. Y sólo de esa manera te guardaría en los mundos de los dioses menores.

 —¡Oh mi Dios! Dime: —¿Será el suicidio la solución divina de mi salvación?— Pregunta Casius, con los ojos empañados y la voz temblorosa…

 Cae otra lágrima que augura tal vez palabras amargas; y en el suelo de las respuestas contesta el oráculo con sangre: Yo te puedo ayudar si quieres. No es propicio que tú  te arrancares la vida con tus manos, así no pasarías a nuestros reinos.

 Casius, con su cara humedecida por las lágrimas, y sus ojos enrojecidos de llanto, responde: ¡Oh señor! Haz conmigo lo que os plazca. Pero libradme rápido de las garras enemigas. Que no lleguen a tocar mi alma, y mi pureza. Libradme así sea con el más grande dolor y eleva mi espíritu a las esferas del Sol—. La imagen del Cristo, el gran oráculo del templo, levantó la mirada hacia el cielo de la catedral, mientras Casius se encontraba aún de rodillas. Empezó a sangrar la imagen sobre él, a brotar la sangre, por las manos, los pies, los ojos y el costado derecho de la imagen, bañando a Casius completamente. Desde el techo, hizo el oráculo desprenderse una esfera metálica con un gran borde afilado en su superficie; que lo hacia asemejarse al planeta saturno. La esfera se desprendió decapitando cruelmente a Casius, hijo de la desilusión, el héroe mártir. ¡Pobre inocente! La sangre corrió por todo el salón y su cabeza quedó como adorno del templo sagrado de los oráculos, marcando los últimos tiempos.

 ¡Espero que tu alma este bien guardada compañero! No creo que fue en vano tu hazaña

Absorbe en tu espíritu el alma de los que sufren.

 ¡Oh Casius! Amigo de tantos años, yo, el último sobreviviente de nuestro pueblo, lo vigilaré y lo protegeré en tu memoria. Crearé un reino de hombres mejores, traídos de lejanas tierras. Apolonio me reveló los misterios de la vida y la muerte. Desde ahora, él esta conmigo, enseñándome como maestro, y yo lo respeto como un verdadero discípulo. En cuanto a ti, te quiero y te respeto, como a un hermano gemelo; y espero verte llegar algún día del mundo de los muertos.

 Atentamente: Arthur, el guerrero sabio.

 ¡Ah! Y perdóname por no haber llegado antes.

 –

Fin.

La Promesa

La promesa - Arcadio Encarnacion.

Por Morgan Vicconius Zariah.  -18012010-

Ilustración elaborada por: Arcadio Encarnación

 Veo que caminas con mil cruces que te atormentan, ¡tú!, ¡poeta de negros ojos que encierras en tu mirada millones de misterios!

 He esperado por ti desde siempre; en el más profundo rincón de un ruinoso palacio; tan olvidado como yo. Cien veces has pasado cerca de aquel paraje, ignorando mi abandono.

 He visto cientos de siglos, y aún sigo aquí en el olvido de todos, en el recuerdo de pocos.

Ninguna alma se ha mostrado piadosa y me ha regalado un beso.

 El miedo que desprenden los seres hacia mí, me ha convertido en monstruo. Llevo cuernos en mi vieja cabeza de chivo y pezuñas que me hacen abominable al buen juicio de los hombres. Fui rechazado de todos y aún los que profesan amor, por mi sienten odio.

Me pisotearon, me escupieron, rechazaron mi doctrina; pero nadie tocó mis tesoros, ningún espíritu manchó mi luz. Mi poder y sabias palabras aún están latentes con estrépitos de tormentas y volcanes, en el interior de mi sombrío, frió y feo cuerpo.

 ¡Pues soy yo poeta, el que te llama! En la más insondable de las noches oirás mi lira, pido que llegues a mí y compartas tus palabras, tu magia, tu arte….

 Quiero que desempolves mis cuernos y des brilló a mis ojos.

 Cuando liberes mi alma, te iluminaré con mi luz; pues soy el sol de la sabiduría y el templo del poder. Te entregaré tesoros. Aprenderás a mezclar sentimientos con la química sagrada.

 Pues me habrás librado de mi cautiverio y por ende te he de revelar los secretos. Te daré licencia para matar y arte para dar vida.

 Tus enemigos caerán a tus pies.

 Yo libre, sonreiré como un ángel de luz azul entre la luz de las estrellas.

 Tú cantarás alegre porque habrás encontrado entre las sombras, el reflejo de tu mente. Un mágico amigo, el mejor de los tesoros, mi cola de báculo; símbolo de la serpiente y  de nuestra unión y en tus manos… voy a dejar el mundo.

 –

Fin.

Nueve

 

Por Morgan Vicconius Zariah.  -14012010-

   –

   Otra vez la soledad me da  la oportunidad de hacerme fuerte, y crecer en  las sombras de los árboles que murmuran antiguos secretos druídicos. Otra vez las estrellas me hablan como cuando era niño, esa luz azul oscura de la noche entra  de nuevo por mi ventana.   Por fin se que soy de aquellos poetas de otra estirpe; de esos que la noche les habla en sus más profundas pesadillas. Las sombras celosas nos separan siempre de los que queremos. La melodía que he perseguido me guía por los caminos extraños  de la desolación. En  mi mano derecha llevo la vara del ermitaño; y en la izquierda la lámpara sagrada de la luz: que ilumina los senderos de un caminante en los callados caminos hacia el conocimiento.

Nueve luces me iluminan en la noche. Ya no suelo ser mártir; ahora soy emperador.

Mago y alquimista del caos y el sufrimiento, he transformado mis heridas en manantiales de azules seducciones, no creo que escuche la voz  de mis víctimas cuando pidan compasión. Mi ley será la espada  y la discreción será mi fe. Resurgir de los abismos es agradable, sentir el poder de la oscuridad recorrer cada rincón sin dejar espacios  por llenar.

¡Benditas sean las mágicas hadas que otorgan el poder! El néctar de los que renacen en la noche profunda de los sabios. ¡Bendita la madre de los malditos!

Soy un numero, con nueve llamas y una espada, una carta en el tarot, una vida.

¿Quién de mi estirpe no ha besado el culo del Macho Cabrío?

No es bueno hablar de más…

Fin.

El Reloj de Arena 

El reloj de arena - Arcadio Encarnación.

Por Morgan Vicconius Zariah.  -11012010-

Ilustración elaborada por: Arcadio Encarnación

Cuando cae el sol, se levanta pardo el manto celeste sobre la cabeza azul de la esfera. Se divisan luces eternas a nuestra humanidad y fuegos que hace milenios se extinguieron, siguen parpadeando valientes  entre la inmensidad eterna de Nuit. Allí donde están los majestuosos senos de una madre inmaterial, inmensa y profunda, llegan en estas horas misteriosas, el rumor antiguo de un profeta de las tierras lejanas, donde la arena cuenta historias inmemoriales. De sus labios sacros se escapan canciones y poemas ensalzando a Nuit, deidad oscura, con ese velo que nadie ha llegado a descorrer enteramente. ¡Entre el rocío de un oasis perenne se esconde el secreto de tus labios jugosos! Los signos sólo al profeta han sido dados; el culto verdadero con el cual se canta a su piel.  Por encima de nuestras cabezas se esparcen un mar de infinitos entrelazados, por la técnica de un artesano cósmico, que une los abismos en espirales galácticas y en fuegos parpadeantes nacidos de negros vacíos. Todo en su todo resuena una nota, creando una armonía que equilibra las esferas y los vacíos, sea de polvo o de gas de luz y calor. Pero entre las arenas va el profeta devoto de eternidades  y no sucumbe ante la soledad, y en éxtasis queriendo llegar sin miedo hasta el vasto océano de estrellas, sumido en su trance, le pregunta al vasto cielo, al alma y cuerpo de Nuit: ¿Acaso la belleza de tu infinito y las innumerables estrellas también se sumergen en el sueño de la muerte?

¡Envidio las luces que cuelgan en tu negrura! Éstas si han vivido siglos; conocen ya la historia verdadera del mundo y del principio del cosmos, y no desfallecen hasta que el hombre y el mundo se extingan. ¿Quién las dotó de larga vida? ¿Acaso se burlan de nuestra efímera razón y nuestras pasajeras luces? …

Una mística voz de viento y arena que se arremolinaba en el rostro del profeta, rompió el frío silencio de Nuit; sus labios se empaparon de brisa y rocío; sus ojos parecían brillar en cada estrella y una voz intuitiva habló en el trance misterioso del profeta. Parecía decir: Cada todo, es un todo, un grano de arena, un cosmos; cada uno va uniendo al otro hasta formar el desierto: tan grandiosa y duradera es su vida como cualquier astro que enciende en los ejes de los cielos una cadena de luz. Cada galaxia lleva dentro los mismos latidos que un insecto, una piedra tras otra va creando la pirámide, y la muerte alcanza tanto a la luz como a la carne, para hacer nacer nuevas formas en la danza sagrada que nunca acaba. Los intervalos existen en el reloj de arena, después de un descanso vuelve la actividad. La serpiente del tiempo siempre se muerde la cola. Después de la mitad de eternidad que dura el día, toda forma y todo espíritu, toda idea, cada concepto y la sabiduría descansan en mí: en la mitad de eternidad de mi noche. En mis dulces senos duermen todos los dioses, esperando el día para gestar formas y esferas y para hacer girar sistemas; como niños que se divierten girando en carruseles, amigos son de la actividad. El secreto es más sencillo que esto y más profundo que el océano, cada gota de agua hace saber de mí; pero me oculta en la complejidad de la sencillez…

La brisa y la voz parecían cesar, y el profeta adormecido se quedo sobre la arena. Sonriendo, empapado en sus lágrimas y rocío, como quien se llora y se canta ya poseedor eterno de una visión. El alba lo descubrió durmiendo sobre un reloj de arena inmenso que le había regalado la noche.

 –

Fin.

La Caja de Música

La Caja de Musica - Arcadio Encarnación

Por Morgan Vicconius Zariah.  -07012010-

Ilustración elaborada por: Arcadio Encarnación

Cuantas hermosas melodías fraguaron mi niñez de un gusto aristocrático. Bendecido e insuflado por duendes de imaginadas ciudades hádicas; de ensueños arthurianos; de una Cámelot erigida en mi espíritu infante. Como si una nobleza perdida en el cruce de razas se haya decidido por aquellos destellos mágicos.

No he olvidado el gusto por el metálico sonido de las cajas de música; misteriosas melodías que enervaron mi espíritu, extasiando siempre las pesadillas, de aquellas sombras que me elevaban en lo alto; haciéndome conocer el miedo en el interior mismo de la oscuridad.

¿Quién ha escuchado el sonido?

¡Todos los sueños tienen el suyo! Unos son  de flautas, otros de tambores, y de antiguos tañedores de laúd, pero todos van acompañados con el sonido de aquellas cajas que los duendes regalaron después al hombre en planos materiales.  Las pesadillas llevan su común melodía, con partituras diferentes para cada quien. El sello personal resuena impreso en nuestra alma; abandonada fuera de la eternidad.

A sabiendas de la magia de estas cajas, nunca pude haber imaginado en mis manos, lo que encontré en el polvoriento armario de mi abuelo. Después de haber abandonado la carne, una tarde que contemplaba taciturno el ocaso, donde se esfumó con el sol poniente. Él pertenecía a unas de esas escuelas de misterios neo-pitagóricas, lo que realzó aún más su enigmática figura aunque de naturaleza  filantrópica. En ese armario, inmerso entre un espeso mar de telarañas; en un cajón de madera, yacía oculta, una antigua y hermosísima caja de música. De apariencia sombría y de color plateado. Debajo de ella, encontré una nota que decía: Fabricada por los hacedores del tiempo.  Y en el océano de telarañas, un manuscrito que hacia saber de su procedencia. Su creador fue un alemán cuyo nombre y apellido he olvido y aún sigo incapaz de recordarlos. Discípulo de un maestro relojero judío del siglo diecinueve. Que había emigrado de Suecia a Alemania donde fabricó y enseñó el arte de la relojería. Este raro maestro alemán de las horas y las melodías, había sido inspirado por un duende que susurró melodías ultraterrenas a su humana naturaleza, y le enseñó el secreto verdadero de fabricar melodías antinaturales en este plano existencial tridimensional. El mismo duende que le había  enseñado a su maestro melancólico.

Después de sacudir el polvo de esta reliquia, descubrí una inscripción en alemán en uno de sus lados que decía: Hergestellt Von den Machern der Zeit. La misma de la nota (fabricada por los hacedores del tiempo). En otro de sus lados había un reloj que marcaba las horas, según las vueltas que se le diera a la manivela; una manivela con mango hecho en plata y oro; con grabados de esferas y pentáculos entrelazados como estrellas numéricas. En ese instante, le empecé a dar varias vueltas, haciendo activar el muelle y rodar el cilindro giratorio, y el reloj comenzó a marcar horas. Marcó las cuatro, continué hasta llegar a las doce horas y solté la manivela. Así empezó el mecánico espectáculo musical que deleitó mis sentidos.  Las manecillas del extraño reloj, se encendieron de un color azul plateado luminoso; igual también los números del cronometro encantando. La música empezó a hechizarme y adormecerme. Un perfumado olor cambiante en tonos salía de cada nota, y pronto quedé sordo, mis oídos ya no percibían la música, la apreciaba por mis censores olfativos; dándome otra forma de su existencia más exquisita de apreciación.

Sería casi incapaz de describir, pero las vibraciones sonoras tienen su olor particular, cada átomo también, todo lo que estaba creado en aquella habitación fue olido y oído por mí, en esas vibraciones que entraron a mi nariz. Luego toda esta música ofuscó mis ojos por un momento; para despertarme en este plano, que me causó tantos espantos. ¡La nada! ¡Me encontré inmerso en el vacío! El sentido de la audición había vuelto, pero ahora podía percibir las melodías que una gran nada derramaba sobre mí. Por todo mi Ser. Podía sentir sus  oscilaciones y música:  por el tacto, los ojos y el gusto, en su singular eternidad. ¡Saboree  aquella canción sin voz! Cada sentido era consciente de esta música proveniente de un orden cósmico, la misma que había escuchado segundos antes y ahora a mi vista se mostraba, como unos gigantescos engranajes mecánicos que mantenían la armonía en la extensa nada: unos controlaban los intervalos de tiempo y otros el ritmo; y un tic tac, se hacia adivinar en la extensidad del tiempo

¡Me descubrí en la eternidad!

Aquello bello me pareció horror, miedo a no volver a ser lo que creía ser. ¡Humanidad! Conocí la música de las esferas de los enorgullecidos pitagóricos, que sospeché detrás de mágicos inventos peligrosos, traídos al plano material. Me sentí atrapado en un gigantesco mecanismo; como si toda esa eternidad que sentía, estuviera dentro de esta caja. Yo mismo me concebí en ella, así como fuera, más aún, pensé que era una micro réplica del universo, fabricadas por entidades no terrenas. Después, una fuerza centrífuga, me empujó fuera del centro invisible, hacia lados imposibles de  calcular, medida peso y densidad. Parecía ser la masa de un gran espíritu, ¡el alma misma del cielo!  Donde vivía el equilibrio que se extendía a diferentes planos. Después de ser empujado del centro por esta fuerza eléctrica, la masa que me absorbió parecía vomitarme sin los sentidos, los cuales recobre en segundos, encontrándome en la habitación de donde había partido, rumbo a lo desconocido. La música mecánica de la caja había cesado, cuando mire donde la había dejado no la encontré. Desapareció, y cuando salí a buscarla fuera de la habitación, oí sonidos de engranajes, y una sinfonía se activó en mi cerebro con el solo hecho de mirar el sol; mientras se iba ocultando, nuevos  astros músicos salían de la bóveda celeste. Cada cual en su elíptica tenía sus acordes, formando en los cielos como un gran coro de ángeles. LLegó a desesperarme la incesante actividad melódica: la Luna con la suya, el Sol y cada estrella, planeta o cometa que bordean los sistemas. Llegué a maldecir la hora en que esta caja cruzo por los mares o el cielo, desde su viejo continente, hasta estos confines. ¿Qué malvados magos habían tramado este viaje? ¿Cuál peligroso extranjero había dado aquel diabólico instrumento a mi abuelo? ¡Me lo han ocultado todo! Ya no para de sonar la música en mi Ser… ¡La música de las esferas!

Pareciera que esta caja vive ahora dentro de mis pensamientos, a veces molestándome en demasía, que grito con desesperación. Trayendo sobre mí la sospecha de demencia, de parientes y amigos, los cuales me han recluido en este horrible manicomio, condenado a absurdos medicamentos, y sedantes que me han mantenido en el sonambulismo intelectual, que sólo hace extender la soledad de lo que he experimentado y nadie ha logrado creer. En mi cuarto de hospital, he conseguido conocer al duende, que parece burlarse de mi dolor, con un raro reloj en la mano, que al tocar fuertemente activa esa exquisita melodía que provocó  mi asilamiento. Al hacerlo, parece como si una manivela incorpórea diera vueltas en mi cabeza. ¡Ay! ¡Ya viene!

¡El desesperante tic tac de los engranajes planetarios!

¡El terrible sonido del tiempo!   ¡La música de las esferas! ……..

Jajajajajajaj………… jajajajajajajajaja…… jajajajajajajaja……… jajajajajajaja……………

Fin.

Festín de Cadáveres

Por Morgan Vicconius Zariah.  -04012010-

Entre delirios y sangre, narcóticos sagrados hacen expandir en las sombras la mente alucinada. El cementerio centellea con extrañas luces grises y mi alma se extasía en el sádico resplandor de la carne desgarrada. Bajo la luz de la luna, las esculturas mortuorias observan silentes nuestra orgía gastronómica. Despedazando lo inmundo; tragando los deseos; blasfemando a la muerte. Devorando sin pensar nuestra existencia fantasma. Los dientes llenos de carne podrida, ¡amigos somos de los gusanos! Que corroen nuestros cuerpos pecadores, generando con nuestra carne vida nueva. Pálido nuestro rostro mojado por la roja sangre del delirio. La majestad de la muerte  alimenta nuestros cuerpos. Su descomposición química, su mano que todo lo envejece hasta podrirlo, marchita con su roce las flores y desvanece la juventud con el reflejo de su espejo. Y al mirarnos, vemos nuestras caras descarnadas y la carne pendiendo del mentón. Con Los gritos y el aullar de los demonios funestos, nos devoramos en romántico deseo, y el dolor al comernos nos hace inmortales. ¡Somos necrófagos! Amigos de comer carnes descompuesta y beber sangre coagulada. El festín de las copas sobre lápidas horadadas; la enorme mesa redonda de los homúnculos descansa sobre tumbas centenarias. Y al amanecer sólo quedan cenizas y huesos, y un cuerpo arrullado al lado de un frió epitafio; que ebrio en demasía de alcoholes, duerme tranquilo en los valles de la muerte después de una extraña canción espectral.

Fin.

Oscuros Desvaríos

Oscuros Desvarios - Arcadio Encarnación

Por Morgan Vicconius Zariah.  -31122009-

Ilustración elaborada por: Arcadio Encarnación

La ira de los vampiros se arrastra en el cielo; debajo de las grises nubes que cubren la luna llena. El ritual comienza entre vinos de sangre y osamentas de agonía, malignas voces maldicen en los bosques solitarios, y comienza una función diabólica en los anfiteatros del averno.

¡Gime la noche! Masturbada por los dedos macabros de aquél que se esconde bajo su falda. El que lame su vagína tiene de cabra los pies, y los bailarines danzan embriagados por el mal. Allí están sentados los emisarios de un ayer oscuro, con sus cuerpos eternos podridos de vida muerta; están ahí esperando las canciones de los secretos músicos de la negra esmeralda. Poesía, violines, pinturas, todas las artes del más allá, son expresadas por artistas espectrales, que actúan y se pierden en la sombra de la noche.

En el mundo de la oscura Sofía, muerden el cuello de la lujuria cortesanas perversas, con colmillos atiborrados de gusanos que corroen el corazón. Ahí estuve una vez, en aquel aquelarre de pesadilla; llevado por los vientos encantadores, en el carruaje sombreado de la magia negra. No hay cábala que explique los hechizos mentales, y los desvaríos sufridos ante la presencia de un extraño Baphómet, en la puerta de los sueños que se hacen pesadillas antes de tomar el carruaje hacia el infierno.

Cuando la función se acaba, los hijos de Lucifer se transmutan entre humaredas de negrura.  Los colmillos satisfechos de deseos, sonríen a la plateada y opaca luz nocturnal despidiendo a la noche y, abrazando en el día, las sombras de cualquier castillo derruido.

La ira de los malvados se calmó; su sed está saciada. La noche se vino encima de la boca de el cabrío maestro, y se desplomó de debilidad después de acabar el clímax, ganando otra pagina de macabra fiesta  entre los verso góticos de las almas errantes.

¡Mi función también termina! He calmado mi ira repentina; he vencido la gravedad. Los desvaríos se acabaron, y vuelvo a tierra entre copas malsanas de licor y dolores de cabeza. Mi mesa, mis libros y mi insomnio; colmado siempre de fantasmas y visiones de pesadillas. Estoy ahí, al borde de la vida; enloqueciendo con la realidad; hastiado de lo mismo. Inventando historias que se diluyen poco a poco con las neuronas de la humanidad.

Fin.

Masturbando la Sombra de un Oscuro Recuerdo

Por Morgan Vicconius Zariah.  -28122009-

Otra vez me encuentro aquí, en esta fría noche. Donde la soledad se extiende como una gélida tumba en la inmensidad del musgoso gris oscuro del paisaje. Flota en la penumbra de la plateada luz creciente mi alma, y antiguos recuerdos orgiásticos de bacanales de licántropos. Segregan libidinosos olores los íncubos y súcubos, esperando los fríos dedos de esta apasionada alma mía   ¡Oh espíritu mío! Arde en nuestro pecho una emoción espectral en estas horas milenarias; cuando Saturno abre las puertas del fauno, y el lenguaje de Nuit es leído por nuestros labios. ¡Qué placer más grande  nos ha sido concedido!

En el aquelarre, danzan eufóricas, jóvenes brujas sobre las fantasmales luces de los fuegos fatuos; donde frías salamandras moran resguardando el secreto del fuego robado de algún edén prometido. Una alegría se sigue hinchando en mi pecho cuando voy llegando al centro del paisaje, guiado por el caballo de mi alma infantil. Sigue oscureciendo el gris y todos los recuerdos se hacen más vívidos, cuando al fin llega la sombra para ser masturbada por mis ávidos dedos. ¡Oh espíritu mío! No temas su grandeza, más bien regocíjate en su clímax y esperemos beber sus orgasmos dulces, portadores de misterios talismánicos.

¡Qué fetichistas son nuestros rituales alma mía! ¡Ya viene el primer orgasmo! Y la emoción que había en mi pecho brota como una negra flor, en ésta, mi oscura primavera. ¡Oh Hécate!  ¿Qué ser en estas regiones ha saboreado el agua de tus manantiales? Esos sexuales fluidos que has derramado en mí, expandiendo mi alma hasta los límites de todos los cielos. ¡Oh Hécate! ¿Qué ser ha masturbado tu recuerdo en la penumbra de sus noches? Mi alma ha sido favorecida por los sortilegios de una diosa

Mi pálido rostro astral se humedece los labios y las mejillas, con los acuáticos arcanos de los orgasmos. Alegre en mí soledad que se expande como una fría tumba, para crear este paisaje gris, donde las ánimas de los muertos se unen, para en una sola forma, una sola sombra, ensamblarse a este sagrado coito.

Las brujas ambientan con sus cantos, y en sus pócimas la belladona extasía a la sombra del recuerdo para un clímax esotérico. Aúllan los secretos desde el vientre de Hécate y cuando acerco mi boca a su manantial profundo, un estrepitoso caudal me envuelve en sus aguas de libido; ahogándome y creando la sensación de haber nacido de nuevo, como en un amor edípico, ¡madre y amante!  ¡Cuántas revelaciones me han sido dadas en este lugar misterioso!  Sólo la santidad de mis manos puede tocar tu sexo, como un mago que prepara un ritual para extasiar por siempre tú delicado Ser en mis más lúgubres sueños.

Cuando el acto acaba, vuelvo a sepultar el recuerdo en una vieja tumba sin epitafio, donde los fuegos fatuos merodean por encima de sus íntimas pestilencias, sellando con el alba el recuerdo donde sólo el alma mía lo encuentre. Después, una por una de las imágenes se desvanecen como cansadas estrellas, heridas por las luces del amanecer. Los fuegos fantasmales se ocultan en su hechicera invisibilidad, y el sombrío paisaje regresa a mi interior, a su lapida original, donde estas visiones esperan ser desenterradas alguna noche de creciente luna, para masturbar el recuerdo de una diosa sepultada.

Fin.

Desde el vientre de un Quásar


El Alma de un Quasar - M.E. GOTH

Por Morgan Vicconius Zariah.  -22122009-

Ilustración elaborada por: M.E.Goth

Se ha expandido un pulsar dentro del cosmos, desatando fotogramas de un ayer velado para las mentes que aún no esperan el despertar de las visiones que iluminan.

A todos les ha sido puesta la historia en los genes. La historia que anhela abrir los ojos dentro de cada poro; aguardando en secreto dentro del átomo; acechando  en el interior de cada protón y electrón; esperando estallar desde el núcleo.

¡Aún desconocemos su naturaleza!
¿Quién conoce los misterios que la luz encierra?

¿De dónde provino la chispa que origino las conciencias?
¡Oscuros son los secretos que la luz aún no ha revelado!

He visto esa luz fantasmagórica que no viaja en línea recta y teje sombríos laberintos de luminosos plasmas a través del denso cosmos; buscando como todos nosotros el camino a casa, a través de gigantescos hoyos negros generadores de la luz del quásar primigenio. El demiurgo mismo de las conciencias, ¡he oído su llamado desde el vientre del universo!  Desde ese agujero de donde ha nacido el quásar que se expande igual a la elasticidad del infinito, hacia terrenos más desconocidos que las mismas conciencias que ha generado.

Los luminosos destellos del quásar son más viejos que los antiguos fulgores que desprenden las esferas llamadas estrellas. Su misterio es más grande aún, como la luz primera que vio la forma de las galaxias antes de ser gestadas en el orgásmico Big Bang. Desde entonces, el vientre del quásar guarda la historia verdadera en conciencias dimensionales, y sus portales conectan a mundos paralelos de inimaginables creaciones en el espectro del universo. Y el hijo de los oscuros y recónditos diseños de las estructuras cósmicas, sigue viajando a través del infinito y despertando conciencias por planetas con formas de vidas evolutivas. Preparándonos para el regreso al vientre, después del autodescubrimiento mismo de su inteligencia dentro de cada una de las formas  de vida que habitan dentro de los elementos. ¡Yo ya he escuchado el llamado de las radiaciones que me atraviesan con visiones espirituales! La cálida voz que me guiará con forma de luz hacia el corazón de las tinieblas: a ese vientre eléctrico de donde alguna vez salimos. Emprenderé camino hacia el vientre del quásar hasta el nuevo comienzo de otra evolución en una próxima expansión cósmica.

Fin.

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